La Quintrala Y El Adepto Capítulo 6 La boda de conveniencia (1626)
26%

Capítulo 6 La boda de conveniencia (1626)

Septiembre despuntaba sobre el valle de Santiago con un sol pálido que apenas alcanzaba a templar el barro endurecido de la calle del Rey.

Los almendros de las huertas conventuales comenzaban a soltar sus pétalos rosáceos sobre las acequias, pero en el aire no flotaba la promesa de la primavera, sino la atmósfera recargada y ceremoniosa de las grandes farsas del imperio.

Aquel mes, doña Catalina de los Ríos y Lisperguer cumplía veintidós años.

Por las leyes de Indias y las pragmáticas de Castilla, la doncella alcanzaba la edad en que la tutela del cabildo y la curaduría de sus bienes llegaban a su término.

Mas para tomar posesión absoluta de la inmensa fortuna legada por su padre —los valles enteros de La Ligua y Longotoma, los lavaderos de oro de Marga-Marga, la hacienda de El Ingenio con sus miles de cabezas de ganado y más de trescientos indios y esclavos reducidos a servidumbre feudal—,

la huérfana de los Lisperguer requería un consorte.

Un hombre que firmara los autos ante la Real Audiencia, que representara las armas de la casa en los cabildos y que sirviera de escudo contra los rumores de parricidio que aún susurraban las beatas del Sagrario.

Y Catalina había encontrado la pieza perfecta para su tablero: don Alonso de Campofrío y Carvajal.

El capitán Campofrío era la personificación de la nobleza castellana venida a menos en los lodazales de la Guerra de Arauco.

Descendiente de linajes ilustres de Extremadura, con cicatrices de flechas y arcabuzazos en los costados y el rostro envejecido prematuramente por las marchas bajo las lluvias del Biobío, el militar arrastraba una sarta interminable de deudas de juego y préstamos impagos a los comerciantes de Lima.

A cambio de que Catalina saldara sus pagarés con una dote monumental de cuarenta mil pesos de plata ensayada, don Alonso entregaba su nombre, su título de caballero y, lo más valioso de todo, su ceguera voluntaria.

La boda no se celebraría en la modesta nave de la parroquia catedralicia, sino en el templo del convento mayor de San Agustín.

Don Julián Romero observaba desde el ventanal de su biblioteca el desfile de calesas que comenzaba a congregarse frente a la portada del templo.

Vestía para la ocasión un traje de terciopelo negro cortado a la moda sobria de la corte de Felipe IV, con acuchillados de raso del mismo color en las mangas y un cuello de encaje de bolillos blanco, rígido como una muralla de escarcha.

Sobre su pecho caía una cadena de oro de eslabones pesados con la cruz esmaltada de una orden de caballería centroeuropea extinta hacía más de un siglo: una joya que los letrados de la Audiencia contemplaban con ignorante admiración.

A su lado, Laura, que acababa de cumplir doce años, le alcanzaba los guantes de gamuza con ademanes precisos. La niña vestía una saya de lana fina color castaño y llevaba el cabello oscuro recogido en una trenza impecable sujeta con una cinta de lino.

—¿Por qué vais a esa boda, don Julián? —preguntó la niña, con esa voz límpida que no guardaba ya rastro del pánico servil—.

Todos saben que el capitán Campofrío tiembla cada vez que ella entra en la estancia.

Se casan sobre la sangre de mi padre y de todos los que ella mandó a enterrar en los corrales.

Romero tomó los guantes y deslizó los dedos con lentitud calculada.

—Se casan sobre el papel sellado de la Corona, Laura —respondió con una sonrisa fría y melancólica—.

En el mundo de los hombres, el papel sellado es más fuerte que la sangre derramada.

Si no asisto a esa ceremonia, Fray Ignacio y doña Catalina interpretarán mi ausencia como temor.

Y en este valle, quien muestra temor ante los lobos termina despedazado antes de la caída de la tarde.

Laura desvió la mirada hacia el rincón del laboratorio, donde Caronte permanecía tendido junto al athanor apagado, con las orejas atentas y los ojos fijos en la puerta.

—El perro sabe lo que hay bajo las losas de esa iglesia, señor. Estuvo allí.

—Caronte aguardará aquí custodiando tu trabajo, Laura —dijo el adepto, acariciando la frente de la muchacha con una inusual suavidad paternal—.

Recuerda las proporciones del vitriolo blanco que debes calcinar hoy.

Si el fuego pasa de la tercera escala del fuelle, retira el crisol.

Esta farsa nupcial durará dos horas; no más de lo que tarda la mentira en vestirse de damasco.

Julián cruzó la calle de las Agustinas a pie, esquivando los charcos que la neblina matinal había dejado sobre los guijarros.

El atrio de San Agustín hervía de una multitud heterogénea y bulliciosa.

Había indios de mita ataviados con ponchos limpios sosteniendo las riendas de los caballos de los regidores; esclavos negros con libreas de terciopelo desteñido que espantaban a las moscas con plumeros de avestruz;

frailes mercedarios y franciscanos que disputaban lugares con los oidores de la Audiencia, y mendigos harapientos a quienes los criados de los Lisperguer arrojaban monedas de cobre para comprar vítores prefabricados.

