La Quintrala Y El Adepto Capítulo 5 Sombras en el convento (1625) #2
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Capítulo 5 Sombras en el convento (1625) #2

Un hombre de unos cincuenta años aparentes, a quien Romero había visto presidir con voz pastosa y semblante de santo varón las ceremonias públicas de la catedral, besando con devoción fingida las manos del obispo.

Mas el hombre que ahora estaba bajo el altar mayor no tenía nada de piadoso.

Fray Ignacio se había despojado de la cogulla.

Su rostro no tenía el tono saludable de los prelados coloniales; su piel era de una palidez marmórea, casi azulada, estirada con violencia sobre unos pómulos huesudos y angulosos.

Sus ojos, hundidos en cuencas oscuras, carecían de esclerótica blanca: eran dos pozos de un carmesí turbio, sanguinolento, que brillaban con el fulgor fósforo de los depredadores abisales.

Sus manos, rematadas por uñas largas y curvadas como garras de buitre, sostenían el cáliz con una reverencia obscena.

Sobre una estera de totora, a los pies de la losa sepulcral, yacía el cuerpo inerte de una muchacha mestiza.

No debía de tener más de catorce años. Estaba viva, pero sumida en un letargo hipnótico profundo, con los ojos en blanco y la respiración reducida a un gemido imperceptible.

En el cuello de la joven, justo sobre la vena yugular, brillaban dos incisiones limpias, precisas, de donde manaba un hilo continuo de sangre escarlata que caía rítmicamente en la jofaina de plata:

Gota… gota… gota…

Fray Ignacio alzó el cáliz hacia la negrura de la bóveda subterránea.

Sus labios finos, manchados de un rojo fresco y brillante, se abrieron para pronunciar una blasfemia en un latín corrompido, con un acento gutural que arrastraba las erres con la aspereza de los dialectos de Panonia y los Cárpatos:

—Sanguis meus vere est cibus… et vita mea in tenebris aeterna manet…

El vampiro inclinó el cáliz y bebió.

Bebió con una avidez espantosa, con la garganta contrayéndose en espasmos de placer abominable mientras el fluido vital desaparecía entre sus colmillos alargados.

Un rubor artificial, una marea de falso vigor tiñó por un instante sus mejillas cadavéricas a medida que la vida de la muchacha pasaba a formar parte de su propia noche eterna.

En ese instante, una segunda figura emergió de las sombras traseras de la cripta, donde una escalera de caracol comunicaba con las dependencias superiores del convento.

Romero reconoció de inmediato el paso pesado y el olor a cuero rancio y aguardiente: era Juan Rodulfo, el capataz de los Lisperguer; el mismo zambo a quien Caronte había perdonado la vida en el establo durante el rescate de Laura.

El sayón no parecía aterrado por el monstruo que vestía la sotana agustina; se movía con la familiaridad servil de quien cumple un encargo rutinario. En las manos traía una arqueta de madera forrada en badana verde.

—Aquí está el oro de doña Catalina, padre comisario —dijo el capataz con voz ronca, dejando la arqueta sobre un rincón de la losa—.

Doscientos pesos de buen oro de La Ligua.

Mi señora dice que el oidor Celis anda haciendo preguntas sobre el arriero que amaneció en la acequia de la Cañada, y que espera que vuestra reverencia le ate la lengua en el próximo acuerdo de la Audiencia.

Fray Ignacio bajó el cáliz vacío. Se limpió la comisura de los labios con el dorso de la manga del hábito y clavó sus ojos carmesíes en el criado con un desdén soberano.

—Dile a tu ama que el Santo Oficio no necesita recordatorios de sus deudas —respondió el clérigo con una voz sibilina, pastosa, que resonó en las bóvedas como el frote de dos piedras bajo el agua—.

Celis recibirá mañana una advertencia privada sobre ciertas sospechas de herejía luterana que pesan sobre su sobrino en Lima.

El anciano olvidará al arriero antes de que cante el gallo de laudes.

El capataz miró de reojo a la muchacha desangrada en el suelo, tragando saliva.

—¿Y esta, padre? ¿La echo al pozo de cal como a las otras?

—Todavía no —siseó Fray Ignacio, acariciando el cáliz con sus uñas córneas—.

Su sangre es dulce; le queda un soplo para mañana a medianoche.

Tráeme otra el viernes, Juan Rodulfo. Pero que sea joven.

La sangre vieja de los esclavos sabe a tierra y enturbia mis visiones.

Y dile a doña Catalina que su fuego me complace… mientras siga alimentando mis altares.

El pacto quedó al descubierto con una claridad atroz.

Catalina de los Ríos no solo compraba el silencio de la Iglesia con donaciones pías: alimentaba a la bestia con la carne y la sangre de sus propios peones y esclavos.

Fray Ignacio, amparado por el terror inquisitorial del hábito agustino, borraba cualquier pesquisa legal o eclesiástica contra la Quintrala, garantizando su impunidad absoluta a cambio del tributo rojo que le permitía sostener su inmortalidad en aquel rincón olvidado del Nuevo Mundo.

En ese momento crítico, un leve soplo de aire húmedo descendió por la lumbrera exterior, cruzando la arcada donde Romero observaba la escena.

El aire arrastró consigo una molécula, una partícula infinitesimal de la esencia solar que Julián Romero albergaba en su ser tras siglos de transmutaciones herméticas.

