La Quintrala Y El Adepto Capítulo 8 El secreto de la sotana (1633)
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Capítulo 8 El secreto de la sotana (1633)

El invierno de 1633 convirtió a Santiago en una fortaleza de barro sitiada por la lluvia.

El gobernador don Francisco Laso de la Vega se hallaba en el sur, empeñado en sus sangrientas campañas contra los caciques de la Araucanía, y la capitanía general había quedado en manos de una burocracia temerosa que no se atrevía a poner un pie fuera de los portales de la Plaza Mayor sin una

escolta de alabarderos.

En la quietud enclaustrada de la casona de la calle de las Agustinas, el paso del tiempo obedecía a un ritmo muy distinto del que marcaban los pregones del cabildo.

A sus diecinueve años, Laura había dejado de ser la huérfana de mirada salvaje para convertirse en un prodigio de la ciencia hermética.

Vestía un jubón severo de paño pardo, calzas oscuras y un mandil de cuero grueso manchado de óxido de hierro, vitriolo y sales de tártaro.

Sus cabellos negros, espesos y lustrosos, caían recogidos en una trenza austera que dejaba al descubierto un rostro de facciones limpias, una piel cetrina de nobleza indígena y unos ojos almendrados que brillaban con una lucidez matemática y penetrante.

Mientras las doncellas de alcurnia de la ciudad pasaban las jornadas bordando escapularios o murmurando chismes de alcoba tras las celosías, Laura dominaba el griego y el latín,

traducía con fluidez las fórmulas cifradas de Basilio Valentín y conocía el peso atómico de los metales con una precisión que habría desconcertado a los doctores de Alcalá de Henares.

A su lado, don Julián Romero contemplaba el hervidero de una retorta.

El adepto, con sus treinta y pocos años aparentes congelados en el tiempo, mantenía esa misma palidez marmórea y su estatura.

un porte que en aquel siglo de hombres mermados por la mala nutrición y las viruelas lo hacía destacar como una figura alta, sobria y aristocrática.

Entre maestro y discípula no mediaba la sumisión servil de los conventos, sino una alianza intelectual templada en el fuego de los hornos.

—Observa la precipitación del fondo, señor —dijo Laura, señalando con una varilla de vidrio el sedimento negruzco que reposaba en un matraz de cuello largo—. No es chamico común.

Sobre la mesa de trabajo reposaba un bulto envuelto en cuero crudo: una encomienda interceptada dos noches atrás por arrieros leales a Romero en el camino del paso de Zapata.

El cargamento provenía directamente de las bodegas de la hacienda El Ingenio, en La Ligua, y su destino final eran las celdas privadas de fray Ignacio de la Cruz en el convento de San Agustín.

Romero acercó la nariz al vapor que escapaba por el respiradero del alambique. Olía a hierba amarga, a madera podrida… y a esa punzada metálica inconfundible que congelaba el aliento.

—¿Qué has aislado en el crisol, Laura? —preguntó Julián, mirándola con la atención respetuosa que reservaba a sus iguales.

—Tres venenos botánicos y una profanación —respondió la joven con voz firme, sin titubear en los términos—.

Hay extracto concentrado de semillas de chamico para inducir el letargo y la locura; hay corteza raspada de latué, el árbol de las brujas del sur que los indios llaman la madera de los brujos, para anular la voluntad de quien lo bebe; y hay savia pura de la flor parásita del quintral,

destilada en luna menguante.

Laura hizo una pausa, tomó una espátula de plata y extrajo una pizca del polvo negruzco del matraz.

Lo depositó sobre una lámina de cobre pulido y acercó una vela de sebo.

Al contacto con la llama, el compuesto no ardió como la resina vegetal: chisporroteó con un hedor nauseabundo a grasa rancia, soltando un humo espeso de color escarlata que hizo que Caronte, tendido a los pies de la mesa, soltara un bufido sordo y retrocediera dos pasos, mostrando los colmillos.

—El cuarto elemento no es una planta, don Julián —concluyó Laura, mirando fijamente a los ojos de su tutor—.

Es sangre humana. Sangre que ha sido sometida a una putrefacción lenta en recipientes de plomo y mezclada con vino viejo de Quillota.

Catalina no solo administra venenos botánicos a los peones rebeldes para matarlos: está elaborando un filtro que quebranta la razón de sus esclavos para convertirlos en sombras sonámbulas.

Y luego envía las barricas más selectas a San Agustín.

Romero apoyó las palmas de las manos sobre el borde de la mesa de roble. En su mente, las piezas del rompecabezas colonial encajaban con una nitidez escalofriante.

—El sacramento de la misa… —murmuró el conde en voz baja—. El vino consagrado.

