La Quintrala Y El Adepto Capítulo 2 La flor del quintral (1623)
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Capítulo 2 La flor del quintral (1623)

El invierno de 1623 había cubierto de escarcha los tejados de Santiago con una saña que los viejos del cabildo atribuían al enojo del Altísimo.

La nieve, que raras veces descendía más allá de las faldas del cerro San Cristóbal, había teñido de blanco sucio los corrales de la Cañada, transformando las acequias en zanjas de agua vidriosa donde flotaban basuras congeladas y perros muertos.

En aquellos escasos meses transcurridos desde su arribo, don Julián Romero —a quien los corrillos de la Real Audiencia y los frailes de la Merced ya llamaban con un murmullo de reverencia y recelo «el conde Romero»— se había labrado una posición inexpugnable en el tablero colonial.

Había adquirido una estancia fértil en las riberas del Maipo, pagando en doblones de oro que no procedían de los socavones locales, sino de viejas arcas genovesas selladas con las armas de Carlos V.

Había donado al convento de San Francisco una custodia de plata labrada con incrustaciones de lapislázuli que dejó mudo al guardián de la orden, y cenaba con regularidad a la mesa de los oidores más severos.

Nadie sabía a ciencia cierta de dónde emanaba su título condal.

Las cédulas reales que don Melchor de Silva había registrado con manos trémulas ostentaban firmas auténticas y sellos de lacre con las armas de la Corona de Castilla; mas en la mirada de aquel caballero de un metro y setenta y un centímetros de estatura,

pálido como la cera pascual y vestido siempre con un luto riguroso que desafiaba las modas, había una distancia que congelaba cualquier intento de familiaridad.

Aquella noche de julio, sin embargo, la aristocracia de barro y alcurnia de la capitanía se congregaba en la casona del oidor don Gabriel de Celis, sita a una cuadra de la Plaza Mayor.

No se celebraba una victoria de las armas reales en la frontera del Biobío, sino el cumpleaños de la esposa del magistrado: un pretexto mundano para que los encomenderos hicieran ostentación de sus vajillas limeñas y sus mujeres lucieran mantillas de Flandes sobre hombros ateridos por el frío que

se colaba entre los tapiales mal calafateados.

Don Julián Romero descendió de su calesa de dos mulas frente al portón claveteado.

Llevaba una ropilla de terciopelo negro castellano sin bordados, gregüescos sobrios del mismo paño y un cuello de lechuguilla de lino inmaculado, cerrado con rigor monacal.

Bajo la capa de bayeta toledana, la empuñadura de acero pulido de su espada ropera descansaba con indolente familiaridad contra su muslo izquierdo.

A su lado, pegado a los faldones como una prolongación viva de la noche, caminaba Caronte.

El mastín ya no guardaba rastro alguno de las costillas rotas ni de la osamenta lacerada de la acequia.

Su pelaje negro brillaba con la densidad del azabache lavado; sus músculos se deslizaban bajo la piel con la cadencia silenciosa de una pantera del Darién, y sus ojos dorados, fijos en la penumbra del zaguán, escudriñaban a los sirvientes mestizos con una fijeza que helaba la sangre.

—Aguardarás en el patio de carruajes, Caronte —ordenó Julián en un susurro apenas audible.

El perro detuvo su marcha de inmediato, sentándose sobre los adoquines húmedos junto al poste de las caballerizas, inmóvil como una gárgola de piedra. Dos soldados de la guardia del oidor, armados con alabardas, dieron un involuntario paso atrás ante la mirada del animal.

Julián Romero atravesó el corredor techado.

El salón principal del oidor Celis era una vasta pieza iluminada por decenas de hachones de sebo que desprendían un humo denso, azulado, saturado del perfume dulzón de agua de azahar con que las damas intentaban mitigar el persistente olor a humedad del adobe fresco.

En los rincones chisporroteaban braseros de cobre con carbón vegetal, arrojando un fulgor rojizo sobre tapices desteñidos traídos de Sevilla que representaban escenas de la toma de Granada.

El conde Romero entró sin que su presencia fuera anunciada con clarines, pero el rumor de las conversaciones —disputas sobre los diezmos del trigo, quejas sobre las levas de soldados para Arauco y citas latinas mal traídas por los escribanos— comenzó a decaer a su paso.

Los hombres le hacían reverencias cautelosas; las matronas inclinaban los abanicos de concha y pluma, midiendo la palidez de aquel forastero que, según los chismes de convento, poseía una biblioteca con más volúmenes en griego y latín que todo el cabildo eclesiástico junto.

—Don Julián, conde de mi devoción —dijo el oidor Celis, un anciano de peluca empolvada, papada trémula y ojos acuosos, saliendo a su encuentro con una copa de plata en la diestra—.

Vuestra presencia honra este rincón del imperio.

Temíamos que el frío de las cordilleras os hubiera recluido en vuestras lecturas.

—El frío de este valle es honesto, señor oidor —respondió Romero con una cortesía tan impecable que parecía un filo templado—. No miente ni adula; hiela por igual la choza del peón y el estrado del letrado. Es una virtud que rara vez se encuentra en las cortes.

