Capítulo 4 El beso en la penumbra (1624) #2
Con una fuerza serena, implacable, nacida de los resortes internos de una voluntad templada durante generaciones, sus manos enguantadas tomaron las muñecas de Catalina por encima de los brazaletes de oro.
La presión fue tan firme, tan precisa sobre los tendones, que los dedos de la joven se abrieron instantáneamente y sus brazos cayeron hacia los costados como si hubieran perdido toda fuerza motriz.
Romero dio un paso atrás. Su respiración, tras una leve inhalación profunda, volvió a ser rítmica y pausada. Su rostro de marfil permaneció imperturbable, sin una mota de rubor, sin una sombra de agitación.
Catalina lo miraba jadeando, con los labios entreabiertos, brillantes por la saliva y el fuego del contacto, esperando ver en él el desconcierto, la rendición carnal o la súplica del amante derrotado.
En lugar de eso, vio al juez.
Don Julián Romero metió la mano derecha en el bolsillo de su ropilla.
Extrajo con deliberada parsimonia un pañuelo de finísima seda blanca de Flandes.
Sin apartar los ojos de los de ella, se llevó el lienzo a la boca y se limpió los labios con lentitud meticulosa, frotando la tela sobre la comisura donde la humedad del beso había dejado su rastro.
Apartó el pañuelo y miró la mancha: una leve sombra oscura, mezclada con el polvo del callejón y el carmín natural de los labios de ella.
—Vuestra boca tiene el sabor exacto de lo que sois, doña Catalina —dijo Romero con una voz glacial, tan baja y cortante que sonó más atroz que el silbido de un látigo en la noche—.
Sabe a sepulcro recién encalado. Sabe a sangre de siervos torturados en sótanos oscuros y a ceniza de pasiones que no alimentan nada más que vuestra propia vanidad podrida.
Catalina palideció. El rojo cobrizo de su pelo pareció encenderse aún más ante la pérdida repentina de color en sus mejillas de porcelana.
—¿Os atrevéis…? —susurró ella, y la voz se le quebró en un espasmo de incredulidad absoluta.
—Habláis de fuego —continuó Julián, doblando el pañuelo sucio por la mitad y arrojándolo al fango de la acequia, a los pies de las enaguas de ella—, pero vuestro fuego no engendra luz ni transmuta el plomo en oro; solo deja escombros y miasma.
Buscáis que los hombres se arrastren ante vos para convenceros de que sois una reina, cuando en verdad no sois más que una criatura desdichada, presa de su propia bilis negra, encadenada al barro de este rincón del mundo.
Dio un paso al frente, obligándola a retroceder contra el tronco nudoso del naranjo.
—No sois Dulcinea, doña Catalina. Ni siquiera sois una ramera de lujo en los corrales de comedias de Madrid.
Sois una bestia que ha aprendido a vestirse de seda para disimular que lleva las uñas llenas de estiércol y veneno.
Y yo he contemplado los incendios de Roma y las pestes de Flandes; no voy a perder mi eternidad por lamer las sobras de vuestra podredumbre.
El silencio que siguió a las palabras de Romero fue sepulcral.
Catalina de los Ríos temblaba de la cabeza a los pies.
No de frío: de una cólera tan descomunal, tan volcánica y venenosa que sus pupilas se dilataron hasta ahogar casi por completo el verde de sus ojos en una negrura de pez abisal.
Sus uñas se clavaron en las palmas de sus manos hasta traspasar el cuero de los guantes; un hilo fino de sangre comenzó a brotar de sus encías por la violencia con que apretaba las mandíbulas.
Nadie la había tocado jamás sin su consentimiento. Nadie le había negado un capricho. Nadie, en todo el reino de Chile, le había hablado con semejante desprecio filosófico, limpiándose la boca tras su beso como quien se quita la baba viscosa de un sapo del camino.
—Me las pagaréis… —siseó ella, y su voz ya no tenía nada de humana; era el silbido sibilino de una serpiente acorralada en un pozo seco—.
¡Por la leche de mi madre y por los muertos de mi casa, don Julián Romero, que me las pagaréis!
¡Llegará el día en que supliquéis de rodillas sobre este mismo barro que os mire a la cara!
¡Veré arder vuestra casona, veré a esa perra mestiza colgada de las vigas de mi lagar y os arrancaré los ojos con mis propias manos para que no volváis a mirar a nadie con ese orgullo de muerto!
Romero la contempló con una tristeza infinita, desprovista de odio o temor.
—Si ese día llega, doña Catalina, significará que el universo ha perdido sus leyes y que el caos ha vencido a la razón —dijo él, acomodándose la capa toledana sobre el hombro—.
Mientras tanto, guardad vuestras caricias para don Alonso de Campofrío.
A los borrachos y a los cobardes les basta cualquier caldo para apagar la sed. Buenas noches tengáis.
El conde Romero dio media vuelta y caminó a paso sosegado hacia el portalón de su solar.
No miró atrás ni una sola vez. No apresuró el paso.
Sus botines de cordobán resonaron rítmicamente sobre las piedras húmedas del callejón, mientras a sus espaldas el eco de las maldiciones de la Quintrala se apagaba entre el rumor de las acequias y el aroma denso de los azahares marchitos.
Cuando Julián abrió la puerta claveteada de su casa, Caronte ya lo aguardaba en el zaguán.
El mastín no se acercó a acariciarlo con el hocico como solía hacer.
El animal dio tres pasos lentos, bajó las orejas y fijó su mirada ámbar en la figura de su amo.
Levantó la belfa negra y emitió un resoplido seco, un estornudo de disgusto: el perro había olido el rastro de la Quintrala en la ropa del adepto a diez varas de distancia.
Romero se despojó del jubón de terciopelo con un movimiento seco y lo arrojó al suelo, hacia un rincón del patio.
—Quémalo mañana, Caronte —ordenó en voz baja—. Ese paño ya no sirve para nada limpio.
El sabueso apoyó una pata delantera sobre la tela descartada y lanzó un gruñido sordo de aprobación.
Desde el corredor techado, iluminada por la luz tibia de un candil de aceite, una pequeña silueta observaba la escena.
Laura permanecía de pie, descalza, con una túnica blanca de dormir y un libro de geometría de Euclides apretado contra el pecho.
Sus ojos oscuros, inteligentes y serenos, miraron a Romero con una fijeza desconcertante.
—La mujer de pelo rojo ha estado cerca, señor —dijo la niña, con esa voz clara y pausada que cada día cobraba más firmeza.
Romero levantó la vista hacia su pupila. La frialdad de su máscara de marfil se dulcificó apenas una fracción al contemplar la inocencia y la mente pura que crecía bajo su techo.
—Demasiado cerca, Laura —respondió el conde, caminando hacia el laboratorio—. Pero las flores venenosas solo matan a los que se empeñan en tragarse sus espinas. Ven. La noche aún es larga y hay que purificar el athanor antes de que cante el gallo.
Caronte se quedó atrás en el patio oscuro, custodiando las cenizas del jubón desechado, mientras las campanas de San Agustín doblaban a difunto a lo lejos, marcando la hora en que el odio de Catalina de los Ríos comenzaba a tejer su mortaja sobre el valle.