Capítulo 7 El feudo de El Ingenio (1629)
Tres años de silencio oficial bastaron para que el valle de La Ligua se transformara en un territorio vedado a la ley de Dios y a la justicia de la Corona.
Hacia el norte de Santiago, tras cruzar las serranías áridas de Chacabuco y descender por las quebradas polvorientas que conducían a la cuenca del Aconcagua, se extendía la hacienda de El Ingenio: un latifundio colosal de tierras fértiles,
trapiches de caña y lavaderos de oro donde no entraban los corregidores del rey ni los alguaciles del cabildo.
Doña Catalina de los Ríos y Lisperguer se había atrincherado en aquel señorío feudal con la determinación de una soberana absoluta.
En la capital solo quedaban su palacio de la calle de las Agustinas y un rosario de rumores atroces; en El Ingenio, en cambio, la sangre se derramaba sobre la tierra seca a diario, alimentando una leyenda que hacía palidecer las crónicas más crueles de la conquista.
Don Alonso de Campofrío y Carvajal, el esposo comprado, ya no era más que un despojo en uniforme.
El antiguo capitán de los tercios de Arauco pasaba las jornadas encerrado en los cuartos traseros de la casa patronal, consumido por la fiebre cuartana y ahogando su vergüenza en cántaros de aguardiente de Pisco.
Firmaba cuantas mercedes, ventas de trigo y castigos sumarios Catalina le ponía por delante con manos que temblaban por el delirium tremens, sin atreverse a cruzar el patio cuando caía la noche y comenzaban los crujidos de los cepos y los alaridos de los indios mitayos.
En Santiago, ajeno en apariencia a los horrores del norte, don Julián Romero mantenía el pulso de su existencia austera.
Mas el conde Romero no era un hombre de su siglo, ni pertenecía a la medida común de los mortales que poblaban aquel confín del mundo.
Habiendo nacido en los albores del siglo XV —más de doscientos años antes de que sus botas pisaran el fango del Mapocho—, en una Castilla donde la estatura promedio de los campesinos y de la soldadesca apenas alcanzaba el metro con sesenta y tres centímetros,
su porte de un metro y setenta y un centímetros lo convertía, para los parámetros de la época, en un caballero de presencia enjuta pero notablemente alta y distinguida.
Se alzaba media cabeza por encima de los escribanos del cabildo y de los indios encomendados, y su figura delgada, ceñida siempre en terciopelo negro y rematada por una compostura ósea forjada por siglos de disciplina hermética, poseía una gravedad física que dominaba cualquier recinto.
Era precisamente esa altitud serena la que Catalina de los Ríos jamás le había perdonado.
La Quintrala, era una giganta para los cánones de las mujeres de su tiempo: una estatua de carne, leche y pelo cobrizo acostumbrada a mirar a los hombres de arriba abajo, a doblegar a los capataces haciéndolos inclinar la cerviz ante su sombra y a ver a su propio marido arrastrarse a sus pies.
Solo Julián Romero la miraba a los ojos de igual a igual, sosteniendo su mirada con un ápice de superioridad física y moral que a ella le quemaba las entrañas como plomo derretido.
Aquella tarde de octubre de 1629, el laboratorio de la casona santiaguina estaba cerrado a cal y canto.
Laura, que ya contaba con quince primaveras cumplidas, manipulaba con dedos firmes un alambique de plata y vidrio grueso traído de Flandes.
La muchacha se había convertido en una joven de belleza sobria y mirada penetrante; vestía un delantal de cuero sobre una saya oscura, y sus manos ya no mostraban el temblor de la niña golpeada, sino la destreza serena de quien comprende la proporción del fuego y el peso de las sales.
En los últimos tres años, bajo la tutela de don Julián, había devorado los tratados de botánica de Dioscórides, la física de Aristóteles y los manuscritos cifrados de Raimundo Lulio.
A su lado, Caronte permanecía tendido en el centro de la estancia, sobre una losa donde Julián había grabado con cincel un círculo de protección sellado con los caracteres del plomo y el azufre.
El sabueso negro, cuyo pelaje mantenía el fulgor lustroso y espeso del primer día, no dormía: sus pupilas de ámbar vigilaban el lecho de piedra que ocupaba el fondo del laboratorio.
Allí yacía don Julián Romero.
El adepto vestía únicamente una camisa de lino blanco inmaculado y calzas negras.
Sus brazos reposaban cruzados sobre el pecho, con las manos cerradas en torno a una cruz de oro puro que contenía una lámina de selenita.
No respiraba. Su piel, habitualmente pálida, había adoptado la textura cerúlea y fría del mármol de sepultura; el pulso de su muñeca se había extinguido por completo y la temperatura de su cuerpo había caído hasta igualar la de la escarcha.
Había entrado en el trance de la bilocación hermética: el desdoblamiento del cuerpo sutil, densificado por la voluntad de la Gran Obra, capaz de proyectar su materia a leguas de distancia mientras la cáscara mortal quedaba suspendida en un letargo cataléptico.
—Recuerda las instrucciones, Laura —había sido la última advertencia de Romero antes de expirar el aliento vital y beber el extracto de eléboro blanco y mercurio sublimado—.
