La Quintrala Y El Adepto Capítulo 3 El rescate de Laura (1624)
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Capítulo 3 El rescate de Laura (1624)

El otoño de 1624 descendió sobre el valle como una herida mal cicatrizada.

Las alamedas que bordeaban la Cañada se desprendían de sus hojas en un torbellino de oro sucio, y el viento cordillerano, que los lugareños llamaban el rancagüino, soplaba de noche con la violencia de un espectro en pena,

colándose por las rendijas de los ventanucos mal ajustados y haciendo temblar los candiles de grasa en las esquinas más oscuras de la ciudad.

Santiago callaba. Era un silencio cómplice, cobarde y espeso, el silencio característico de las urbes coloniales donde el oro de cuatro familias pesaba más que las ordenanzas de Felipe IV y las encíclicas del obispo juntas.

Durante aquel año transcurrido desde la fiesta del oidor Celis, la leyenda negra de Catalina de los Ríos y Lisperguer se había ensanchado como una ciénaga alimentada por tormentas subterráneas.

Ya no eran únicamente los peones mestizos de la Chimba quienes se persignaban al ver pasar su carretela encortinada de terciopelo verde: eran los propios regidores del cabildo quienes cambiaban de acera para no cruzar la mirada con la huérfana de los Lisperguer.

Se hablaba de esclavos negros desorejados en las bodegas de la calle de las Agustinas; de arrieros que ingresaban al patio de carretas de la hacienda para entregar fardos de charqui y jamás volvían a ser vistos; de rezos impíos que salían a medianoche de las caballerizas traseras,

ahogados por el repique de las campanas del cercano convento de monjas.

Mas la justicia real era manca y sorda cuando el verdugo vestía sedas flamencas y poseía las llaves de los lavaderos de oro de Marga-Marga.

Aquella noche de abril, don Julián Romero velaba frente a su athanor.

El fuego de carbón mineral, alimentado con una pizca de tártaro purificado y azufre nativo de los volcanes del sur, proyectaba sombras azuladas sobre las paredes encaladas de su gabinete.

Sobre la mesa de roble, una retorta de cristal de Bohemia destilaba gota a gota una esencia transparente de ajenjo y flor de saúco: un remedio botánico con el que el adepto aliviaba las jaquecas de los frailes ancianos de San Francisco para mantener abiertas las puertas de sus archivos prohibidos.

De pronto, Caronte se incorporó.

El sabueso no ladró. Los perros corrientes ladraban para disimular su miedo o advertir su presencia; Caronte, templado por la gota del Aqua Vitae, operaba como las fuerzas invisibles del universo: en silencio absoluto.

Sus orejas triangulares se irguieron con la rigidez del metal forjado; sus ojos dorados, fijos en la penumbra del postigo que daba al tercer patio de la casona, se estrecharon hasta convertirse en dos líneas de fuego frío.

Un temblor sordo, casi una vibración sísmica, nació en lo más hondo de su caja torácica.

Romero apartó la retorta del fuego con una pinza de hierro.

—¿Hueles la sangre, viejo amigo? —susurró don Julián en latín, sin elevar el tono.

Caronte dio dos pasos lentos hacia la puerta trasera, que comunicaba a través de una tapia medianera ruinosa con las caballerizas y corrales del solar de los Lisperguer.

El animal olfateó la rendija inferior: el pelaje de su lomo se erizó en una cresta erguida, y sus belfos negros dejaron al descubierto los colmillos de marfil.

Romero no precisó más advertencias. Se ciñó al talle el tahalí de cuero con la ropera toledana, arrojó sobre sus hombros la capa oscura y deslizó el cerrojo de la puerta posterior sin producir el más leve crujido.

La noche estaba helada, con una luna menguante que navegaba entre nubarrones cárdenos como un barco a la deriva en un mar de tinta.

Romero atravesó el huertecillo de limoneros agrios guiado por el trote elástico y sigiloso del perro.

Al llegar a la tapia de adobe —un muro de tres varas de altura rematado por ramas secas de espino—, el adepto posó una mano enguantada sobre la superficie agrietada.

Con una agilidad que desmentía sus ropajes aristocráticos y su aparente fragilidad física, saltó apoyando apenas la puntera de su bota en una hendidura del barro, elevándose sobre la albardilla como una pluma arrastrada por el viento.

Caronte se deslizó por una brecha en la base del muro, donde las lluvias del invierno anterior habían desmoronado el cimiento de piedras de río.

Al otro lado se extendía el patio de servidumbre de los Lisperguer: un lodazal pestilente cerrado por caballerizas de techumbre de totora y un cobertizo para almacenar aperos y cueros de buey.

En el centro del recinto, una hoguera improvisada en un tacho de hierro arrojaba un resplandor grasiento y vacilante sobre la escena.

El aire estaba saturado de olor a excremento de caballo, aguardiente de uva y el hedor inconfundible de la sangre tibia recién derramada.

Romero se fundió con la negrura que proyectaba el alero del granero, inmóvil, observando desde la distancia con la frialdad de quien contempla una lámina de anatomía.

En el suelo, atado a una viga de espino que servía de potro de tormento, yacía el cadáver destrozado de un hombre.

Era un mestizo de unos treinta años, probablemente un gañán o arriero de la hacienda.

