La Quintrala Y El Adepto Capítulo 7 El feudo de El Ingenio (1629) #2
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Capítulo 7 El feudo de El Ingenio (1629) #2

Su voz no sonó en el patio como la voz común de los hombres; no tenía el eco del aire vibrando en la laringe. Resonó directamente dentro de las cabezas de los presentes, clara, fría, con la contundencia de una campana tañendo en una cripta sellada.

Julián desenvainó su espada ropera con un movimiento fluido.

La hoja toledana brilló con un fulgor azulado, fosforescente, impregnado de una electricidad sutil que hizo que los caballos en las cuadras lejanas comenzaran a relinchar en un frenesí de pánico.

Con dos estocadas precisas, casi indolentes, Romero cercenó las amarras de cáñamo que sujetaban al esclavo moribundo.

El joven cayó al suelo, respirando con dificultad el polvo del patio.

—Huye hacia los montes, muchacho —dijo Julián sin mirarlo—. Busca los corrales del fraile de San Francisco al otro lado de la sierra. Esta noche no habrá cadenas que te alcancen.

El criado no esperó una segunda orden: se arrastró entre las sombras y se perdió hacia la oscuridad de los cañaverales.

Catalina bajó las escaleras del corredor con la furia de una leona a la que le han arrebatado la presa de las fauces. Desenvainó la daga vizcaína que siempre llevaba oculta bajo los pliegues de su saya de terciopelo y se abalanzó hacia él.

—¡Maldito seas, don Julián! —gritó, con el rostro deformado por un odio convulso—. ¡Este es mi feudo! ¡Aquí no hay leyes de Castilla ni frailes hipócritas! ¡Aquí mando yo! ¡Juan Rodulfo, García, Pedro! ¡Mátadlo! ¡Ensartadle las tripas con las tercerolas!

Dos peones armados con lanzas de caza salieron del cobertizo y arremetieron contra el intruso. Las puntas de hierro apuntaron directo al pecho de Romero.

El conde ni siquiera intentó esquivar el ataque.

Las lanzas atravesaron su ropilla negra con un silbido seco…

pero no encontraron carne ni hueso. La madera y el metal pasaron a través de su torso como si cruzaran una columna de humo denso, dejando a su paso una estela de chispas azuladas y un olor penetrante a ozono y azufre calcinado.

Los peones tropezaron hacia adelante por la inercia del golpe, dando de bruces contra el suelo empedrado, aterrorizados hasta el delirio al comprobar que no había una sola gota de sangre en la hoja de sus armas.

Catalina se detuvo a tres pasos de él, con la daga en alto, paralizada por un terror primordial que jamás había experimentado.

—No eres de carne… —susurró ella, y por primera vez en su vida, sus labios carnosos perdieron el rubor salvaje y temblaron con un estremecimiento genuino—. Eres un fantasma… Un espectro salido de los infiernos.

Romero bajó la espada y la clavó en la vaina con un chasquido mudo. Se acercó a ella. Su presencia era fría como el aliento de un glaciar; Catalina sintió que la temperatura del patio descendía diez grados de golpe, hasta hacer que el vaho brotara de su boca abierta.

—Soy la sombra del juicio que te aguarda, Catalina —dijo el adepto, clavando sus ojos oscuros en las pupilas verdes de la Quintrala, sosteniéndole la mirada desde su altura intacta—.

Creías que la distancia de veinte leguas te ponía a salvo de los ojos del mundo.

Creías que tu oro y las sotanas de San Agustín te compraban la impunidad perpetua.

Pero la tierra no olvida, doña Catalina.

La sangre que derramas en este valle está pudriendo el suelo bajo tus pies.

Catalina apretó la empuñadura de la daga, intentando recuperar el orgullo de su casta entre las garras del pánico:

—¡No me asustas, filósofo de papel! ¡Tengo a la Inquisición a mis espaldas! ¡Fray Ignacio sabe quién eres!

—Fray Ignacio es una alimaña que devora novicios en la oscuridad —replicó Romero con desprecio soberano—.

Y tú no eres más que su perra de presa. Pero el tiempo de las sombras tiene un límite aritmético.

Continúa manchando de sangre este ingenio, Catalina; sigue azotando a los inocentes y enterrando cadáveres bajo tus viñas.

Cuanto más alto levantes tu torre de orgullo, más aplastante será la caída cuando la tierra misma se abra para tragar tus cimientos.

En ese instante crítico, la figura de Romero vaciló.

Una vibración violenta cruzó su cuerpo etéreo. La nitidez de sus ropajes se desdibujó por una fracción de segundo, volviéndose translúcida; un dolor desgarrador, una tensión infinita se tensó en su pecho como una cuerda de arpa a punto de romperse a ciento cincuenta kilómetros de distancia.

