La Quintrala Y El Adepto Capítulo 11 Dulcinea en el cadalso (1638)
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Capítulo 11 Dulcinea en el cadalso (1638)

El escándalo estalló en Santiago antes de que las campanas del alba terminaran de espantar las lechuzas de la torre de San Francisco.

En la encrucijada que formaban la calle de las Huérfanas y el callejón de las Cenizas, casi a las puertas traseras del solar de los Lisperguer, la ronda de la guardia del cabildo había tropezado en la penumbra con un bulto informe abandonado sobre los adoquines húmedos.

Era un caballero. Yacía boca arriba en el fango, con el jubón de seda acuchillada empapado en una marea carmesí y los ojos vidriosos clavados en las estrellas frías del otoño de 1638.

No era un soldado raso ni un arriero pendenciero de la Chimba. Era don Enrique Enríquez de Guzmán, hidalgo de alcurnia sevillana, pariente lejano de virreyes y, por sobre todo, caballero profeso de la Sacra y Soberana Orden de San Juan de Jerusalén, comúnmente llamada de Malta.

Sobre la pechera de su casaca de ante, desgarrada por tres puñaladas certeras que le habían perforado el corazón y el pulmón izquierdo, brillaba aún, salpicada de coágulos oscuros, la cruz de ocho puntas esmaltada en blanco: el blasón sagrado de los defensores de Rodas y del Mediterráneo.

Al mediodía, el chisme corría por las gradas de la catedral con la velocidad de la pólvora.

Don Enrique, joven, arrogante y de una apostura que encandilaba a las damas criollas, había sido visto la víspera desmontando de su alazán frente al zaguán de doña Catalina de los Ríos.

Se murmuraba en las pulperías que el caballero de Malta se jactaba en público de haber conquistado los favores de la Quintrala; se decía también que en la intimidad de la recámara de terciopelo morado,

el hidalgo se había negado a regalarle una venera de oro con reliquias de Tierra Santa que Catalina le exigía como pago por sus besos, osando llamarla «mujer liviana» y amenazando con pregonar sus liviandades ante los oidores de la Audiencia.

La respuesta de la fiera no se había hecho esperar: el caballero no había salido con vida del palacio.

Mas la justicia del rey en las Indias poseía una vista prodigiosa para los pobres y una ceguera incurable para los linajes principales.

Apenas cuatro horas después del hallazgo del cadáver, los alguaciles mayores, conducidos por el propio Juan Rodulfo —el mayordomo zambo de Catalina—, presentaron ante el tribunal al presunto culpable.

No era doña Catalina. Era Salvador, un esclavo negro de apenas veinte años, encargado de las cuadras de la casona señorial.

El muchacho, molido a golpes en los cuartelillos de la guardia hasta que sus labios hinchados no podían articular palabra, sostenía con manos temblorosas un puñal florentino manchado de sangre seca que los esbirros de los Lisperguer habían puesto convenientemente en sus manos.

La sentencia de la Real Audiencia fue redactada con una celeridad monstruosa: robo con homicidio con alevosía. Pena: muerte en la horca pública en la Plaza Mayor, desmembramiento de los restos y exposición de la cabeza en el camino de la Cañada para escarmiento de la negrería cimarrona.

Doña Catalina de los Ríos quedaba limpia de todo cargo, figurando en los autos únicamente como la «noble y afligida testigo» a cuyas puertas el esclavo infiel había perpetrado la felonía para despojar al ilustre huésped de sus bolsas de doblones.

En el despacho del oidor don Gabriel de Celis, las moscas zumbaban pesadamente en torno a los tinteros secos y las pilas de legajos atados con bramante de cáñamo.

El magistrado, anciano ya, encorvado bajo el peso de una peluca empolvada que despedía un vaho rancio a grasa de cerdo, contemplaba con pánico mal disimulado a la figura que se alzaba al otro lado de su mesa de nogal.

Don Julián Romero permanecía de pie,ceñida en terciopelo negro riguroso, dominaba la estancia con una rectitud mineral.

Con una mano enguantada apoyada sobre el pomo de plata de su espada toledana y la otra sosteniendo una saca de lino crudo que descansaba pesadamente sobre los autos del proceso, el conde miraba al juez con dos pozos oscuros donde ardía una frialdad matemática.

—Cinco mil pesos de plata ensayada de Potosí, señor oidor —dijo Romero.

Su voz no era un ruego; era un martillazo templado—.

Deposítese esta fianza en la caja real. Suspended la ejecución de ese muchacho y remitid los autos al Tribunal del Virrey en Lima.

Salvador no sabe blandir un puñal florentino; tiene los tendones de la mano derecha lisiados por una coz de mula desde hace dos inviernos.

Es imposible que asestara esas puñaladas con la precisión de un esgrimidor experto.

Celis se secó el sudor de la frente con un lienzo arrugado, mirando de reojo hacia la puerta entornada del pasillo, temeroso de que las paredes de adobe tuvieran oídos.

