Capítulo 12 La advertencia de Laura (1642) #2
Su cabellera roja —aquella masa indómita de quintral encendido— ya no caía libre sobre los hombros: estaba recogida en un moño tirante, casi monacal, cuajado de horquillas de carey para ocultar las hebras plateadas que asomaban sin remedio por las sienes.
Mas lo aterrador era su rostro.
Bajo una capa espesa de albayalde y carmín con que intentaba revocar las grietas de su piel, sus ojos verdes felinos brillaban con una fiebre devoradora, enajenada, como los de un náufrago que contempla la orilla desde una balsa que se hunde.
Sus labios gruesos, pintados de un rojo purpúreo artificial, temblaban con una crispación continua; sus pómulos estaban afilados por el insomnio y la bilis amarga del aguardiente.
A pesar de la ruina, su porte de un metro y setenta centímetros mantenía esa soberbia feudal que hacía temblar a los corregidores.
—Buenas noches tengáis, conde Romero —dijo Catalina.
Su voz ya no tenía la frescura pastosa de la juventud; era un susurro quebrado, áspero, con el timbre metálico de una campana rajada.
Romero se detuvo a cuatro pasos de ella. recortó contra la penumbra , mirándola desde esa mínima fracción de altura que a ella siempre le había resultado insoportable.
Caronte se sentó sobre el barro a la izquierda de su amo, inmóvil como una piedra sepulcral, clavando sus pupilas de ámbar en la mujer.
—Malas horas escogéis para pasear sin escolta por el fango, doña Catalina —respondió don Julián con su castellano sosegado y glacial—. Santiago no es lugar seguro para damas de vuestra alcurnia cuando las sombras se alargan.
Catalina soltó una risa seca, como el entrechocar de dos maderas carcomidas.
—¿Seguro? Este reino es mi corral, don Julián. Los perros me temen y los hombres se mean en los calzones si levanto la fusta. Nadie me pondrá una mano encima. Ni siquiera vos, con toda vuestra ciencia de muerto viviente.
Dio un paso hacia él, chapoteando en el barro. El aire entre ambos se saturó de inmediato de ese olor penetrante a hojas de arrayán estrujadas, perfume de almizcle barato para tapar el sudor frío y el hedor inconfundible del vino de Quillota rancio.
—Sé que habéis leído los memoriales del Santo Oficio —dijo ella, inclinando la cabeza con una sonrisa envenenada que dejó al descubierto sus dientes apretados—.
Mi secretario me dijo que la perra mestiza que tenéis por sirvienta anduvo merodeando la botica.
Habéis visto vuestro nombre escrito en el papel sellado de Lima, ¿verdad, señor filósofo?
—He visto un memorial lleno de falsedades redactado por un cadáver que viste sotana y pagado con el oro manchado de vuestros trapiches —replicó Romero sin mover un solo músculo de su rostro—. Nada que deba quitarme el sueño.
Catalina se acercó un palmo más. La distancia era tan corta que Romero pudo ver las grietas del afeite sobre sus mejillas marchitas y la dilatación monstruosa de sus pupilas verdes, devoradas por la locura.
—¡Os quitará el sueño, Julián! —siseó ella, y por una fracción de segundo la altivez se quebró, dejando escapar la súplica rabiosa y desesperada que le quemaba las entrañas—.
¡El Tribunal de Lima no escucha a los sabios!
Os meterán en una mazmorra húmeda donde no entra el sol.
Os quitarán los frascos, os quemarán los libros y os colgarán de una soga en la plaza mayor del Callao mientras los frailes cantan el Miserere!
Alzó su mano enguantada. Los dedos enjoyados temblaban visiblemente en el aire antes de rozar la pechera de terciopelo negro de Romero. Julián no retrocedió; soportó el contacto como una roca soporta el roce de una hoja podrida arrastrada por el viento.
—Ven a mi cama esta noche, Julián —susurró la Quintrala, y su voz bajó a una tesitura desgarradora, íntima, patética en su carnalidad monstruosa—.
Di solo una palabra. Dile a tu criada que recoja vuestros bártulos y ven a mi palacio.
Enviaré a un jinete esta misma madrugada al puerto para que alcance al galeón antes de que zarpe; Fray Ignacio quemará el memorial en el brasero de la sacristía si yo se lo ordeno.