Su espalda no era más que una masa purulenta de jirones de carne roja y grasa blanca expuesta a latigazos de rebenque emplomado; los dedos de su mano derecha habían sido machacados sistemáticamente con una mandarria de herrero.

Sus ojos, abiertos y vidriosos, miraban fijamente a las estrellas frías, libres al fin del suplicio.

Junto al cuerpo inerte, de pie sobre el estiércol con unas botas de montar de cordobán fino que le llegaban hasta las rodillas, estaba Catalina de los Ríos.

Llevaba un jubón de montar de terciopelo escarlata, ceñido con una faja de cuero crudo de la que colgaba una daga de caza vizcaína.

Su cabellera de fuego, desprovista de cofias o tocas de luto, caía en una melena enmarañada y salvaje sobre sus hombros, brillando con un fulgor casi infernal bajo la luz de la hoguera.

En la mano diestra sostenía un látigo de cuero trenzado con púas de cobre en las puntas; las gotas rojas caían lentamente desde las tiras de cuero, tiñendo el fango a sus pies.

Sus mejillas de porcelana estaban encendidas por el esfuerzo físico y la euforia; su pecho subía y bajaba con una respiración jadeante, voraz, como la de una leona que acaba de quebrar la cerviz de una presa.

A su lado, dos capataces zambos —hombres corpulentos armados con cuchillos de matadero y garrotes manchados de sebo— sostenían a una niña por los brazos.

La criatura no debía de tener más de ocho o nueve años.

Vestía un camisón de bayeta burda empapado en barro y sangre ajena.

Tenía los rasgos finos de las mestizas del valle del Aconcagua: piel cetrina, ojos rasgados inmensos, negros como pedernales, y el cabello oscuro cortado de manera irregular, pegado a las sienes por el sudor del pánico.

No gritaba. No lloraba. Había en su silencio una rigidez petrificada, el mutismo absoluto de quien ha visto abrirse las compuertas del infierno y sabe que ningún dios responderá a sus plegarias.

—¡Maldita piltrafa de perro! —gritaba Catalina, con esa voz pastosa, sensual y desgarradora que oscilaba entre el susurro y la histeria—.

¡Tu padre se atrevió a decir en la plaza que yo le robaba los quintos del trigo!

¡Que yo envenené a don Gonzalo! ¡A mí, que soy señora de vidas y haciendas desde aquí hasta la mar!

Uno de los capataces, un gigante con una cicatriz que le cruzaba la nariz chata, escupió al suelo.

—El perro ya está tieso, doña Catalina. No volverá a abrir el hocico ante el corregidor. ¿Qué hacemos con la cría? Si la soltamos, correrá al convento de los mercedarios a chillar como una condenada.

Catalina dio dos pasos hacia la niña. Con la punta del látigo ensangrentado le alzó la barbilla, obligándola a levantar la vista. La niña no parpadeó; sostuvo la mirada de la Quintrala con un terror tan profundo que bordeaba la demencia.

—Los ojos… —siseó Catalina con una sonrisa venenosa que le deformó los labios de mora—.

Mírale los ojos, Juan Rodulfo. Me mira como me miraba su madre antes de que la mandara a los lavaderos de La Ligua a pudrirse de peste.

No me gustan los que me miran sin agachar la cabeza.

Arrójala al pozo ciego de las caballerizas.

Echadle dos carretadas de piedras encima para que aprenda a respetar el sueño de los muertos.

El capataz sonrió mostrando unos dientes podridos y agarró a la niña del pescuezo como si fuera un lechón destinado a la caldera.

—Será una lástima de cal, mi señora, pero las piedras son gratis…

El hombre no terminó la frase.

De las sombras del alero no surgió un grito de desafío ni una advertencia caballerosa: surgió un rayo negro y silencioso.

Caronte se abalanzó sobre el zambo con una velocidad que desafiaba la masa de su cuerpo.

El sabueso no saltó al pecho; fue directo a la garganta.

El impacto derribó al capataz en el lodo con un ruido sordo.

Los colmillos del mastín no llegaron a rasgar la yugular por milímetros: la mole de músculo negro apoyó las patas delanteras sobre el pecho del hombre, aplastándole los pulmones, y emitió un rugido tan bajo,

tan cavernoso y preñado de amenaza que el otro capataz soltó su garrote como si se hubiera convertido en hierro al rojo vivo y retrocedió temblando contra el pesebre.

—¡Quién anda ahí! —bramó Catalina, llevando la mano izquierda a la daga vizcaína mientras alzaba el látigo con la diestra—. ¡Por la sangre de Lucifer, sal de la sombra o te hago degollar como a un marrano!

De la penumbra del granero emergió don Julián Romero.

Caminaba con la tranquilidad de un caballero que pasea por los jardines del Retiro de Madrid.

Su capa toledana caía con una elegancia impecable; su ropera descansaba en la vaina sin desenvainar, y su rostro de marfil permanecía iluminado por la luz anaranjada de la hoguera con una serenidad tan gélida que resultaba monstruosa en medio de aquel matadero.

—Mal empleo dais a vuestras noches, doña Catalina —dijo Julián con su castellano pulcro, pausado, modulado con la cadencia de una misa de difuntos—.