La Quintrala Y El Adepto Capítulo 22 El juicio del Oidor (1660)
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Capítulo 22 El juicio del Oidor (1660)

El invierno de 1660 trajo a la capitanía general de Chile una tempestad que no venía empujada por los vientos de la cordillera, sino por los sellos lacrados del Real y Supremo Consejo de Indias.

En el galeón de guerra San José, despachado expresamente desde el Callao por orden del Virrey del Perú, desembarcó en Valparaíso don Juan de la Peña Salazar.

El nuevo oidor de la Real Audiencia de Santiago no era un letrado criollo endeudado con los encomenderos ni un burócrata temeroso de las venganzas familiares: era un castellano viejo de Salamanca, de mandíbula cuadrada,

ojos de pedernal y una austeridad monacal que no aceptaba banquetes ni reverencias de los regidores.

Traía una comisión secreta firmada por Felipe IV: abrir de raíz el sumario criminal contra doña Catalina de los Ríos y Lisperguer, cuyas atrocidades en el valle de La Ligua habían colmado la paciencia de la Corona tras cuarenta años de impunidad y silencio cómplice .

Para que la espada de la justicia cayera sobre el cuello de la nobleza feudal, sin embargo, se precisaba un arquitecto que conociera las cloacas del cabildo.

Y allí estaba don Julián Romero.

El conde no acudió a la posada del oidor Peña Salazar como un denunciante anónimo ni como un enemigo rencoroso.

Romero se presentó en la sede de la Audiencia .

su palidez marmórea que el paso de cuatro décadas no había logrado alterar.

Acompañado por dos arrieros de su confianza que cargaban dos talegas de cuero crudo con tres mil pesos de plata de diezmos para los gastos del tribunal, Romero solicitó audiencia privada con el magistrado.

Sobre la mesa del oidor, el adepto no depositó chismes ni conjeturas: colocó un cartapacio encuadernado en piel de becerro que contenía la cronología milimétrica del horror.

Durante veinticinco años, mientras la ciudad dormía y los jueces cenaban con el dinero de los Lisperguer, Romero había registrado con precisión de relojero cada crimen: los nombres de los cuarenta y dos peones e indios mitayos asesinados a latigazos en los trapiches de El Ingenio;

las fechas exactas de las mutilaciones de orejas y lenguas; los testimonios jurados de los arrieros que habían visto sepultar cadáveres sin cruz en las quebradas de Longotoma,

y los pagarés con que el difunto Campofrío había sobornado a los antiguos escribanos para archivar las quejas de los caciques .

—Vuestra merced tiene en sus manos el inventario de una tiranía, señor oidor —dijo don Julián con voz pausada, mirando fijamente los ojos acerados de Peña Salazar—.

Si enviáis alguaciles ordinarios a La Ligua, los capataces de doña Catalina los degollarán en el vado del río y los papeles desaparecerán en los hornos de caña.

Debéis caer sobre El Ingenio con tropa de línea antes de que cante el gallo.

Peña Salazar recorrió las páginas con el ceño fruncido, apretando la pluma de ganso hasta que la tinta saltó sobre el papel sellado:

—¿Por qué me entregáis esto vos, señor conde? —inquirió el juez, midiendo con recelo la juventud insultante del hidalgo que figuraba en los registros de vecindad desde 1622—. No tenéis parientes entre las víctimas ni pleitos de tierras con la viuda.

—Porque el silencio de este reino ha sido una afrenta a las leyes del universo, señor juez —respondió Romero con serenidad glacial—. Y porque hay deudas que la tierra no puede perdonar si pretende seguir dando trigo.

Peña Salazar no vaciló.

Tres días después, al frente de una compañía de cincuenta arcabuceros veteranos de la frontera del Biobío y con el estandarte real desplegado, el oidor cayó sobre la hacienda de El Ingenio como un rayo en noche serena .

No hubo resistencia. Los capataces zambos arrojaron los machetes al fango al ver los mosquetes amartillados de la tropa regular; los indios y esclavos, al comprender que venía la justicia del Rey y no una partida de cobradores,

cayeron de rodillas señalando con dedos temblorosos las bodegas tapiadas, los cepos de madera ensangrentada y los pozos ciegos donde yacían los huesos sin rezar

.

Doña Catalina de los Ríos fue hallada en la cámara principal de la casa patronal.

Estaba postrada en una cama con doseles de damasco podrido, rodeada de jarras de aguardiente vacías y botes de ungüentos fétidos.

Cuando los soldados rompieron la puerta, la Quintrala intentó alzar la fusta de plata para quebrar la frente del primer oficial, pero el esfuerzo le provocó un acceso de tos sanguinolenta que la arrojó de bruces sobre las sábanas sucias.

El oidor Peña Salazar entró en la alcoba con la espada desenvainada en la diestra y el mandamiento real en la izquierda:

—Doña Catalina de los Ríos y Lisperguer —entonó el magistrado con una voz que resonó en el patio como un clarín de muerte—: quedáis presa por orden de Su Majestad el Rey Don Felipe IV, acusada de parricidio, homicidios reiterados, tormentos inhumanos y sedición contra la Corona .

