La Quintrala Y El Adepto
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Capítulo 1 El confín del imperio (1622)
El carretón de dos ruedas chirriaba sobre el cascajo con la cadencia agónica de un condenado a galeras.
Durante tres jornadas completas, el eje de espino sin desbastar había protestado contra la soledad mineral de la cuesta de Zapata, cruzando los espinares calcinados y los matorrales de boldo que separaban la rada de Valparaíso de la cuenca central.
Mas ahora, cuando el sol de mayo declinaba detrás de la cordillera de la Costa como una hostia manchada de herrumbre, el valle se abría al fin: una planicie encajonada entre murallas ciclópeas de basalto y nieve eterna.
Don Julián Romero asomó la cabeza por el postigo de cuero del carruaje.
El aire que descendía de las cumbres no traía los aromas familiares del Tajo ni el aliento salino de las marismas gaditanas; olía a humo de leña verde de espino, a estiércol de mula, a sebo rancio y a una humedad mineral, arcaica,
como si aquel suelo jamás hubiera sido roturado por nada más piadoso que el paso de las fieras o las lanzas de los gentiles.
—Santiago de la Nueva Extremadura, vuestra merced —gruñó el carretero desde su pescante, escupiendo una hebra negruzca de tabaco mascado hacia el polvo del camino—. O lo que Dios y los temblores han tenido a bien dejar de pie.
Julián no respondió. Acomodó sobre los hombros su capa de paño negro toledano, sacudiendo con un gesto distraído de los dedos enguantados la costra de polvo blanco que se empeñaba en afear el terciopelo de su jubón.
Medía exactamente una vara y pico escaso —apenas un metro con setenta y un centímetros—, una estatura mediana que en las cortes de Castilla o en los callejones flamencos de Amberes lo hacía pasar por un hidalgo común, de complexión enjuta y paso medido.
Mas había en su rostro una palidez de pergamino antiguo, una frialdad de marfil tallado que desafiaba los cuarenta días de travesía marina y el sol rabioso del trópico.
Sus ojos, oscuros como pozos cegados, habían visto desmoronarse los estandartes imperiales en Pavía y las cenizas de las herejías arder en las plazas de Centroeuropa; sin embargo, al contemplar aquel caserío de tapias bajas que se extendía junto al brazo ceniciento del río Mapocho,
sintió en la nuca el roce inconfundible de lo fatal.
«En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…»
, susurró para sus adentros, con una media sonrisa glacial curvándole los labios finos.
El libro, publicado apenas siete años antes en su segunda parte por el ingenio tullido de don Miguel de Cervantes, reposaba en el fondo de su arca de cedro, protegido de la polilla y la salmuera entre frascos de retortas, alambiques de vidrio veneciano y planchas de plomo bendito.
Aquel volumen era su última ancla con el mundo de los vivos, con la razón y la ironía de una España que se desangraba de orgullo; este confín del reino de Chile, en cambio,
se asemejaba demasiado a las geografías desoladas donde los caballeros andantes encontraban cuevas de hechiceros y vestigios de gigantes.
El carretón vadeó un brazo muerto del río.
Las ruedas se hundieron hasta la maza en un lodo espeso, gredoso, que despedía un hedor fétido a carroña y limo putrefacto.
Santiago no era una corte virreinal como Lima, con sus virreyes de seda y sus celosías doradas; era un campamento militar transformado a duras penas en convento.
Las casas, hechas de adobe tosco blanqueado con cal apagada, alzaban sus techumbres de teja o paja brava tras muros ciegos que parecían concebidos para resistir un asalto nocturno de los promaucaes antes que para albergar la vida doméstica.
Fue al enfilar el callejón que costeaba la orilla sur del río, no lejos de las carnicerías clandestinas de la Cañada, cuando un aullido seco, estrangulado por el sufrimiento, quebró el rumor del agua turbia.
Romero golpeó el tabique delantero con el pomo de su bastón.
—Para aquí —ordenó. La voz no era estridente, pero poseía la autoridad metálica de quien está acostumbrado a que las voluntades humanas se plieguen sin réplica.
—Señor hidalgo, que la noche se nos echa encima y por estos andurriales no faltan indios borrachos ni mestizos con faca…
—He dicho que pares.
El carromato se detuvo con un crujido de maderas mal ensambladas.
Romero descendió al fango sin titubear, sin importarle que el barro colonial lamiera las suelas de sus borceguíes de cordobán.
La tarde se deshilachaba en una neblina violeta que bajaba como un sudario desde las laderas del cerro San Cristóbal.
Junto a una empalizada ruinosa de sauces secos, dos peones descalzos y un zambo con el jubón desgarrado se divertían arrojando pedruscos de río contra un bulto informe que yacía en una acequia de aguas servidas.
—¡Dale en el hocico, que aún bufa el maldito! —reía uno de los hombres, armándose con un cascote del tamaño de un puño—. ¡A ver si con esta piedra revienta de una vez la tiña que lleva dentro!
El animal no gemía ya; lanzaba únicamente un estertor gutural.
