La Quintrala Y El Adepto Capítulo 3 El rescate de Laura (1624) #2
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Capítulo 3 El rescate de Laura (1624) #2

Tenía entendido que las damas de vuestra alcurnia empleaban estas horas en rezar el rosario de ánimas o bordar frontales de altar para la catedral.

Veo que preferís el oficio de carnicero.

Catalina se quedó paralizada por una fracción de segundo. La sorpresa dio paso de inmediato a una cólera desbordante, pero en el fondo de sus pupilas verdes brilló también esa chispa de fascinación mórbida que el adepto le provocaba desde el primer encuentro.

—¡Vos! —exclamó ella, bajando el rebenque unos centímetros—. ¿Os atrevéis a entrar en mi morada como un ladrón de gallinas, señor conde? ¿Habéis perdido el juicio o es que buscáis que os entierre junto a este indio traidor?

—Esta tierra no es vuestra morada, señora; es un muladar donde chapoteáis en vuestras propias miserias —respondió Romero, sin detener el paso hasta quedar a escasos cuatro pasos de ella—.

Y en cuanto a enterrarme… muchos hombres más sabios, más fuertes y considerablemente más crueles que vuestra merced lo intentaron en siglos pasados.

Todos ellos son hoy polvo sin nombre que el viento arrastra en cementerios que nadie visita.

Catalina tembló de rabia. Dio un paso hacia él, con el rostro descompuesto por el odio feudal:

—¡Esta gente me pertenece! —gritó, señalando el cadáver del peón con la punta de la bota ensangrentada—.

¡Son mis indios, mis siervos, mi ganado!

¡Me pertenecen por cédula del Rey Nuestro Señor y por la sangre de mis mayores!

¡Puedo abrirles el vientre, colgar sus lenguas de los aleros o echarlos a los perros si me place, y ningún oidor de pacotilla me pedirá cuentas!

—A la justicia de la Audiencia la tenéis comprada con vuestras talegas de plata, no me cabe duda —replicó don Julián, clavando sus ojos oscuros en los de ella con un peso que hizo que la Quintrala retrocediera medio paso de manera involuntaria—.

Pero la sangre derramada sin medida tiene un peso específico en la balanza del cosmos, doña Catalina.

La materia no se destruye: se transforma.

Y el odio que sembráis en este barro se está acumulando sobre vuestra cabeza como una montaña de plomo.

Algún día caerá. Y cuando caiga, ni vuestro oro ni las sotanas que os protegen podrán apartar el golpe.

Catalina soltó una risotada histérica que resonó contra las vigas del establo.

—¡Sois un predicador ridículo, don Julián! Un filósofo que se asusta con una gota de sangre campesina. ¿Acaso habéis venido a salvar el alma de esta bestia muerta?

—He venido por la niña —dijo Romero con voz seca, cortante como un estilete de Toledo.

El capataz inmovilizado bajo las garras de Caronte soltó un gemido agónico: el perro apretó las garras sobre su esternón y un hilillo de espuma sanguinolenta brotó de la comisura del criado.

Romero hizo un leve gesto con los dedos y Caronte aflojó la presión, sin apartar la mirada dorada de los ojos aterrorizados del zambo.

Catalina miró a la niña, que permanecía acurrucada en el estiércol, temblando de frío y espanto. Luego volvió a mirar a Romero. Una mueca de burla cruel y perversa comenzó a dibujarse en sus labios carnosos.

—¿Por la cría? —murmuró ella, acercándose lentamente a don Julián, dejando que el aroma a arrayán estrujado y sudor tibio flotara entre ambos—.

¿Tanto os conmueve un pellejo de india mestiza, señor conde?

¿O es que el frío de vuestra soltería necesita una sirvienta que os caliente las sábanas en esa casona silenciosa?

¿Es eso lo que buscan vuestras filosofías?

Romero no pestañeó. La calumnia resbaló sobre su porte como el agua sobre el mármol encerado.

—No midáis la naturaleza ajena con el rasero de vuestras propias perversiones, doña Catalina.

A vos os mueve el impulso ciego de las bestias acorraladas; a mí, la búsqueda del orden en el caos.

Esa niña ha visto morir a su sangre esta noche y no ha gritado.

Hay en su silencio más dignidad y entendimiento del que vos tendréis en toda vuestra existencia.

Os pagaré por ella lo que vale una yunta de bueyes de vuestros establos.

De la escarcela de su cinto, Romero sacó una bolsa de cuero repujado. La arrojó a los pies de Catalina. El peso del oro de Potosí resonó con un golpe seco contra el barro ensangrentado.

Catalina miró la bolsa dorada. Su vanidad de señora feudal se debatía entre la tentación de ordenar a sus hombres un asalto ciego o aceptar el dinero para no exponer el escándalo ante el cabildo eclesiástico.

Mas había algo más hondo en sus ojos verdes: la satisfacción perversa de haber obligado al conde Romero a ensuciarse las manos en su propio terreno.

Pensó que al arrebatarle a la niña, Romero contraía una deuda silenciosa con ella; una atadura que los mantendría ligados por el hilo invisible de aquel crimen nocturno.