Romero subió las gradas de piedra caliza con paso pausado. la multitud se apartaba a su paso con ese murmullo temeroso y cortés que el dinero sin fondo y la fama de sabio austero siempre concitan en las colonias.

Al entrar en la nave mayor, el golpe de los sentidos fue inmediato y asfixiante.

La nave de San Agustín estaba decorada con una pompa bárbara.

Colgaduras de damasco carmesí cubrían los muros de adobe para tapar las grietas dejadas por los últimos sismos; cientos de hachones de cera de olor ardían en candeleros de plata maciza traídos de las capillas privadas de los encomenderos,

y el humo del incienso de Castilla subía en volutas tan espesas que la luz del sol matinal, filtrada por los ventanucos altos, parecía una serie de lanzas doradas suspendidas en una niebla sulfurosa.

Pero tras el perfume del incienso y la cera virgen, Romero percibió de inmediato la fetidez secreta: la humedad ácida de las criptas subterráneas que se colaba por las junturas de las losas sepulcrales del suelo.

En el presbiterio, bajo un dosel de terciopelo bordado con hilo de oro, aguardaba fray Ignacio de la Cruz.

El Comisario del Santo Oficio vestía una casulla de brocado blanco y oro sobre el hábito negro de su orden.

Para la ocasión, su rostro cadavérico había sido cuidadosamente disimulado con una capa ligera de polvos de arroz y carmín vegetal en las mejillas, dándole una apariencia de ancianidad venerable y piadosa que engañaba por completo a los fieles devotos.

Mas Romero no miraba la máscara: miraba las manos del vampiro.

Esas manos huesudas, de dedos larguísimos rematados en uñas pálidas que reposaban sobre el misal romano con una inmovilidad absoluta, sin que una sola pulsación de vida agitara las venas azuladas de sus muñecas.

Fray Ignacio alzó los ojos cuando Romero tomó asiento en el banco reservado a la nobleza forastera, junto al oidor Celis y el gobernador don Luis Fernández de Córdoba.

Los orbes del clérigo —normalmente cubiertos por una película de falso fervor— brillaron con un matiz rojizo, casi imperceptible, al cruzar la mirada con el adepto.

No hubo saludo; solo una fracción de segundo de reconocimiento mudo.

El vampiro sabía que el hombre que tenía enfrente conocía su abominación subterránea; el adepto sabía que el monstruo aguardaba la menor flaqueza legal para arrojarlo a las hogueras de la Inquisición en Lima.

Un toque de clarines y chirimías quebró la tensión del templo.

Por el portalón mayor, precedida por una comitiva de pajes y damas de honor de la aristocracia criolla, hizo su entrada la novia.

Catalina de los Ríos avanzó por la alfombra roja con la majestuosidad sanguinaria de una emperatriz pagana.

No vestía de blanco, color reservado entonces para las novicias que profesaban en los conventos.

Su traje nupcial era un prodigio de brocado de plata y seda verde esmeralda, tan recamado de aljófar y piedras preciosas que cada uno de sus pasos producía un tintineo metálico y pesado.

Un cuello de lechuguilla de encaje de Venecia enmarcaba su rostro de leche y mármol, acentuando la altivez insultante de su mentón.

Su cabellera de fuego —la flor del quintral que ahogaba las almas de aquel reino— estaba recogida en una compleja trenza coronada por una tiara de esmeraldas de Muzo y perlas de la isla Margarita, pero varios rizos cobrizos escapaban deliberadamente hacia su pecho,

incendiando el escote con un fulgor salvaje.

A su lado caminaba don Alonso de Campofrío.

El veterano militar lucía una coraza de gala de acero toledano con damasquinados dorados y una banda de seda encarnada al pecho, pero su apostura marcial era una cáscara vacía.

Sus ojos cansados, inyectados en sangre por el aguardiente con que había intentado ahogar las náuseas del amanecer, miraban fijamente al altar como si caminara hacia el pelotón de fusilamiento.

Su mano derecha, enguantada en ante de Flandes, temblaba de manera imperceptible sobre el cesto de las arras matrimoniales.

La comitiva llegó al comulgatorio.

Fray Ignacio comenzó la liturgia con su voz pastosa, profunda, modulada con un latín perfecto que resonaba en las bóvedas como el canto de una campana sumergida en fango:

—In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti…

Romero presenció el rito con el desapasionamiento de un anatomista.

Vio a Campofrío entregar las trece monedas de plata a Catalina con una reverencia que parecía más una súplica de perdón que una promesa conyugal; vio a Catalina recibir el anillo de oro sin que un solo músculo de su rostro se ablandara, mirándolo no como a un esposo,

sino como a un capataz al que acababa de otorgar la administración de sus haciendas.

Y entonces, Fray Ignacio extendió sus manos sobre las cabezas de los contrayentes para pronunciar la bendición sacramental.

En ese instante preciso, cuando el clérigo vampiro trazaba la señal de la cruz en el aire con un crucifijo de marfil profanado, una corriente de aire helado sopló a través de las rendijas del coro alto.

Las llamas de los hachones de cera vacilaron violentamente, despidiendo un humo negro que oscureció por un instante el altar.