Era un perro mestizo de presa, de proporciones considerables, con el pelaje negro como ala de cuervo manchado de sangre coagulada y greda amarilla.
Tenía dos costillas hundidas, la pata trasera izquierda partida en ángulo contra natura y la piel lacerada a latigazos viejos y recientes.
Sin embargo, cuando la sombra de Romero se proyectó sobre el cenagal, el animal alzó trabajosamente la cabeza ensangrentada.
Sus ojos no eran turbios ni suplicantes: eran dos ascuas de color ámbar líquido que ardían con una furia tan desesperada, tan tenaz y salvaje, que el adepto se detuvo en seco.
No era la mirada de una bestia derrotada. Era la chispa inextinguible de la voluntad pura, el chispazo de la materia bruta que se niega a disolverse en el polvo.
—Basta —dijo Romero.
Los peones se volvieron, sorprendidos. Vieron a un forastero delgado, de porte aristocrático, con la mano izquierda apoyada con indolencia sobre la taza de una ropera toledana cuya vaina de cuero asomaba bajo la capa.
La palidez cadavérica del rostro del hidalgo y la quietud absoluta de su figura impusieron un silencio repentino en el callejón.
—¿Es vuestro el chucho, caballero? —preguntó el zambo, midiendo con recelo la empuñadura de acero y el filo invisible que adivinaba en ella—. Estaba robando piltrafas del corral del regidor. Es fiero y tiene mal agüero; a estos negros los carga el diablo.
Romero metió la mano enguantada en la escarcela de su cinto.
Sacó dos monedas de plata de a ocho reales —plata reluciente de las minas de Potosí, sin cercenar— y las arrojó al lodo a los pies de los hombres.
El tintineo del metal noble contra las piedras sonó más contundente que una absolución sacramental.
—Apartaos del animal. Si al volver la cabeza seguís aquí, la plata se quedará en el fango junto a vuestras entrañas.
Los hombres se abalanzaron sobre las monedas sin perder un segundo en el orgullo, limpiaron el barro con la manga y se perdieron a la carrera hacia las tabernas de la Chimba, tragados por la sombra creciente de los sauces.
Romero se arrodilló sobre el cieno. No sintió repugnancia cuando sus dedos rozaron el lomo destrozado del mastín.
El animal intentó lanzar una dentellada ciega, pero sus fauces solo mordieron el aire antes de desplomarse, vencido por la asfixia y la hemorragia interna.
La respiración era un fuelle roto; le quedaban apenas unos minutos antes de que el corazón se le detuviera.
—Has cruzado muchas orillas, perro —murmuró Romero en voz muy baja, en un latín susurrado que no iba dirigido a oídos humanos—. Pero hoy no pagarás tu óbolo al barquero.
De un bolsillo interior de su jubón, oculto junto al forro de seda donde ningún ojo curioso pudiera adivinarlo, Romero extrajo un diminuto frasco de cristal de Murano cerrado con cera virgen y un sello alquímico con el signo de Mercurio.
Desprendió el lacre con la uña. El líquido en su interior no era rojo ni transparente: brillaba con un fulgor dorado y denso, una lágrima de la Gran Obra,
la tintura solar que los sabios de Egipto llamaban el aliento de Thot y que los ermitaños de Bohemia destilaban a partir del rocío de mayo y el vitriolo purificado.
Vertió una sola gota —no más que el rocío que cabe en la punta de un estilete— entre los colmillos agrietados del perro.
El efecto fue fulminante. No hubo milagros visibles ni resplandores celestes; solo una convulsión violenta que sacudió la osamenta del animal como si un rayo subterráneo le hubiera atravesado la espina.
El sabueso abrió los ojos de golpe: el ámbar de sus pupilas se dilataba y contraía en una danza febril mientras el calor del elixir comenzaba a soldar, a nivel atómico y sutil, la carne rasgada y la médula deshecha.
El estertor cesó; en su lugar, un aliento rítmico, caliente y profundo, manó de sus belfos.
Romero envolvió al animal moribundo en su propia capa toledana, sin importarle que la sangre manchara el paño fino traído de Castilla.
Levantó el peso formidable del mastín en brazos; sus músculos, templados por disciplinas herméticas que la medicina de las universidades no alcanzaba a soñar, apenas acusaron la carga.
Caminó de regreso al carretón y depositó al perro sobre las pajas del interior.
—Arrea hacia la calle de la Merced —ordenó al carretero, que lo miraba con los ojos desorbitados por el espanto y la superstición—.
Y guárdate la lengua tras los dientes si aprecias el pellejo.
Desde hoy este animal responde al nombre de Caronte.
Y no morirá mientras yo decida seguir caminando sobre esta tierra.
La casona que el Conde Romero había hecho alquilar mediante apoderados en la Real Audiencia se alzaba a espaldas del convento de las monjas Agustinas, no lejos de la Plaza de Armas.
Era una construcción sobria, de anchos muros de tapial capaces de aislar el frío cortante del invierno santiaguino, articulada en torno a tres patios sucesivos poblados de naranjos agrios, higueras peladas por la estación y pozos de brocal mohoso.