Capítulo 4 El beso en la penumbra (1624)
La primavera de 1624 reventó en el valle de Santiago con una violencia vegetal que parecía querer devorar el adobe y la ceniza del invierno.
Los álamos que bordeaban la Cañada se vistieron de un verde tierno y vibrante; el río Mapocho bramaba con el deshielo furioso de las altas cumbres, arrastrando troncos de coigüe y peñascos desde el cajón cordillerano,
y en los huertos conventuales los naranjos agrios estallaron en una floración de azahar tan densa, tan cargada de un perfume dulce y narcótico, que las noches coloniales olían a velatorio de infante o a tálamo nupcial.
En la casona de la calle de las Agustinas, las semanas posteriores al rescate de Laura habían transcurrido en un silencio laborioso.
La niña ya no era la sombra andrajosa que esperaba la muerte en el lodazal de las caballerizas.
Julián Romero le había procurado sayas limpias de lana castellana, botinas de badana suave y un jubón oscuro que la protegía del relente de la sierra.
Mas la verdadera transfiguración no era de lienzo, sino de espíritu: aquella pequeña mestiza, cuya voz había quedado sepultada bajo los escombros del cadalso de su padre, poseía una inteligencia geométrica, afilada y voraz.
Mientras las damas criollas apenas aprendían a garabatear su nombre para firmar las dotes matrimoniales, Laura pasaba las tardes en el laboratorio memorizando la tabla de los símbolos de Basilio Valentín y aprendiendo a trazar caracteres latinos con una pluma de ganso en los márgenes de los códices
de Paracelso.
Sus manos finas, aún con las cicatrices del maltrato desvaneciéndose bajo los aceites de hipérico, manejaban las balanzas de bronce de Julián con una precisión milimétrica: no erraba un grano de vitriolo, no derramaba una gota de tártaro.
Y a sus pies, tendido como una alfombra de terciopelo tenebroso, Caronte la custodiaba con una devoción inmutable.
Si un criado forastero o un lego del convento llamaba al postigo de la entrada, el mastín se interponía entre la puerta y la niña antes de que el eco del aldabonazo terminara de extinguirse.
Sin embargo, aquella aparente serenidad no era más que la antesala de una tormenta de azufre.
La tapia medianera que separaba el solar de Romero de los dominios de los Lisperguer parecía transpirar una ponzoña invisible.
A veces, en el silencio denso de las tres de la madrugada, el viento traía ruidos extraños desde las huertas contiguas: el crujido metálico de cadenas sacudidas en los sótanos, el lamento ahogado de un siervo o el rasgueo discordante de una vihuela tocada con frenesí salvaje.
En otras ocasiones, era un hedor repentino: hojas de chamico quemadas en brasas de carbón de espino y ese persistente, dulzón aroma a sangre fermentada que Caronte venteaba desde el brocal del pozo con un erizamiento continuo del lomo.
Catalina de los Ríos no había olvidado.
Se la veía poco por las mañanas, salvo cuando acudía a la misa mayor en la iglesia de San Agustín, envuelta en mantillas de encaje negro que apenas disimulaban el fulgor incendiario de su pelo cobrizo,
escoltada por lacayos armados con tercerolas y seguida a distancia prudencial por don Alonso de Campofrío, cuyo cortejo se volvía cada semana más público y servil.
Mas cada vez que su carretela cruzaba la esquina de las Agustinas y divisaba la figura erguida del conde Romero, Catalina detenía la marcha unos instantes para clavarle una mirada tan cargada de desprecio,
lujuria y desafío que el aire entre ambos parecía chisporrotear como la pólvora a punto de prender.
La confrontación definitiva ocurrió a mediados de noviembre, durante la octava de la fiesta de San Martín.
Don Julián regresaba a pie a su casona pasada la medianoche.
Había pasado las últimas cuatro horas en la celda prioral del convento de San Francisco, examinando unos mapas cosmográficos del Perú y debatiendo con un fraile astrónomo sobre la conjunción de Saturno y Marte que amenazaba el cielo del hemisferio austral.
Santiago dormía bajo un toque de queda no escrito; las esquinas de barro estaban desiertas, rotas únicamente por el aullido lejano de los perros cimarrones de la Cañada y el silbido helado del viento andino que barría el polvo de las acequias.
Al doblar el callejón que desembocaba en el patio de naranjos colindante con los muros traseros de los Lisperguer, Julián se detuvo.
El perfume del azahar era allí tan espeso que resultaba casi asfixiante, pero no venía solo: venía acompañado de ese olor acre a arrayán estrujado y a resina amarga que Romero conocía demasiado bien.
De la sombra densa que proyectaba un portalón de piedra carcomida, bajo el ramaje florido de los árboles, emergió una figura.
Era Catalina.
No vestía las tocas devotas de la iglesia ni las sedas ceremoniosas de las tertulias del oidor.
Llevaba una saya talar de terciopelo verde musgo, abierta en el delantero sobre una enagua de raso blanco que susurraba al andar, y un corpiño ceñido de cuero negro que dejaba sus hombros marmóreos al descubierto, desafiando el frío cortante de la noche.
