Capítulo 21 El ocaso de El Ingenio (1654)
El año de gracia de 1654 despojó a doña Catalina de los Ríos y Lisperguer del último escudo que la Corona y las apariencias le habían concedido.
En una madrugada neblinosa de febrero, en los cuartos traseros de la estancia de Quillota, don Alonso de Campofrío y Carvajal exhaló su último aliento.
El antiguo capitán de los tercios de Arauco, el soldado que había sobrevivido a las picas y flechas del Biobío y que en 1626 había vendido su hidalguía por cuarenta mil pesos de dote, no tuvo una muerte marcial: expiró ahogado en su propio vómito sanguinolento,
con el hígado destrozado por treinta años de aguardiente continuo y los ojos desorbitados por el delirio de la fiebre cuartana.
Catalina ni siquiera se molestó en trasladarse al velatorio.
Cuando el arriero llegó a Santiago con la nueva del deceso, la Quintrala despachó a dos frailes mercedarios con seis pesos de plata para que le dieran sepultura rápida en el camposanto parroquial, prohibiendo que las campanas de San Agustín doblaran a difunto con la pompa reservada a los regidores.
Para ella, Campofrío no había sido un esposo; había sido un perro guardián comprado en la feria, una firma dócil que estampaba autorizaciones en los memoriales de la Audiencia mientras ella descargaba el rebenque sobre los peones en La Ligua.
Mas la viudez, en el rígido andamiaje del imperio, era una herida abierta por la que comenzaban a colarse los chacales.
Sin un varón que representara las armas de la casa en los cabildos, sin hijos varones que heredaran el mayorazgo y con su belleza convertida en una ruina deformada por la hidropesía, Catalina quedó desamparada ante la envidia de los otros encomenderos.
Los parientes lejanos de los Lisperguer y de los De los Ríos comenzaron a husmear en los linderos de las haciendas; los oidores jóvenes de la Audiencia, que no habían recibido las bolsas de oro de don Gonzalo,
murmuraban en los corrillos de la Plaza Mayor que era hora de revisar las cuentas de los lavaderos de Marga-Marga y las quejas de los caciques de La Ligua.
Sintiéndose acorralada, la Quintrala se replegó como una alimaña vieja hacia su feudo del norte.
Abandonó la capital en una carreta tapizada con cueros negros, huyendo de la silueta acusadora del Cristo de Mayo, para encerrarse tras las empalizadas de El Ingenio.
Allí, sola entre capataces que la temían pero que ya comenzaban a mirarle las piernas hinchadas con el desdén que se le guarda a una fiera decrépita, Catalina endureció el régimen de sangre: si no podía comprar el respeto con la hermosura, lo arrancaría a fuerza de tormentos en las bodegas,
creyendo que el sonido de los látigos mantendría a raya a la muerte que ya le soplaba en el cogote.
En Santiago, la llegada del otoño de 1654 marcaba una despedida de muy distinta naturaleza.
En la casona de la calle de las Agustinas, tres arcones de madera de cedro forrados en cuero de vaca y asegurados con cantoneras de bronce descansaban listos sobre el empedrado del zaguán.
En su interior no había lutos ni cadenas: reposaban volúmenes encuadernados en tafilete con las anotaciones de Paracelso y Raimundo Lulio, cuadernos de campo con la clasificación geométrica de la flora andina,
redomas selladas con sales raras de los volcanes de Coquimbo y letras de cambio libradas contra las bancas de Sevilla y Génova por valor de doce mil escudos de oro.
Laura estaba lista para cruzar el mar.
A sus treinta y ocho años de edad cronológica, la discípula de Julián Romero resplandecía con una vitalidad asombrosa.
El Bálsamo de los Filósofos, que había bebido en la mañana del terremoto de 1647, mantenía su carne suspendida en una lozanía intacta: tenía la piel tersa, elástica y cetrina de sus veintiocho primaveras;
su figura menuda conservaba la agilidad de una pantera y en sus ojos almendrados ardía la luz serena de un entendimiento que había alcanzado la madurez sin pagar el tributo de la decrepitud.
Vestía para el viaje una saya talar de paño fino color azul marino, con cuello y puños de lino crudo, una capa de viaje con capucha ribeteada en piel de nutria y botas de cordobán suave.
Romero la contemplaba desde el umbral del laboratorio.
El conde, con su figura de un metro y setenta y un centímetros ceñida en terciopelo negro, no mostraba agitación; mas en la profundidad de sus ojos oscuros, habituados a ver marchar a los imperios, latía el dolor más puro que un alma inmortal puede experimentar:
la renuncia voluntaria a su mayor tesoro en la tierra.
