Capítulo 20 Los caminos de la ceniza (1648–1653)
Mientras Santiago levantaba con lentitud agónica sus nuevos muros de adobe sobre los cimientos triturados por el terremoto, don Julián Romero, Laura y Caronte abandonaron la traza urbana de la capital.
No huían de la miseria del valle; acudían a una llamada que los papeles secretos de Fray Ignacio, rescatados de las criptas antes del derrumbe, habían dejado al descubierto.
El prior vampiro no había cruzado el océano en solitario: dos de sus antiguos cómplices de la Europa Danubiana, arribados en las mismas flotas mercantes a finales del siglo anterior, se habían dispersado por los confines del reino para operar lejos de las miradas inquisitoriales de Lima,
alimentándose de la carne olvidada de las fronteras.
Durante cinco años, entre la primavera de 1648 y los últimos meses de 1653, los tres jinetes recorrieron el espinazo agreste de Chile en una expedición que la historia colonial jamás registraría en sus actas capitulares.
El primer rastro los condujo hacia el norte, atravesando las serranías calcinadas del Choapa hasta las quebradas secas de Illapel y Coquimbo.
Allí, en un mineral de cobre y oro abandonado en las entrañas de una sierra de cuarzo, se había atrincherado un antiguo canónigo de Praga que se hacía llamar el «hermano Silvestre».
El monstruo había comprado la complicidad de los capataces de mita para desviar a cuadrillas enteras de indios encomendados hacia los socavones más profundos, donde los infelices eran desangrados en la penumbra mineral sin que sus familias supieran si habían muerto por un derrumbe o por el azote.
La cacería duró tres semanas bajo un cielo de cobalto que no conocía la lluvia.
Guiados por el olfato implacable de Caronte —cuyas pupilas doradas brillaban en las bocaminas como dos ascuas de fragua—, Romero y Laura descendieron a la sima de la montaña.
Fue Laura quien ideó la táctica: no emplearon el acero a ciegas en las galerías estrechas; la joven alquimista armó unos cartuchos de cobre rellenos de salitre, azufre nativo y polvo de antimonio calcinado.
Cuando el engendro se abalanzó desde el techo rocoso con la velocidad de un murciélago gigante, Laura arrojó el fulminante contra una tea encendida.
El destello de fuego solar cegó a la bestia en el acto, haciéndola aullar mientras la luz calcinaba sus retinas abisales; una fracción de segundo después, la espada toledana de don Julián le atravesaba el corazón en una estocada limpia y certera,
disolviendo el cuerpo en una costra de ceniza seca que los vientos de la quebrada se encargaron de dispersar al amanecer.
El segundo destino los llevó mil leguas hacia el sur, cruzando los vados correntosos del Maule y del Itata hasta internarse en la frontera ensangrentada del Biobío, en las inmediaciones de los fuertes de Yumbel y Nacimiento.
Bajo las lluvias torrenciales que azotaban los bosques de pellín y canelo, un antiguo capitán de los tercios de Flandes, herido de vampirismo en las guerras de religión y camuflado bajo el sayo de sargento mayor de la plaza,
se alimentaba de los soldados convalecientes en los hospitales de campaña y de los cautivos mapuches antes de que fueran despachados a las galeras del Callao.
Aquella criatura era más fuerte y marcial que el canónigo del norte; no temía a las balas ni a las lanzas de coligüe.
Fue en una noche de temporal cerrado, en una empalizada abandonada a orillas de un estero cenagoso, donde se trabó el combate final.
Caronte le cerró el paso destrozándole los tendones de la pierna izquierda de una dentellada feroz, inmune a los golpes brutales del engendro gracias a la fuerza ósea que el elixir le otorgaba.
Romero y el capitán trabaron un duelo de aceros en medio del fango: las hojas toledanas restallaron en la oscuridad despidiendo chispas azules, hasta que Laura, apostada en el terraplén, vació un frasco de vitriolo solar sobre la espalda del monstruo.
El líquido abrió la carne necrótica como un ácido abrasador, y Romero completó la decapitación con un tajo circular que devolvió la paz a la frontera.
Mas aquellos cinco años de caminos no fueron únicamente una marcha de sangre y hierro; fueron el crisol donde la relación entre don Julián Romero y Laura alcanzó su transfiguración definitiva.
El Bálsamo de los Filósofos, bebido en la mañana del terremoto, había obrado su milagro con una precisión matemática.