—Exactamente —dijo Laura—. Llevo dos meses vigilando los carros que entran por la huerta del convento al caer la oración.

Fray Ignacio no se alimenta únicamente de las novicias o de las beatas que caen en su letargo en las criptas.

Eso llamaría la atención hasta de los frailes más ciegos.

El comisario utiliza la misa de alba, la que oficia en su capilla privada a solas antes de que despierten los legos.

Llena el cáliz con este vino adulterado.

El alcohol oculta el sabor de la podredumbre, el azúcar de la uva sostiene la suspensión del licor vital…

y la sangre le permite caminar por los claustros durante las mañanas sin que la luz del invierno lo calcine.

—Un parásito que utiliza la sangre del Redentor como tapadera para su propia vampirización —sentenció Romero, con un desprecio glacial en el semblante—.

En Roma vi cardenales corrompidos por el oro y el veneno de los Borgia, pero jamás una abominación que vistiera la herejía con tanta eficacia administrativa.

El conde se apartó de la mesa y caminó hacia el ventanuco que daba a la calle de las Agustinas.

A través de los cristales empañados por el frío, la silueta maciza del campanario de San Agustín se recortaba contra un cielo plomizo que amenazaba con descargar un diluvio sobre la ciudad.

Fray Ignacio se había hecho casi invisible durante el día; el Comisario del Santo Oficio alegaba ante la Audiencia padecer de una grave «oftalmía de los humores fríos» contraída en las costas de Lima,

lo que le impedía exponer los ojos a la claridad del sol sin usar gafas con cristales ahumados traídas de Venecia y caminar bajo un quitasol de seda negra sostenido por novicios aterrorizados.

Mas su poder en el reino no hacía más que crecer.

Los oidores más rectos habían sido apartados mediante sospechas de judaísmo o brujería instruidas en secreto hacia el Tribunal de Lima; la justicia ordinaria estaba castrada, y en los corrillos del cabildo ya nadie se atrevía a pronunciar el nombre de doña Catalina de los Ríos sin bajar la cabeza.

—Debemos purgar ese foco antes de que la gangrena sea total —dijo Romero—. Si Fray Ignacio logra que Lima nombre un tribunal permanente en Santiago, la hoguera será la única ley en este valle. Y nosotros seremos los primeros en arder.

Laura no mostró temor. Se desató el mandil de cuero, revelando la destreza de unos movimientos templados por años de estudio.

—Para destruir lo que no está vivo, señor, no bastan las espadas de Toledo ni el fuego común de los braseros —dijo la joven, caminando hacia un estante de madera de espino donde reposaban varias redomas selladas con cera verde—.

Los cuerpos que sostienen su carne mediante la absorción de sangre viva poseen una afinidad telúrica con la tierra húmeda y la sombra.

Si les aplicáis fuego ordinario, sus tejidos se regeneran con el fluido estancado en sus entrañas.

Necesitamos un agente que actúe sobre el azufre interno de su materia.

Un fuego que no consuma hacia afuera, sino que disuelva la corrupción desde el núcleo mineral.

Romero la miró con admiración genuina. Laura no era una simple ayudante; su intuición para la transmutación de los elementos superaba ya la rigidez de muchos maestros que él había conocido en los gabinetes secretos de Praga.

—El Ignis Solaris —dijo el adepto.

—El fuego solar, sí —asintió Laura, tomando un frasco de boca ancha que contenía un polvo blanco, brillante y cristalino como la sal de roca—.

He modificado la fórmula de Valentín. He calcinado estibina de los volcanes de Coquimbo con tártaro de vino blanco y mercurio precipitado.

Si logramos saturar este compuesto con la tintura de oro que vos guardáis, obtendremos una sal purificadora.

No es veneno para los hombres, pero para una criatura que sostiene su carne mediante la putrefacción de la sangre, este polvo actuará como el rayo del sol de mediodía concentrado en un punto geométrico: calcinará sus arterias en segundos.

La joven tomó una pizca diminuta de la sal blanca con la punta de una lanceta de plata y la dejó caer sobre la lámina de cobre donde humeaba la mezcla de sangre y chamico de Catalina.

La reacción fue instantánea y aterradora.

No hubo fuego común. Un destello de luz blanca, deslumbrante, como un relámpago atrapado en el cristal, estalló sobre el cobre con un silbido agudo y violento.

Un vaho puro, con olor a ozono y a aire de cumbre nevada, se elevó hacia el techo, mientras la masa negruzca y pestilente se desintegraba en una ceniza gris e inodora, completamente inerte, como polvo de mármol que jamás hubiera conocido la vida ni el pecado.

Caronte se acercó a la mesa a paso lento. El mastín extendió el cuello, olió la ceniza blanca sobre el cobre y soltó un bufido de alivio, apoyando su enorme cabeza negra contra la cadera de Laura en un gesto de reconocimiento inequívoco.

