Capítulo 13 La talla del Cristo (1643–1645)
Para desarmar una trampa inquisitorial en las Indias no se precisaba invocar legiones de espíritus ni derramar azufre en los altares; bastaba comprender la anatomía codiciosa y burocrática del Imperio español.
Don Julián Romero lo sabía con la certeza de quien había visto a papas negociar indulgencias por quintales de trigo y a reyes empeñar sus coronas ante los banqueros genoveses.
Durante los primeros meses de 1643, mientras las lluvias daban un respiro al valle y los arrieros aún comentaban en las pulperías la ejecución del esclavo Salvador,
el conde Romero puso en marcha una contraofensiva de terciopelo y plata que desmanteló el lazo de Fray Ignacio antes de que el nudo pudiera apretarse.
Romero no huyó ni se ocultó tras los tapiales de su solar. Al contrario: se hizo más visible que nunca en la vida pública de Santiago.
Solicitó audiencia privada con don fray Gaspar de Villarroel, el ilustrísimo obispo de la diócesis.
Villarroel, teólogo agustino de mente preclara, humanista formado en las universidades peninsulares y autor de tratados jurídicos admirados en Madrid, sentía una aversión instintiva hacia los excesos sombríos de su propio prior provincial, Fray Ignacio,
a quien consideraba un místico montaraz y un fanático que enturbiaba la paz de la Iglesia colonial.
Romero acudió al palacio episcopal llevando bajo el brazo dos cédulas reales selladas en pergamino de vitela con las armas de Felipe II y Felipe III que acreditaban la nobleza inmemorial de su linaje.
Mas el verdadero argumento no descansaba en las firmas regias, sino en lo que dos criados depositaron sobre la mesa del prelado: tres tejos macizos de plata ensayada de Potosí, valorados en cuatro mil pesos corrientes.
—Para la reedificación de los hospitales del reino, ilustrísimo señor —dijo don Julián con una reverencia impecable—. Y para el rescate de las familias de soldados cristianos que los gentiles mantienen cautivas en las selvas de Arauco.
El obispo Villarroel, conmovido por la magnificencia del hidalgo extranjero y deslumbrado por la erudición con que Romero discutía pasajes de San Agustín y de Santo Tomás de Aquino,
no tardó en redactar de su propio puño un informe pastoral dirigido al Consejo de Indias y al Tribunal Supremo del Santo Oficio en Lima.
En él certificaba que el conde don Julián Romero era «espejo de vasallos devotos, varón docto en las ciencias naturales, amparo de pobres y bienhechor insignie de la Santa Madre Iglesia».
Simultáneamente, Romero movió los hilos en el Callao.
Mediante cartas de crédito libradas contra mercaderes genoveses en Lima, sobornó al secretario del Tribunal de la Santa Inquisición de la Ciudad de los Reyes.
Cuando el memorial redactado por Fray Ignacio y pagado con el oro de Catalina llegó al despacho de los inquisidores generales, el pliego fue recibido con frialdad burocrática: cotejado con la carta pastoral del obispo Villarroel y con las recomendaciones de los provinciales franciscanos,
el expediente contra Romero fue calificado de «denuncia calumniosa y maliciosa, promovida por pleitos de aguas y deslindes de tierras de doña Catalina de los Ríos, mujer de conocida aspereza de genio».
El proceso fue archivado en el fondo de un cajón de cedro antes de que pudiera parir un solo mandamiento de arresto.
Fray Ignacio vio cómo su ofensiva legal se deshacía en la nada.
El vampiro agustino, impedido de utilizar las garras del Santo Oficio, se atrincheró en las sombras de sus criptas subterráneas, masticando bilis y sangre estancada, sabiendo que ya solo le quedaba el recurso de la violencia directa y subterránea.
Y Catalina, en su palacio de la calle de las Agustinas, comprendió con rabia asesina que su oro feudal no alcanzaba para comprar a los tribunales cuando enfrente operaba un maestro que conocía las entrañas de Europa.
En el laboratorio de don Julián, la tregua fue aprovechada con disciplina geométrica.
Laura, que en 1644 cumplía ya veintinueve años, no se dejó engañar por la calma de los legajos archivados.
—Habéis ganado en el papel sellado, señor —dijo la joven una tarde de otoño, mientras vigilaba la evaporación de un baño de arena donde cristalizaban las sales de antimonio—.
Pero los monstruos que visten hábito no mueren por decreto de los obispos.
Fray Ignacio sabe que habéis neutralizado a Lima.
Cuando la noche caiga sobre este valle, vendrá con el hierro en la mano.
Romero asintió, contemplando a Caronte, que descansaba junto a los sacos de carbón de espino.
—Lo sé, Laura. Por eso el crisol no se apagará. El enfrentamiento llegará; pero cuando ocurra, no será en las cárceles de la Inquisición bajo sus términos. Será aquí, en su propia ciénaga.
Mas antes de que las sombras libraran su batalla final, el cielo colonial colocó sobre el tablero una pieza inesperada: una obra de madera que quebraría para siempre la soberbia de la Quintrala.
Sucedió en la primavera de 1645.
