La Quintrala Y El Adepto Capítulo 10 El espejo que no miente (1636)
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Capítulo 10 El espejo que no miente (1636)

El invierno de 1636 cubrió el valle del Mapocho con una helada negra que reventó los troncos de los sauces y cuajó el agua de los pozos antes del toque de queda.

Catorce años habían transcurrido desde que don Julián Romero descendiera de aquel carretón desvencijado en los barriales de la Chimba.

Catorce años de pleitos coloniales, de gobernadores que llegaban con bríos de conquista y regresaban a Lima enfermos o derrotados por la guerra del sur, de niños que se hacían hombres en las levas de Arauco y de ancianos que se convertían en tierra bajo las losas de los conventos.

Todo en Santiago envejecía, se resquebrajaba o se pudría bajo el barro.

Todo, salvo el conde Romero.

A sus treinta y pocos años aparentes, don Julián conservaba la misma piel tersa y pálida el cabello negro azabache sin una sola hebra, en una sociedad de soldados encorvados y peones consumidos por la viruela, lo hacía destacar con una altivez serena y casi espectral.

En los estrados de la Real Audiencia, los escribanos viejos comenzaban a mirarlo de reojo cuando cotejaban las firmas de las mercedes de tierras de 1622 con las que el conde estampaba en 1636: la caligrafía era idéntica, el pulso invariable,

y en el rostro del hidalgo no había una sola arruga que diera fe del paso de los inviernos.

«Tiene pacto con la plata viva», murmuraban los letrados.

«Es un hijo de la noche que bebe el rocío de mayo», susurraban las beatas de la Merced tras sus tocas de luto.

Mas las talegas de doblones con que don Julián financiaba las obras del hospital de San Juan de Dios y sus donaciones a los frailes franciscanos sofocaban cualquier acusación antes de que tomara forma de memorial inquisitorial.

Aquella tarde de julio, una esquela lacrada con cera encarnada y sellada con las armas de los Lisperguer fue entregada por un esclavo negro en el zaguán de Romero.

El texto, escrito con una caligrafía temblorosa, enérgica y angulosa sobre papel holandés, no contenía fórmulas de cortesía cortesana:

«Venid al anochecer a mi palacio de la calle de las Agustinas, don Julián. Venid solo. Mi marido duerme su aguardiente en La Ligua y los criados tienen orden de guardar silencio bajo pena de azotes. No me hagáis esperar,

o recordaré al padre comisario de San Agustín que en vuestra casona se queman polvos que no huelen a incienso de Roma. C.»

En el laboratorio, Laura, que acababa de cumplir veintidós años y cuya mirada almendrada poseía ya la serenidad implacable de un maestro algebrista, arrojó la esquela sobre la mesa con desdén.

—Es una emboscada de carne, señor —dijo la joven, limpiando una espátula manchada de antimonio con un lienzo de lino—. Catalina está desesperada. Fray Ignacio le exige más sangre para sus misas negras y ella siente que el lazo se le aprieta al cuello. No vayáis.

Caronte, tendido junto al fogón del athanor, levantó las orejas y emitió un resoplido sordo, clavando sus ojos de ámbar en la puerta.

—Iré, Laura —respondió don Julián, acomodando el cuello de lino blanco sobre su jubón de terciopelo toledano—.

Catalina es un incendio que consume todo lo que toca, pero esta noche no busca sangre ajena; busca la suya propia en el reflejo de las cosas.

Y cuando los tiranos descubren su propia fragilidad, es el momento en que cometen los errores que los destruyen.

—Llevad a Caronte, al menos.

—Caronte aguardará en el patio exterior. El mastín mantendrá a raya a los zambos de la guardia. Esto no se resolverá con colmillos ni con pólvora, Laura; esto es un duelo de vanidades, y no hay nada más cruel en este mundo que un monstruo que descubre que es mortal.

El palacio de doña Catalina en la calle de las Agustinas parecía un mausoleo amurallado en medio de la ciudad dormida.

Los altos tapiales de adobe blanqueado con cal apagada no dejaban escapar una sola rendija de luz.

En el zaguán empedrado, los caballos de los carruajes bufaban en la oscuridad, inquietos por la presencia silenciosa de Caronte, que se sentó junto al portón exterior con la inmovilidad de una gárgola de granito,

clavando sus ojos llameantes en los dos capataces armados con lanzas que custodiaban el arco.

Ninguno de los dos hombres se atrevió a mover un músculo mientras Romero cruzaba el primer patio.

El aire dentro de la residencia era denso, caliente y malsano.

Braseros colosales de bronce quemaban leña de peumo verde y carbón mineral traído de las minas del sur, despidiendo un humo azulado que se mezclaba con el perfume asfixiante de agua de rosas, lavanda de Castilla y un tufo agrio a vinagre medicinal y ungüentos de botica.

Un mayordomo mestizo, descalzo y con la mirada gacha por el terror habitual de la servidumbre, condujo a Romero por corredores en penumbra cubiertos de alfombras traídas de Flandes, hasta detenerse ante una puerta de algarrobo claveteada con tachuelas de plata.

—Pase, su excelencia… Mi señora aguarda adentro.

Romero empujó la hoja de madera sin vacilar.

La cámara de Catalina de los Ríos era una estancia monumental, sofocante como un horno de calcinación.

