La Quintrala Y El Adepto Capítulo 14 El cerco de acero (1646–1647)
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Capítulo 14 El cerco de acero (1646–1647)

El verano que despidió a 1646 y abrió las puertas a 1647 fue en Santiago una antesala de ceniza.

Hacía meses que las altas cumbres del Aconcagua y del Tupungato no veían caer una sola gota de lluvia; la nieve de los ventisqueros se había evaporado bajo un sol blancuzco y feroz que partió el barro de las calles en grietas profundas donde cabía la pezuña de una mula.

El aire que descendía por el cajón del Mapocho no refrescaba la ciudad: era un hálito seco, asfixiante, cargado de un polvo fino que picaba en los ojos y de un olor sordo a azufre y piedras recalentadas,

como si el vientre mismo de la cordillera estuviera cociéndose a fuego lento en una caldera subterránea.

Los caballos en las cuadras del cabildo relinchaban sin motivo al caer la tarde; los perros cimarrones de la Cañada se congregaban en jaurías silenciosas en las faldas del cerro Santa Lucía, negándose a entrar en la traza urbana,

y bandadas enteras de torcazas y aguiluchos abandonaban las copas de los sauces para volar en círculos desordenados hacia el poniente.

En la casona de la calle de las Agustinas, el trabajo de dos décadas estaba a punto de alcanzar su punto de ebullición.

Sobre la mesa del laboratorio, alineadas con rigor geométrico sobre un lienzo negro de terciopelo, descansaban doce redomas de cristal grueso selladas con plomo y pez de Castilla.

En su interior no había pócimas oscuras ni venenos de botica: brillaba una suspensión de sales purísimas de antimonio, mercurio precipitado y oro solar disuelto en rocío de mayo.

Al menor contacto con el calor o la vibración de una llama abierta, aquel compuesto liberaría el Ignis Solaris: un relámpago de luz ultravioleta y fuego corrosivo capaz de desintegrar la carne necrótica y disolver en segundos las ataduras de la sangre estancada.

Laura, que contaba ya treinta y un años, sellaba la última redoma con unas tenazas de hierro.

La joven mestiza se había transformado en una mujer de una presencia magnética y singular.

Vestía una saya austera de lana parda sin adornos, pero en la firmeza de sus hombros, en el cuello despejado y en la línea limpia de su mandíbula había una dignidad aristocrática que ninguna dama del cabildo alcanzaba a imitar.

Sus manos, diestras y seguras, ya no temblaban ante los reactivos más letales; sus ojos negros almendrados, serenos como aguas profundas, reflejaban una sabiduría que combinaba la matemática europea con la intuición botánica que corría por sus venas de sangre nativa.

Julián Romero la observaba en silencio desde el otro extremo de la mesa.

El adepto vestía su ropilla negra toledana, con la espada desenvainada sobre la madera, repasando el filo con una piedra de afilar impregnada en aceite de almendras amargas.

invariable en sus treinta y pocos años aparentes, contrastaba de un modo casi doloroso con las primeras líneas de expresión que el tiempo y las noches de vigilia comenzaban a dibujar en torno a los ojos de su discípula.

—El fuego está listo, señor —dijo Laura, dejando las tenazas sobre el banco de trabajo con un chasquido metálico—.

Si Fray Ignacio intenta oficiar su misa de sangre en la próxima luna llena, doce gotas de este licor en las lumbreras de la cripta bastarán para que el convento entero se purgue de raíz.

—Has hecho una obra perfecta, Laura —respondió don Julián, con una voz suave y cálida—. Los maestros de Praga habrían entregado sus bibliotecas por ver este crisol.

La muchacha no sonrió. Cruzó las manos sobre su delantal de cuero y clavó la mirada en su maestro. Había en la estancia un silencio denso, íntimo, roto únicamente por la respiración acompasada de Caronte, que dormitaba atravesado en el quicio de la puerta.

—¿Qué va a pasar cuando todo esto termine, don Julián? —preguntó ella de pronto.

La pregunta no tenía el tono de la alumna que inquiere sobre una fórmula; tenía la gravedad punzante de una vida humana que contempla su propio horizonte.

Romero levantó los ojos de la hoja de acero.

—El mal que pudre este valle será destruido, Laura. Fray Ignacio será ceniza y la justicia de los hombres, por torpe que sea, terminará por alcanzar a Catalina. Tú serás libre. Poseerás esta casa, mis libros y los caudales necesarios para viajar a donde tu entendimiento te guíe.

