Capítulo 9 El veneno del ojo ajeno (1633–1635)
El aldabonazo que sacudió la noche de 1633 no trajo consigo una partida de arcabuceros ni una comitiva de sayones del Santo Oficio.
Cuando don Julián Romero descorrió el cerrojo de hierro del zaguán, con la mano izquierda apoyada con fría indolencia en la cazoleta de su ropera y Caronte conteniendo un bufido sordo entre las sombras del corredor, solo encontró a un muchacho mestizo, descalzo y aterido de frío.
El criado temblaba de la cabeza a los pies, no tanto por la escarcha que cuajaba sobre los guijarros de la calle de las Agustinas, sino por el miedo atroz a la mujer que lo enviaba.
Sin alzar la vista del lodo, el sirviente extendió dos manos trémulas. Sostenía un pliego de papel holandés doblado en cuatro, lacrado con cera negra y marcado a fuego con el sello de los Lisperguer: un águila bicéfala coronada sobre tres hojas de parra.
—De mi señora… doña Catalina —balbuceó el mozo, y sin esperar propina ni respuesta, echó a correr hacia la esquina como si las ánimas del purgatorio le mordieran los talones.
Romero cerró el portalón. En el laboratorio, bajo la luz pura del athanor y ante la mirada atenta de Laura, desprendió el sello con la uña pulgar.
El papel desprendía ese perfume inconfundible que el adepto conocía demasiado bien: aroma a hojas de arrayán estrujadas entre los dedos, agua de azahar y un matiz acre, almizclado, de sudor tibio y rabia reconcentrada.
Las líneas, trazadas con una tinta parda que parecía haberse secado con arena de río demasiado gruesa, no eran una súplica ni una citación formal:
«Sé lo que guardáis tras esos muros, don Julián. Sé que la perra mestiza a la que llamáis pupila manipula fuegos que la Iglesia castiga con el garrote vil. Sé que el perro negro no come pan de cristianos. Creéis que las sombras de este valle os pertenecen porque sabéis latín y leéis a los gentiles,
pero os vigilo. Cada alambique que compráis a los arrieros, cada paseo que dais al amanecer… todo pasa por mis ojos. Este reino es mío, conde de barro. Y cuando decida cobrarme el beso que me debéis, ni vuestros crisoles ni vuestra espada de Toledo alcanzarán a tapar el fuego.»
Laura leyó por encima del hombro de su maestro. Sus labios jóvenes se crisparon en una mueca de desdén analítico.
—Palabras de una mujer que rabia en su propia jaula —dijo la muchacha con frialdad—. Quiere saber si tenéis miedo.
—No son solo palabras, Laura —respondió don Julián, quemando la esquina del papel en la llama azulada del hornillo y contemplando cómo la ceniza gris caía sobre el cuenco de cobre—.
Es la confesión de una fiera que lleva meses rondando nuestras tapias.
Y no hay nada más peligroso en este mundo que un depredador ocioso que no encuentra cómo saciar su orgullo.
Doña Catalina de los Ríos y Lisperguer no descansaba.
Durante los dos años que siguieron al envío de aquella misiva —entre el invierno cerrado de 1633 y la primavera sofocante de 1635—, la casona señorial de la calle de las Agustinas se convirtió en el observatorio de una obsesión enfermiza.
Cuando regresaba de sus estancias en La Ligua, donde dejaba tras de sí un reguero de espaldas desolladas y oro lavado en sangre, Catalina pasaba horas enteras tras las celosías de madera de su segundo patio.
Con un catalejo de latón traído de contrabando desde los barcos holandeses que recalaban en Valparaíso, la Quintrala espiaba los movimientos del solar de Romero.
Veía a don Julián salir al amanecer, alto y erguido.con aquella compostura intacta que parecía esculpida en pórfido.
No había un solo día en que aquel hombre tropezara en el barro, ni una sola mañana en que sus ropas de terciopelo negro mostraran la menor mancha de abandono.
Caminaba con la lentitud solemne de los reyes antiguos, ajeno a los pregones de los aguateros y a los rezos lúgubres que salían de las capillas.
Y aquello enloquecía a Catalina.
En su alcoba, la Quintrala paseaba como una pantera enjaulada, golpeándose los muslos con la fusta de plata.
A sus treinta años cumplidos, la mujer sentía por primera vez el crujido subterráneo de la duda.
Se miraba las manos: manos blancas, de dedos largos y uñas teñidas de carmín, pero con las venas comenzando a marcarse con una dureza que no recordaba de sus dieciocho primaveras.
Bebía aguardiente de uva desde la media tarde, servido en jícaras de plata por doncellas indias que temblaban al acercarse a su lecho, y fumaba cigarrillos de tabaco negro envueltos en chala de maíz para calmar la arritmia de su corazón salvaje.
—¿Qué tiene ese perro de Castilla que no tenga yo? —mascullaba a solas, con una voz ronca que asustaba a los loros traídos del trópico que chillaban en los corredores—. ¡Es un muerto de hambre que se alimenta de libros viejos! ¡Ni siquiera tiene tierras que igualen a mis trigales!