Fray Ignacio se detuvo en seco.

El clérigo vampiro giró la cabeza con la rapidez inhumana de una mantis religiosa.

Sus orbes carmesíes se clavaron en la penumbra de la arcada, dilatándose hasta que el iris rojo devoró casi por completo la cuenca del ojo.

La nariz ganchuda del monstruo se arrugó en un gesto feroz: no olió carne ni sudor humano; olió el fulgor puro, corrosivo e insoportable del oro solar.

—¿Quién anda ahí? —bramó el comisario, y su voz no fue ya el susurro del fraile, sino un aullido gutural que hizo vibrar el polvo de los osarios—. ¡Maldita sea la carne que no se arrodilla!

Juan Rodulfo echó mano al machete con un grito de alarma.

Romero no vaciló. Sabía que un combate en el fondo de aquella ratonera, sin los fuegos solares ni las sales preparadas en su athanor, era un suicidio táctico.

—Atrás, Caronte —ordenó en un chasquido mudo.

El adepto y el mastín retrocedieron por el pasadizo con la velocidad de dos espectros.

Romero no corrió con pánico; cada paso fue medido, apoyando el peso en las almohadillas de los pies para no hacer crujir los cascotes del suelo.

A sus espaldas, el aleteo pesado del hábito del vampiro y el crujido de las piedras bajo unas garras feroces anunciaban la persecución en la penumbra.

Al llegar a la base de la lumbrera, Romero alzó a Caronte de un solo empuje, impulsando la mole del perro hacia la abertura de la reja.

El sabueso cruzó los hierros de un salto elástico.

Julián se agarró a los barrotes con ambas manos, tensó los músculos de sus hombros y se izó con la ligereza de un gato montés hacia el callejón exterior, justo cuando unas uñas negras rasgaron el barro a escasos centímetros de la suela de su bota izquierda.

Romero rodó sobre el lodo del callejón, cerró la reja de golpe y clavó el cerrojo con la punta de su ropera antes de incorporarse.

Desde el fondo de la oscuridad de la zanja, tras los barrotes de hierro, dos brasas rojas brillaron con un odio insondable.

Fray Ignacio se detuvo en la línea de sombra, impedido de salir al aire libre por los primeros clareos lívidos que la aurora comenzaba a proyectar sobre las cumbres de la cordillera.

—Conozco ese olor… —siseó la voz del vampiro desde la profundidad de la fosa, con un acento envenenado que rezumaba siglos de persecuciones europeas—.

Oro purificado… sal de azufre… ¡Un adepto de la ralea de Praga en mi propio feudo!

Te encontraré, gusano de luz. ¡Te encontraré y haré que el Santo Oficio queme tus libros y tus carnes en la hoguera de la Plaza Mayor hasta que no quede de ti más que ceniza maldita!

Romero envainó la espada con un chasquido metálico, limpio y sereno. Se limpió una gota de barro de la solapa de su capa toledana y miró hacia el abismo de la cripta con su habitual desdén de marfil.

—Muchos papas y muchos emperadores han prometido lo mismo a mi paso, comisario —respondió don Julián en un castellano cervantino impecable—.

Pero la luz del sol siempre vuelve a salir sobre el valle, y las alimañas que temen al día terminan consumidas por el mismo fuego que pretenden apagar.

Guardad vuestros rezos sacrílegos para el juicio final; os harán falta cuando el barro de esta ciudad se quiebre bajo vuestros pies.

El conde Romero dio media vuelta sin esperar réplica. Acompañado por el trote silencioso de Caronte, emprendió la marcha hacia su casona, mientras los primeros campanazos de maitines comenzaban a repicar desde el campanario de San Francisco.

Al llegar a su solar, Julián dio los tres golpes secos, la pausa y los dos golpes leves sobre el maderamen del laboratorio.

La barra de roble se deslizó de inmediato.

Laura abrió la puerta; la niña sostenía en la mano un crisol con sales de azufre listas para ser arrojadas al fuego, con los ojos despiertos y decididos.

Al ver entrar a su maestro ileso y al sabueso negro sacudiéndose la llovizna del lomo, la pequeña bajó el arma y respiró aliviada.

—¿Los encontraste, señor? —preguntó Laura cerrando el cerrojo.

Romero caminó hacia la mesa de trabajo. Se quitó los guantes manchados de fango y los arrojó sobre el banco. Miró el tomo del Quijote, luego el athanor donde las llamas azules danzaban con tranquila pureza, y finalmente fijó sus ojos en su pupila.

—Los encontré, Laura —dijo don Julián con voz grave—. La bestia lleva mitra y hábito negro, y la Quintrala le sirve de proveedora. No estamos ante una simple mujer desquiciada por el orgullo feudal; estamos ante un nido de sierpes que se alimentan de la ignorancia y el terror de este reino.

El conde acarició el lomo erizado de Caronte, que se echó pesadamente junto a los pies de la niña.

—Prepara los crisoles de arcilla de Hesse y las sales de antimonio, Laura —concluyó Romero, con una mirada en la que ya no había melancolía, sino el frío fuego de la guerra hermética—.

A partir de esta noche no solo destilaremos medicinas para los frailes.

Vamos a forjar el arma que purgará las criptas de este valle. Y el tiempo se nos acaba.