—Por los clavos de Cristo, don Julián… Guardad esa plata antes de que el fiscal os acuse de cohecho —susurró el magistrado con un hilo de voz—.

Todos en este cabildo sabemos quién hundió el hierro en el pecho del caballero de San Juan.

Sabemos que la Quintrala se cobró el orgullo del sevillano en su propio lecho.

Pero don Enrique era caballero de hábito; Madrid exige una cabeza antes de que acabe el mes, y la Corona no puede permitirse que la hacienda de La Ligua y los lavaderos de Marga-Marga queden paralizados por un pleito criminal contra la mayor heredera del reino.

—Exigís una cabeza, señor letrado, pero os conformáis con colgar la inocencia en el cadalso para tapar la podredumbre de una asesina —replicó Romero con desprecio absoluto—. Habéis convertido las leyes de Castilla en un disfraz de carnaval.

Celis bajó la vista, hundiendo la barbilla en la lechuguilla sucia.

—Hay poderes más altos que la Audiencia en este negocio, señor conde —siseó el oidor, inclinándose hacia adelante hasta que el olor a tabaco mascado rozó la pechera de Romero—.

Fray Ignacio estuvo aquí esta mañana. El padre comisario del Santo Oficio me mostró un memorial de tres pliegos…

Si la sentencia no se ejecuta mañana a mediodía, el Santo Tribunal abrirá diligencias contra mi sobrino en Chuquisaca y contra tres capitulares por complicidad con las herejías holandesas.

La soga está echada, don Julián. Si intentáis cortar esa cuerda, el sayón os medirá el cuello a vos también.

Romero miró al anciano corrupto con una tristeza infinita. Comprendió la inutilidad del oro y la dialéctica frente a una maquinaria donde el terror inquisitorial y la soberbia feudal se alimentaban mutuamente.

Tomó la saca de monedas de la mesa con un solo movimiento seco.

—La soga se aprieta siempre sobre el más débil en los reinos que han perdido el honor, don Gabriel —dijo el adepto, ajustándose los guantes de gamuza—.

Pero recordad mis palabras: cuando el suelo de este valle tiemble y las bóvedas de vuestros tribunales se os caigan encima, la sangre de ese esclavo pesará sobre vuestros huesos más que todo el plomo de vuestras sentencias.

Romero dio media vuelta y salió de la Audiencia sin despedirse, haciendo resonar sus tacones de cordobán sobre las losas del corredor como una sentencia inapelable.

La mañana de la ejecución amaneció encapotada por una llovizna helada que transformó la Plaza Mayor de Santiago en una balsa de greda amarillenta.

El pueblo colonial, ávido de sangre y sermones que mitigaran la miseria cotidiana, se apiñaba en torno al tablado de algarrobo que los carpinteros del cabildo habían levantado en el centro de la plaza, frente a las arcadas del ayuntamiento.

Había indios borrachos de chicha masticada, soldados de la guardia con las mechas de los arcabuces apagadas por el agua, beatas rezando el trisagio con rosarios de hueso y buhoneros que vendían tortas de manteca y aguardiente entre los charcos.

A un costado de la horca, resguardado bajo el alero de los portales, Julián Romero permanecía inmóvil.

A su lado, Caronte se mantenía sentado sobre sus cuartos traseros, con el pelaje negro reluciente por las gotas de la garúa.

El mastín no apartaba la mirada del cadalso: sus ojos ámbar escudriñaban la madera empapada, mientras sus fauces dejaban escapar un vaho blanco y denso que se disolvía en el aire gélido.

Entre la multitud, una calesa forrada en tafilete negro con las portezuelas doradas se abrió paso lentamente, escoltada por cuatro jinetes armados con tercerolas.

Las cortinillas de seda verde se descorrieron despacio.

Allí estaba Catalina de los Ríos.

Llevaba un traje de terciopelo encarnado con mangas acuchilladas en raso negro, tan ajustado a su busto que desafiaba el frío cortante del viento cordillerano.

Sobre su cuello de porcelana descansaba una gargantilla de perlas gruesas, y su cabellera cobriza —aquel fuego parásito que el tiempo comenzaba a asediar en secreto— ardía bajo una mantilla de encaje de Flandes levantada sobre una peineta de carey.

Sostenía entre los dedos enguantados un abanico de plumas de avestruz teñidas de púrpura, con el que se daba aire con indolente vanidad, como si asistiera a una función de comedia en los corrales de Madrid.

Sus ojos verdes, rasgados y crueles, barrieron la muchedumbre hasta clavarse en Romero.

Una sonrisa de triunfo caníbal se dibujó en sus labios violáceos: la sonrisa de la fiera que sabe que ha doblegado a los jueces, que ha burlado a la justicia de los hombres y que puede obligar al sabio de piedra a contemplar su matanza sin que sus libros ni sus alambiques alcancen a impedirlo.

