Capítulo 10 El espejo que no miente (1636) #2
Catalina alzó ambas manos y, antes de que Romero pudiera esquivarla, le aferró las solapas de terciopelo toledano de su jubón.
Sus uñas afiladas, manchadas de carmín rojo en las puntas, se clavaron en la tela como las garras de un ave de presa.
Sus ojos verdes chisporroteaban con una súplica atroz, desesperada, teñida de una carnalidad que el tiempo no había logrado extinguir.
—Dámelo, Julián… —susurró, y su voz bajó de pronto a una modulación suplicante, casi tierna, que a Romero le heló la médula—.
Te lo pido por lo que más quieras en este mundo.
Dame una gota de ese licor. No quiero envejecer en este valle de barro.
No quiero ser una vieja ridícula a la que los indios miren sin temblar.
Si me das el secreto, seré tuya… Te entregaré El Ingenio, los lavaderos de oro, las haciendas de Longotoma, los trescientos esclavos.
Expulsaré a Campofrío a patadas hacia los cuarteles del sur.
Gobernaremos este reino juntos, tú con tus libros y yo con mi látigo.
Nadie nos tocará. Ni el Rey, ni el Papa, ni ese monstruo de Fray Ignacio.
Romero sintió una oleada de compasión tan punzante que le dolió en el esternón.
Por un instante vio a la mujer despojada de su leyenda negra: vio a una niña criada entre encomenderos sanguinarios y brujas de Talagante, una criatura dotada de una voluntad colosal que no había encontrado en el mundo colonial nada más fértil que la violencia y el dominio ciego sobre los cuerpos
ajenos.
Era una tragedia de carne y hueso: una mujer que habría podido conquistar reinos enteros si no hubiera nacido encadenada a la ignorancia y al sadismo de su estirpe.
Y a pesar de la decadencia, a pesar del albayalde y del olor a vinagre que cubría su piel, Romero sintió nuevamente ese tirón sordo en la boca del estómago: la atracción fatal y carnal que la Quintrala ejercía sobre él.
Había algo trágicamente hermoso en su ruina, como el espectáculo de una catedral gótica devorada por las llamas.
Con infinita lentitud, Julián Romero levantó sus manos enguantadas y posó los dedos sobre las muñecas de Catalina. No la apartó con desprecio como en 1624; sostuvo sus brazos con una firmeza piadosa y miró fijamente el pulso desbocado que latía bajo la piel marchita de sus muñecas.
—No hay pacto posible, Catalina —dijo el adepto con una voz suave, cargada de una tristeza milenaria—. Y aunque quisiera darte el Aqua Vitae, no haría más que acelerar tu condenación.
—¿Por qué? —gimió ella, con las lágrimas asomando al fin en sus pupilas verdes, agrietando la costra de harina de arroz de sus mejillas—. ¿Por qué a ese perro negro sí se lo diste y a mí me lo niegas? ¿Acaso vale más la carroña de una bestia callejera que mi hermosura?
—Caronte no tiene culpas que purgar, Catalina —respondió Julián, mirándola a los ojos con la lucidez implacable de la verdad—.
El elixir de la vida no es un afeite de tocador para preservar el brillo de la piel ni un bálsamo para seguir tiranizando esclavos sin cansarse.
El elixir fija la materia en el estado exacto en que se encuentra su azufre interior.
Si lo bebieras en este momento, no recuperarías la frescura de los dieciocho años; fijarías para siempre en tu carne la podredumbre, la hiel negra, la fiebre y los tormentos de tu alma.
Tu inmortalidad no sería la juventud: sería una agonía perpetua donde el dolor de tus víctimas se multiplicaría por la eternidad en cada una de tus células.
Catalina se quedó paralizada. Las palabras de Romero cayeron sobre su entendimiento como gotas de ácido sulfúrico sobre una lámina de zinc.
—Mientes… —balbuceó, pero el temblor de su labio inferior delataba que la intuición de la hechicera que dormía en su sangre reconocía la ley física que el adepto acababa de enunciar.
—No miento, Catalina. Mírate las manos. Las tienes manchadas de la salmuera con que hiciste azotar a tus peones en El Ingenio.
Mírate el pecho: arde con el veneno con que liquidaste a don Gonzalo.
La naturaleza es una balanza perfecta. Quien siembra descomposición no puede cosechar eternidad.
