La Quintrala Y El Adepto Capítulo 5 Sombras en el convento (1625)
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Capítulo 5 Sombras en el convento (1625)

El invierno de 1625 cayó sobre la cuenca de Santiago como una lápida de plomo batido.

Durante tres semanas interminables, una neblina densa y cenicienta —que los campesinos llamaban la camanchaca de la costa cuando lograba colarse por los portezuelos de la cordillera menor— se aposentó sobre las techumbres de teja y los barrizales de la ciudad.

El humo de los miles de braseros de carbón de espino no lograba elevarse hacia el cielo; quedaba atrapado a ras del suelo, mezclándose con el vapor mefítico de las acequias abiertas y el tufo a cuero podrido de las curtiembres del Mapocho,

creando una atmósfera viscosa donde las campanas de las iglesias tañían con un eco apagado, como si doblaran bajo el agua.

En la casona de don Julián Romero, la lumbre del laboratorio ardía sin descanso.

A sus diez años de edad, Laura ya no parecía en nada aquella criatura salvaje rescatada del fango de los establos.

Vestía un sayal de paño oscuro con delantal de lino crudo, y sus manos menudas —limpias de tizne, pero con las yemas endurecidas por el roce de los morteros de pórfido— manipulaban los tubos de ensayo y las balanzas de bronce con la concentración solemne de un cartujo.

Bajo la atenta mirada de Romero, la niña examinaba con una lente de aumento holandesa una pequeña redoma de vidrio donde reposaba una muestra de sangre humana.

El fluido no pertenecía a ninguno de los moradores de la casa; lo había traído esa misma tarde fray Bernardino, un lego franciscano que solía acudir a don Julián en busca de bálsamos para la botica de su convento.

—Observa el borde del menisco, Laura —indicó don Julián, de pie tras ella, con su sobria levita negra y las manos cruzadas a la espalda—. ¿Qué notas en la separación de los humores?

La niña acercó el ojo al cristal pulido, entrecerrando las pestañas oscuras. Frunció el ceño con un gesto de repugnancia analítica que a Romero le recordó a los viejos médicos de la Universidad de Salamanca.

—No se divide como la sangre sana, señor don Julián —respondió la pequeña, con su voz limpia y pausada—.

No hay el licor amarillo del suero ni la masa viva del rubor.

Es oscura, espesa como la melaza de caña quemada…

y huele a vinagre viejo. Como si el espíritu vital hubiera sido succionado antes de que la sangre abandonara la vena.

—El Spiritus Vitalis de los antiguos —asintió Romero con gravedad—. O lo que Paracelso llamaba la tintura del cuerpo. ¿Y de quién dijo fray Bernardino que procedía esta muestra?

—De un novicio de la orden de San Agustín, señor —dijo la niña, levantando la vista hacia su maestro con esos ojos negros, profundos como aljibes sin fondo—.

Ingresó hace seis meses desde las tierras de Quillota.

Dicen los frailes que padece de un «mal de languidez».

Que despierta por las mañanas blanco como la harina, con temblores en las corvas y dos pequeñas úlceras violáceas en la clavícula.

El médico del cabildo sangró al muchacho creyendo que eran malos humores, y el pobre infeliz casi se les queda en la jofaina.

Romero tomó la redoma entre los dedos. Acercó el cristal a la llama azulada del hornillo. Al contacto con el calor sutil, la sangre corrupta no desprendió el olor ferroso de la vida, sino un vaho dulzón, almizclado, con un trasfondo inconfundible a polvo de cripta y cera profanada.

En el rincón de la estancia, Caronte, que descansaba con el hocico entre las patas, alzó la cabeza de golpe. Sus orejas triangulares se pegaron a la nuca; los belfos se retrajeron sobre los colmillos y un siseo bronco, cargado de un odio ancestral, escapó de su garganta.

—Caronte también lo sabe —murmuró Romero, dejando el tubo en la gradilla de madera—.

No es la primera vez que veo esta putrefacción en el fluido.

En los últimos tres meses, cuatro indios de servicio de la parroquia del Sagrario han desaparecido en la noche.

Dos huérfanas acogidas por las beatas de la Merced fueron halladas muertas en un basural tras el cerro Santa Lucía, desangradas hasta la médula, con los cuerpos secos como cecina de cordero.

La justicia dice que son perros cimarrones o maleficios de machis araucanas.

—¿Y doña Catalina? —preguntó Laura en un susurro, apretando involuntariamente la pluma de ganso entre sus dedos—. ¿Es ella quien bebe esa sangre para mantener su fuego?

Romero miró por el ventanuco hacia el norte. A menos de dos cuadras, la mole imponente y sombría del convento y templo de San Agustín se recortaba contra la niebla como un bastión de piedra ciego.

—Catalina es el puñal, Laura, pero no la mano que lo sostiene —dijo el adepto con frialdad—.

Su crueldad es humana: nace de la soberbia, del poder feudal y de la sangre podrida de los Lisperguer.

Mata por capricho, por venganza o por rabia.

Mas esto… esto que vacía las venas de los novicios en la noche no es el capricho de una hacendada soberbia.