Celis rio con una mezcla de desconcierto y servilismo.

—Siempre tan sentencioso, señor conde. Parecéis salido de las páginas de Séneca. Mas permitidme presentaros a don Alonso de Campofrío y Carvajal, capitán veterano de la guerra del sur, que acaba de llegar de sus encomiendas…

Romero desvió la mirada hacia un hombre de unos cuarenta años, de hombros anchos y rostro curtido por la pólvora y el sol de las campañas de Arauco.

Campofrío lucía un jubón militar de ante gastado, una barba entrecana descuidada y unos ojos hundidos, velados por una fatiga prematura y el evidente consumo de aguardiente.

El militar saludó con una inclinación rígida de cabeza, llevando la mano al pomo de su daga por puro hábito cuartelero.

—He oído de vos, señor conde —dijo Campofrío con voz áspera, pastosa por el vino—. Dicen que trajisteis de Europa arcas de libros y alambiques de alquimista. Rara impedimenta para quien viene a ganarse el sustento en una tierra donde solo valen el arcabuz y el hierro de marcar ganado.

—Cada quien escoge sus armas, señor capitán —replicó Julián con calma glacial—. Algunos combaten la ignorancia con la pluma y el fuego de los hornos; otros prefieren domar hombres con la soga y la pólvora. Al final de la jornada, la ceniza de unos y otros pesa exactamente lo mismo.

Campofrío frunció el ceño, como si la frase encerrara una afrenta que su entendimiento entorpecido no lograba desentrañar. Mas antes de que pudiera replicar, un silencio repentino, espeso y sofocante como un golpe de sudario, cayó sobre el salón del oidor.

Las risas se extinguieron. Los abanicos se detuvieron a medio aire. En el vano del portalón principal, enmarcada por la oscuridad del patio exterior, acababa de detenerse una mujer.

Era Catalina de los Ríos y Lisperguer.

Tenía diecinueve años y vestía un traje de luto riguroso por su padre muerto, don Gonzalo.

Pero aquel no era el sayal humilde de una huérfana compungida: el luto era una provocación de seda de Flandes de un negro azabache tan lustroso que parecía absorber la luz de los cirios, ceñido a un talle inverosímilmente estrecho que desafiaba los miriñaques de la época.

Sobre su pecho, en el nacimiento de un escote cuadrado que bordeaba el límite del escándalo eclesiástico, reposaba una cruz de esmeraldas de Muzo engarzadas en oro macizo, cuyo fulgor verde competía con el tono exacto de sus ojos.

Y luego estaba su cabellera.

Bajo una toca de gasa negra transparente que caía hacia su espalda, una masa indómita de pelo cobrizo, de un rojo encendido y metálico como las ascuas de una fragua recién atizada, se derramaba en rizos espesos sobre sus hombros.

La piel de su rostro era de una blancura insultante, de mármol pulido o leche cortada, apenas salpicada por unas diminutas pecas doradas sobre el puente de una nariz aguileña, aristocrática y altiva.

Sus labios, gruesos y carnosos, tenían el color violáceo de las moras silvestres aplastadas, y una media sonrisa de desprecio absoluto curvaba la comisura izquierda mientras medía con la mirada a los asistentes.

—La Quintrala… —masculló Campofrío a media voz, dando un trago largo a su copa, con los ojos clavados en la muchacha con una mezcla repugnante de terror supersticioso y codicia carnal.

Catalina avanzó por el salón. No caminaba con la modestia devota que los confesores imponían a las doncellas criollas; sus zancadas eran largas, felinas, deliberadas.

El crujido de sus faldas de seda sobre las tablas enceradas sonaba como el reptar de una serpiente sobre hojarasca seca.

Las señoras del cabildo se apartaban a su paso, persignándose tras los abanicos, temerosas de rozar la tela de aquella a quien la voz popular acusaba de haber visto agonizar a su propio progenitor sin derramar una lágrima.

La joven ignoró los saludos ceremoniosos del oidor Celis con una fría inclinación de mentón. Su mirada verde, rápida y rapaz, barrió el salón desechando a los capitanes de caballería, a los letrados con togas raídas y a los jóvenes encomenderos que se sonrojaban como novicios ante su escote.

Entonces, sus ojos se toparon con los de don Julián Romero.

El conde permanecía apoyado contra una columna de roble, con una copa intacta en la mano izquierda y la espada equilibrada al costado.

A diferencia del resto de los hombres que bajaban la vista o la desnudaban con el instinto torpe de las bestias, Romero la miraba con una atención desapasionada, analítica y profunda: la misma mirada que un botánico dedica a una planta venenosa recién desenterrada de las ciénagas,

o la que un cirujano posa sobre una gangrena que aún no ha manifestado su podredumbre en la superficie.

Un destello de asombro y furia cruzó el iris felino de Catalina. La soberbia de su casta —la estirpe de los Lisperguer, dueños de vidas, haciendas y esclavos desde el valle del Aconcagua hasta la costa— no toleraba la indiferencia.

Con paso seguro, rompiendo el círculo de cortesanos que la rodeaban, caminó en línea recta hacia él.