Capítulo 25 Polvo y campanas (1665) — Epílogo
El mediodía del 18 de enero de 1665 fue el más caluroso y fúnebre que registraron las crónicas del cabildo de Santiago.
El polvo de cal apagada y tierra reseca flotaba sobre la calle del Rey como una bruma incandescente que hacía arder los ojos.
Las chicharras enmudecieron en los álamos de la Cañada; el río Mapocho parecía una serpiente de barro estancado bajo el sol cenital, y en los cuatro ángulos de la ciudad, desde la torre de la Catedral hasta las espadañas de la Merced y San Francisco,
las campanas de bronce doblaban a difunto con un clamor pesado, monótono y sobrecogedor que no cesó durante seis horas consecutivas .
Santiago asistía al entierro más fastuoso, hipócrita y aterrador que había presenciado el reino .
Tal como Catalina de los Ríos y Lisperguer había ordenado en su testamento ante don Pedro Vélez , su caudal pagó una pompa funeraria digna de un virrey o de un príncipe de la Iglesia .
En la nave reconstruida de la iglesia de San Agustín no quedaba un solo rincón a oscuras: más de mil hachones de cera virgen de Castilla, colocados en candeleros de plata labrada sobre reposteros de terciopelo negro con flecos de oro, ardían simultáneamente,
despidiendo un calor sofocante y un olor denso a cera quemada, incienso y flores marchitas .
Todas las comunidades religiosas de la capital se congregaron en torno al catafalco .
Frailes agustinos con sus hábitos negros de cogulla alta, franciscanos de sayal pardo, mercedarios y dominicos entonaban el Officium Defunctorum con voces graves que hacían vibrar las vigas de roble recién montadas tras el terremoto .
Los miembros de la Real Audiencia, con el oidor don Juan de la Peña Salazar a la cabeza , vestían togas de luto cerrado; los regidores del cabildo portaban cirios de cuatro pabilos, y detrás de ellos, pálidos de rabia y con las mandíbulas apretadas por el despecho,
se apiñaban los parientes de la difunta .
Los Lisperguer y los De los Ríos contemplaban el túmulo con los ojos encendidos en odio: cada letanía cantada por los frailes, cada responso y cada golpe de hisopo con agua bendita representaba una merced de tierras de La Ligua o una partida de plata de Marga-Marga que pasaba irrevocablemente a las
arcas de los conventos para pagar las veinte mil misas.
La Quintrala los había despojado de todo desde el lecho de muerte, dejándolos en la ruina y obligándolos a presidir el funeral de la mujer a la que maldecían en susurros tras los pañuelos de encaje .
En el centro del presbiterio, sobre un estrado cubierto de paño de damasco morado, reposaba el ataúd de cedro americano.
Dentro, amortajado con la túnica de lana negra de la Orden de San Agustín —el humilde sayal monacal con que la mayor homicida del reino intentaba presentarse ante el tribunal de Dios —, yacía el cadáver deformado por la hidropesía.
Ya no había rubor en las mejillas ni fuego en las sienes; la muerte había devuelto a Catalina la rigidez de una estatua de ceniza fría.
Y sobre el catafalco, alzándose desde el único muro maestro que había sobrevivido a la ruina de 1647, el Cristo de Mayo contemplaba la escena.
La talla milagrosa de fray Pedro de Figueroa mantenía la corona de espinas negras ceñida a su garganta, descansando sobre la madera ensangrentada del pecho como un collar perpetuo .
A la luz trémula de los mil cirios, los ojos de pasta de vidrio del crucificado parecían seguir cada movimiento de los frailes, vigilando que el tributo de la penitencia se cumpliera hasta la última gota sobre las baldosas que cubrían la fosa familiar .
En el fondo de la nave mayor, casi ocultos bajo la penumbra que proyectaban las arcadas del coro bajo, dos figuras permanecían inmóviles.
Don Julián Romero vestía su clásica ropilla de terciopelo negro castellano, con el cuello de lino blanco inmaculado y la capa toledana recogida con sobria elegancia sobre el brazo izquierdo.