Te salvaré de la Inquisición, Romero. Te haré dueño de La Ligua, señor de mil almas…
pero no me dejes pudrirme sola en este valle.
Por un instante fugaz, el eco de la advertencia de Laura resonó en el pecho del adepto con la fuerza de un clarín de batalla:
«No miréis su pelo rojo, señor; mirad la sangre seca que mancha las tablas de su casa».
Romero bajó los ojos hacia la mano que descansaba sobre su pecho.
Vio los anillos de esmeraldas y oro puro; pero detrás del oro, su mirada de iniciado no vio piel aristocrática: vio la sangre del esclavo Salvador balanceándose en la horca bajo la lluvia; vio la espalda desollada del peón en El Ingenio; vio la hiel negra brotando de la boca de su propio padre,
don Gonzalo, agonizando en su lecho envenenado.
Toda la tragedia de Catalina de los Ríos se desnudó ante él: no era una reina del mal ni una divinidad pagana; era una mujer consumida por el miedo a la muerte, una tirana ridícula que pretendía negociar la eternidad con las mismas monedas con que compraba el silencio de los oidores corruptos.
Con un movimiento lento, casi desapasionado, don Julián Romero levantó su mano enguantada y apartó los dedos de Catalina de su jubón. No apretó sus muñecas; simplemente retiró su contacto como quien aparta una araña muerta de su ropa.
—No tenéis nada que ofrecerme, doña Catalina —dijo el adepto con una frialdad tan profunda que heló el aire entre ambos—.
Vuestras haciendas son un matadero y vuestro lecho es una antesala del camposanto.
No me ofrecéis salvación; me ofrecéis ahogarme en vuestro propio fango para no sentiros tan miserable cuando os llegue la hora de rendir cuentas.
Catalina dio un paso atrás, con los ojos desorbitados por la incredulidad y la furia herida.
—¿Me rechazáis? ¿Incluso con la hoguera del Santo Oficio ardiendo sobre vuestra cabeza?
—La hoguera de los hombres solo quema lo perecedero, Catalina —sentenció Romero, acomodándose la capa toledana con ademán soberano—.
Y yo aprendí a dominar el fuego antes de que vuestros abuelos soñaran con cruzar el océano.
Guardad vuestro oro para pagar vuestras misas de réquiem.
Os aseguro por mi salvación que las vais a necesitar todas.
Catalina tembló de la cabeza a los pies. El carmín de sus labios se estiró en una mueca demoníaca; un hilo de saliva espesa asomó por la comisura de su boca mientras apretaba los puños con tal violencia que las costuras de sus guantes crujieron.
—¡Arderás! —aulló, y su grito quebró el silencio del callejón, haciendo que las monjas del convento cercano interrumpieran sus rezos al otro lado de la tapia—.
¡Arderás en la pez hirviendo, don Julián Romero!
¡Pedirás que te degüellen antes de que el fuego te toque los huesos!
¡Y cuando estés en el calabozo podrido de Lima, me arrodillaré sobre tus cenizas y me reiré de tus libros hasta quedarme sin voz!
Catalina subió a la calesa de un salto violento, azotando la portezuela de caoba con una fuerza que quebró el pestillo.
—¡Arrea, Juan Rodulfo! —bramó desde dentro—. ¡Arrea hacia San Agustín!
El carruaje arrancó con un chirrido agónico de las ruedas en el barro, perdiéndose en la noche de Santiago entre salpicaduras de fango negro.
Romero no se movió de la acera. Permaneció inmóvil bajo la llovizna, contemplando el rastro que las mulas habían dejado en el lodazal.
Caronte se acercó a su costado, apoyando la cabeza húmeda contra el muslo de su amo. El sabueso levantó la vista, encontrándose con los ojos oscuros del alquimista.
—Laura tenía razón, Caronte —murmuró don Julián en voz muy baja, acariciando la testuz de la bestia inmortal—. El monstruo ya no razona; solo muerde a ciegas antes de morir.
El conde dio media vuelta y emprendió el camino hacia su casona con paso largo y resuelto.
La amenaza de la Inquisición había dejado de ser un trámite burocrático para convertirse en una carrera contra el tiempo.
Debían preparar las sales solares y terminar los crisoles antes de que el galeón de Lima regresara con las cadenas.
La batalla por el alma y el suelo de aquel reino acababa de entrar en su recta final.