Capítulo 13 La talla del Cristo (1643–1645) #2
No era una metáfora piadosa ni una alucinación del aguardiente: la maestría de fray Pedro de Figueroa había logrado que el ángulo de los ojos de vidrio, entreabiertos bajo la sangre coagulada de la frente, convergiera exactamente sobre la posición del observador.
Pero en aquella estancia vacía, a la luz oscilante de la vela, los ojos de la madera parecían poseer una profundidad abisal, líquida y viva.
No había ira en el rostro del crucificado. No había el rencor humano con que los capataces la miraban cuando ella descargaba el látigo.
Había una reprobación infinita. Una tristeza tan colosal, tan lúcida y lacerante que penetraba las corazas de la carne hasta tocar la podredumbre del alma.
Catalina sintió que el suelo de baldosas cedía bajo sus pies.
En la mirada de aquella madera sangrante vio desfilar, con la rapidez de un rayo, toda la procesión de sus abominaciones: vio a don Gonzalo retorciéndose en la cama mientras ella tocaba la vihuela; vio a la madre de Laura expirando de fiebres en los lavaderos de oro;
vio las espaldas desolladas en el trapiche de El Ingenio; vio la lengua negra del esclavo Salvador balanceándose en la horca de la Plaza Mayor.
Y por primera vez en sus cuarenta y un años de existencia, la soberbia de Catalina de los Ríos se quebró desde los cimientos.
Un escalofrío helado le recorrió la columna vertebral, erizándole el vello de los brazos. La palmatoria de bronce comenzó a temblar en su mano diestra con tal violencia que la cera derretida le salpicó los dedos, quemándole la piel sin que ella apartara la vista de la escultura.
—¿Qué me miras? —susurró, y su voz fue un quejido agónico, estrangulado por el pánico—. ¿Qué quieres de mí?
La madera no respondió; solo sostuvo su mirada compasiva y aplastante desde lo alto del madero.
—¡Basta! —chilló Catalina, dando un paso atrás y tropezando con el borde de la alfombra—. ¡No me mires así! ¡Yo no te he pedido que vinieras a mi casa! ¡Soy doña Catalina de los Ríos y Lisperguer! ¡Soy la señora de este valle! ¡Los hombres se arrodillan ante mí!
El silencio del oratorio hizo que sus palabras sonaran vacías, patéticas, como los ladridos de un perro rabioso que aúlla contra una montaña.
La Quintrala retrocedió hacia la puerta, cubriéndose los ojos con el brazo izquierdo para no ver el brillo de los cristales en la penumbra.
Respiraba con dificultad, con el pecho hinchado y las sienes palpitándole como si fueran a estallar.
El terror que sentía no era el miedo mundano a las tercerolas de los soldados ni al filo de las espadas; era el pavor metafísico de quien comprende que hay una justicia que no se compra con talegas de plata y que su vida entera era un desecho podrido ante los ojos de la eternidad.
—¡Juan Rodulfo! —gritó con una voz descompuesta por la histeria, abriendo la puerta del corredor de par en par—. ¡Juan Rodulfo! ¡Pedro! ¡Venid aquí al instante!
El mayordomo zambo y dos peones acudieron a la carrera por el patio, armados con cuchillos, creyendo que los ladrones o los indios habían saltado la tapia.
Encontraron a su ama arrinconada contra el marco de roble, pálida como un muerto, con el sudor frío abriendo surcos en la harina de arroz de sus mejillas y la vela apagada en el suelo.
—¡Sacad esa madera de aquí! —aulló Catalina, señalando la cruz con un dedo que temblaba convulsivamente—. ¡Llevaos a ese hombre de mi casa!
El capataz parpadeó desconcertado, mirando hacia la penumbra del oratorio donde la imagen del Señor de la Agonía permanecía en paz sobre su estrado.
—¿A la iglesia, doña Catalina? Los frailes dijeron que debía estar aquí hasta la fiesta de Todos los Santos…
—¡Me importa un bledo la fiesta y los frailes! —rugió la mujer, y sus labios violáceos se crisparon en esa frase que pasaría a formar parte de la memoria más oscura del reino—. ¡Sacadlo de mi morada ahora mismo! ¡No quiero en mi casa hombres que me pongan mala cara!
Los sirvientes, aterrorizados por el frenesí de su ama, levantaron la cruz a toda prisa y la sacaron a pulso por el corredor techado hacia el portón de la calle.
Desde la esquina de enfrente, al abrigo de los limoneros de su solar, don Julián Romero contempló la escena.
Acompañado por Caronte, que observaba el traslado con las orejas bajas y una reverencia silenciosa, el adepto vio a los peones cruzar la calle de las Agustinas en la noche, transportando la mole de madera hacia el templo conventual.
La luna menguante iluminó por un instante el rostro tallado del Cristo: la corona de espinas silvestres, las llagas escarlatas y esos ojos de cristal que parecían absorber toda la melancolía del hemisferio sur.
Romero reconoció la energía sutil que emanaba de la figura.
No era una simple imagen de culto colonial; la fe de los oprimidos, el sufrimiento de los indios mitayos y la maestría limpia de fray Pedro de Figueroa habían transformado aquella madera en un receptáculo sagrado,
un catalizador del dolor humano que actuaba como un espejo intolerable para los tiranos.
Catalina había azotado a cientos de siervos sin pestañear; había visto colgar hombres de la horca comiendo dulces de convento; había envenenado a su propia sangre con una sonrisa en los labios.
Y, sin embargo, acababa de temblar como una hoja seca ante la mirada silenciosa de un leño tallado.
—El ídolo de carne se agrieta, Caronte —murmuró don Julián en voz muy baja, posando la mano enguantada sobre la testuz del sabueso inmortal—. Ha expulsado al único hombre que le ha dicho la verdad sin palabras.
El perro negro soltó un bufido hondo, rítmico, oliendo en el aire el aroma a arrayán marchito que salía del palacio vecino mezclado con el hedor acre del pánico humano.
Julián Romero dio media vuelta y caminó hacia su casona.
El tablero estaba casi completo. El Cristo aguardaba en la nave de San Agustín; Fray Ignacio velaba en sus criptas subterráneas; y la tierra bajo Santiago, cargada con el peso de tanta sangre y tanta podredumbre,
comenzaba a acumular en sus profundidades la tensión telúrica que no tardaría en desgarrar el valle entero.
La hora de la purga definitiva estaba a menos de dos inviernos de distancia.