La Quintrala Y El Adepto Capítulo 18 La corona del Cristo de Mayo (1647) #3
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Capítulo 18 La corona del Cristo de Mayo (1647) #3

Romero palideció. La serenidad del adepto se resquebrajó ante la crudeza de la verdad que su discípula le arrojaba a la cara: —Fue un beso de piedad, Laura.

Una despedida ante el abismo. —¡Me importa un bledo vuestra piedad filosófica!

—sollozó Laura, y las lágrimas al fin saltaron de sus ojos, resbalando ardientes por sus mejillas tersas—.

¡Yo he tenido que ser pura! ¡He tenido que ser casta, prudente, sabia y perfecta para merecer una palabra de afecto en este laboratorio!

¡Y a ella… a esa bestia soberbia que se acuesta con borrachos y degüella a sus peones, le regalasteis vuestro dolor, vuestras noches de insomnio y la debilidad de vuestra carne!

¿Por qué? ¿Porque era hermosa? ¿Porque no tenía miedo de quemarse?

¿Porque su maldad era más deslumbrante que mi devoción?

La muchacha tomó el frasco vacío del bálsamo de la mesa y lo estrelló contra el suelo de losas.

El cristal de roca estalló en mil esquirlas con un chasquido agudo: —Me habéis dado veinte años de juventud…

¿Para qué, Julián? ¿Para que no me convierta en una vieja arrugada mientras ella se pudre al otro lado de la calle?

¿Para no tener que ver en mi rostro el paso del tiempo que tanto os aterra en ella?

¡No quiero vuestra lástima! ¡Si me disteis este licor para compensar lo que vuestro corazón no puede darme porque sigue encadenado al fantasma de esa asesina, preferiría envejecer mañana mismo y morirme en una fosa común como mi padre!

El silencio que siguió a las palabras de Laura fue más desgarrador que el rugido del terremoto.

Romero no retrocedió. No se escudó en sentencias herméticas ni en el desprecio señorial con que solía congelar a los hombres del cabildo.

Miró los vidrios rotos a los pies de Laura; miró las manos de la mujer que temblaban de furia y dolor, y vio en el pecho de su discípula la herida viva y sangrante que su propia arrogancia de iniciado había ignorado durante veintitrés años.

Con un paso firme, don Julián acortó la distancia.

Tomó a Laura por los hombros con una fuerza que no admitía escape.

La muchacha intentó zafarse con un golpe ciego, pero Romero la atrajo contra su pecho, envolviéndola con sus brazos, inmovilizándola contra el paño negro de su jubón mientras ella se debatía, sollozando con una rabia impotente: —Suéltame…

—gemía ella, golpeándole el pecho con los puños cerrados—.

¡Suéltame, Julián! —Mírame a los ojos, Laura —ordenó Romero.

Su voz no era un mandato de maestro; era el ruego desgarrador de un hombre que se desnudaba por completo ante su igual—.

Mírame. Laura alzó el rostro, jadeante, con las mejillas empapadas en llanto y los ojos negros ardiendo en un reproche infinito.

Romero posó sus manos desnudas sobre las sienes de ella, apartándole con infinita ternura los mechones negros que le cubrían la frente: —Catalina fue mi mayor ceguera, Laura.

Fue el espejo de mi propia soberbia. Cuando llegué a este reino en 1622, creí que mi inmortalidad me hacía superior al barro de los hombres.

Vi en Catalina el fuego que yo había perdido en Europa: el fuego caótico, salvaje y desquiciado de una tierra que no quería ser domada.

Pensé que si lograba enderezar ese incendio, justificaría mi presencia en el mundo; me obsesioné con salvarla para convencerme de que los siglos que llevo sobre la espalda no han sido una marcha vacía hacia la nada.

El conde se inclinó hasta rozar con sus labios fríos la piel ardiente de la mejilla de Laura: —Pero fue un error monstruoso.

Cada gota de sangre que ella derramó pesará sobre mi conciencia hasta el final de los tiempos.

La besé en el huerto, sí… la besé con la amargura del que contempla un cadáver antes de arrojarle la primera palada de tierra.

Sentí lástima por su alma; pero esa lástima, Laura, no fue amor.

Fue el espanto de ver cómo un diamante colosal elegía convertirse en estiércol.

Romero deslizó sus dedos hacia el mentón de la joven, obligándola a sostenerle la mirada: —A ti no te di este bálsamo para compensar fantasmas, Laura.

No te recogí del establo para hacer un experimento de gabinete.

Te di este licor porque eres la única verdad limpia que he tocado en doscientos años.

Eres mi mente, eres mi respiración en este valle de sombras…

y eres la única mujer a la que he amado con la reverencia de quien contempla el sol naciente.

Catalina es la ceniza que el viento de este terremoto se está llevando; tú eres el templo que quedará en pie sobre sus ruinas.

Laura lo miró fijamente. En los ojos oscuros del conde vio la herida expuesta, el arrepentimiento sincero y la devoción absoluta que jamás le había concedido a ninguna criatura mortal.

La furia que le quemaba el pecho se disolvió en un suspiro largo y tembloroso.

Sus brazos dejaron de golpearlo; se alzaron despacio y rodearon el cuello de Julián, aferrándose a él con una desesperación que ya no era de alumna, sino de amante que reclama su lugar indiscutible en la eternidad: —Odié tanto su sombra, Julián…

—susurró ella contra sus labios—. Odié cada segundo en que vuestro pensamiento estuvo al otro lado de esa tapia.

—La sombra se ha disipado, Laura —respondió Romero, sellando sus palabras con un beso hondo, limpio y abrasador que quemó los últimos vestigios de la ponzoña en el laboratorio—.

Solo quedamos nosotros. Y los siglos que habremos de caminar juntos.

Caronte apoyó su pesada cabeza negra sobre las faldas de ambos, lanzando un resoplido de aprobación, mientras afuera, el rumor del viento andino dispersaba las últimas cenizas sobre el palacio condenado de la Quintrala.