Romero contempló la lámina limpia.

—La Gran Obra aplicada a la guerra, Laura. Has destilado la antítesis de la sombra.

—Las matemáticas del universo no admiten el desequilibrio, don Julián —respondió la joven, limpiando la lanceta con un lienzo de lino—. Toda enfermedad engendra su propio remedio si se sabe buscar la raíz en la piedra.

La muchacha levantó la vista hacia su maestro. En su mirada almendrada, a pesar de su serenidad analítica, asomó una sombra de inquietud que no pertenecía a la ciencia, sino al afecto filial y a la intuición profunda de quien conoce la debilidad secreta del corazón humano.

—Hay algo más, señor —dijo Laura, bajando la voz hasta convertirla en un susurro grave.

—Habla, Laura.

—Catalina de los Ríos ha regresado a Santiago esta mañana.

Romero permaneció inmóvil. El aire del laboratorio pareció espesarse de pronto.

—¿La has visto?

—La vi entrar por la calle de las Huérfanas desde el postigo de la despensa —dijo la joven—.

Venía en su carretela de luto falso, escoltada por cuatro capataces armados con tercerolas.

Pero no es la misma mujer que os robó un beso bajo los naranjos floridos, señor.

Han pasado nueve años desde que me salvasteis de sus corrales.

Yo era una niña y ella tenía la frescura insolente de los veinte años.

Ahora roza los treinta, y la viña de su carne empieza a exigir su tributo.

Laura dio un paso hacia Romero, mirándolo con esa honestidad implacable que era su mayor virtud:

—La vi bajarse del carruaje frente a su palacio.

Bajo la harina de arroz con que se unta las mejillas, el tiempo ha comenzado a marcarle las comisuras de los labios.

Tiene los ojos más hundidos, devorados por la bilis negra y el aguardiente de La Ligua.

Está envejeciendo, don Julián. Y el terror a perder su fuego la vuelve diez veces más peligrosa que cuando mató a su padre.

Romero desvió la mirada hacia el espejo de plata bruñida que colgaba junto a la librería. En el metal pulido se reflejaba su propio rostro: pálido, afilado, con la misma piel tensa y la misma juventud enjuta que ostentaba cuando Felipe IV era apenas un príncipe infante en Madrid.

—El tiempo es el único juez al que los tiranos no pueden sobornar, Laura —dijo el adepto con melancolía.

—Lo sé, señor —insistió Laura con firmeza, posando su mano teñida de sales sobre la manga de terciopelo de don Julián—.

Pero os advierto: no miréis su decadencia como una victoria de vuestra templanza.

Catalina sabe que vos no cambiáis; sabe que mientras su carne se marchita como una flor de quintral cortada del tronco, vos seguís idéntico al día en que desembarcasteis en el Mapocho.

Esa envidia, mezclada con el deseo insatisfecho de vuestra frialdad, es un veneno más corrosivo que el vitriolo blanco.

Ella os buscará. Querrá arrancaros el secreto de vuestra eternidad o arrastraros con ella a la podredumbre.

Don Julián asintió lentamente, reconociendo la lucidez de la advertencia.

—Aguardaremos su movimiento, entonces —dijo el conde, guardando el frasco de la sal solar en la faltriquera interior de su ropilla—.

Mientras tanto, tenemos trabajo que hacer en la sacristía de San Agustín.

Ahora que conocemos el secreto de la sotana, sabremos exactamente dónde verter la sal cuando llegue la hora del juicio.

De pronto, un golpe sordo, pesado y metálico resonó en el aldabón exterior del zaguán.

Caronte se irguió en el acto. El pelo de su lomo se alzó en una cresta rígida y sus ojos dorados se clavaron en la puerta que conducía al patio.

El perro no gruñó; soltó un jadeo caliente, venteando una presencia que no traía el olor del fango de la calle, sino el perfume denso, amargo y familiar de hojas de arrayán marchitas y almizcle tibio.

Romero y Laura intercambiaron una mirada rápida.

—El verdugo llama a la puerta antes de que terminemos de fundir las balas —susurró la joven, llevando la mano con naturalidad hacia un estilete de hoja triangular oculto bajo su delantal.

—Quédate en el laboratorio, Laura —ordenó Julián con voz sosegada pero tajante—. Asegura el cerrojo interior. Y mantén el crisol al rojo.

El conde Romero se acomodó la capa negra sobre los hombros, deslizó la empuñadura de su espada ropera hacia el frente y, seguido por la sombra silenciosa del sabueso inmortal, caminó hacia el zaguán en penumbras para recibir el mensaje de la fiera que volvía a rondar las tapias de su solar.