Su cabellera de fuego caía completamente suelta, libre de peinetas y horquillas, derramándose sobre sus pechos y su espalda como una llamarada líquida.
En su mano derecha no había abanico ni látigo: sostenía una flor roja de quintral, cuyos pétalos escarlatas y parásitos destrozaba lentamente con la uña del pulgar.
—Tardáis mucho en vuestras devociones con los franciscanos, señor conde —dijo ella.
Su voz era un susurro cálido, denso, cargado de una intimidad insolente que quebró la quietud del callejón.
Julián Romero no retrocedió. Su mano izquierda descansó de manera natural sobre la empuñadura de su espada ropera, manteniendo su cuerpo en ese equilibrio milimétrico que precede al movimiento del esgrimista.
—La noche es para los hombres libres, doña Catalina —respondió él, con su tono castellano impecable, neutro y medido—. Aunque me sorprende ver a una doncella de vuestra cuna rondando los callejones de fango a deshoras, como una buscona de las riberas del Guadalquivir.
Catalina soltó una risa baja, gutural, que le vibró en la garganta. Dio dos pasos hacia él, acortando la distancia con la lentitud sinuosa de una alimaña que sabe a su presa contra la tapia.
—No me llaméis doncella, don Julián. Ni me vengáis con las hipocresías de las beatas de la Audiencia.
Esas idiotas tiemblan en el confesonario si miran a un mozo a la cara; yo mando a azotar a los míos hasta que les crujen los huesos y luego duermo como una reina.
Sabéis bien quién soy. Y sé muy bien quién sois vos.
—Dudo que sepáis nada sobre mí, señora —replicó el adepto, sosteniéndole la mirada de marfil a esmeralda—.
Vuestro entendimiento solo alcanza a concebir lo que podéis comprar con oro de vuestros lavaderos o lozar con la fuerza de vuestros capataces.
Más allá de eso, vuestro mundo es una tiniebla muy estrecha.
Catalina se detuvo a un palmo de él. El calor que emanaba de su cuerpo era casi febril: una marea de sangre joven, poderosa y corrompida.
La cercanía permitía a Julián ver las diminutas pecas doradas sobre la piel translúcida de su nariz, el pulso acelerado que latía en el hueco de su garganta y esa boca violácea, carnosa y húmeda, entreabierta en una media sonrisa voraz.
—Os creéis muy alto, conde Romero —siseó ella, clavándole los ojos verdes con un magnetismo oscuro que buscaba derribar su voluntad—.
Os encerráis en esa casona con vuestros frascos y vuestros libros viejos, jugando a ser un santo de piedra.
Habéis adoptado a la perra mestiza que os tiré en el establo para daros aires de caballero andante.
Pero bajo esa capa de terciopelo toledano y ese cuello de lino tieso…
late la misma porquería que en los otros hombres de este reino.
—Os engañáis, Catalina.
—¿Me engaño? —su mano enguantada se alzó con la rapidez de una víbora y se posó directamente sobre el pecho de Julián, sobre la seda negra de su jubón, justo a la altura del corazón—.
No sois de madera, filósofo. Os vi los ojos aquella noche en la fiesta de Celis.
Y os vi los ojos en el corral ensangrentado.
Me deseáis con la misma hambre rabiosa con que los arrieros desean un trago de aguardiente en la sierra.
Pero sois un cobarde. Os da miedo quemaros las manos en este fuego.
Por un segundo —un instante aterrador y microscópico en la escala de los siglos—, la humanidad mortal que aún dormía en los rincones más profundos del alma de Julián Romero se estremeció.
El adepto sintió la sacudida de la carne: la tentación salvaje, primordial y destructiva de corresponder a esa fuerza de la naturaleza.
Catalina era la encarnación misma de la materia desatada, el caos fértil y sangriento de una tierra virgen que no reconocía las leyes del espíritu ni la armonía del cielo hermético.
Había una belleza monstruosa en su soberbia, un deleite oscuro en la idea de precipitarse con ella en la ciénaga de las pasiones y romper la soledad infinita de su inmortalidad devorando a la flor más venenosa de las Indias.
Catalina leyó esa mínima vacilación en el abismo oscuro de los ojos del conde.
Con un movimiento feroz y desesperado, la Quintrala echó los brazos al cuello de Julián. Se alzó sobre las puntas de sus botinas y estampó su boca contra la de él con la furia de un pacto de sangre.
Fue un beso amargo, abrasador y metálico.
Los labios carnosos de Catalina se abrieron sobre los suyos con un hambre caníbal; sus dientes llegaron a rozar el labio inferior de Romero con una violencia que buscaba extraer sangre, mientras su lengua caliente y ávida parecía querer arrebatarle el aliento mismo de los pulmones.
El aroma a azahar, arrayán y humedad corporal envolvió al adepto como un lazo asfixiante, arrastrándolo hacia el fondo de un torbellino donde no existían ni el Aqua Vitae, ni las sentencias de Hermes, ni los dolores de los siglos.
El beso duró tres latidos de campana. Tres latidos en que la noche de Santiago contuvo la respiración bajo los naranjos floridos.
Luego, Julián Romero actuó.
No la apartó con torpeza ni con el pánico tembloroso de un fraile tentado por el demonio.