Se erguía con la misma compostura mineral de siempre: ni una cana en sus cabellos oscuros, ni una arruga en su frente de marfil, ni una sola sombra de decadencia en su rostro pálido.
A su derecha, de pie con una serenidad majestuosa que atraía las miradas furtivas de los frailes que pasaban con los incensarios, estaba Laura.
La joven alquimista era ahora una igual en el plano del infinito.
El Aqua Vitae, que había corrido por sus venas tres noches antes, había consumado la Gran Obra en su carne: su belleza cetrina y limpia resplandecía con una luz interior que no pertenecía al orden de los mortales;
sus ojos almendrados guardaban la hondura lúcida de quien ha comprendido los secretos de la materia y de los astros, y su porte, envuelto en una saya de paño azul marino con mangas acuchilladas en raso negro, rivalizaba en gravedad con la del adepto que la había rescatado del fango.
Y a los pies de ambos, tendido sobre las losas frías con las patas delanteras cruzadas, Caronte vigilaba el templo.
El mastín negro no gruñía; su pelaje inmortal brillaba bajo el reflejo rojizo de los cirios, y sus ojos de fuego ámbar seguían el humo del incienso que subía hacia las bóvedas con la indiferencia solemne de quien ha visto cruzar a muchas generaciones hacia la ribera del olvido.
—Requiem aeternam dona eis, Domine… —entonó el prior provincial agustino, rociando la losa sepulcral con el hisopo de plata .
El ataúd fue descendido al fondo de la cripta familiar de los Lisperguer, a escasos pasos del altar mayor .
Cuatro peones empujaron la pesada lápida de granito negro, haciéndola encajar en el pavimento con un crujido sordo y definitivo que sonó como el cerrojo de una celda cósmica cerrándose para siempre.
La muchedumbre comenzó a desalojar el templo lentamente.
Los oidores se persignaron ante el Cristo de Mayo; los parientes se marcharon con pasos rápidos hacia sus carretas, devorados por la bilis de la herencia perdida; los monaguillos apagaron con pértigas de bronce los cirios del presbiterio,
dejando la nave sumida en una penumbra violeta donde flotaba el humo azulado de la mirra y el olor a cera derretida.
Cuando las puertas de cedro de la iglesia estaban a punto de ser atrancadas por el sacristán, Julián Romero avanzó por la nave central.
Laura y Caronte permanecieron bajo el coro, guardando el umbral.
El adepto caminó a solas sobre la alfombra de damasco desierto. Sus botines de cordobán no producían el menor rumor sobre las losas. Se detuvo ante el altar mayor, al pie de la tumba recién sellada, donde el polvo de cal aún blanqueaba las ranuras del granito.
Durante unos instantes, don Julián levantó la vista hacia el Cristo de la Agonía.
La mirada del crucificado y la del alquimista se cruzaron en el silencio del templo: un reconocimiento mudo entre la justicia sagrada que había detenido el temblor en el cuello de madera y la voluntad hermética que había purgado las sombras subterráneas de aquel valle.
Romero metió la mano enguantada bajo los pliegues de su capa toledana.
Extrajo una rama vegetal pequeña, fresca, cortada aquella misma mañana en los matorrales de las faldas del cerro Santa Lucía.
Era un esquejo verde del que brotaba una flor solitaria: un racimo de pétalos tubulares de un rojo escarlata y brillante, encendido como una brasa viva en medio de la penumbra.
La flor del quintral.
El conde se inclinó con un ademán pausado y depositó la flor sobre la piedra fría de la tumba de Catalina de los Ríos.
—Fuiste el fuego de esta tierra, Catalina —murmuró Julián en un susurro que no iba dirigido a los vivos ni a los muertos, sino a la memoria del reino—.
Un fuego ciego, salvaje y destructor que calcinó cuanto tocó.
La historia de los hombres olvidará tus lágrimas, olvidará tu agonía en esta cama hedionda y solo recordará el mito de la bestia que azotaba en la noche.
Te convertirán en la fábula del espanto para asustar a los niños junto al fogón.