Cortinajes de terciopelo carmesí cubrían por completo los ventanales que daban a la huerta, impidiendo la entrada del aire gélido de la noche.

En los rincones ardían decenas de cirios de cera virgen en candeleros de plata maciza, proyectando sombras movedizas sobre paredes empapeladas con tafetán de Damasco manchado de hollín.

En el fondo de la estancia, sentada frente a un monumental tocador de caoba dominado por un espejo veneciano de luna biselada —una joya carísima desembarcada en el Callao que costaba el precio de una hacienda entera—, estaba la Quintrala.

No se volvió al sentir los pasos de Romero sobre las alfombras.

Tenía treinta y dos años.

En el siglo XVII colonial, donde la intemperie, los partos, el trabajo brutal y las fiebres consumían la lozanía femenina antes de las tres décadas, treinta y dos años marcaban el umbral de la decadencia física.

Pero en Catalina, el estrago no era obra únicamente del tiempo: era el peaje implacable de la demencia feudal, de las noches de insomnio pasadas azotando esclavos en los trapiches de La Ligua,

del consumo desmedido de aguardiente de uva para calmar los temblores de la bilis negra y de los vapores ponzoñosos del chamico con que aderezaba sus venenos.

Seguía siendo una mujer imponente, una giganta hermosa de porte altivo y hombros anchos, pero la porcelana milagrosa de su juventud se había quebrado.

Llevaba una bata de seda de China de un amarillo chillón, desabrochada sobre una camisola de holanda que dejaba entrever la curva pesada de sus pechos.

Su cabellera roja —aquel incendio vegetal que catorce años atrás quemaba las retinas de los hidalgos— mantenía su volumen cobrizo, pero las sienes comenzaban a ralear ligeramente, dejando al descubierto una frente blanca, perlada de sudor frío.

Sobre su tocador reposaban tarros de peltre con albayalde —el mortífero carbonato de plomo con que las cortesanas se blanqueaban la piel—, pastas de carmín de cochinilla y pomadas de tuétano de carnero con que intentaba disimular la verdad que el cristal le devolvía.

A través del azogue veneciano, los ojos verdes de Catalina se encontraron con la figura de Julián Romero reflejada a sus espaldas.

Durante un minuto interminable, ninguno de los dos pronunció palabra. Solo se escuchaba el crepitar de los hachones de cera y el silbido distante del viento andino contra las tejas.

—Mírate, don Julián —dijo ella al fin. Su voz no era el susurro sensual de 1624; era un tono áspero, quebrado, con una vibración metálica que oscilaba peligrosamente entre la fascinación y el odio puro—. Mírate en este cristal maldito.

Romero no desvió la vista. Contempló el reflejo dual en la luna de plata: allí estaba él, enjuto, pálido, vestido de negro riguroso, exactamente igual al forastero que había bajado del barco en Valparaíso; y a su lado, la mujer que había sido la flor más hermosa y venenosa de las Indias,

consumiéndose como una antorcha de sebo que llega a su fin.

Bajo la capa de harina de arroz y plomo blanco, la piel de Catalina comenzaba a ceder: dos surcos amargos caían desde las aletas de su nariz hacia las comisuras de su boca violácea; las cuencas de sus ojos felinos estaban rodeadas por un halo oscuro y ceniciento,

y en el nacimiento de su cuello marmóreo la piel perdía su tensión juvenil, amenazando con formar los pliegues de la madurez.

—El espejo de Venecia es cruel, doña Catalina —dijo Romero con voz sosegada, sin un gramo de burla en las cuerdas de su garganta—. Pero no hace más que cumplir con las leyes de la óptica y de la naturaleza. Muestra la materia tal como es: polvo que camina hacia el polvo.

Catalina se giró en el taburete de terciopelo con la violencia repentina de una fiera herida.

Se puso en pie de un salto, alzando su metro y setenta centímetros frente a él, obligando a sus miradas a nivelarse a escasos centímetros de distancia.

El calor que emanaba de su cuerpo ya no era la vitalidad embriagadora del patio de naranjos; olía a cosmético rancio, a alcohol destilado y al fuego febril de una fiera acorralada por su propia biología.

—¡Tú no eres polvo, don Julián! —gritó ella, señalándole el pecho con un dedo huesudo donde brillaba una esmeralda del tamaño de una nuez—.

¡Han pasado catorce años! ¡Catorce años desde que llegaste a este muladar!

Mi padre está podrido bajo el altar de San Agustín; mis tías se han vuelto viejas decrépitas que escupen bilis en sus conventos; mi marido…

ese perro inútil de Campofrío apenas puede tenerse en pie sin vomitar hiel.

¡Y tú sigues igual! ¡Ni una cana en tus barbas, ni una arruga en tu frente, ni un temblor en tus manos!

—La disciplina del espíritu sostiene la carne, Catalina.

—¡Mentira! —rugió la Quintrala, dando un paso más hacia él, invadiendo su aliento con la furia de su proximidad—.

¡No me hables de espíritu, filósofo de mierda!

Sé lo que hacéis en ese laboratorio. Sé lo que escondéis tras los alambiques.

Fray Ignacio me lo dijo: sois un adepto de la estirpe de Praga.

Tenéis la llave… Tenéis el licor que engaña a la muerte.