—El carruaje para el puerto aguarda en la esquina del convento, Laura —dijo Julián. Su voz era un susurro cálido, templado como el metal de su espada.
La joven se volvió despacio. Clavó la mirada en su maestro, recorriendo cada detalle de su rostro de marfil:
—Aún estamos a tiempo de romper las cartas de crédito, Julián. Puedo quedarme aquí. Puedo seguir encendiendo el athanor mientras vos descifráis los textos de Alejandría. No necesito ver Europa para saber quién soy.
Romero cruzó la estancia con paso pausado. Se detuvo ante ella y tomó sus manos entre las suyas, sintiendo el calor limpio de su sangre joven.
—Necesitas ver el mundo, Laura. Si te quedas en este solar, no serías más que la sombra de mi propia eternidad.
Te rescaté del lodazal para hacerte libre, no para convertirte en la monja de clausura de mi laboratorio.
El siglo allá afuera está despertando: los hombres en Francia e Inglaterra están desafiando a Aristóteles; están fundando academias donde la razón y la química comienzan a disipar las tinieblas de la Inquisición.
Tú posees un saber que ellos no alcanzan a soñar: llevas la alquimia hermética unida a la sabiduría de esta tierra virgen.
Ve y habla de igual a igual con los sabios del viejo mundo.
Laura apretó los dedos de su maestro con una fuerza temblorosa:
—¿Y vos? ¿Os quedaréis solo en esta ciudad de muertos?
—Yo pertenezco a este valle hasta que la última cuenta sea saldada —respondió el conde con una sonrisa melancólica—.
Debo velar el desenlace de la estirpe de los Lisperguer.
Debo estar aquí cuando la tierra reclame el tributo de Catalina.
Y sobre todo, Laura… debo estar aquí esperándote cuando el reloj de arena agote los quince años que le quedan a tu bálsamo.
Caronte se acercó a paso lento desde la penumbra del corredor.
El enorme mastín negro apoyó su testuz ancha y pesada directamente sobre las faldas de Laura, levantando sus ojos de ámbar encendido hacia ella, soltando un quejido hondo, vibrante, cargado de una devoción animal que desafiaba a los siglos.
La joven se arrodilló sobre las losas de piedra, rodeando el cuello del sabueso con ambos brazos, hundiendo el rostro en su pelaje sedoso y tibio. Dos lágrimas limpias resbalaron por sus mejillas, humedeciendo la testuz inmortal de Caronte:
—Cuídalo, viejo amigo —susurró Laura al oído del animal—. Cuida sus espaldas cuando la noche sea demasiado fría.
El perro lamió la mano de la muchacha con una lentitud casi litúrgica y se echó a sus pies, custodiando sus arcones hasta el último instante.
El viaje hacia la costa duró tres jornadas a través de la cuesta de Zapata y las lomas boscosas de Casablanca.
Valparaíso en 1654 no era más que una rada pedregosa azotada por las marejadas del Pacífico, compuesta por una capilla ruinosa de adobe, tres bodegas de tabaco y calicanto y una hilera de chozas de pescadores que colgaban de los acantilados de la quebrada de San Agustín.
En la bahía, cabeceando sobre las olas verdes y bravas, fondeaba el galeón Nuestra Señora de la Candelaria: una mole de tres palos y casquete de roble vizcaíno que debía zarpar hacia el Callao,
donde Laura transbordaría a la armada que cruzaba hacia Panamá para empalmar con la flota de Indias que surcaba el Atlántico rumbo a Cádiz.
Al caer la tarde, en el muelle de tablones carcomidos donde reventaban las rompientes, Julián Romero y Laura se detuvieron a solas.
El viento del sur soplaba con fuerza, haciendo ondear la capa negra del adepto y agitando los pliegues de la saya azul de la joven.
El aire olía a salmuera pura, a cochayuyo podrido en las rocas y a la inmensidad del océano abierto que se extendía hacia el poniente como un manto de plomo líquido bajo las primeras estrellas.
Romero le entregó una pequeña bolsa de terciopelo negro con cordones de seda:
—Lleva esto siempre contigo, Laura. Dentro hay un sello de plata con mis armas y una credencial sellada por el provincial de los franciscanos de Roma.
Si alguna vez la sombra de la Inquisición o la malicia de los reyes se cruza en tu camino, muestra este blasón en las abadías de Génova o en los gabinetes de Praga.
Te abrirán las puertas más secretas de Europa.
Laura tomó la bolsa y la guardó en el pecho, junto a su corazón.
Alzó los ojos hacia él. Durante un minuto interminable, el bramido del mar y el graznido de los pelícanos parecieron extinguirse en la distancia.