Un redoble sordo de tambores destemplados quebró el murmullo de la plaza.

Por la rampa de madera subió la comitiva de la muerte.

Dos frailes mercedarios, salpicando agua bendita con un hisopo de cerdas sobre el barro, precedían a Salvador.

El muchacho apenas podía tenerse en pie: caminaba descalzo, atado de codos con una soga de esparto que le cortaba la circulación, vestido únicamente con un sayal blanco de ajusticiado.

Su rostro juvenil estaba desfigurado por las torturas; la mirada, extraviada por el pánico ciego, buscaba el cielo plomizo sin comprender por qué la ley del Dios blanco exigía su asfixia para lavar la muerte de un caballero al que él solo había visto de lejos ensillando su caballo.

El verdugo, un mulato gigantesco cubierto con una capucha de sayal pardo, le ajustó el nudo de cáñamo al cuello.

Romero cerró los puños bajo los pliegues de su capa toledana.

En su mente resonaron los versos amargos de aquel libro que guardaba en su celda: la locura del hidalgo manchego que desfacía entuertos por una dama idealizada, pura y luminosa, nacida de la piedad y la justicia.

¡Qué grotesca parodia representaba aquel valle!

Allí, la dama no era Dulcinea; la dama era un monstruo coronado de esmeraldas que enviaba a los inocentes al madero para limpiar sus propios espasmos de sangre y soberbia.

El caballero andante no tenía armas para vencer a la mentira institucionalizada cuando la Iglesia y el Estado se fundían en la misma podredumbre.

—In manus tuas, Domine… —masculló el fraile mercedario, apartándose con un ademán de repugnancia.

El verdugo pateó la banqueta de espino.

El cuerpo de Salvador cayó en el vacío con un chasquido seco de maderas y vértebras quebradas.

La soga se tensó con violencia. El muchacho comenzó a debatirse en el aire, sacudido por las convulsiones finales de la asfixia, girando lentamente sobre el lodo de la plaza mientras sus pies desnudos buscaban desesperadamente un apoyo que no existía.

La muchedumbre no profirió un solo grito de protesta: las beatas redoblaron sus padrenuestros, los soldados mantuvieron las alabardas en alto y los arrieros se descubrieron la cabeza por pura inercia servil.

Catalina de los Ríos, desde la ventanilla de su carruaje, contempló los espasmos del ahorcado sin pestañear.

Cerró el abanico de plumas con un golpe seco de la muñeca, apoyó la barbilla en la mano enguantada y soltó una risa breve, cantarina y despiadada, que flotó sobre el silencio de la plaza como el silbido de una víbora en un trigal seco.

Luego, desvió la vista hacia Romero.

Con un gesto deliberadamente lento, Catalina llevó dos dedos a sus labios de mora, lanzó un beso al aire en dirección al conde y ordenó al cochero con un golpe de tacón sobre el piso de la calesa:

—Arrea hacia la calle de las Agustinas, Juan Rodulfo. Este espectáculo ya no tiene gracia; el negro era demasiado flaco para dar buen juego en la cuerda.

El carruaje arrancó, salpicando fango sobre las sotanas de los frailes y las capas de los hidalgos, perdiéndose entre la neblina que volvía a tragar las torres de la ciudad.

La plaza comenzó a vaciarse lentamente, dejando tras de sí únicamente el balanceo monótono del cadáver colgado bajo la lluvia y el graznido de los primeros cuervos que descendían desde los árboles de la Cañada.

Romero avanzó tres pasos hacia el pie del cadalso.

Caronte lo siguió, deteniéndose junto a la sombra del ajusticiado. El mastín alzó el hocico negro hacia el cuerpo inerte, soltó un quejido hondo, humano en su desolación, y apoyó su lomo contra las piernas de don Julián.

El adepto miró los ojos abiertos y vidriosos de Salvador, donde la última imagen del mundo había sido la multitud indiferente y el rostro sonriente de la asesina.

—Descansa en paz, muchacho —murmuró Julián Romero en voz muy baja, mientras una lágrima helada de lluvia resbalaba por su mejilla de marfil—. Tu noche ha terminado; la de tus verdugos apenas comienza a descender hacia las brasas.

El conde se volvió hacia la casona señorial que se recortaba a lo lejos contra el perfil gris de la cordillera.

En su pecho ya no había espacio para la duda ni para la compasión carnal que una vez lo había hecho vacilar ante el fuego de Catalina.

La Quintrala había roto el último pacto con la humanidad; había sacrificado a un mártir en el altar de su vanidad y se creía invulnerable bajo el manto negro de San Agustín.

Don Julián Romero acomodó su espada ropera, silbó suavemente a Caronte y emprendió el camino de regreso a su solar. En el laboratorio, Laura lo aguardaba junto al athanor con las sales solares listas.

El tiempo de las leyes de los hombres había muerto en aquel cadalso; la hora de la purga hermética acababa de comenzar.