Capítulo 18 La corona del Cristo de Mayo (1647) #2
Te he amado en silencio cada tarde en que te vi inclinarte sobre el crisol; te he amado con una intensidad que me aterraba, porque sabía que tú pertenecías al río de la vida que corre y yo a la roca inmóvil que lo ve pasar.
Laura dio un paso hacia él, cerrando la distancia hasta que su pecho rozó el terciopelo negro de la ropilla de Romero. Sus manos finas, marcadas por el trabajo honesto, se posaron sobre el pecho del adepto, sintiendo bajo la tela el latido firme y sosegado de su corazón antiguo.
—La roca sostiene el cauce del río, Julián —susurró ella, alzando el rostro hacia él—. Sin vos, yo no habría sido más que agua sucia en un corral de esclavos.
Romero la atrajo hacia sí con un movimiento lento, protector y reverente.
Sus labios fríos y marmóreos descendieron sobre los labios tibios y vivos de Laura.
No fue el asalto rapaz y violento con que Catalina intentaba robar la juventud ajena, ni el beso fúnebre de ceniza que la Quintrala le había dado en el huerto marchito.
Fue un beso puro, hondo, sagrado: el encuentro de dos voluntades que se reconocían como iguales en el vértice del infinito.
Sabía a alivio, a lágrimas de aurora y a la paz definitiva que sucede a la más sangrienta de las batallas.
Permanecieron abrazados en la penumbra del laboratorio mientras el polvo del terremoto continuaba flotando sobre las ruinas de Santiago, suspendidos en una burbuja de tiempo donde no existían ni las ordenanzas reales ni las leyes de la muerte.
Cuando al fin se separaron, don Julián no soltó las manos de Laura.
Se volvió hacia un pequeño armario de cedro empotrado en la pared norte, el único que había permanecido intacto tras el derrumbe.
Abrió la portezuela con una llavecita de hierro que llevaba colgada al cuello bajo la camisa.
De su interior extrajo una arqueta de plata cincelada con los sellos herméticos del Sol y de la Luna.
Al levantar la tapa forrada en terciopelo azul, apareció una redoma diminuta de cristal veneciano de cuello larguísimo, sellada con oro fundido.
El líquido que contenía no era la tinta dorada del Ignis Solaris ni la sangre corrupta de los parásitos: era un fluido transparente como el diamante líquido, que despedía un fulgor azulado, tenue y constante, como la luz de la estrella polar en las noches de invierno.
Romero tomó la redoma entre sus dedos y la colocó sobre la palma de la mano de Laura.
La joven contempló el frasco con asombro reverente:
—¿Es el Aqua Vitae? ¿El elixir definitivo?
—No, Laura —respondió don Julián, mirándola con una seriedad luminosa—. Es el licor de la suspensión. El Bálsamo de los Filósofos.
Laura frunció el ceño, buscando en su memoria las fórmulas de Paracelso:
—El conservador de la forma…
—Exactamente —dijo el conde—. Catalina de los Ríos asesinó a su padre y vendió su alma a un demonio por el pánico ciego a envejecer, y terminó convirtiéndose en una bestia encadenada a su propia podredumbre.
Yo no quiero esa cárcel para ti, Laura. No quiero que tomes la decisión más terrible que puede tomar un alma humana empujada por la prisa de la muerte o por el miedo a ver marchitarse tu carne.
Romero cerró los dedos de la joven sobre el cristal frío:
—Este bálsamo no te otorgará la inmortalidad; no detendrá el curso del destino para siempre.
Pero si lo bebes esta mañana, fijará tu materia viva en el estado exacto en que se encuentra hoy: mantendrá tu juventud, la agilidad de tus miembros, la frescura de tu piel y la fuerza de tu entendimiento exactamente intactas durante veinte años completos.
Ni un solo día envejecerás hasta que se cumplan dos décadas.
Laura sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho.
—¿Veinte años?
—Veinte años de libertad absoluta, Laura —dijo Romero con una generosidad desprovista de todo egoísmo—.
Santiago está en el suelo. Este reino tardará una generación en levantarse del barro, y tú ya no tienes nada más que aprender entre estas tapias de adobe.
Te fletaré en un navío hacia Europa cuando se abran los puertos.
Irás a Madrid, a París, a las academias de Ámsterdam y a los gabinetes secretos de Bohemia.
Conocerás el mundo de los vivos; debatirás con los filósofos que están inventando el nuevo siglo; caminarás por las cortes y los bosques antiguos sin el temor de que los años te roben las fuerzas ni apaguen tu brillo.
Dio un paso atrás, mirándola con una devoción profunda:
—Y en esos veinte años, Laura… si el mundo te ofrece un amor mortal, si encuentras a un hombre de tu tiempo con quien quieras compartir el descanso natural de los hombres y tener hijos que lleven tu sangre libre, tendrás el derecho sagrado de elegirlo.
No estarás atada a mi sombra. No serás la cautiva de mi eternidad.
—¿Y si el mundo no me da nada que iguale lo que dejo aquí? —preguntó Laura con un hilo de voz, con las lágrimas asomando en sus ojos oscuros.
—Entonces, cuando se cumplan los veinte años, volverás a este valle —concluyó don Julián con voz firme y solemne—.
Yo seguiré aquí esperándote, idéntico al hombre que hoy te mira.