Romero se enderezó ,clavando sus ojos oscuros en la losa funeraria:
—Pero yo conocí a la mujer de carne y hueso. Conocí tu orgullo colosal, tu miedo a la nada y la tragedia de tu soledad. Que la tierra que desangraste te sea leve bajo esta nave; y que la madera que expulsaste de tu casa tenga piedad de tu soberbia cuando despiertes al otro lado del tiempo.
El conde dio media vuelta sin mirar atrás.
Caminó hacia el pórtico donde Laura lo aguardaba con una sonrisa serena y cálida en los labios.
La mujer tomó el brazo de su maestro, enlazando sus dedos enguantados con los de él; Caronte se levantó de un salto elástico, sacudiéndose el lomo negro,
y los tres salieron al sol abrasador de la calle de las Agustinas mientras el sacristán cerraba los cerrojos de San Agustín con un golpe seco de hierro.
En el solar de don Julián Romero, el fuego del athanor se había extinguido al fin.
Las balanzas de bronce estaban desarmadas en sus estuches de caoba; las retortas y los alambiques descansaban limpios en los arcones de cuero, y sobre la mesa del laboratorio solo reposaba el tomo empastado en becerro del Don Quijote, cerrado con una cinta de seda negra.
En el patio empedrado, bajo la sombra generosa de los naranjos agrios que comenzaban a dar sus primeros brotes tras los años de sequía, aguardaba un carruaje de viaje de cuatro ruedas reforzadas con llantas de hierro,
tirado por cuatro mulas percheronas y con dos caballos alazanes atados a la trasera.
Era la hora de la partida.
Romero y Laura no necesitaban permanecer en Santiago.
La ciudad que habían conocido en 1622 era ya un recuerdo sepultado bajo el terremoto; los oidores que gobernaban ahora eran hombres nuevos que no conocían las guerras de Flandes ni recordaban los nombres de los primeros conquistadores;
y el valle central comenzaba a transformarse en una provincia agrícola donde la leyenda de los Lisperguer empezaba a borrarse entre los memoriales del cabildo.
Laura acarició el lomo de Caronte, que trotaba inquieto en torno a las ruedas del carruaje:
—¿Hacia dónde iremos ahora, mi señor? —preguntó ella, mirando el horizonte con esa tranquilidad soberana que la inmortalidad otorga a los sabios.
Julián Romero tomó las riendas del tiro con una mano enguantada y la ayudó a subir al pescante.
Alzó la vista hacia el oriente, hacia la muralla ciclópea de los Andes que se recortaba contra el cielo azul cobalto de la tarde, brillando con sus nieves eternas por encima de las mezquindades de los hombres.
—Cruzaremos el portezuelo hacia Cuyo, Laura —dijo el adepto con una media sonrisa melancólica—.
Más allá de la cordillera el mundo es ancho y virgen.
Hay nuevas botánicas que clasificar, nuevos minerales en las sierras del Tucumán y una América inmensa que comenzará a forjar su propio destino en los siglos que vienen.
Romero silbó suavemente. Caronte saltó al interior del coche, acomodándose sobre las mantas de viaje con un suspiro rítmico y satisfecho, con la cabeza asomada por el postigo lateral para vigilar el camino.
El conde soltó el látigo sobre las ancas de las mulas.
El carruaje se puso en marcha con un crujido sordo de maderas y cascajos, saliendo del portalón de la calle de las Agustinas y enfilando hacia el camino de la cordillera,
dejando atrás las torres reconstruidas de Santiago y los conventos donde las campanas continuaban doblando por la muerte de la Quintrala.
En el interior del carruaje, sobre el arca de los manuscritos herméticos, el libro de Cervantes descansaba cerrado en su última página:
«Para mí sola nació don Quijote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir; solos los dos somos para en uno…»
El hidalgo inmortal y la alquimista prodigio se perdían en el polvo dorado del atardecer andino, llevándose consigo la verdad de los siglos, mientras en el barro del valle quedaba sepultado el mito de sangre y la flor roja del quintral dormía su sueño de piedra bajo la mirada eterna del Cristo de
Mayo.
FIN