Fray Pedro de Figueroa, un fraile de la orden agustina que poseía una devoción sencilla y unas manos prodigiosas para la gubia y el formón, concluyó en los talleres del convento de San Agustín una escultura que había comenzado años atrás: una talla de tamaño natural de Jesucristo en la cruz,
representada en el instante preciso de su agonía final en el Calvario.
No era una imagen piadosa más de las muchas que poblaban los retablos coloniales; era un prodigio de realismo desgarrador, una manifestación cruda del barroco más doloroso y humano.
Tallada en madera de cedro americano, la figura mostraba el cuerpo lacerado por una flagelación monstruosa: las espaldas no eran más que un mapa de llagas abiertas donde la policromía imitaba los coágulos negros y la carne viva; las costillas se hundían bajo una piel cenicienta y traslúcida;
los tendones de los brazos parecían a punto de reventar bajo el peso del torso suspendido de tres clavos de hierro forjado.
Mas lo que sobrecogía a cuantos la contemplaban era la cabeza.
Inclinada hacia el hombro derecho bajo una corona de espinas silvestres de espino negro con púas de tres pulgadas, la efigie tenía los labios entreabiertos, violáceos, exhalando el último aliento vital; y sus ojos de pasta de vidrio, bañados en lágrimas de resina transparente,
miraban hacia el suelo con una expresión de dolor infinito, de juicio silencioso y de una piedad tan profunda que parecía viva.
Por una disposición testamentaria vinculada a los patronazgos de la familia Lisperguer —principales benefactores del convento desde los tiempos de don Gonzalo de los Ríos—,
la talla debía ser expuesta temporalmente en el oratorio privado de doña Catalina antes de ser entronizada solemnemente en la capilla mayor de la iglesia agustina.
Una tarde nublada de octubre, seis novicios de San Agustín, bajo la dirección del propio fray Pedro de Figueroa, cruzaron la calle de las Agustinas portando el madero sobre unas andas de luto cubiertas de bayeta negra.
Catalina aguardaba en el zaguán de su palacio.
Tenía cuarenta y un años cumplidos.
La ruina física que en 1636 apenas asomaba como una advertencia en el espejo veneciano, era ahora una evidencia brutal que el albayalde y los afeites apenas lograban disimular.
Su cuerpo conservaba la apostura imponente y los hombros anchos de su estirpe, pero sus movimientos eran más pesados, entorpecidos por los dolores articulares y la inflamación del vientre provocada por los abusos del aguardiente.
Su cabellera roja —aquella flor del quintral que había fascinado a los hidalgos— lucía apagada, teñida con tinturas vegetales de nogal para tapar las canas que ya brotaban en mechones enteros por las sienes.
Sus ojos verdes, siempre rasgados y felinos, tenían un brillo turbio, acuoso, desquiciado por la falta de sueño y la sombra del fracaso con Romero.
—Dejadlo en el testero del oratorio —ordenó Catalina con su voz ronca y cortante, sin dignarse mirar a los frailes—. Y marchaos. No quiero sotanas rezongando padrenuestros en mis corredores.
Fray Pedro de Figueroa, un anciano de mirada limpia, clavó sus ojos mansos en la hacendada.
—Tratad con reverencia esta madera, doña Catalina —dijo el escultor en voz baja—. No la he tallado yo; la ha tallado el dolor de todos los que sufren en este reino. Hay en estos ojos una mirada que no pertenece a los hombres.
—¡A mí no me des sermones, fraile de coro! —rugió la mujer, golpeando la fusta de plata contra la barandilla de caoba—. ¡Esa madera la pagó mi padre con el trigo de La Ligua! ¡Es mía por derecho de patronato! ¡Largo de mi casa!
Los religiosos se retiraron apresuradamente, persignándose al cruzar el portón exterior, dejando la casona sumida en un silencio de tumba.
La noche cayó con rapidez sobre Santiago, trayendo consigo un viento helado que silbaba a través de las tejas.
Catalina despidió a la servidumbre. No permitía que ningún criado entrara a sus aposentos privados después del toque de queda; el terror a ser envenenada como ella misma había envenenado a su padre la obligaba a atrancar las puertas de su ala con trancas de espino y a probar cada jícara de caldo
antes de beberla.
Sola en el corredor en penumbra, empuñando una pesada palmatoria de bronce con un cirio de sebo encendido, Catalina caminó hacia el oratorio.
El oratorio era una estancia fría, de muros de adobe blanqueado cubiertos por reposteros de terciopelo negro desteñido. En el fondo, sobre un estrado de madera de lingue, los frailes habían levantado la cruz.
La luz temblorosa del cirio proyectó la sombra descomunal del crucificado sobre el techo, haciéndola oscilar como un espectro suspendido en el aire.
Catalina dio dos pasos hacia el estrado. Tenía la intención de rezar una salve maquinal —esa devoción hipócrita y supersticiosa con que los encomenderos intentaban aplacar las llamas del infierno sin renunciar a sus crueldades—, pero al alzar la vista, se detuvo en seco.
La llama del candelero iluminó de lleno el rostro de la talla.
El Cristo parecía mirarla.