La proyección comenzaba a colapsar. La energía solar que sostenía la densidad de la materia sutil se agotaba con rapidez geométrica; su cuerpo físico en Santiago exigía el retorno del alma antes de que el corazón se apagara para siempre.

Catalina vio la flaqueza en los ojos del adepto. Una chispa de triunfo perverso volvió a asomar en su mirada rapaz:

—¡Te estás muriendo, conde! —gritó ella con una carcajada histérica—. ¡Tu truco se rompe! ¡Vuelve a tu ratonera de Santiago antes de que te disuelvas en el aire!

—Volveré, doña Catalina —susurró Julián, mientras su cuerpo comenzaba a disiparse como la niebla matinal ante el sol—. Y cuando nos volvamos a ver cara a cara… ya no seré yo quien busque la sombra.

Con un destello cegador de luz blanca que iluminó por un segundo los cerros de La Ligua y dejó ciegos a los capataces en el empedrado, la figura de don Julián Romero desapareció por completo, dejando tras de sí únicamente el eco de su advertencia y el olor a azufre y lino quemado.

En el laboratorio de la casona de Santiago, la vela del cuadrante oriental parpadeó peligrosamente.

Caronte soltó un aullido salvaje, desgarrador, y se abalanzó hacia el lecho de piedra donde yacía el cuerpo inerte de su amo. El mastín apoyó las patas delanteras sobre el borde de la losa y comenzó a lamer con frenesí desesperado la palma congelada de Romero.

—¡Señor! —gritó Laura.

El cuerpo de Julián se arqueó hacia arriba con una violencia espantosa, como si una descarga de rayo lo hubiera levantado en vilo.

Sus ojos se abrieron desorbitados, inyectados en sangre, mientras un vómito espeso y negro —el residuo tóxico del eléboro y el choque de la materia sutil al colisionar contra el cuerpo denso— brotaba de su boca, manchando la pechera de lino blanco y las mantas del lecho.

El pecho del adepto subía y bajaba en espasmos agónicos; no entraba aire en sus pulmones entumecidos y sus dedos crispados arañaban la piedra con la fuerza de un agonizante.

Laura no perdió un segundo en el llanto.

Con una rapidez y una frialdad milagrosa para sus quince años, tomó el frasco de porcelana que guardaba junto a la retorta, llenó un gotero de cristal y forzó la mandíbula rígida de Romero con el mango de una cuchara de plata.

Vertió tres gotas del destilado solar directamente bajo la lengua amoratada del alquimista.

Luego, tomó el fuelle de mano y comenzó a atizar el brasero con carbón de azufre, inundando la estancia con un calor abrasador que combatió de inmediato la escarcha cadavérica de la piel de don Julián.

El adepto lanzó un gemido hondo, humano, preñado de un sufrimiento infinito.

El corazón, paralizado durante horas, volvió a golpear contra sus costillas con la violencia de un péndulo desbocado. La sangre volvió a irrigar sus mejillas de marfil; el aire entró quemando en sus bronquios y sus manos se aflojaron, dejando caer la cruz de selenita sobre el suelo de losas.

Caronte apoyó su cabeza pesada y cálida contra el hombro empapado en sudor de su amo, soltando un resoplido rítmico que calmó el temblor de los miembros de Romero.

Laura cayó de rodillas junto al lecho, limpiando con un lienzo húmedo la sangre y la hiel del rostro del conde. Tenía las manos manchadas de azufre y las lágrimas al fin asomaron en sus ojos almendrados, quebrando por un instante su armadura de discípula.

—Casi no volvéis, señor —sollozó la muchacha con un hilo de voz—. El hilo… el hilo estuvo a punto de quebrar la luz.

Julián Romero parpadeó con dificultad. Su mirada tardó varios segundos en enfocar el rostro de Laura, las retortas de plata y la silueta leal del mastín negro que le custodiaba el flanco.

Le dolía cada fibra ósea, cada vaso sanguíneo; la bilocación le había costado un año de vitalidad concentrada, pero en el fondo de sus ojos oscuros la chispa del fuego solar permanecía inextinguible.

Alzó una mano temblorosa y rozó los cabellos oscuros de la joven.

—El hilo resistió, Laura… —murmuró con la voz ronca, raspada por la hiel—. Porque tú mantuviste la llama encendida.

El adepto miró hacia la pared norte del laboratorio, en dirección a La Ligua. La imagen de Catalina de los Ríos, altiva, hermosa y monstruosa en su sillón de El Ingenio, permanecía grabada a fuego en su memoria.

—La he visto —dijo el conde, respirando hondo el aire cargado de humo medicinal—. He visto la ciénaga en la que se ha hundido. Y sabe que ya no puede esconderse de nosotros.

Don Julián Romero cerró los ojos exhausto, dejando que el sabueso y la aprendiz velaran su convalecencia, mientras a lo lejos, las campanas de San Agustín tocaban a maitines, ajenas a la guerra invisible que acababa de librarse entre las sombras del reino.