Capítulo 12 La advertencia de Laura (1642)
El invierno de 1642 se abatió sobre el reino de Chile con una ferocidad que los ancianos comparaban con el diluvio bíblico.
Durante cuarenta días ininterrumpidos, las nubes bajas y violáceas descargaron torrentes de agua sobre la cuenca del Mapocho, haciendo que el río rompiera sus tajamares de calicanto y anegara los arrabales de la Chimba.
En las calles del centro de Santiago, el fango alcanzaba los estribos de los caballos; los muertos en los conventos debían ser enterrados a toda prisa en zanjas comunales antes de que el agua subterránea inundara los nichos, y una plaga de carbunclo diezmaba el ganado en las estancias del valle.
En el corazón de la casona de la calle de las Agustinas, el fuego del athanor no descansaba.
Laura contaba ya veintisiete años.
La niña que Julián Romero había arrancado de los establos ensangrentados de los Lisperguer era ahora una mujer de estatura mediana, porte sobrio y una serenidad casi monástica.
Sus facciones mestizas, lejos de perderse en el anonimato de la servidumbre colonial, habían madurado en una belleza enjuta, geométrica y austera.
No vestía sedas ni encajes; llevaba una saya de lana cruda color ceniza, mangas de badana atadas con correíllas a los codos para protegerse de los ácidos y un delantal de cuero curtido donde descansaban pinzas de plata, compases de latón y plumas de ave.
Sus manos, firmes y precisas, estaban ligeramente manchadas por el nitrato de plata y el azufre, pero en sus ojos oscuros y almendrados no había sombra de fatiga:
había la lucidez matemática de quien ha comprendido que el cosmos no se rige por los caprichos de los santos ni por el miedo a los demonios, sino por leyes inexorables de causa y efecto.
Frente a ella, al otro lado de la mesa de roble colmada de manuscritos, don Julián Romero examinaba una carta de marear.
El conde permanecía idéntico al caballero que veinte años atrás había desembarcado en el puerto de Valparaíso, esbelta y alta para el canon castellano del siglo XVII, se erguía con la misma compostura mineral; su rostro pálido sin carecía de arrugas,
y sus ojos negros guardaban la melancolía intacta de quien ha visto pasar las generaciones humanas como hojas secas barridas por el viento andino.
A sus pies, Caronte, con el pelaje negro reluciente y los músculos tan tensos y ágiles como en 1622, dormitaba con un ojo entornado, custodiando el umbral.
—El cerco se cierra, don Julián —dijo Laura. Su voz era clara, pausada, desprovista de la vacilación que dominaba a las gentes de aquel siglo—. Y vos estáis mirando las estrellas cuando debierais estar mirando el polvo que pisan vuestras botas.
Romero levantó la vista del pergamino, arqueando una ceja con tranquila curiosidad.
—He vivido dos siglos y medio entre guerras de príncipes e intrigas de papas, Laura. Sé cuándo un temporal arrecia.
—Conocéis las intrigas de Europa, señor, pero subestimáis la bajeza de este reino —replicó la joven, arrojando sobre la mesa un fajo de papeles manuscritos atados con un bramante sucio—.
Esto no es Roma ni Madrid. Aquí la ley es una farsa que se compra por arrobas de trigo y la piedad es un garrote con agua bendita.
Romero tomó los pliegos. Llevaban el membrete en latín de la Comisaría General del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Santiago. La caligrafía, apretada y angulosa, pertenecía sin duda al secretario personal de fray Ignacio de la Cruz.
—¿De dónde ha salido esto?
—Del faldón de un fraile lego que acudió ayer a la botica de San Juan de Dios buscando un remedio para las fiebres de su prior —respondió Laura con una frialdad implacable—.
Puse dos gotas de láudano en su jarabe; durmió cuatro horas sobre un banco de la portería y copié el memorial entero antes de devolver los originales a su alforja.
Julián recorrió los párrafos con la mirada.
La acusación estaba armada con la precisión quirúrgica del derecho canónico más perverso: se acusaba al «llamado Conde don Julián Romero, natural de los reinos de España», de prácticas de nigromancia hermética, posesión de libros heréticos prohibidos por el Índice Romano,
fabricación de filtros y aguas contrarias a la naturaleza divina para burlar la decrepitud del cuerpo, y de convivir en concubinato sacrílego con un espíritu familiar en forma de cánido negro infernal.
—Las firmas de los testigos —murmuró Romero, reconociendo los nombres al pie del documento—. Don Melchor de Silva, escribano del cabildo… Pedro de Celis… y seis capataces de las haciendas de La Ligua.
—Testigos comprados por Catalina de los Ríos —sentenció Laura, dando un paso hacia él y apoyando ambas manos sobre la mesa de nogal—.
Fray Ignacio ha enviado ya el duplicado de esta delación al Tribunal del Santo Oficio en Lima en el último galeón de la armada del sur.
En seis meses, o a lo sumo en un año, desembarcará en Valparaíso una provisión real con mandamiento de prisión y embargo de bienes.