—Lleváosla —dijo Catalina al fin, retrocediendo hacia la luz de la hoguera con una sonrisa torcida, cargada de ponzoña—.

Lleváosla, señor conde. Es hija de traidores y morirá como ellos.

Pero no olvidéis este corral. Cuando esa piltrafa os mire a los ojos en vuestra biblioteca, recordad que sigue viva únicamente porque yo he tenido a bien arrojaros sus sobras como quien le tira un hueso roído a un perro hambriento.

—El destino de las sobras, doña Catalina, suele ser más duradero que el de los banquetes podridos —sentenció Romero.

El adepto se inclinó sin prisa. Con un movimiento sereno, envolvió a la pequeña con los faldones de su propia capa toledana.

La niña estaba helada como un témpano de la cordillera; sus pequeños brazos estaban rígidos por el espanto, pero cuando Romero la alzó contra su pecho, la niña no opuso resistencia: enterró el rostro en el lino limpio de su cuello,

como si hubiera intuido que aquel hombre pálido y silencioso era la única muralla que se interponía entre ella y el vacío de la fosa.

—Ven, Caronte —ordenó Romero.

El mastín dio un paso atrás, soltando al capataz maltrecho, que se arrastró por el suelo gimiendo como una bestia apaleada. El perro se colocó a la izquierda de Julián, cubriendo la retirada de su amo con los ojos fijos en la figura escarlata de la Quintrala.

Catalina permaneció de pie junto al fuego, con el látigo goteando en la mano y la bolsa de doblones en el fango, viendo cómo la silueta del conde, la niña y el mastín negro se desvanecían en la niebla que se tragaba las tapias de la calle de las Agustinas.

En el laboratorio de la casona de don Julián, el athanor continuaba arrojando su fulgor azulado sobre las balanzas de bronce y los pergaminos herméticos.

Romero había sentado a la niña sobre un taburete de cuero de Córdoba junto al brasero encendido.

Con una jofaina de loza llena de agua templada de manantial y lienzos limpios de holanda, el adepto limpiaba con infinita paciencia la sangre seca, el barro y el estiércol que cubrían los brazos y el rostro de la pequeña.

Aplicó sobre las contusiones de sus muñecas un ungüento verdoso a base de consuelda mayor, cera de abejas y aceite de hipérico que preparaba para sus propios experimentos.

La niña no profería una sola palabra. Sus grandes ojos oscuros recorrían la estancia con una mezcla de asombro y recelo: contemplaba los alambiques relucientes, las retortas de cuello de cisne, las hileras de volúmenes empastados en piel y los mapas del cielo estrellado clavados en las paredes.

—Ya no hay nada que temer aquí —dijo Romero con voz suave, secándole la frente con un paño limpio—. Aquel barro quedó atrás. Mi nombre es Julián. ¿Cómo te llamas tú?

La pequeña apretó los labios. La sombra del cadalso de su padre flotaba todavía en sus retinas. El terror le había quebrado la voz en la garganta, dejándola muda.

En ese momento, Caronte cruzó la estancia con paso lento y pesado.

El enorme sabueso negro, cuyo aspecto había aterrorizado a los bravos del cabildo y a los capataces de los Lisperguer, se acercó al taburete donde yacía la niña.

Con una delicadeza desconcertante, apoyó su hocico húmedo y tibio directamente sobre las rodillas huesudas de la pequeña, mirándola con sus ojos de ámbar encendido con una devoción casi humana.

La niña bajó la vista hacia el monstruo que la había salvado del pozo ciego. Sus dedos diminutos, tiznados de carbón y raspados por el encierro, temblaron en el aire una fracción de segundo. Luego, con una lentitud infinita, se posaron sobre la cabeza ancha y sedosa de Caronte.

El perro lanzó un suspiro hondo, rítmico, y se echó a sus pies, cubriéndole los tobillos ateridos con el calor de su pelaje inmortal.

Un sollozo seco, contenido durante horas, se quebró en el pecho de la niña. Dos lágrimas gruesas resbalaron sobre sus mejillas limpias, llevándose los últimos restos de la ceniza colonial.

—Laura… —susurró la pequeña con un hilo de voz que apenas quebró el silencio del laboratorio—. Mi tata… me decía Laura.

Romero sonrió por primera vez desde que había pisado el reino de Chile: una sonrisa breve, melancólica, que iluminó por un instante la palidez de su rostro de marfil.

—Laura será tu nombre, entonces —dijo el conde, acercándole un tazón de caldo caliente aromatizado con hierbas de Castilla—.

En las tierras de donde vengo, el laurel corona a los que no se rinden ante la tiranía ni ante la muerte.

Bebe y duerme, pequeña. Mañana comenzaremos a estudiar las leyes del fuego y los secretos que los necios llaman magia.

Laura tomó el tazón con ambas manos y bebió a pequeños sorbos, mientras sus pies descansaban sobre el lomo del sabueso negro.

Fuera, la noche santiaguina continuaba pudriéndose en sus conventos y sus palacios de adobe; pero dentro de aquella cámara sellada, una semilla de conocimiento y luz acababa de ser arrancada de las garras de la bestia para ser sembrada en el crisol de la eternidad.