Si una sola vela del círculo se apaga, no intentes reanimarme con fuego ordinario; aplica la tintura solar en la lengua y atiza el fuelle.
Y bajo ningún pretexto permitas que nadie abra este postigo.
Si mi cuerpo físico es herido mientras mi proyección camina en La Ligua, el hilo de plata se quebrará y la nada me tragará para siempre.
Laura no había pestañeado al responder:
—Caronte y yo guardaremos la puerta, señor. Ni los oidores del Rey ni los demonios de San Agustín cruzarán este umbral.
Y allí estaba ella, con el mortero en la mano izquierda y la mirada fija en el pecho inmóvil de su maestro, mientras el sabueso soltaba un quejido sordo, manteniendo su hocico apuntado hacia el norte.
A ciento cincuenta kilómetros de allí, la noche sobre el valle de La Ligua era una boca de lobo abierta bajo las estrellas de la primavera andina.
En el patio empedrado de la hacienda de El Ingenio, el aire apestaba a melaza agria fermentada en los fondos de cobre, a orina y a carne quemada. Cuatro antorchas de brea clavadas en postes de espino arrojaban un resplandor sangriento y parpadeante sobre los muros de calicanto del trapiche.
En el centro del patio se alzaba el madero del tormento.
Allí estaba amarrado un joven esclavo negro, desnudo de cintura para arriba.
Su espalda ya no sangraba: las heridas abiertas por el rebenque habían sido frotadas con salmuera y orina, un refinamiento de dolor que hacía que el muchacho se retorciera en espasmos mudos, con la boca amordazada por un palo embreado para que sus alaridos no molestaran el descanso de los señores.
Catalina de los Ríos estaba sentada en un sillón frailero de vaqueta repujada que los criados habían sacado al corredor techado.
A sus veinticinco años, su belleza no había hecho más que madurar en una ferocidad deslumbrante y monstruosa.
Vestía un traje talar de terciopelo morado con mangas perdidas forradas en raso amarillo, que le daban la apariencia de un ave rapaz enjoyada.
Su cabellera roja, espesa y encendida como las brasas de un horno de calcinación, caía en trenzas gruesas sobre sus hombros; en el regazo sostenía una pequeña fusta de cuero con empuñadura de plata labrada, con la que golpeaba rítmicamente el brazo de madera del sillón.
A sus pies, dormitando en una alfombra de piel de guanaco con la casaca desabrochada y una mancha de vino morado sobre la pechera, yacía el capitán Campofrío, roncando como un cerdo en el fango.
—Dale otros diez azotes, Juan Rodulfo —ordenó Catalina con esa voz arrastrada, pastosa y sibilina que hacía palidecer a los peones más duros—.
Que aprenda este negro cimarrón que las espigas del trigo de La Ligua no se tocan sin mi venia.
Y si se desmaya, tráete el tizón de marcar los bueyes.
Quiero mis iniciales en su omóplato izquierdo antes de la medianoche.
El capataz zambo, con el torso cubierto de sudor y una mueca servil en el rostro deformado por la cicatriz, levantó el látigo trenzado con alambres de cobre.
—A la orden de mi señora doña Catalina…
El sayón tensó el brazo hacia atrás para descargar el golpe.
Mas el golpe jamás cayó.
Un chasquido seco, como el estallido de una rama verde en el fuego, resonó en el aire del patio.
La fusta de Juan Rodulfo se detuvo en seco en lo alto, no porque el capataz hubiera vacilado, sino porque una mano pálida, delgada y enguantada en cuero negro acababa de atrapar la muñeca del verdugo a medio vuelo.
El capataz gritó de dolor: la presión de aquellos dedos no parecía la de un hombre, sino la de una tenaza de herrero al rojo vivo. Sus huesos crujieron y el látigo cayó al empedrado.
Catalina se levantó del sillón de un salto, con los ojos verdes desorbitados por el espanto y la furia.
En medio del patio, recortándose contra la luz de las antorchas con una nitidez casi alucinatoria, estaba don Julián Romero.
Llevaba su habitual levita de terciopelo toledano, la espada al cinto y la lechuguilla blanca inmaculada al cuello.
No había polvo de camino en sus botas; no había sudor de caballo en sus ropas ni aliento agitado en sus pulmones.
dominando el patio con una altura que empequeñecía al zambo y obligaba a Catalina a alzar el mentón para buscar sus pupilas oscuras.
Mas había algo aterrador en su presencia: el aire a su alrededor ondulaba ligeramente, como la reverberación del calor sobre las piedras del desierto, y bajo la luz directa de las teas de brea, sus pies no proyectaban sombra alguna sobre el empedrado.
—¿Qué brujería es esta…? —balbuceó Juan Rodulfo, cayendo de rodillas mientras se sujetaba la muñeca triturada—. ¡Estaba en Santiago! ¡El arriero dijo que cenaba con el gobernador!
Catalina dio un paso adelante en el corredor, con los puños cerrados hasta clavarse los anillos en la carne.
—¡Romero! —su voz fue un trueno estrangulado por la incredulidad—. ¿Cómo has entrado en mis tierras? ¡Mis centinelas tienen orden de degollar a cualquier jinete que cruce el vado del río!
—Tus centinelas solo vigilan la carne mortal, Catalina —dijo el adepto.