La Quintrala Y El Adepto Capítulo 24 La última vigilia (Enero de 1665)
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Capítulo 24 La última vigilia (Enero de 1665)

El verano de 1665 convirtió a Santiago en un horno de polvo blanco y silencio mineral.

Hacia mediados de enero, el calor que bajaba de los cerros era tan sofocante que el río Mapocho se redujo a un hilo ceniciento de piedras recalentadas; las cigarras zumbaban con un chirrido enloquecedor en los álamos de la Cañada,

y el olor a brea derretida y a bosta seca en las esquinas se mezclaba con el tañido fúnebre de las campanas de las monjas agustinas, que doblaban a agonía cada media hora desde el amanecer.

En el palacio de la calle de las Agustinas, el hedor a muerte había rebasado las trancas de espino del portalón.

Los parientes y los criados ya no merodeaban por los corredores: tras la firma del testamento ante Pedro Vélez, que los dejaba despojados de cada cuartillo de plata en favor de las veinte mil misas, la parentela había abandonado la casona con maldiciones entre dientes [1.2.6],

dejando a la moribunda al cuidado de dos esclavas viejas y un sacerdote que salmodiaba oraciones mecánicas junto a un brasero donde ardían ramas de ruda.

Era la medianoche del 15 de enero cuando don Julián Romero cruzó el zaguán.

El adepto vestía su rigurosa ropilla de terciopelo negro castellano, con el cuello de lino blanco inmaculado y la capa toledana recogida sobre el brazo.

Su figura con una levedad casi espectral sobre las baldosas.

Al llegar a la antecámara, Romero hizo una leve seña con la diestra; las esclavas y el clérigo, al reconocer la mirada del hidalgo cuya presencia congelaba el aliento, se inclinaron con reverencia temerosa y desalojaron la estancia sin pronunciar una sola palabra.

El cerrojo de roble se cerró tras ellos.

Romero quedó a solas con doña Catalina de los Ríos y Lisperguer.

En la penumbra de la alcoba, iluminada únicamente por la mecha agonizante de una palmatoria de bronce, el lecho con doseles carcomidos parecía un catafalco flotando en un mar de sombras. El aire era denso, caliente, saturado del vaho ácido de la descomposición final.

Allí yacía la mujer que durante más de cuatro décadas había sido el terror y el fuego del reino de Chile.

Tenía sesenta y un años.

La hidropesía había culminado su obra devastadora: su vientre parecía un odre hinchado a punto de estallar bajo las sábanas de lino manchadas de ictericia y sudor frío; sus piernas eran masas informes, insensibles al dolor,

y en su rostro ceniciento la piel colgaba en pellejos arrugados sobre los huesos prominentes de la mandíbula.

Su respiración ya no era humana: era el estertor de Cheyne-Stokes, un jadeo seco, trabajoso, que se interrumpía durante segundos interminables en los que parecía que el corazón se detenía, para luego reanudarse con un gemido desgarrador.

Al sentir el roce de los pasos de Romero sobre las tablas, Catalina abrió los ojos despacio.

Eran las mismas pupilas verdes, pero el brillo felino se había ahogado en una bruma lechosa, rodeadas por escleróticas amarillentas teñidas de sangre.

Al enfocar la figura del conde —tan joven, pálido, erguido y sereno como en aquella tarde lejana de 1623 en que se encontraron por primera vez en el salón del oidor Celis—,

los labios violáceos de la moribunda se crisparon en una mueca que intentó ser una sonrisa y terminó en una mueca de dolor atroz.

—Has venido… —susurró Catalina. La voz no era más que un aliento ronco, raspado contra las paredes de una garganta seca como yeso—. Creí… creí que me dejarías morir sola con las beatas.

Romero se quitó el guante de la mano derecha. Con una lentitud ceremonial, se sentó en el taburete de cuero junto al cabezal del lecho.

Extendió sus dedos limpios y frescos, libres de toda mancha del tiempo, y tomó la mano hinchada, helada y deformada por los nódulos gotosos de la Quintrala.

