Capítulo 19 La burla ante la madera (1647) #2
Cada vez que cometías una atrocidad, cada vez que tus capataces desollaban a un inocente, yo detenía mi mano en el laboratorio diciéndome: «Aún puede despertar. El dolor del mundo terminará por enseñarle la piedad».
Romero dio un paso más, quedando a escasos dos palmos de su sillón:
—Esa fue mi mayor debilidad humana, Catalina.
Mi pecado no fue odiarte; fue haber creído que podías elegir la luz.
Esperé demasiado. Y mientras yo esperaba a que tu corazón se ablandara, la sangre de tus víctimas regaba este valle.
No intervine antes porque sentía lástima por ti.
Y esa lástima fue mi condena… y la tuya.
Catalina de los Ríos soltó la fusta de plata. El látigo cayó al empedrado con un golpe seco.
La copa de aguardiente resbaló de sus dedos enguantados, derramando el licor amargo sobre el terciopelo morado de su falda.
La mujer enterró el rostro entre las manos; sus hombros anchos comenzaron a sacudirse con espasmos violentos, mudos, hasta que un sollozo desgarrador —un llanto salvaje, viejo y podrido que llevaba cuarenta años encerrado en su pecho— brotó de su garganta,
quebrando para siempre la estatua de la Quintrala.
Alzó la cabeza despacio. Las lágrimas caían a chorros por sus mejillas ajadas, lavando las manchas de hollín y abriendo surcos limpios en su piel marchita. Sus ojos verdes miraron a Romero con una desnudez aterradora, desprovista ya de afeites, de armas y de mentiras:
—Te odié con toda mi alma, Julián —confesó ella, y cada palabra sonaba como si se arrancara una tira de carne viva de las entrañas—.
Te odié desde la primera noche en que me miraste sin bajar la cabeza.
En este reino maldito, todos los hombres se arrastraban ante mí: mi padre me golpeaba borracho pero me temía; Campofrío se vendió por mi plata; los oidores me lamían las manos para conseguir prebendas;
los caballeros como Enríquez solo querían meterse bajo mis sábanas para presumir en las tabernas de que habían domado a la Lisperguer.
Todos eran basura. Perros hambrientos a los que compraba con un puñado de oro o calmaba con un latigazo.
Catalina se inclinó hacia adelante, clavando sus pupilas desorbitadas en las del adepto:
—Solo vos… Solo vos me mirasteis como a una igual.
No me teníais miedo; no deseabais mis haciendas; no os importaba mi dote de cuarenta mil pesos.
Cuando me besasteis bajo los naranjos y os limpiasteis los labios con ese pañuelo blanco…
sentí que me arrancabais el corazón del pecho.
Nadie me había despreciado jamás. Y ese desprecio me volvió loca.
Quería destruiros porque no podía poseeros.
Quería que os arrastrarais por este barro, que me suplicarais de rodillas que os perdonara la vida, para poder convencerme de que vos erais como los demás…
para no sentirme tan monstruosa por haber nacido en este fango.
La Quintrala extendió una mano temblorosa, deteniéndose a escasos centímetros del paño negro del jubón de Romero, sin atreverse a tocarlo:
—Os amé, Julián. Os amé con la poca alma que me quedaba viva.
Fue lo único verdadero que sentí en esta existencia podrida.
Cuando os veía pasar bajo mis ventanas, con ese porte de señor antiguo que no envejece…
habría entregado La Ligua, El Ingenio y hasta el aire que respiro por haber sido la mujer que se sentara a vuestra mesa en ese laboratorio.
Habría querido ser sabia. Habría querido que me enseñarais a mirar las estrellas sin ver sangre en el cielo.
Una sonrisa amarga, deshecha por el dolor, curvó sus labios violáceos:
—Pero yo solo sabía matar, Romero. Mi madre me enseñó a poner veneno en las jícaras antes de que aprendiera a rezar; mi abuela india me enseñó que la única forma de que los hombres no te degüellen es degollarlos a ellos primero.
Cuando quise cambiar… ya era tarde. El odio ya era mi sangre.
Si no azotaba, si no quebrado huesos, sentía que el vacío me tragaba viva.
Y ahora… ahora me decís que vos también esperabais que yo cambiara.
¡Qué burla más atroz, Dios mío! ¡Los dos esperando que el otro diera el paso, mientras este valle se convertía en un matadero!
Catalina dejó caer los brazos sobre las rodillas, con la cabeza gacha, mirando fijamente los cascotes del suelo.
—Tenéis razón, don Julián —murmuró con una voz que se apagaba en un estertor de ceniza—.
Dios lo ha visto todo. Y ese Cristo de madera me ha ganado la partida.
Me quedaré aquí, sola en este rincón de barro, viendo cómo el tiempo me come las carnes.
Mi nombre será una maldición para los que nazcan en este suelo.
Pero vos… vos caminaréis sobre mis huesos sin una sola arruga en la frente. Esa es mi verdadera condena.
Romero permaneció inmóvil. En su pecho, la piedad milenaria se mezcló con la certeza implacable del destino cósmico.
Comprendió que la tragedia de Catalina de los Ríos había alcanzado su catarsis definitiva: la bestia había sido despojada de su orgullo, y solo quedaba el cascarón mortal esperando el curso natural de las leyes de la descomposición.
El adepto no pronunció una sola palabra de condena. Se inclinó levemente en una reverencia sobria, fúnebre y respetuosa —el último saludo que un caballero andante dedica a una enemiga formidable que ha depuesto las armas en el campo de batalla—.
—Adiós, Catalina —dijo don Julián en un susurro que se llevó el viento helado de la tarde—. Que la tierra te sea leve cuando llegue la hora de tu descanso.
El conde Romero dio media vuelta.
Acompañado por el trote silencioso de Caronte, cruzó el patio en ruinas y se internó en la calle de las Agustinas, caminando hacia su solar donde Laura aguardaba para preparar las maletas del gran viaje hacia Europa.
A sus espaldas, sentada en la penumbra de su tienda morada, entre los escombros de su feudo derruido y bajo la mirada compasiva del Cristo de Mayo, Catalina de los Ríos y Lisperguer lloraba a solas en la noche colonial,
sabiendo que el telón de su juventud y de su fuego se había cerrado para siempre sobre el valle de Chile.