Mas la verdadera ponzoña no era Julián: era Laura.
A través del catalejo, Catalina había presenciado la transformación de la niña que ella misma había ordenado arrojar a un pozo ciego en 1624.
Había visto a la chiquilla mestiza convertirse en una mujer de porte sereno y mirada límpida.
La veía en el huertecillo cosechando plantas medicinales al mediodía; la veía sentarse a la mesa del laboratorio frente al conde Romero, discutiendo pergaminos de igual a igual,
recibiendo del adepto un trato de respeto reverente y camaradería intelectual que ningún hidalgo de Santiago dispensaba jamás a una mujer, y mucho menos a una hija de la servidumbre.
Ese cuadro despertaba en Catalina una furia caníbal.
Para ella, los seres humanos solo podían ser dos cosas: instrumentos de placer o bestias de carga destinadas al azote. Ver a Laura vestida con sayas limpias de lana, con las manos libres de cadenas y la frente alta, le quemaba la soberbia como aceite hirviendo.
—La hija del gañán… —siseaba Catalina, clavando las uñas en el marco de la ventana hasta hacer saltar astillas de roble—.
La hija de ese perro traidor que me robaba el trigo.
El filósofo la sienta a su diestra y a mí me arroja un pañuelo sucio al barro.
¡A mí, que llevo en las venas la sangre de los señores de Alemania y de los reyes del Aconcagua!
Llegó a planear el secuestro de la muchacha.
Una noche de San Juan de 1634, convocó a Juan Rodulfo y a tres peones armados con tercerolas en las bodegas del palacio.
Les prometió cien pesos de plata y la libertad de sus deudas si saltaban la tapia de Romero, estrangulaban al perro negro y le traían a Laura amordazada para encerrarla en los sótanos de El Ingenio.
Los hombres partieron al filo de las tres de la madrugada.
Catalina aguardó en el corredor, bebiendo vino caliente con canela, con una sonrisa atroz dibujada en sus labios violáceos.
Pero la partida no tardó ni veinte minutos en regresar.
Juan Rodulfo entró al patio trasero pálido como la cal apagada, con el jubón desgarrado y un hilillo de espuma sanguinolenta en la comisura de la boca.
Traía la mano izquierda destrozada por una mordida que le había quebrado el hueso del pulgar.
Los otros dos peones se negaron a cruzar el umbral del corredor, temblando como azogados, balbuceando plegarias incoherentes a la Virgen del Carmen.
—¿Dónde está la perra? —bramó Catalina, levantándose del sillón con la fusta levantada—. ¿Dónde la tenéis?
—No se puede, mi señora… —gimió el capataz, cayendo de rodillas sobre las baldosas—. Dios nos libre de ese solar. No son hombres los que viven ahí.
—¡Cobardes! ¡Malditos sean vuestros ojos!
—Apenas pusimos un pie sobre la albardilla del muro, doña Catalina —relató el sayón con la voz cortada por el pánico—, la tierra se puso helada como la nieve de los volcanes.
El aire olía a relámpago. Y en medio del huerto…
en medio de la negrura… no había un perro, mi señora.
Había una bestia del tamaño de un potro de dos años, con ojos que ardían como carbones de fragua.
Ni siquiera ladró: se abalanzó sobre nosotros sin tocar el suelo.
Y junto a él… ¡junto a él estaba el conde!
El capataz se persignó con la mano sana, con la mirada desorbitada por el recuerdo de la visión:
—El conde Romero estaba allí, parado en el aire, doña Catalina.
Con su capa negra flotando aunque no había viento.
Nos miró… y sentí que la sangre se me volvía hielo en las tripas.
Las tercerolas no prendieron fuego; la pólvora se volvió ceniza húmeda en las cazoletas.
Si no saltamos de regreso al callejón, esa bestia negra nos arranca la cabeza a todos.
No vuelvo a pisar esa tapia ni aunque me mande al potro de tormento.
Catalina le cruzó el rostro con la fusta de plata en un estallido de ira ciega.
El golpe le abrió la mejilla al capataz, manchando el corredor con una salpicadura de sangre fresca, pero el criado no se quejó: prefería el látigo de su ama mil veces antes que volver a encarar los ojos ámbar de Caronte y la figura marmórea del adepto.
Aquella noche, encerrada en su tocador, la Quintrala comprendió que las armas ordinarias del feudo eran inútiles contra Romero. Aquel hombre no era un encomendero cobarde al que se pudiera intimidar con una cuadrilla de forajidos; era una fuerza cósmica que operaba bajo leyes que ella no dominaba.
Y para colmo de males, su otro aliado comenzaba a mostrar los colmillos.
A mediados de 1635, fray Ignacio de la Cruz la citó en secreto en la antesala de la sacristía de San Agustín.
El prior vampiro ya no disimulaba su desprecio hacia las tribulaciones humanas de la hacendada.
