La Quintrala Y El Adepto Capítulo 19 La burla ante la madera (1647)
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Capítulo 19 La burla ante la madera (1647)

El invierno que siguió a la noche del cataclismo fue el más crudo y desolado que conoció el siglo.

Santiago se había transformado en un campamento de espectros.

Como las casas de adobe no eran más que montañas de barro cuajado y vigas quebradas, las familias sobrevivientes —nobles y plebeyos por igual— se hacinaban en rancherías precarias levantadas con ramas de sauce, cueros de vaca y lienzos de tienda en la Plaza Mayor y en los descampados de la Cañada.

El humo de las hogueras de espino no alcanzaba a calentar el aire glacial que bajaba de las cumbres nevadas; el río Mapocho corría turbio, arrastrando cadáveres de bestias y restos de muebles coloniales,

y una peste de tabardillo y pasmo de pulmón comenzaba a segar las vidas de los niños y los ancianos que habían escapado milagrosamente de los derrumbes.

En medio de aquel muladar de ruinas y lamentos, el único punto fijo sobre la tierra parecía ser la nave derruida de San Agustín .

Allí, sobre el único muro de calicanto que había quedado en pie entre las cenizas de las catacumbas, el Cristo de Mayo presidía la tragedia del reino .

La corona de espinas silvestres, firmemente asentada en su garganta, se había convertido en el relicario del pueblo.

De sol a sol, centenares de criollos, soldados con las corazas oxidadas e indios de mita se arrastraban de rodillas sobre las tejas rotas para encender candelas de sebo a los pies del madero ,

buscando en los ojos de pasta de vidrio del crucificado una brizna de perdón que aplacara la furia de los elementos.

Al otro lado de la calle de las Agustinas, sin embargo, el orgullo feudal se negaba a morder el polvo.

Doña Catalina de los Ríos y Lisperguer había hecho levantar en el patio principal de su palacio desmoronado una tienda de campaña de paño de Flandes morado, forrada en su interior con los tapices de terciopelo rescatados de los escombros.

Alrededor del campamento, Juan Rodulfo —con el brazo izquierdo en cabestrillo y la mitad de la cara vendada con trapos sucios— y cuatro peones supervivientes montaban guardia con tercerolas con la mecha encendida,

espantando a tiros a los mendigos que se acercaban a pedir un puñado de charqui o un jarro de agua limpia.

Catalina pasaba las mañanas sentada a la entrada de su tienda, envuelta en un capote de terciopelo verde ribeteado en piel de zorro, con una copa de aguardiente de Quillota en la mano diestra y la fusta de plata sobre el regazo.

Tenía cuarenta y tres años, pero la devastación de su rostro parecía haber sumado un lustro en una sola noche.

La piel de sus mejillas, desprovista de los afeites y la harina de arroz que habían quedado sepultados bajo las vigas de su alcoba, mostraba una palidez cenicienta, surcada por dos pliegues amargos y profundos que le tiraban de las comisuras hacia abajo.

Su cabellera roja, antes un incendio que deslumbraba a las audiencias, era una masa opaca donde las hebras plateadas ya no podían ocultarse; y en sus ojos verdes felinos, antes arrogantes y rapaces, ardía una mezcla insoportable de insomnio,

fiebre de bilis y una rabia corrosiva que la consumía por dentro como ácido de vitriolo.

Desde su sillón frailero, la Quintrala no podía evitar ver, a través de la brecha abierta en su tapia exterior, la silueta solitaria del Cristo de San Agustín alzándose contra el cielo de plomo .

Cada vez que una ráfaga de viento traía el rumor de los rezos del pueblo —«Señor de la Agonía, ten piedad de este valle…»—, Catalina soltaba una risotada seca, ronca y estrangulada, escupiendo hacia el barro:

—¡Míralos! —gritaba a sus capataces con una voz que hacía temblar las lonas de la tienda—.

¡Míralos cómo se arrastran como gusanos ante un leño de cedro!

Creen que esa madera les va a levantar las paredes o les va a devolver las mulas que se tragó el río.

¡Si tuviera dos carretadas de pólvora seca, yo misma volaba ese muro para que aprendan a no lloriquear como viejas!

Los peones bajaban la vista, persignándose con disimulo a espaldas de su ama. Ninguno se atrevía a secundar la blasfemia; todos en el reino sabían que la tierra volvía a temblar cada vez que alguien osaba tocar la corona del cuello del Salvador .

Fue a media tarde, cuando la niebla del Mapocho comenzaba a descender sobre los escombros, cuando don Julián Romero cruzó la calle.

Caminaba solo. Caronte, que lo seguía a unos pasos de distancia, se detuvo junto a los restos de la portada de piedra, sentándose sobre sus cuartos traseros con la mirada fija en los arcabuceros de Catalina.

Los criados dieron un paso atrás de inmediato, bajando las armas sin que nadie se lo ordenara: la sola presencia del mastín negro, con su lomo reluciente y sus ojos de fuego ámbar, bastaba para paralizar a los hombres más bravos del Aconcagua.

Romero avanzó hasta el centro del patio empedrado.

Vestía su clásica ropilla negra toledana, sin polvo ni desgarros, con la capa recogida con elegancia sobre el hombro izquierdo y la espada ropera al cinto.

