La Quintrala Y El Adepto Capítulo 2 La flor del quintral (1623) #2
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Capítulo 2 La flor del quintral (1623) #2

—Vuestra merced debe de ser el caballero extranjero de quien tanto graznan las beatas de San Agustín —dijo Catalina al detenerse a menos de dos palmos de él.

Su voz no era chillona ni afectada. Tenía una textura densa, ligeramente ronca, un susurro musical que envolvía los sentidos con la cadencia de una marea tibia.

Un aroma penetrante la precedía: no era agua de rosas ni lavanda de Castilla, sino un olor acre y balsámico a hojas de arrayán estrujadas, a resina de boldo y a un fondo metálico que a Romero le recordó de inmediato la sangre fresca derramada sobre tierra negra.

—Julián Romero, señora —respondió él, inclinando apenas el torso en una reverencia milimétrica, sin desviar un solo ápice sus ojos de los de ella—. Conde Romero para los escribanos del rey. Y para vuestra merced, simplemente un testigo de paso por este valle.

Catalina ladeó la cabeza. Sus pupilas se dilataron en la penumbra dorada de los cirios, reflejando el fuego como los ojos de los gatos montaraces.

—¿Testigo decís? —soltó una risa breve, afilada como un estilete—.

Aquí los testigos suelen perder la lengua si ven más de lo que les conviene, señor conde.

O terminan durmiendo bajo tierra con la boca llena de cal.

Me han dicho que sois hombre de libros raros y que no frecuentáis los altares con la presteza de los buenos vasallos de su majestad.

—La fe, doña Catalina, como la verdadera nobleza, no precisa de pregones en las esquinas ni de cirios consumidos por el miedo —replicó Romero con serenidad glacial—.

Ya lo escribió don Miguel de Cervantes en la corte de Madrid: «La hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado o como la espada aguda, que ni él quema ni ella corta a quien a ellos no se acerca».

La muchacha entrecerró los ojos. El tono culto y reposado de Romero no contenía ni un gramo del temblor que ella estaba acostumbrada a provocar en los hombres de su reino.

Dio un paso más hacia él, invadiendo el espacio del adepto de un modo tan insolente que sus pechos rozaron casi el paño toledano del jubón de Romero.

Alzó la barbilla, buscando queponer su metro y setenta centímetros de estatura y el orgullo de su porte frente a la figura del hidalgo.

—No me habléis de ingenios mancos de España, caballero —susurró ella, y por una fracción de segundo la máscara aristocrática cayó, dejando entrever un abismo de crueldad primaria y hambrienta—.

En este reino la poesía no cosecha el trigo ni azota a los negros cimarrones en los lavaderos de oro.

A mí me gusta el fuego que quema, señor Romero.

Y me gusta la espada que corta hasta tocar el hueso.

Romero sintió una oleada de calor brotar del cuerpo de la joven: una vitalidad abrasadora, voraz, monstruosa en su intensidad.

Había en ella una fuerza desmedida, un fuego telúrico alimentado por generaciones de señores feudales desquiciados y ritos oscuros practicados en las sombras de las quebradas de Talagante.

Por un instante fugaz —una fisura en los siglos de disciplina de iniciado—, Romero experimentó un estremecimiento carnal en la boca del estómago: la atracción fascinante y suicida que ejerce el borde de un abismo sobre el caminante que mira al fondo.

Era hermosa como un incendio forestal que calcina una aldea entera; magnífica en su desprecio, soberbia en su podredumbre.

Mas el adepto dominó la pulsión antes de que Catalina pudiera leerla en sus facciones. Su rostro de marfil permaneció impasible; sus ojos oscuros no parpadearon.

—El fuego que no conoce medida, doña Catalina, no distingue entre la madera seca que lo alimenta y la casa que lo alberga —dijo Romero con voz baja, midiendo cada sílaba con la precisión de un verdugo—.

Tarde o temprano, termina por no hallar más combustible que sus propias cenizas.