Sentado bajo la sombra de un retablo dorado, con las gafas ahumadas de Venecia ocultando sus pupilas carmesíes y las manos cadavéricas cruzadas sobre el hábito negro, el Comisario del Santo Oficio escuchó las quejas de Catalina sobre don Julián con una frialdad glacial.
—Estás perdiendo el juicio, doña Catalina —siseó el monje, con esa voz pastosa y cavernosa que parecía salir de una sepultura recién profanada—.
Te consumes en rencores de mujerzuela despechada mientras los arrieros traen menos barricas de vino a mis bodegas.
Las remesas de sangre de El Ingenio han disminuido este trimestre.
—¡Mis peones mueren de fiebres en los lavaderos de oro, padre comisario!
—replicó ella, alzando la barbilla con su habitual altivez, aunque un escalofrío involuntario le recorrió la nuca ante la fetidez a mortaja que emanaba de la sotana del fraile—.
Y Romero está conspirando contra nosotros.
Mi capataz lo vio levitar en su huerto. Laura…
esa bastarda que acogió en su casa… está fabricando polvos en sus hornos.
¡Sé que traman algo contra la Iglesia! ¿Por qué no redactáis de una vez el memorial para el Tribunal de Lima?
¿A qué esperáis para quemarlo en la Plaza Mayor?
Fray Ignacio soltó una risa seca, como el crujido de hojas secas bajo la bota de un soldado.
—¿Crees que la Inquisición es tu látigo particular, muchacha soberbia?
El Tribunal de Lima exige pruebas de bulto, declaraciones de testigos limpios de sangre y procesos que tardan años en sustanciarse.
Don Julián Romero ha donado este año tres mil pesos de plata al convento de San Francisco y financia las medicinas del obispado.
Los dominicos comen de su mano. Si acuso al conde de herejía sin pruebas irrebatibles, el provincial de los franciscanos viajará al Callao para defenderlo y la sospecha caerá sobre mi propia casa.
El vampiro se inclinó hacia adelante. Catalina sintió el aliento helado del monstruo rozarle la frente: una marea de podredumbre que casi le provocó una arcada.
—Don Julián es un adepto del fuego solar —susurró Fray Ignacio con un odio antiguo vibrando en sus mandíbulas—.
Sé quién es desde que sentí su rastro en las criptas.
No arderá en una pira ordinaria porque la madera común no puede consumir su esencia.
Si quieres destruirlo, Catalina, no me traigas chismes de criados cobardes.
Tráeme una muestra de su sangre. O tráeme el mercurio purificado con que destila sus remedios.
Solo con eso podré armar un lazo que lo ahogue ante la Audiencia.
Y si no puedes… ocúpate de tus haciendas y déjame a mí el cuidado de las sombras.
Catalina salió del convento masticando ceniza.
Estaba sola.
A su alrededor, el mundo que había dominado con mano de hierro comenzaba a resquebrajarse.
Su esposo, don Alonso de Campofrío, yacía postrado en una hacienda de Quillota, ahogado en vómitos de bilis y alcohol, incapaz de empuñar la espada ni de firmar una escritura sin derramar el tintero.
Fray Ignacio la trataba como a una simple proveedora de ganado humano.
Y al otro lado de la calle, inalcanzable, eterno y desdeñoso, don Julián Romero continuaba forjando en su laboratorio la luz que terminaría por cegarla.
Fue en los últimos meses de 1635 cuando la locura de Catalina dio su giro definitivo.
Una mañana de noviembre, al desatarse las trenzas frente al espejo veneciano de su tocador, descubrió una hebra blanca entre la espesura cobriza de su cabellera.
Una sola hebra de plata, delgada como un hilo de araña, pero tan brillante y acusadora que la Quintrala se quedó paralizada con el peine de marfil suspendido en el aire.
Se la arrancó de un tirón salvaje, soltando un gemido estrangulado. La examinó a la luz de la vela: era una cana.
La muerte había comenzado a tocarle la cabeza.
Miró sus mejillas: la fina red de arrugas en torno a sus ojos verdes ya no se borraba con las cremas de tuétano ni con el agua de rosas. La piel de su cuello cedía; el veneno del chamico y las noches de ira comenzaban a cobrarle la cuenta con una puntualidad matemática.
Catalina de los Ríos clavó la mirada en la luna biselada del espejo. Sus pupilas se dilataron hasta ahogarse en una sombra tenebrosa. Una idea fija, rabiosa y desesperada, se incrustó en su cerebro como un clavo de hierro forjado al rojo vivo:
«No me pudriré sola. Él tiene el agua que detiene el tiempo. Si no me la da por las buenas… le arrancaré el secreto del pecho aunque tenga que quemar este valle entero».
La trampa estaba armada en su mente.
Apenas dos meses después, cuando el invierno de 1636 helara de nuevo los techos de Santiago, Catalina llamaría a su esclavo negro, haría encender los braseros de peumo y enviaría la esquela definitiva que llevaría a don Julián Romero hasta el pie de aquel mismo tocador,
frente a ese espejo que ya no sabía mentir.