Que Dios tenga piedad de vuestra alma, porque la justicia de Castilla no la tendrá de vuestro cuerpo.

El traslado de la Quintrala a Santiago fue la procesión más lúgubre que presenció el siglo.

Encerrada en una carreta de bueyes cubierta con esteras de totora y escoltada por veinte soldados con las mechas humeantes, la mujer que había hecho temblar a gobernadores y obispos entró en la capital bajo una llovizna helada de agosto.

A lo largo de la Cañada, miles de indios, mestizos y frailes se congregaron en silencio absoluto para ver pasar la mole de cuero negro; nadie arrojó piedras ni profirió insultos:

el pueblo contemplaba el convoy con el pavor reverente con que se mira a una fiera rabiosa enjaulada que marcha hacia el desolladero.

Dada su condición de mujer de la primera nobleza criolla y el gravísimo estado de postración en que se hallaba —con las piernas convertidas en dos odres informes por la hidropesía y los pulmones anegados en flema—, la Audiencia no la arrojó a las mazmorras subterráneas del cabildo.

Fue confinada bajo rigurosa prisión formal en su propio palacio de la calle de las Agustinas .

Las puertas que daban a la calzada fueron claveteadas con maderos de espino; dos centinelas armados con alabardas montaron guardia día y noche en el zaguán empedrado, y las llaves de la verja del patio quedaron bajo la custodia personal del escribano del tribunal .

La ciudad no hablaba de otra cosa. En las esquinas se leían los bandos de la Audiencia donde desfilaban los testimonios de más de setenta testigos : mujeres indígenas azotadas en estado de preñez, esclavos desorejados, arrieros degollados en los callejones .

El mito de la bestia intocable se desmoronaba en el papel sellado; la Quintrala estaba presa, enferma y sola, esperando una sentencia de muerte que solo se demoraba por las apelaciones de sus abogados ante el Virrey de Lima .

Fue entonces cuando don Julián Romero movió su última pieza en el tribunal.

El conde acudió de nuevo al despacho del oidor Peña Salazar. No pidió rebajas de penas ni clemencia para la reclusa: solicitó, en virtud de sus donaciones a las arcas de la Audiencia y de su calidad de vecino principal, una autorización judicial extraordinaria para visitar a la rea en su encierro.

Peña Salazar, que veía en don Julián al caballero más sabio y mesurado del reino, estampó su firma y el sello de armas reales al pie del salvoconducto:

—Podéis entrar, señor conde. Pero llevad un pañuelo con vinagre; me dicen los cirujanos que la peste de esa alcoba pudre el aliento de los hombres sanos.

La noche cayó sobre la calle de las Agustinas con un silencio de camposanto.

Julián Romero cruzó el zaguán custodiado por los alabarderos.

A su lado, Caronte se detuvo en el umbral del corredor empedrado: el mastín negro se echó sobre las baldosas a tres pasos de los soldados, con los ojos de ámbar fijos en la puerta del aposento interior,

manteniendo su vigilia inmortal en el mismo patio donde treinta y seis años atrás Catalina había ordenado degollar a los esclavos.

El adepto empujó la pesada hoja de algarrobo y entró en la cámara.

El hedor era insoportable. El perfume de agua de azahar y las resinas de peumo con que las criadas intentaban purificar el ambiente no alcanzaban a disimular la fetidez agria de la carne gangrenada, el orín estancado y el sudor frío de la agonía.

En el fondo de la estancia, iluminada apenas por la llama mortecina de una lamparilla de aceite de ballena que temblaba sobre un velador, se alzaba el lecho de cuatro columnas.

Allí yacía Catalina de los Ríos.

Tenía cincuenta y seis años .

El cuerpo que una vez llenó de deseo y terror a los hombres de aquel reino era ahora un monumento grotesco a la descomposición de la materia.

Sus brazos, cubiertos de manchas moradas y llagas provocadas por los emplastos de mercurio, reposaban inmóviles sobre las sábanas de lino amarillentas.

La respiración era un estertor sordo, una lucha continua contra el líquido que le anegaba los bronquios; sus labios, desprovistos de todo rubor, tenían el tono azulado del plomo batido,

y de su cabellera roja no quedaba más que un mechón ceniciento pegado a una frente donde la piel parecía pergamino apergaminado estirado sobre un cráneo vivo.

Al sentir el crujido de las botas de Romero sobre las tablas enceradas, Catalina abrió los ojos despacio.

Eran las mismas pupilas verdes, rasgadas y felinas, pero estaban veladas por una niebla blancuzca, consumidas por una fiebre interior que no tenía cura en las boticas.

La mujer tardó varios segundos en enfocar la figura que se detenía al pie de su cama.

Cuando reconoció el jubón negro toledano, el cuello de lino inmaculado y aquel rostro pálido—el rostro idéntico, sereno y eterno que no había cambiado un solo rasgo desde 1622—, un espasmo violento sacudió el pecho de la moribunda.

—Tú… —susurró Catalina. Su voz era un silbido áspero, como el frote de dos piedras secas en el fondo de un pozo—. ¿Has venido a regodearte, Romero? ¿Has venido a ver cómo los perros de la Audiencia me despedazan en mi propia cama?