La piel de la hacendada estaba viscosa por el sudor de la muerte, pero Romero no apartó los dedos: apretó la mano de su vieja enemiga con una firmeza piadosa y solemne.

Catalina tembló levemente ante el contacto. Sus dedos moribundos intentaron aferrarse a la carne viva del adepto, sintiendo en la palma de Julián la temperatura del sol que a ella se le escapaba por segundos:

—Tu mano sigue fría, Julián… —murmuró ella, con la mirada perdida en las vigas del techo—.

Fría como el día en que me limpiaste aquel beso en el huerto de naranjos.

¿Te acuerdas? Cuarenta años han pasado, don Julián…

Cuarenta años de perseguirte, de odiarte, de soñar con verte de rodillas ante mi cama.

—Me acuerdo, Catalina —respondió Romero con una suavidad profunda, exenta de cualquier reproche—. No he olvidado una sola palabra de las que nos dijimos en este valle.

La Quintrala soltó un estertor que le sacudió el pecho. Una lágrima turbia, cargada de la bilis de su agonía, resbaló por su sien rala y cayó sobre la almohada:

—El Cristo… —gorgoteó la mujer, clavando de pronto sus pupilas veladas en las del adepto con una intensidad desesperada—.

Está al otro lado del muro, ¿verdad? Lo siento respirar sobre las ruinas de San Agustín.

Lleva esa corona de espinas en el pescuezo…

Me está mirando, Julián. Sé que me está mirando.

—Te está mirando, Catalina. Pero ya no con la espada desenvainada. Le diste tus tierras; firmaste las veinte mil misas . Tus víctimas descansarán en los altares de este reino .

Catalina cerró los ojos con fuerza, mientras un espasmo de lucidez salvaje —el último destello de aquella inteligencia volcánica y soberbia que la había hecho señora de vidas y haciendas— cruzaba por su rostro descompuesto.

Romero se inclinó hacia ella. Su rostro quedó a escasas pulgadas de la boca marchita de la Quintrala. En la alcoba el silencio era tan absoluto que se escuchaba el latido agónico del corazón de la mujer golpeando contra sus costillas como un pájaro ciego contra los barrotes de una jaula.

—El río se detiene aquí, Catalina —dijo don Julián en un susurro grave, íntimo, que penetró en lo más hondo del alma de la hacendada—.

La barca ha tocado la ribera final. No hay más oidores a los que sobornar, ni más capataces a los que mandar, ni más frailes a los que engañar con talegas de plata.

Respóndeme a la última pregunta antes de que tu lengua sea polvo: ¿Te arrepentiste de verdad de la sangre derramada…

o solo le temes a la oscuridad que te espera al otro lado?

Catalina abrió los ojos de golpe.

Durante cinco segundos interminables, la moribunda sostuvo la mirada del adepto. Por una fracción de tiempo suspendido, pareció que la máscara de la enferma caía por completo y que la joven altiva de pelo rojo y traje de montar escarlata volvía a respirar bajo los párpados cansados.

No hubo sollozos piadosos. No hubo la cobardía hipócrita de las beatas que se golpean el pecho pidiendo indulgencias.

Una media sonrisa amarga, sibilina, teñida de una crueldad trágica y magnífica en su desesperación, se dibujó en las comisuras agrietadas de sus labios de mora.

—Le temo a la oscuridad, Julián… —susurró la Quintrala, y su voz cobró por un instante el timbre ronco y pastoso de sus mejores años—.

Le temo al fuego donde me esperan los que degollé.

Le temo a ese Cristo de madera. Pero no te mentiré en esta cama, conde de mierda…

Si Dios o el Diablo me devolvieran ahora mismo las carnes, la lozanía y el fuego salvaje de mis veinte años…

volvería a quemar este valle entero, volvería a desollar a mis peones y volvería a envenenar a mi sangre…

solo para obligarte a mirarme una vez más como me estás mirando esta noche.

Romero sintió una sacudida helada en la boca del estómago.