Y he visto muchos imperios, y muchas bellezas más soberbias que la vuestra, convertidos en nada más que un puñado de polvo gris que el viento de la sierra dispersa en una tarde.

Catalina dio un respingo imperceptible. Nadie, en los diecinueve años de su existencia mimada y sanguinaria, le había hablado con semejante insolencia velada.

Sus labios de mora se apretaron hasta volverse una línea pálida y sus uñas afiladas se clavaron con violencia contra el abanico de concha que sostenía, hasta que el marfil crujió.

—Sois arrogante, don Julián —siseó ella, bajando el tono para que solo él pudiera escuchar la ponzoña—. Creéis que vuestra sangre vieja y vuestras fórmulas os protegen en esta tierra. Pero este valle tiene sus propios dueños. No me habéis mirado como los otros perros de este salón.

—Porque no soy un perro de presa, señora —dijo Romero, dando un paso lateral para romper la proximidad física sin apresuramiento alguno—. Ni tampoco soy vuestro esclavo en El Ingenio.

Catalina lo miró de arriba abajo, saboreando el veneno de la humillación.

Había en su expresión una rabia asesina, pero mezclada con algo mucho más peligroso: una fijación oscura, una curiosidad malsana.

Había encontrado una voluntad que no se doblaba ante su oro ni temblaba ante la leyenda negra de su estirpe.

—Ya veremos cuánto dura vuestra cordura en Santiago, señor conde —dijo ella, esbozando de nuevo su sonrisa felina, aunque los ojos le ardían en un verde venenoso—.

Quizá un día de estos os invite a cabalgar por mis tierras de La Ligua.

Dicen que el aire del monte aclara los humores de los filósofos…

o les provoca fiebres repentinas de las que jamás despiertan.

—Aceptaré el convite el día en que aprenda a temer a la muerte, doña Catalina. Y ese día, os lo aseguro por mi salvación, aún queda muy lejos.

La Quintrala le sostuvo la mirada por tres latidos interminables.

Luego, con un movimiento teatral de sus faldas de seda que barrió el suelo encerado, dio media vuelta y caminó hacia el grupo donde el capitán Campofrío la aguardaba con una sonrisa servil y babosa.

Romero observó cómo el soldado de Arauco se inclinaba ante ella, devorando con la vista el escote de la huérfana, mientras Catalina le hablaba al oído con una dulzura ponzoñosa que hizo que el militar asintiera como un títere sin voluntad.

Julián Romero dejó la copa de plata sobre un aparador sin probar gota.

Salió del salón sin despedirse del oidor Celis ni de los clérigos que comenzaban a cuchichear en torno a la mesa de los dulces. Cruzó el corredor en penumbras y llegó al patio de carruajes, donde la garúa nocturna volvía a caer como un velo de alfileres helados sobre el barro.

Caronte se levantó de un salto al verlo aparecer. El perro dio dos pasos lentos, erizó el lomo peludo a lo largo de toda la espina dorsal y dejó escapar un gruñido gutural, vibrante, con la vista clavada hacia las puertas del salón donde acababa de quedar Catalina.

—Lo sé, viejo amigo —murmuró Romero, posando la mano enguantada sobre la testuz ancha del animal—. Huelo lo mismo que tú.

El mastín alzó el hocico al aire gélido, venteando la estela invisible que la mujer había dejado a su paso: olor a arrayán, a oro viejo y a una corrupción moral tan profunda que hacía palidecer a la propia muerte.

Julián Romero acomodó su capa negra, cerró los corchetes del cuello para protegerse de la ventisca y emprendió el camino a pie hacia su casona de la calle de las Agustinas, seguido por la sombra fiel del sabueso.

La flor del quintral había abierto sus pétalos de sangre ante él. Y el conde sabía que, tarde o temprano, uno de los dos tendría que devorar las raíces del otro para sobrevivir en aquel valle maldito.