Esto es un hambre antigua. Un parásito que sabe esconderse tras el latín y el incienso.

Romero acarició la cabeza de Caronte, que se había acercado a su lado con los músculos en tensión, vibrando como la cuerda de una ballesta tensada al límite.

—Laura, atranca la puerta del laboratorio por dentro con la barra de roble. No abras a nadie hasta que sientas el toque de mis nudillos: tres golpes secos, una pausa, y dos golpes leves. Caronte y yo tenemos que hacer una visita pastoral a las catacumbas de San Agustín.

La medianoche había caído sobre Santiago como un manto empapado en hiel.

El toque de queda impuesto por el gobernador Pedro Osores de Ulloa mantenía las calles vacías; nadie con sentido común se aventuraba por los barriales de la calle del Rey pasadas las diez, a menos que fuera un soldado de ronda, un ladrón con ganzúa o un espectro.

Julián Romero avanzaba sobre el brazo izquierdo para dejar expedita la empuñadura de su ropera.

A su lado, Caronte se movía como una mancha de sombra líquida sobre el fango: sus pisadas no producían el menor rumor sobre las piedras resbaladizas, pero su hocico no se apartaba del suelo, siguiendo una estela invisible que solo sus sentidos alquímicos podían descifrar.

El rastro los condujo directamente a los contrafuertes orientales de la iglesia de San Agustín.

El templo, una mole maciza de calicanto y adobe levantada a pulso por cuadrillas de indios encomendados, dormía bajo la garúa.

Las ventanas ojivales del claustro estaban a oscuras; solo un farol mortecino de aceite de ballena temblaba sobre el portalón de la portería.

Mas Caronte no se detuvo ante la entrada principal: rodeó el ábside exterior, internándose por un callejón ciego que separaba la huerta de los frailes de las caballerizas traseras del solar de los Lisperguer.

Allí, a ras del suelo, entre dos pilastras agrietadas por un viejo temblor, se abría una reja de hierro forjado: la lumbrera que ventilaba los osarios y criptas subterráneas de la orden.

Un hálito helado brotaba de los barrotes carcomidos por el salitre. Olía a mirra quemada, a humedad de tumba… y a ese dulzor ferroso que Romero había detectado en la sangre del novicio.

Caronte apoyó las patas delanteras contra el muro y soltó un bufido sordo, con los ojos amarillos clavados en la negrura que se abría tras los hierros.

—Silencio, Caronte —ordenó Julián en un susurro inaudible.

El adepto examinó el cerrojo de la reja.

La herrumbre exterior era una farsa: los goznes habían sido engrasados recientemente con grasa de carnero para no rechinar.

Romero extrajo de su bolsillo un fino estilete de acero templado, lo introdujo en el ojo de la cerradura y, con un giro sutil de muñeca guiado por su sensibilidad mecánica, hizo saltar el pestillo interno con un clic apenas perceptible.

Empujó la reja. Se deslizó por la abertura como una exhalación, seguido de cerca por la mole oscura del perro.

Cayeron sobre un suelo de tierra apisonada y fragmentos de ladrillo roto.

La oscuridad en el subterráneo era absoluta, pero para los ojos de Romero —cuyas pupilas habían sido afinadas por siglos de vigilia y destilaciones herméticas— las tinieblas no eran más que una penumbra cobriza.

Estaban en las catacumbas primitivas del templo: una red de pasadizos abovedados excavados bajo la nave mayor, donde los primeros pobladores de la capitanía y los priores de la orden reposaban en nichos empotrados en las paredes de calicanto.

Filas de calaveras amarillentas y tibias cruzadas contemplaban su paso desde los huecos de la mampostería.

Caronte avanzaba con el lomo pegado al suelo, venteando el aire viciado.

Al cabo de una treintena de varas, el pasadizo se ensanchó en una cripta más espaciosa, ubicada exactamente debajo del presbiterio y del altar mayor de la iglesia. A través de una arcada gótica cegada a medias con escombros, una luz trémula, rojiza y oscilante se filtraba hacia las sombras.

Romero se detuvo tras el quicio de la arcada, ordenando al perro con un leve toque de los dedos que se mantuviera echado en la penumbra. Se asomó con cautela milimétrica.

La cripta estaba dispuesta como una capilla sacrílega.

Sobre una losa sepulcral de granito negro que servía de altar, ardían seis cirios gruesos de una cera pardusca que despedía un humo pesado con olor a grasa animal quemada.

En el centro de la losa no había un crucifijo, sino una jofaina de plata repujada, manchada de costras pardas, flanqueada por un cáliz litúrgico de oro viejo.

Frente al altar, de espaldas a Romero, una figura solitaria oficiaba un rito mudo.

Era un fraile. Llevaba el hábito negro de la Orden de San Agustín, con la cogulla calada sobre la cabeza y el cinto de cuero con las tres caídas reglamentarias. Mas cuando el religioso se movió hacia un lado para tomar el cáliz, la luz de los cirios iluminó su perfil.

A Julián Romero se le heló la sangre en las venas.

No era un fraile cualquiera. Era fray Ignacio de la Cruz, prior provincial de los agustinos y recién nombrado Comisario del Tribunal del Santo Oficio en Santiago.