Aquella era Catalina de los Ríos y Lisperguer. Monstruosa, indomable, incorregible hasta el último latido; una fuerza de la naturaleza que no sabía de términos medios ni de redenciones prefabricadas.

—Descansa en paz, Catalina —murmuró don Julián con una piedad infinita—. Tu fuego ha terminado de quemar.

Los ojos de la mujer se abrieron desorbitados.

Un espasmo colosal arqueó su pecho hinchado hacia arriba; sus dedos crispados apretaron la mano de Romero con una fuerza sobrehumana, arañando la piel de marfil del adepto. Luego, sus mandíbulas se abrieron en un suspiro largo, hondo, que despidió el último aliento fétido de su vida mortal.

Los dedos de Catalina se aflojaron lentamente, resbalando de la mano de don Julián y cayendo sobre las sábanas de lino con el peso inerte de la cera fría.

Sus pupilas verdes quedaron fijas en el techo, dilatadas, vacías al fin de todo odio y de todo deseo.

Eran las dos de la madrugada del 16 de enero de 1665 .

Doña Catalina de los Ríos y Lisperguer, la Quintrala, había dejado de existir.

Romero permaneció inmóvil en el taburete durante un minuto completo. Con ademanes lentos y reverentes, levantó su mano desnuda y cerró los párpados de la difunta, ocultando para siempre la mirada verde que había incendiado el siglo.

Se puso de pie, se calzó el guante de gamuza y salió de la alcoba mortuoria.

Al cruzar la antecámara, no se detuvo ante los clérigos ni ante las criadas que comenzaban a sollozar al comprender que la señora había expirado. Romero cruzó el patio empedrado bajo la luna estival y abrió el portalón que daba a la calle de las Agustinas.

Al fondo de la calle, la primera campana de la iglesia de San Agustín comenzó a doblar a muerto: un tañido pausado, grave, que resonó en la cuenca del valle anunciando a los cuatro vientos que el reinado de la sangre había concluido.

En el laboratorio de la casona de enfrente, el athanor ardía con una llama azulada y purísima.

Laura aguardaba de pie junto a la mesa de roble, vestida con su saya oscura de paño flamenco.

A sus pies, Caronte dormitaba con la cabeza entre las garras; pero al sentir los pasos de Romero en el zaguán, el sabueso negro alzó las orejas y soltó un bufido sordo, oliendo en las ropas de su amo la partida definitiva de la Quintrala.

Laura levantó los ojos almendrados hacia Julián. No necesitó preguntar: leyó la muerte en la solemnidad marmórea del conde.

—Ha muerto —dijo la joven en un susurro.

—Ha muerto, Laura —respondió don Julián, cerrando el cerrojo de hierro tras de sí—. Se llevó su fuego a la tumba, desafiando a los cielos hasta el último suspiro.

Romero cruzó la estancia y se detuvo frente a su mesa de trabajo.

Con un movimiento pausado, retiró un paño de terciopelo carmesí que cubría un objeto dispuesto sobre la madera.

Allí descansaba una redoma de cristal de roca de Murano, facetada como un diamante, sellada con una lámina de oro puro donde brillaban grabados los siete símbolos planetarios de la Gran Obra.

En su interior no estaba el bálsamo temporal de los veinte años: brillaba el verdadero Aqua Vitae, el licor solar definitivo, la tintura áurea destilada a partir del rocío de mayo, el antimonio purificado y la esencia inmortal que los sabios de Egipto llamaban el aliento de Hermes.

El fluido desprendía una luz dorada, tibia y pulsante, que iluminaba los alambiques y los códices con un fulgor casi divino.

Romero tomó la redoma entre sus dedos y la depositó en el centro de la mesa, frente a su discípula.

—El ciclo se ha cerrado esta noche, Laura —dijo don Julián con una voz grave, cargada de una ternura que traspasaba las eras—.

Catalina vivió encadenada al pavor de ver envejecer su carne y murió devorada por su propia ciénaga.

Tu bálsamo aún te concede doce años de juventud intocada.