Tu carne está envejeciendo porque es el único modo que tiene el universo de ponerle fin a tu tiranía.
Acéptalo con la dignidad que no tuviste en la vida.
Arrepiéntete del dolor que has causado, deja marchar a los siervos y busca la paz antes de que la tierra te reclame.
El silencio gravitó en la recámara con el peso de una losa funeraria.
Durante tres segundos, pareció que la Quintrala se derrumbaba. Sus hombros cayeron; sus dedos resbalaron del terciopelo del jubón de Romero y la sombra de una desesperación absoluta cubrió su semblante.
Mas la soberbia de los Lisperguer no sabía de redenciones.
En una fracción de segundo, la tristeza se evaporó de sus facciones, sustituida por una máscara de odio demoníaco, de rabia pura, salvaje y desquiciada. Sus pupilas se dilataron hasta ahogar todo rastro de verde en una negrura abisal.
—¡Maldito seas! —aulló Catalina, retrocediendo hacia el tocador con un chillido que rasgó los tapices carmesíes—.
¡Maldito seas mil veces, perro de España!
¡Me niegas la vida porque me tienes miedo!
¡Porque sabes que si yo no muero, te arrancaría el corazón del pecho y te obligaría a lamer mis botas en la plaza pública!
Con un manotazo ciego de furia animal, Catalina barrió los frascos de veneciano, las copas de plata y los tarros de ungüento que descansaban sobre la mesa de caoba.
Los cristales estallaron contra el entarimado en una lluvia de esquirlas y ungüentos derramados.
Luego, empuñando una pesada palmatoria de bronce macizo, la descargó con toda la fuerza de su metro y setenta centímetros directamente contra la luna del espejo veneciano.
El estrépito fue atronador.
El cristal biselado se quebró en mil arañas plateadas, resquebrajando la imagen de ambos en una miríada de esquirlas rotas que devolvían reflejos deformes, fragmentados y sangrientos de la estancia.
Catalina respiraba como una bestia en el matadero, con el pecho desnudo agitándose bajo la seda amarilla rota y las manos sangrando por los cortes de las esquirlas que habían saltado hacia sus brazos.
—¡Si yo he de pudrirme en este valle, don Julián Romero, tú arderás antes que yo!
—gritó con una risa histérica que resonó por los corredores del palacio—.
¡Fray Ignacio ya tiene redactado el memorial para el Tribunal de Lima!
¡Le daré trescientos pesos de oro para que añada tu nombre al próximo auto de fe!
¡Te veré atado a un poste de algarrobo en la Plaza de Armas, con la soga al cuello y el sayón prendiéndote fuego a las calzas!
¡Y cuando las llamas te coman esa carne pálida que no envejece, yo misma me sentaré en el tablado del cabildo a beber vino y a reírme de tus libros!
Julián Romero dio un paso atrás hacia el umbral de la cámara. Su había recuperado su compostura glacial, desprovisto ya de toda compasión.
—El fuego del Santo Oficio quema la madera verde, doña Catalina —dijo el adepto con voz serena y cortante—.
Pero el oro puro solo se limpia en el crisol.
Guardaos vuestras amenazas para los esclavos que no pueden defenderse.
Y cuando miréis esos vidrios rotos en el suelo, recordad que el tiempo no retrocede ni ante los gritos de una loca.
Romero abrió la puerta de algarrobo y salió a los corredores en penumbra.
Nadie intentó detenerlo. Los criados mestizos se pegaban a las paredes como sombras temblorosas al escuchar los alaridos de la Quintrala que continuaban destrozando los muebles de su alcoba en el fondo del palacio.
Al cruzar el primer patio, Caronte se incorporó de un salto. El sabueso negro miró a su amo con ojos de fuego tranquilo, soltó un bufido de desprecio hacia las ventanas iluminadas por los cirios y se colocó a su flanco izquierdo, trotando con paso rítmico sobre el empedrado cubierto de escarcha.
Julián Romero respiró hondo el aire gélido de la noche santiaguina.
El espejo se había roto, pero la verdad había quedado grabada en la piedra: la bestia herida de muerte por el tiempo era ahora un peligro mortal para todo el valle. La guerra contra la sombra ya no admitía treguas; el cadalso comenzaba a proyectar su silueta sobre la niebla del Mapocho.