Laura, que en 1650 cumplía treinta y cuatro años, conservaba la textura lozana, firme y elástica de sus veintiocho primaveras: su piel cetrina resplandecía con una vitalidad limpia;
sus ojos almendrados no acusaban el cansancio de las cabalgatas interminables y su mente se abría a las enseñanzas de su maestro con una avidez y una claridad prodigiosas.
Libres de las miradas hipócritas del cabildo de Santiago y de las sotanas de los conventos, ambos vivieron en una comunión que los mortales de su tiempo no habrían podido concebir.
En las noches despejadas del desierto de Atacama, mientras Caronte velaba el campamento sobre una duna de arena tibia, Julián le enseñaba a Laura las geometrías prohibidas de la cábala hermética, el secreto de la transmutación de los metales innobles y la anatomía sutil de los cuerpos celestes.
A su vez, Laura, cuya sangre india la conectaba de manera visceral con la tierra que pisaban, le revelaba a don Julián las propiedades secretas de la botánica nativa: las virtudes del palqui para cortar los venenos de la carne,
el poder alucinógeno del chamico de la cordillera y los cantos minerales que las piedras de los ríos del sur guardaban desde antes de la llegada de los incas.
Entre ambos floreció un amor que no se parecía a la pasión destructiva y carnal de los hombres.
Era un afecto solemne, profundo y sereno como un lago andino; una alianza de dos inteligencias superiores que se reconocían como iguales en el vértice del infinito.
En las cabañas de adobe donde se resguardaban de las tormentas del sur, sentados junto al fuego de leña de roble, compartían el lecho sin la prisa mezquina de los amantes vulgares: se amaban con una ternura lenta, lúcida y sagrada,
saboreando cada caricia como un tesoro robado al flujo inexorable de las horas.
Romero encontraba en la juventud suspendida de Laura el único puerto de paz que había conocido en dos siglos de errancia; y Laura bebía de la mirada oscura de su señor la certeza de que su vida, nacida en la miseria de un corral de esclavos, se había elevado hasta tocar la eternidad de los sabios.
—El mundo os espera, Laura —le decía Julián en las madrugadas, mientras le apartaba un mechón negro de la frente limpia—. Estos cinco años han templado vuestro espíritu. Pero el río de Europa es ancho y profundo; allá debéis probar vuestras alas antes de que el bálsamo agote sus dos décadas.
—Iré, Julián —respondía ella, mirándolo a los ojos con devoción absoluta—. Pero ningún filósofo de París ni ningún príncipe de Flandes alcanzará a llenar el vacío que dejará vuestra sombra en mi pecho.
A finales de 1653, el pequeño cortejo emprendió el regreso a la cuenca central.
Santiago comenzaba a cicatrizar sus heridas.
Los tajamares del Mapocho habían sido reforzados con calicanto nuevo; las monjas agustinas habían reedificado sus claustros y en la Plaza de Armas se alzaba ya la nueva arquería de la Real Audiencia,
donde los oidores volvían a redactar memoriales y a litigar por mercedes de indios con la misma ceguera de antaño.
Julián Romero y Laura alquilaron una casa de campo en los extramuros de la ciudad, en las riberas del Maipo, prefiriendo no llamar la atención del nuevo gobernador don Antonio de Acuña y Cabrera.
Fue una mañana de noviembre de 1653 cuando Romero cabalgó solo hacia el centro de la ciudad para retirar unas cartas de crédito remitidas desde el Callao.
Iba montado en un caballo alazán, vestido con su sobria levita negra toledana, con Caronte trotando a su estribo izquierdo como un centinela incansable.
Al doblar la esquina de la calle de las Agustinas, frente a los paredones recién blanqueados del palacio de los Lisperguer, el conde detuvo su cabalgadura bajo la sombra de un álamo.
En el patio empedrado, apoyada en el brazo de una sirvienta india y arrastrando penosamente los pies sobre las baldosas, apareció doña Catalina de los Ríos.
A Julián Romero se le oprimió el pecho ante el cuadro que contempló desde la distancia.
Catalina tenía cuarenta y nueve años, pero parecía una anciana que doblaba esa edad.
La temible Quintrala era ahora una ruina viviente.
Su cuerpo de un metro y setenta centímetros, antes esbelto y altivo como una pica de guerra, estaba hinchado de manera monstruosa por la hidropesía: las piernas se le habían vuelto dos columnas informes que apenas cabían en unas botinas de badana abiertas por los costados; su vientre,
abultado por los líquidos estancados y la cirrosis del aguardiente, tiraba de los pliegues de una saya de luto rancio que olía a alcanfor y a vinagre de botica a diez varas de distancia.