Tienes la libertad que te di en el puerto: puedes volver a Europa, puedes casarte en las cortes, tener hijos que lleven tu sangre y descansar al final bajo la tierra limpia de los mortales, libre de la carga de ver morir los siglos.

Romero dio un paso hacia ella, clavando sus ojos oscuros en las pupilas de Laura:

—O puedes tomar esta redoma. Si bebes este licor, tu cuerpo físico cruzará el umbral definitivo: no habrá enfermedad que te toque, ni invierno que marchite tu piel, ni siglo que quiebre tu paso.

Pero serás una desterrada del tiempo común de los hombres.

Verás nacer y morir naciones enteras; verás a los mortales consumirse en sus guerras mezquinas y cargarás con la soledad infinita de la memoria eterna.

La decisión es tuya, Laura. Nadie te obligará.

Laura contempló la redoma de oro líquido.

Durante unos instantes, por su memoria desfilaron las imágenes de su vida entera: la niña rota y descalza en el lodazal de las caballerizas de 1624; las noches de estudio frente al fuego del athanor; las cabalgatas por los desiertos y los bosques del sur cazando sombras;

y las academias de París y Ámsterdam, donde los hombres más doctos del siglo le parecían ciegos que tanteaban en la penumbra comparados con la luz que ardía en aquel laboratorio.

Laura alzó la vista despacio. No había miedo en su semblante; no había la avidez sanguinaria con que Catalina había mendigado el secreto en su tocador. Había una devoción lúcida, absoluta, nacida de la razón más pura y del amor más alto que un ser humano podía albergar.

—Vi el viejo mundo, Julián —dijo Laura con una voz clara y firme, que no tembló en una sola sílaba—.

Vi a los reyes en sus tronos de oro y a los filósofos en sus cátedras.

Todos ellos son náufragos que se ahogan en la corriente de las horas.

Ninguno de ellos sabe amar sin poseer; ninguno de ellos comprende que el cosmos no es una fosa, sino una sinfonía de luz que apenas comienza a despertar.

La muchacha extendió su mano derecha. Sus dedos tomaron la redoma de cristal de roca con la serenidad de quien toma el cáliz en un altar eterno:

—No bebo esto por miedo a las arrugas ni por temor a la muerte, mi señor.

Bebo esto porque este nuevo mundo que se abre ante nosotros necesitará guardianes que recuerden de dónde venimos; porque la ciencia hermética necesita testigos que no se cansen; y por sobre todo, Julián…

porque mi alma eligió caminar a vuestro lado la misma noche en que me envolvisteis en vuestra capa toledana.

Si he de cargar con la soledad de los siglos, no estaré sola: estaré con vos.

Laura rompió el sello de oro con los dedos.

Llevó el cristal a sus labios de mora y bebió el Aqua Vitae hasta la última gota.

Un estremecimiento sublime recorrió su osamenta.

No hubo fuego ni dolor: una marea de energía solar, densa y tibia como la luz del mediodía sobre la nieve de las cumbres, se expandió por sus venas, fijando su materia celular en una juventud inmutable, sellando su carne contra la corrupción del polvo para siempre.

En el fondo de sus ojos almendrados, la chispa del intelecto cobró una profundidad infinita, abisal, igualándose en gravedad y misterio con la mirada de su maestro.

Laura dejó la redoma vacía sobre el roble. Dio un paso hacia adelante y se estrechó contra el pecho de don Julián Romero.

El adepto la rodeó con sus brazos protectores, apoyando su frente sobre los cabellos negros de su igual, mientras Caronte soltaba un aullido largo, grave y majestuoso que cruzó los muros del laboratorio y se elevó hacia el cielo estrellado de los Andes.

Eran dos adeptos y un sabueso inmortal, unidos por la luz inextinguible en el confín del imperio.

Afuera, sobre las tejas de Santiago, el toque de difuntos de la Quintrala continuaba repicando en la noche de enero, despidiendo al monstruo de barro mientras la leyenda eterna acababa de nacer entre las sombras.