Capítulo 6 La boda de conveniencia (1626) #2
Romero sintió en la boca el sabor metálico del mercurio.
En el plano sutil de las energías invisibles, el rito no era la unión cristiana de dos almas: era la firma de un pacto telúrico y parasitario.
La riqueza de Catalina quedaba blindada por las leyes de la Corona a través de la espada de Campofrío, y a su vez, la impunidad de sus crímenes quedaba sellada por la sotana inquisitorial de Fray Ignacio,
que se aseguraba así un suministro inagotable de sangre y vidas en las haciendas lejanas del Aconcagua.
—Quod Deus coniunxit, homo non separet —concluyó el prior agustino con una sonrisa sibilina que dejó al descubierto el filo anormal de sus caninos superiores.
Las chirimías volvieron a sonar. El cabildo rompió en aplausos cortesanos.
Catalina de los Ríos y Lisperguer se volvió hacia la nave, del brazo de su flamante esposo.
La procesión nupcial emprendió el camino de regreso hacia el portalón entre los saludos serviles de los oidores y las damas criollas que inclinaban la cerviz ante la nueva señora de El Ingenio.
Campofrío sonreía con torpeza, saludando con la diestra mientras el sudor frío le perlaba la frente bajo el peso de la coraza.
Pero Catalina no miraba a la multitud que la vitoreaba.
Sus ojos verdes, rasgados y rapaces, buscaron entre la muchedumbre hasta clavarse directamente en la figura solitaria y enjuta de Julián Romero.
El conde no se había movido del banco de roble. No aplaudía; no sonreía. Sostenía la mirada de la Quintrala con una quietud espectral, envuelto en su capa negra, con la mano izquierda apoyada con indolencia sobre la taza de su espada toledana.
Durante tres pasos interminables sobre la alfombra de damasco, las miradas de ambos se cruzaron en la nave de San Agustín.
En los ojos de Catalina ardía un desafío volcánico, triunfal, pero envenenado por el recuerdo del rechazo bajo los naranjos floridos:
«Mírame, don Julián —decía su silencio insolente—. He comprado la espada de un soldado del Rey y tengo a la Iglesia comiendo de mi mano. Soy la dueña de esta tierra. Nadie me pedirá cuentas de la sangre que vierta en mis lagares. ¿Dónde están ahora vuestros libros y vuestras filosofías de mármol?».
Y en los ojos oscuros y profundos de Romero, la respuesta se reflejó con la lucidez implacable de un espejo de plata bruñida:
«Mírate, Catalina. Has atado tu destino a un cadáver viviente que viste mitra y a un borracho que vende su alma por doblones de a ocho. Crees haber conquistado el mundo, pero solo has construido los barrotes de tu propia jaula. Tu sangre arderá, y cuando tu belleza sea pasto de los gusanos,
yo seguiré aquí para ver cómo la tierra reclama lo que es suyo».
Catalina dio un respingo casi imperceptible. La sonrisa triunfal se le congeló en la comisura de los labios de mora. Apretó con tal violencia el brazo acorazado de Campofrío que el militar soltó un quejido ahogado de dolor bajo la manga de ante.
Por un instante, la sombra del pánico asomó en las pupilas de la joven: la certeza aterradora de que aquel hombre pálido y silencioso no pertenecía al orden de los mortales a los que ella podía quebrar con el látigo o seducir con la carne.
La Quintrala desvió la vista hacia el portalón con un movimiento brusco de la cabeza, obligando a su esposo a apresurar el paso para salir a la luz del mediodía.
En las gradas exteriores, la multitud prorrumpió en vivas mientras los lacayos arrojaban puñados de trigo y monedas de cobre al barro.
El carruaje nupcial, una mole de caoba forrada en tafilete negro con las armas de los Lisperguer y los Campofrío pintadas en las portezuelas, aguardaba con cuatro mulas piafando en el fango.
Julián Romero salió al atrio unos minutos después, cuando el cortejo comenzaba a disolverse hacia el banquete que se celebraría en el solar de la calle de las Agustinas.
Al pie de las escalinatas, don Alonso de Campofrío se había apartado un momento de su séquito para apurar una petaca de plata con aguardiente de Pisco detrás de una pilastra de calicanto. El militar levantó la vista y se topó con el conde Romero.
Campofrío parpadeó, avergonzado, intentando ocultar el frasco bajo la banda militar.
—Don Julián… —balbuceó el soldado con la lengua torpe—. No os vi en el besamanos.
Romero lo contempló con una compasión austera, la que se le reserva a un hombre que camina sonámbulo hacia el borde de un precipicio.
—No quise interrumpir vuestra fortuna, señor capitán —dijo Romero con voz suave—. Habéis ganado una gran hacienda hoy. Y un feudo muy extenso en La Ligua.
Campofrío bajó los ojos hacia el barro de sus botas. Una sombra de amargura infinita y lucidez desesperada cruzó su rostro curtido por la guerra.
—He ganado cuarenta mil pesos de plata, señor conde —susurró el militar, bajando el tono para que los alabarderos no lo escucharan—. Y he perdido mi alma en el empeño. Hay ruidos en esa casa, don Julián… Ruidos que no son de este mundo. Pero ya es tarde para volver a los cuarteles del Biobío.
—Nunca es tarde para morir con dignidad, don Alonso —replicó Romero con calma—.
Mas para eso se requiere un valor que las botellas de aguardiente no conceden.
Procurad que el vino no os nuble el juicio cuando los gritos salgan de los sótanos de El Ingenio.
Porque llegará el día en que la justicia de los hombres despierte, y vos seréis el único que esté sobrio para pagar la cuenta.
Campofrío no respondió. Se guardó la petaca en el jubón con dedos temblorosos y corrió hacia el carruaje donde Catalina ya lo aguardaba con el látigo de plata sobre el regazo y los ojos fijos en el camino que conducía al norte, hacia los valles profundos de La Ligua,
donde su reinado de sangre estaba a punto de comenzar sin testigos molestos.
Romero emprendió la marcha solitaria hacia su casona.
Al abrir el portalón de su solar, Caronte salió a su encuentro con un trote elástico, apoyando el hocico negro en la palma de su mano enguantada.
Desde el umbral del laboratorio, el olor limpio y penetrante de las sales purificadas de antimonio indicaba que Laura había cumplido su tarea con rigor geométrico.
El adepto cerró el pesado cerrojo de hierro tras de sí.
El Acto I había concluido. El barro colonial había sido abonado con veneno y oro falso; la Quintrala tenía su escudo militar y su amparo eclesiástico; la farsa estaba consumada.
Julián Romero miró hacia las altas cumbres de la cordillera, donde las nieves eternas brillaban bajo el cielo azul de septiembre, indiferentes a la podredumbre de los hombres.
—Que comience el invierno de la sangre, Caronte —dijo el conde en voz baja, acariciando el lomo inmortal del sabueso—. Nosotros aguardaremos en el crisol hasta que la tierra misma reclame su purga.