Romero se inclinó hacia ella; sus labios fríos y marmóreos se posaron con una ternura infinita sobre la frente tibia de Laura, sellando la despedida con la bendición más sagrada que un maestro puede otorgar a su alma gemela.
—Id con Dios, Laura —dijo Julián en un susurro que desafió al viento—. No me llores en las cortes. Vive con la plenitud de los libres.
Laura dio un paso hacia la chalupa que aguardaba con cuatro marineros de remos en alto. Antes de apoyar la bota en la borda, se volvió hacia él con el rostro iluminado por la luz violeta del crepúsculo:
—No habrá filósofo ni príncipe que borre vuestro rostro de mi memoria, Julián Romero —dijo ella con una firmeza que no admitía quiebre—.
He bebido de vuestra ciencia y he dormido en vuestro pecho.
Volveré a este reino antes de que venzan los veinte años.
Y cuando vuelva… vos y yo sabremos cuál es el camino definitivo.
La muchacha subió a la barcaza. Los remos golpearon el agua con un compás rítmico, alejando la silueta de Laura hacia la mole oscura del galeón que comenzaba a levar anclas en medio de la bahía.
Don Julián Romero permaneció de pie sobre los tablones del muelle hasta que la noche cerró por completo el horizonte.
Vio a la Nuestra Señora de la Candelaria desplegar su velamen blanco; vio la mole de madera inclinarse bajo la fuerza del viento del sur y virar hacia el norte, perdiéndose en la inmensidad de las aguas como un punto de sombra que se desvanecía en la eternidad.
A su lado, Caronte permanecía sentado sobre las piedras de la orilla, con las orejas bajas y el hocico apuntando hacia la estela de espuma que el barco dejaba a su paso, soltando un ladrido largo y sordo hacia el océano.
—Ha comenzado su tiempo, Caronte —dijo el adepto en voz muy baja, acariciando la nuca del animal—. Ahora debemos ocuparnos del nuestro.
El regreso a Santiago fue el inicio de una soledad mineral.
La casona de la calle de las Agustinas parecía un templo deshabitado.
En el laboratorio ya no se escuchaba la voz clara de Laura corrigiendo las proporciones del plomo ni el roce suave de sus sayas cruzando entre los alambiques.
Solo quedaba el rumor continuo del athanor que Romero mantenía encendido por pura disciplina, el tic-tac monótono de un reloj de pesas holandés y las páginas del Quijote que el adepto releía en las noches de invierno a la luz de un candil de aceite.
Los años de la década de 1650 transcurrieron para el conde como un río subterráneo que no altera la roca.
Romero mantuvo su presencia silenciosa en la capital: almorzaba dos veces al año con el obispo Villarroel para seguir financiando la reconstrucción de los conventos;
visitaba los archivos del cabildo para vigilar las transferencias de tierras y caminaba por las noches con Caronte bajo los muros reconstruidos de San Agustín, donde la corona del Cristo de Mayo continuaba desafiando a los temblores desde su cuello sagrado.
En el norte, el tiempo no era tan piadoso.
Las noticias que los arrieros traían desde La Ligua hablaban de un señorío fantasmal.
Catalina de los Ríos vivía atrincherada en El Ingenio como una araña monstruosa que devoraba su propio nido: había mandado a cegar los pozos para que los indios no bebieran sin su licencia;
azotaba a las esclavas preñadas en los corrales y se negaba a pagar los quintos reales al corregidor de Quillota, amenazando con degollar a cualquier alguacil que cruzara el vado del río con mandamientos judiciales.
Mas la impunidad colonial, que había durado cuatro décadas amparada en el terror feudal y las sotanas cómplices, comenzaba a encontrar su límite natural.
En Madrid y en Lima, los memoriales sobre las atrocidades de la Quintrala —acumulados durante cuarenta años en los archivos secretos de la Real Audiencia— habían alcanzado el peso crítico de un escándalo que la Corona ya no podía disimular.
Hacia 1658, los rumores en la corte del Virrey hablaban ya del nombramiento de un magistrado incorruptible, un juez pesquisidor de mano dura que sería enviado desde España con plenos poderes para cortar de raíz la peste de La Ligua: el oidor don Juan de la Peña Salazar.
Don Julián Romero cerró el tomo del hidalgo de la Mancha aquella noche de invierno, mirando hacia la pared norte de su biblioteca, en dirección a los cerros de Aconcagua.
—El telón del cuarto acto está subiendo, Caronte —murmuró el conde, mientras el mastín negro levantaba las orejas en la penumbra—. El cadalso que Catalina construyó durante cuarenta años está listo para recibirla. Y nosotros seremos los testigos que cierren el libro.