La Quintrala Y El Adepto Capítulo 1 El confín del imperio (1622) #2
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Capítulo 1 El confín del imperio (1622) #2

Para medianoche, los arcones habían sido descargados bajo la vigilancia silenciosa del adepto. Mientras el carretero y los mozos de cuerda se retiraban persignándose ante la frialdad del forastero, Romero se encerró en la cámara principal del primer patio.

Sobre una mesa de roble tosco dispuso sus posesiones más íntimas: las balanzas de bronce de precisión milimétrica, los crisoles de arcilla refractaria de Hesse, el athanor portátil de cobre batido y la edición en dos tomos del Don Quijote.

En un rincón de la estancia, junto a un brasero de hierro donde ardían carbones de espino sin chisporrotear, Caronte yacía tendido sobre una manta de lana burda.

Sus heridas ya no sangraban; la fractura de su pata comenzaba a alinearse bajo la presión sorda del influjo áureo, y sus ojos dorados seguían cada movimiento de Romero con una fijeza que no pertenecía al mundo natural.

No era ya un perro callejero; era un guardián encadenado a la eternidad por una deuda de sangre.

Unos nudillos secos golpearon el postigo de madera claveteada de la entrada exterior.

Romero no se sobresaltó. Acomodó la espada al cinto, deslizó el cerrojo de hierro y entreabrió el portalón.

En el zaguán oscuro, envuelto en una capa de bayeta parda empapada por la garúa nocturna y sosteniendo un farol de hojalata que temblaba al viento, aguardaba don Melchor de Silva, procurador de causas y escribano del Santo Oficio en la capitanía.

Un hombre de mejillas fofas, nariz enrojecida por el vino de pulpería y ojos pequeños que brillaban con la codicia rapaz de la burocracia colonial.

—¡Por las llagas de Cristo, señor conde!

—exclamó el escribano, quitándose el chambergo chorreante y haciendo una reverencia que casi lo hace dar de bruces contra las baldosas de barro—.

Perdonad la intempestiva hora, mas supe por los guardas de la alhóndiga que habíais hecho entrada en la ciudad antes del toque de queda.

Os traigo las cartas de vecindad, las mercedes de tierras en Colchagua y los recibos de la fianza depositada en las arcas reales.

—Pasad, don Melchor —dijo Romero con voz neutra, franqueándole el paso justo lo necesario—. La noche no está para cumplidos en el zaguán.

El escribano entró frotándose las manos regordetas, pero se detuvo en seco al ver al enorme mastín negro que, desde el suelo, levantó la belfa mostrando una hilera de colmillos como dagas de marfil. Un gruñido sordo, subterráneo, vibró en el pecho del animal.

—¡Jesús, María y José! —gimió el letrado, retrocediendo contra el quicio—. ¿Qué engendro del Tártaro tenéis ahí, señor hidalgo?

—Es solo Caronte, un sabueso toledano de mi casta —mintió Romero con absoluta soltura, acariciando la cabeza del perro sin apartar la mirada del escribano—. Un animal fiel, aunque desconfía de la tinta de los procuradores y del agua bendita administrada a destiempo. Echadle las culpas a su linaje.

Don Melchor tragó saliva y dejó los legajos atados con bramante sobre la mesa, manteniendo una distancia prudencial respecto a la bestia.

Romero sirvió dos vasos de plata con un vino generoso de Jerez que él mismo había desembarcado.

El escribano apuró el suyo de un trago, como quien busca en el alcohol un escudo contra la inquietud que le producía aquel caserón recién habitado.

—Traéis buen caldo de Castilla, don Julian —dijo el procurador, pasándose la manga por los labios húmedos—. Falta os hará para aclimataros a esta tierra maldita. Santiago parece una balsa de aceite, sí, pero bajo las tapias corren venenos más negros que el tizón.

Romero fingió desinterés mientras desataba las cintas de los documentos notariales.

—Tenía entendido que este reino vivía solo con el sobresalto de los indios alzados de la frontera del Biobío. ¿O acaso los infieles han llegado ya a las puertas de la Audiencia?

—¡Ojalá fueran los araucanos, señor mío!

—susurró el escribano, inclinándose hacia adelante y bajando la voz hasta convertirla en un siseo temeroso, mirando de reojo hacia el patio en penumbras—.

A los indios se les combate con arcabuces, con las levas del gobernador o con la horca en la plaza pública.

Mas lo que pudre esta ciudad desde sus cimientos no viste plumas ni habla mapudungún.

Viste sedas de Flandes, va a misa mayor a la catedral y comulga todos los primeros viernes de mes.

Romero alzó una ceja, midiendo el temblor genuino en las manos del letrado.

—Habláis en parábolas, don Melchor. Y la noche es demasiado fría para adivinanzas.

—Hablo de la casa de los Lisperguer, señor conde —soltó al fin el escribano, como si la sola mención del apellido pudiera acarrearle un maleficio sobre la cabeza—.

Hablo de la hacienda de La Ligua y del palacio de la calle de las Agustinas, a tiro de piedra de donde ahora estamos.

¿No habéis oído en el puerto la nueva que tiene al cabildo en ascuas?