Y cuando entres por esa puerta, como una mujer sabia que ha conocido la gloria y la miseria de la tierra, te pondré en la mano el verdadero elixir de la inmortalidad.
Y serás tú, con el entendimiento pleno y el corazón templado por el mundo, quien decida si quieres beberlo para caminar a mi lado hasta el fin de los tiempos…
o si prefieres reposar en paz bajo el cielo de los mortales.
Laura contempló el frasco de cristal azul en su mano. Comprendió la grandeza abisal del hombre que tenía enfrente: Romero la amaba con tanta pureza que prefería arriesgarse a perderla para siempre antes que imponerle la carga de su propia maldición.
Sin vacilar un segundo, Laura rompió el sello de oro de la redoma con los dientes.
Llevó el frasco a los labios y bebió el bálsamo de un solo trago largo y sereno.
Un calor dulce, purísimo, como el primer rayo de sol que atraviesa una vidriera gótica, recorrió sus venas desde la garganta hasta la última fibra de sus extremidades.
El cansancio de la noche de cenizas se evaporó de su cuerpo; la tensión de sus músculos se relajó en una vitalidad elástica y renovada, y en el fondo de sus ojos almendrados la chispa del intelecto cobró un brillo inextinguible que desafiaba a los siglos venideros.
Laura dejó la redoma vacía sobre la mesa. Se acercó a Julián, rodeó su cuello con los brazos y apoyó la frente en el lino blanco de su hombro, mientras Caronte soltaba un ladrido sordo, breve y jubiloso desde su rincón.
—Iré al mundo, Julián —susurró la muchacha en su oído—. Iré a aprender lo que los hombres saben. Pero no olvides mis palabras: ningún mar de Europa ni ninguna corte de reyes alcanzará a borrar este solar. Volveré por ti.
Afuera, sobre las ruinas de Santiago, el sol de mayo comenzaba a calentar el barro quebrado, mientras la corona del Cristo velaba el sueño de los muertos y la luz de una nueva era comenzaba a germinar entre las cenizas.
En ese anocher los tres miraban ciudad ¿Aún la estáis buscando con los ojos, señor?
La voz de Laura no fue un susurro de discípula; cortó el aire del laboratorio como el silbido de una navaja de Toledo recién asentada en la piedra.
Romero se volvió despacio, sorprendido por la aspereza del tono: —Laura…
—No me llaméis con esa voz de abad piadoso, Julián —le espetó ella, dando la vuelta a la mesa con una rapidez felina que desmentía sus años de recogimiento—.
Durante veintitrés años he sido vuestra sombra silenciosa.
He sido la niña agradecida que no lloraba; he sido la alumna perfecta que memorizaba el latín de madrugada; he sido la alquimista que no tosía con los humos de azufre para no interrumpir vuestras meditaciones.
He soportado el olor a sangre en la calle y las miradas de desprecio de los oidores…
¡Pero no me pidáis que soporte que sigáis mirando a esa perra como si fuera una reina destronada!
Romero dio un paso hacia ella, alzando las manos enguantadas en un gesto pacificador: —Catalina es un monstruo que camina hacia su propia tumba, Laura.
No hay nada en ese solar que deba turbar tu paz.
—¡Mentís! —el grito de Laura quebró la quietud de la casona, haciendo que Caronte, en su rincón, abriera los ojos de golpe y levantara las orejas con desconcierto—.
¡Mentís por primera vez desde que desembarcasteis en el Mapocho!
¿Creéis que soy ciega? ¿Creéis que porque domino las matemáticas de Euclides no tengo entrañas de mujer?
¡He visto cómo la mirabais! Laura se plantó frente a él, obligando a sus miradas a chocar a menos de un palmo de distancia.
El calor que emanaba de su cuerpo era abrasador, juvenil, preñado de una rabia acumulada durante décadas: —La vi en el corral cuando yo tenía ocho años —continuó la joven, con la voz quebrada por una indignación salvaje—.
La vi partirle los dedos a mi padre con una mandarria; la vi reírse mientras la sangre de mi sangre se derramaba en el estiércol.
¡Y vos, Julián… vos, que podíais haberla quebrado en dos con un solo pensamiento de vuestra mente, la dejasteis vivir!
¡Le pagasteis una bolsa de plata como si fuera una señora noble y no una carnicera!
—Laura, en aquel tiempo… —¡En aquel tiempo estabais encandilado!
—le interrumpió ella, clavándole un dedo acusador en el pecho de terciopelo toledano—.
¡Os fascinaba su veneno! Estabais borracho con la idea de que esa fiera de pelo rojo era una fuerza de la naturaleza a la que podíais redimir con vuestra paciencia de santo.
¡La perdonasteis cuando mató al esclavo Salvador!
¡La perdonasteis cuando mandó a azotar a las indias preñadas en La Ligua!
Y la noche antes del terremoto… Laura se detuvo.
Sus pupilas se dilataron, ardiendo en un verde oscuro de celos puros y carnales: —Fuisteis a su huerto.
Vi vuestra capa cuando regresasteis a esta casa.
Olíais a ella, Julián. Olíais a ese perfume podrido de arrayán estrujado y a vino rancio.
¿Acaso creéis que no sé que la besasteis?
¿Acaso creéis que no sentí el temblor en vuestra boca cuando entrasteis por esa puerta?