No os juzgarán aquí, señor. Os meterán en un zulo bajo la cubierta de un barco con cincuenta libras de grilletes en las corvas y os llevarán a los calabozos secretos de la Ciudad de los Reyes.
Romero dejó los papeles sobre la mesa con una calma glacial.
—Fray Ignacio sabe que los jueces de Lima no pueden quemarme con leña común, Laura. Mis defensas están preparadas.
—¡A Fray Ignacio no le importa si vuestra carne arde o no en la pira!
—exclamó Laura, y por primera vez una chispa de pasión humana quebró la máscara científica de la joven—.
El vampiro solo necesita que el Santo Oficio os arrebate esta casona, confisque vuestros libros y os declare apóstata.
Una vez que la justicia de la Iglesia os declare réprobo, quedaréis despojado del amparo de la ley.
Y en alta mar, entre el Callao y Valparaíso, no hay oidores ni decretos del rey: solo sombras en la bodega.
Os vaciará las venas hasta la última gota antes de que el barco aviste la isla de San Lorenzo.
Romero guardó silencio. Contempló el rostro de su discípula: en los ojos almendrados de Laura no había miedo por su propia vida, sino una devoción lúcida, casi maternal, hacia aquel hombre inmortal que le había dado entendimiento y dignidad.
—Catalina ha pagado tres mil pesos de oro para fletar el navío que llevó los memoriales —continuó la joven, bajando la voz a un susurro que cortó el aire como un bisturí—.
Ella misma dictó las falsedades sobre vuestro perro y vuestra botica.
Y vos, don Julián… vos seguís mirándola como si fuera una tragedia de Séneca.
Laura dio la vuelta a la mesa y se plantó frente a él, obligando a Romero a mirarla directamente.
—Veo cómo la miráis cuando cruza la calle en su carretela, señor conde.
Sentís lástima por su alma. Pensáis que en el fondo de ese fango hay una mujer que pudo haber sido extraordinaria, una criatura de fuego a la que el destino pudrió antes de florecer.
Sentís el tirón de su hermosura corrompida.
Pero os lo advierto por mi vida y por la memoria de mi padre: no miréis su pelo rojo, señor; mirad la sangre seca que mancha las tablas de su casa.
Romero sintió el impacto de las palabras en el pecho con más fuerza que una estocada de hierro toledano.
—Laura…
—Catalina de los Ríos no es una mujer con el entendimiento extraviado, don Julián.
Es una fiera que disfruta quebrando huesos.
Envió a Salvador a la horca para tapar un capricho de cama; ha azotado a peones hasta arrancarles los tendones de las espaldas en El Ingenio; y ahora está preparando vuestro cadalso mientras sonríe tras su mantilla de Flandes.
Si vaciláis con ella una sola vez, nos destruirá a los tres.
Romero posó una mano enguantada sobre el hombro de su pupila. La frialdad de su semblante de marfil se tiñó de una solemne gravedad.
—No habrá vacilación, Laura. Tu consejo es justo y tu vista es más limpia que la mía. Mas para romper el lazo de Fray Ignacio antes de que Lima responda, necesito saber hasta dónde llega la demencia de Catalina. Esta noche tengo que verla.
Laura frunció el ceño con una alarma repentina.
—¿Vais a entrar en su palacio?
—Ella me buscará antes de que caiga la noche —dijo Romero, ajustándose la espada al cinto—. Una fiera que ha soltado a sus jaurías nunca se queda en la madriguera; necesita ver el pánico en los ojos de la presa para disfrutar del banquete.
El encuentro se produjo al filo de la oración de vísperas, en la penumbra enlodada de la calle de las Huérfanas.
La lluvia había dado una tregua precaria, transformándose en una garúa helada que envolvía las esquinas de adobe en una neblina cárdena. El viento que bajaba del cerro Santa Lucía arrastraba olor a bosta de mula, a sebo quemado y a agua estancada.
Don Julián Romero caminaba pegado al alero de las casas, envuelto en su capa de paño negro toledano, con la mano izquierda sosteniendo la vaina de su ropera para que el lodo no rozara la contera de plata.
A su lado, pegado a sus calzas como una sombra viva, Caronte avanzaba con el hocico en alto, venteando la humedad del aire.
Al cruzar la tapia que cerraba el huerto de las monjas agustinas, el mastín se detuvo en seco. Sus belfos negros se retrajeron en una mueca muda, dejando al descubierto los colmillos marfilinos.
De la boca oscura de un callejón ciego emergió una calesa de dos mulas. El vehículo no llevaba faroles encendidos ni lacayos en la trasera; se detuvo atravesado en el barrizal, cortando el paso del adepto.
La portezuela de caoba se abrió despacio.
Catalina de los Ríos descendió sin ayuda de cochero, plantando sus botinas de cordobán sobre el fango de la calle sin importarle que el agua sucia salpicara los ruedos de su saya.
Tenía treinta y ocho años.
El tiempo, implacable como una lija de pedernal, había continuado su labor de zapa sobre la estatua de los Lisperguer.
Llevaba una mantilla de terciopelo morado oscuro ribeteada de marta cibelina, cerrada al cuello con un broche de rubíes que parecía una herida abierta sobre su garganta.