—Llevo meses en el mar, señor procurador. Desconozco los chismes de vuestra plaza.

—No son chismes, por mi salvación. Don Gonzalo de los Ríos y Encío, general de la caballería real, alguacil mayor y dueño de medio reino… ha muerto.

Romero permaneció inmóvil. En su mente se activaron los datos que había recopilado en Madrid y en los puertos del virreinato: Gonzalo de los Ríos, el rico hacendado que se había desposado con doña Catalina Lisperguer y Flores, la estirpe más temida y oscura del cono sur,

descendientes de conquistadores alemanes y de la mítica cacica de Talagante.

—¿Muerte natural? —inquirió el adepto con suavidad—. Los generales de caballería también envejecen.

Don Melchor soltó una risita seca, teñida de histeria.

—¿Natural decís? Murió hace escasas semanas retorciéndose en su lecho de plumas, vomitando una hiel tan negra y corrosiva que agujereó las sábanas de lino antes de que pudieran amortajarlo.

Tenía el vientre hinchado como un odre de vino fermentado y la lengua negra como el carbón de fragua.

Los cirujanos del cabildo dijeron que fue un «pasmo de las entrañas» o una «melancolía ardiente», porque ninguno de ellos tenía el valor de pronunciar la palabra veneno en presencia de su heredera.

Romero dio un paso hacia la ventana que daba al patio. La llovizna comenzaba a caer sobre los naranjos, repiqueteando con un compás monótono sobre las hojas enceradas.

—¿La heredera? —preguntó Romero, sabiendo de antemano la respuesta.

—Doña Catalina —susurró el escribano, persignándose con premura disimulada—.

La niña de sus ojos. Apenas dieciocho primaveras cumplidas.

Dicen los que la han visto salir de luto cerrado hacia el templo de San Agustín que tiene la piel blanca como la harina de flor, los ojos verdes como las ciénagas del sur y una mata de pelo rojo…

¡un pelo rojo encendido, don Romero, como la flor parásita del quintral que ahoga a los álamos en los montes!

Dicen que fue ella misma quien le llevó la taza de caldo de gallina a su padre la víspera de su agonía.

Y que mientras el viejo aullaba en su alcoba pidiendo confesor, ella tocaba la vihuela en el patio de los limoneros, riéndose a solas en la oscuridad.

Romero miró el reflejo de su propio rostro en el cristal empañado del ventanuco. Detrás de él, Caronte alzó las orejas con un estremecimiento; el sabueso había captado en el aire una vibración que no procedía de la tormenta, sino de los pozos insondables de la maldad humana.

—Una flor hermosa y dañina, según parece —dijo Romero con voz pausada, casi poética—. El Quintral. Parásito que bebe la savia del árbol hasta secarle las raíces.

—Mucho peor que eso, señor conde —concluyó el escribano, apurando las últimas gotas de su copa con dedos trémulos—.

Quien se acerca a esa mujer termina en el camposanto o en la locura.

La justicia real no se atreve a tocarla; el oro de sus lavaderos de oro compra silencios en la Audiencia y perdones en los conventos.

Mas vos sois forastero, don Romero. Un caballero de letras y caudales.

Mi consejo de escribano viejo es que compréis vuestras tierras lejos del Aconcagua y de La Ligua.

No busquéis tratos con los Lisperguer. Hay fuegos en este reino que no se apagan con agua bendita, y esa muchacha lleva en las venas la ponzoña de su abuela india y el azufre de los demonios de Alemania.

El escribano recogió sus bártulos, cobró sus aranceles con una reverencia precipitada y se marchó apresuradamente, perdiéndose en la noche de barro y campanas de difuntos.

Romero cerró el portalón con doble vuelta de llave. El silencio volvió a enseñorearse de la casona, roto únicamente por el crujido de los carbones en el brasero y el latido sereno, rítmico, casi imperceptible, del corazón inmortal de Caronte.

El adepto caminó hacia su mesa de trabajo. Apartó los legajos notariales y posó la mano sobre el tomo del Quijote. Pasó las yemas de los dedos sobre el cuero repujado y abrió una página al azar:

«La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre…»

Romero levantó la vista hacia la oscuridad de la noche santiaguina.

A menos de tres cuadras de allí, recortándose contra el perfil lívido de la cordillera, se alzaban las tapias silenciosas de la casona de los Lisperguer.

Detrás de aquellos muros de adobe, una muchacha de dieciocho años de pelo cobrizo velaba la muerte de su padre, saboreando el peso de una herencia manchada de arsénico y sangre esclava.

—Dulcinea no habita en estos lodazales, viejo amigo —murmuró Romero cerrando el libro con un golpe seco—. Aquí los gigantes no son molinos de viento. Son de carne, hueso y veneno.

Caronte se incorporó sobre sus cuatro patas. Se acercó a su amo en silencio y apoyó el hocico negro, húmedo y caliente, contra la mano pálida del alquimista. Romero le acarició el lomo cicatrizado con infinita lentitud.

El tablero estaba dispuesto. En el confín del imperio, la cacería acababa de comenzar.