A diferencia de todos los hombres de aquel reino desolado, no había una sola huella de miseria ni de derrota: su piel de marfil permanecía tensa y limpia, y en sus ojos oscuros no había odio, sino una serenidad aplastante, majestuosa y fúnebre.

Catalina no se levantó del sillón. Apretó la fusta con tal violencia que los nudillos le crujieron, pero no llamó a sus guardias. Se limitó a mirarlo de abajo hacia arriba, intentando sostener su máscara de emperatriz entre los despojos de su imperio:

—¿A qué habéis venido, señor conde? —siseó con una mueca envenenada en los labios resecos—.

¿A ver cómo vive la nobleza en campaña? ¿O habéis venido a traerme agua bendita de ese leño que tenéis enfrente?

Dicen las beatas que esa madera hace milagros.

Yo digo que es un pedazo de peral mal tallado que los frailes usan para sacarles los últimos reales a los idiotas.

Romero se detuvo a tres pasos de ella. La miró en silencio durante varios segundos, con una atención tan profunda que Catalina sintió que su capa de terciopelo se volvía de cristal transparente bajo sus ojos.

—Sigues mintiéndote a ti misma, Catalina —dijo don Julián con su castellano pulcro, pausado, cuya cadencia sonaba como el tañido de una campana en un desierto—.

Te burlas de la madera porque es el único escudo que le queda a tu cobardía.

Mas sé que no duermes. Sé que cada vez que cierras los ojos en esa tienda, ves esos ojos de vidrio mirándote a través de las lonas.

Catalina palideció bajo el capote. Desvió la vista hacia el suelo de baldosas quebradas, dando un trago largo a su copa para ahogar el temblor de su mandíbula:

—A mí no me asusta un trozo de árbol, don Julián. Expulsé a ese hombre de mi casa porque no tolero que nadie me ponga mala cara bajo mi propio techo. Y si volviera a entrar, volvería a ordenar a mis negros que lo tiraran a la calle.

—Creíste que sacando una efigie de tu oratorio te librabas del juicio, Catalina —respondió Romero, y su voz cobró una gravedad que heló el aire del patio—.

¡Qué estrecha es la soberbia de los tiranos!

Puedes quemar los altares, puedes derribar los conventos y degollar a todos los frailes del reino si te place…

pero Dios lo ve todo. Cada gota de sangre que derramaste en los trapiches de La Ligua, cada azote que ordenaste en la noche, cada trago de hiel que le diste a don Gonzalo en su lecho de muerte ha quedado grabado en la memoria de la materia. El universo no olvida nada.

Catalina apretó los dientes, sintiendo la punzada de la acusación en el esternón:

—¡Si Dios lo ve todo, don Julián, entonces es un cobarde como vos! —gritó con un arranque de rabia desquiciada—. ¿Por qué no me partió un rayo cuando maté a mi padre? ¿Por qué no me aplastó una viga en este terremoto? ¿Por qué me dejó viva entre estas ruinas?

Romero dio un paso hacia ella. Su mirada se llenó de una tristeza tan inmensa que a la Quintrala se le heló la sangre:

—Porque ese Cristo al que tanto desprecias te ha tenido una compasión infinita, Catalina.

La mujer parpadeó, desconcertada por la respuesta:

—¿Compasión… a mí?

—A ti —sentenció el conde—. Has subestimado su poder porque mides la fuerza con la vara de tus capataces y tus cuchillos.

Creíste que el poder es aplastar la carne de los débiles; no comprendes que el verdadero poder supremo es la contención.

Si la justicia de ese crucificado fuera como la tuya, hace veinticinco años que este valle te habría devorado entera; serías ceniza bajo esta greda y tu alma estaría aullando en las simas del infierno.

Te ha dejado respirar, Catalina. Te ha permitido ver cómo se desmorona tu torre de orgullo para darte la oportunidad de quebrar tu cerviz antes de que sea demasiado tarde.

Catalina respiraba con dificultad. El silencio cayó sobre el campamento como una losa de plomo.

—¿Y vos? —susurró ella de pronto, y por primera vez en veinticinco años, su voz perdió el timbre metálico de la amenaza y sonó humana, agónica, rota por un dolor que no pertenecía a este mundo—.

¿Por qué vos… por qué tardasteis tanto en intervenir, don Julián?

¿Por qué me dejasteis llegar hasta aquí?

Si tenéis ese fuego de las estrellas en las manos…

si pudisteis matar a Fray Ignacio en una noche…

¿por qué no me detuvisteis en 1622? ¿Por qué me dejasteis convertirme en esto?

Romero bajó los ojos un instante hacia las piedras del patio. Cuando volvió a alzar la vista, en sus pupilas oscuras ardía la confesión más amarga de su inmortalidad:

—Porque siempre esperé que enderezaras el camino, Catalina.

La mujer se quedó paralizada.

—Te vi entrar en el salón del oidor Celis cuando tenías diecinueve años —continuó Julián en un susurro grave, íntimo—.

Vi la fuerza monumental de tu espíritu. Vi en ti el fuego primigenio de esta tierra nueva: una voluntad capaz de fundar un reino, una inteligencia que no se doblaba ante la hipocresía de los letrados ni ante la cobardía de los soldados.

Me dije: «Esta mujer es un diamante en bruto; solo necesita tiempo para que la razón tempere su orgullo».