Mas lo más desolador era su cabeza.
La legendaria cabellera cobriza —aquella flor del quintral que había sido el estandarte de su fuego salvaje— había desaparecido casi por completo: apenas unos mechones ralos, blancos como la escarcha de la sierra, caían sobre unas sienes amarillentas,
salpicadas de manchas seniles y costras provocadas por los emplastos de plomo.
Su rostro de leche y porcelana era una máscara de cuero arrugado y colgante; sus labios violáceos temblaban con un tic nervioso involuntario, y sus ojos verdes, aquellos pozos felinos que una vez miraron a los gobernadores sin pestañear, eran dos rendijas turbias,
veladas por las cataratas y el miedo infinito a la condenación eterna.
A unos pasos tras ella, sentado en una silla de mimbre bajo un parrón seco, yacía don Alonso de Campofrío.
El veterano de Arauco era ya un vegetal humano: babeaba sobre la pechera de su camisa desabrochada, con la mirada perdida en las tejas del tejado, sosteniendo un vaso de greda vacío con dedos que temblaban por el estertor final que no tardaría en apagarlo en los primeros meses del año siguiente.
Catalina se detuvo en el quicio del portalón. Llevaba en la mano diestra un rosario de cuentas gruesas de madera de olivo que pasaba con una lentitud mecánica, murmurando jaculatorias con una voz ronca, gutural y pastosa que apenas sonaba a lenguaje humano.
De pronto, la mujer detuvo los dedos sobre una cuenta de nácar.
Alzó la cabeza despacio, como si hubiera sentido en la nuca el roce de una hoja de acero helada.
Sus ojos turbios recorrieron la calzada rota, barriendo los carromatos de verduras y a los arrieros que pasaban hacia la Cañada, hasta clavarse directamente en el jinete que la observaba desde la penumbra del álamo.
Por una fracción de segundo, a través de la niebla de sus ojos enfermos, Catalina de los Ríos reconoció la figura.
Allí estaba don Julián Romero.
El conde se erguía sobre la silla de montar con la misma rectitud mineral, esbelto y joven, exactamente igual al hidalgo que en 1623 la había desafiado en el salón del oidor Celis; exactamente igual al hombre que en 1624 se había limpiado su beso con un pañuelo de seda blanca;
exactamente igual al adepto que en 1647 le había advertido que la tierra reclamaría sus cimientos.
A su lado, el mastín negro permanecía inmóvil, con la mirada de fuego ámbar devolviéndole el juicio silencioso que jamás se borraba.
Catalina soltó un gemido seco, un gorgoteo de espanto que le brotó de lo más hondo de las entrañas. La cruz del rosario cayó al suelo entre sus pies hinchados. Alzó una mano temblorosa, con los dedos deformados por la gota, intentando señalar hacia el árbol:
—Él… —balbuceó con la lengua pastosa hacia la sirvienta india que la sostenía—. Míralo, Juana… ¡Es el conde! ¡Sigue vivo! ¡No tiene una sola arruga!
La criada miró hacia la esquina con indiferencia cansada:
—No hay nadie bajo el álamo, mi señora doña Catalina. Son las sombras del mediodía. Entremos, que el aire de la acequia le hace mal a sus humores.
Catalina volvió a clavar la vista en el árbol.
El jinete y el perro ya no estaban. Se habían desvanecido entre el polvo del camino como si hubieran sido una exhalación de humo negro, dejando tras de sí únicamente el susurro de las hojas del álamo mecidas por el viento andino.
La Quintrala cayó de rodillas sobre el empedrado, sollozando con un estertor de animal herido de muerte, golpeando el barro con sus manos huesudas mientras las campanas de San Agustín tocaban el ángelus a lo lejos,
recordándole que la cuenta regresiva de su agonía marchaba hacia el desenlace final con una puntualidad aterradora.
Romero, ya al otro lado del puente del Mapocho, continuó su marcha al paso lento de su alazán, con Caronte trotando a su flanco.
El viaje de los cinco años había concluido; los vampiros de la frontera eran polvo; Laura estaba lista para zarpar hacia los reinos de Europa; y en el caserón oscuro de las Agustinas, la mujer de pelo cobrizo esperaba sola, en la fosa de su propia carne,
la llegada del juicio de los hombres y la sombra de la última vigilia.