Laura dio dos pasos lentos alrededor de la mesa. Se detuvo a su lado, tan cerca que Romero pudo percibir el aroma limpio a lavanda y ceniza que desprendían sus ropas.

—No os he preguntado por mis libros ni por mi libertad, señor —dijo ella en un susurro grave, cargado de una tensión que llevaba años fermentando en la sombra—.

He vivido veintidós años bajo este techo.

Llegué siendo una alimaña muda que esperaba el golpe de gracia en el barro, y vos me disteis alma, razón y voz.

Durante años os miré como las beatas miran los retablos de los altares: con la devoción ciega del siervo ante su salvador.

Os veía como a un padre… como a un arcángel que había bajado a este muladar para rescatarme.

Romero sostuvo su mirada, adivinando el abismo que se abría en las palabras de la mujer.

—Eres mi discípula, Laura. Mi mayor orgullo en este siglo.

—Soy una mujer, Julián —le espetó ella, llamándolo por su nombre de pila por primera vez en su existencia, con una dulzura firme que le estremeció la médula—.

Y vos no sois una pintura en un retablo de iglesia.

Sois de carne. Tenéis la misma voz, las mismas manos y la misma apostura que cuando me alzasteis en vuestra capa en 1624.

Os he visto sangrar tras la bilocación; os he visto sufrir en silencio la soledad de vuestros siglos.

Durante años me he preguntado si este fuego que me quema el pecho cuando os veo entrar por esa puerta era gratitud de huérfana…

o el amor de una mujer que sabe que su carne envejece mientras la vuestra permanece intacta.

Romero bajó la espada. Sus dedos enguantados se posaron sobre la mesa, buscando un anclaje contra la sacudida emocional.

—Laura… La eternidad es una condena, no un don que deba compartirse a la ligera. El amor entre un mortal y un adepto que no muere solo engendra viudez y ceniza.

Laura soltó una sonrisa triste, sabia, desprovista de rencor o histeria:

—Lo sé, don Julián. Lo he sabido siempre.

He visto las arrugas en mi rostro frente al azogue del tocador; sé que en veinte años seré una anciana mientras vos seguiréis pareciendo un caballero recién llegado de Castilla.

No os pido vuestro lecho. No os pido promesas que vuestra naturaleza no puede cumplir.

Mi entendimiento es demasiado lúcido para pretender encadenar a un río que no se detiene.

Me basta con haber sido la mente que sostuvo vuestro fuego en este confín del mundo.

Pero os digo esto hoy porque presiento la tormenta…

y porque sé cuál es vuestro verdadero talón de Aquiles.

La joven dio un paso más, posando su mano firme sobre el hombro de Romero.

—Ella sigue viva en vuestro pecho, señor.

A pesar de todas las atrocidades que ha cometido, a pesar del cadalso de Salvador y de los peones desollados en El Ingenio…

vos seguís sintiendo ese dolor amargo por Catalina de los Ríos.

No la odiáis; sentís piedad por su ruina.

Y esa piedad, don Julián, es la única fisura por donde la serpiente puede clavaros el colmillo.

Romero cerró los ojos un instante, reconociendo la implacable certeza del diagnóstico.

—Esta noche iré a verla, Laura —dijo el conde en voz muy baja—. Por última vez.

—Lo sé —suspiró Laura, retirando la mano con una resignación serena—. Id. Decidle adiós a vuestro fantasma. Caronte y yo guardaremos las redomas hasta que regreséis.

La noche cayó sobre Santiago con una quietud asfixiante, sin una brisa que aliviara el bochorno de la tierra cuarteada.

Romero no tuvo que forzar cerrojos ni saltar tapias.

En el jardín trasero del solar de los Lisperguer, entre los troncos retorcidos de los naranjos agrios que habían perdido todas sus hojas por la sequía, una figura solitaria permanecía de pie junto al brocal del pozo seco.

Era Catalina.

Tenía cuarenta y tres años.

Desde la tarde en que había ordenado expulsar al Cristo de la Agonía de su palacio, la decadencia de la Quintrala se había precipitado como un despeñadero.

Vestía una saya de terciopelo verde musgo manchada de cera y polvo en los ruedos; su cabellera cobriza, desgreñada y sin peinar, caía sobre sus hombros revelando gruesos mechones plateados que ya no se molestaba en teñir.

Su rostro de porcelana estaba deshecho: la piel de sus mejillas colgaba con una flacidez pastosa; sus labios gruesos estaban agrietados por la fiebre del aguardiente y sus ojos verdes, aquellos pozos felinos que una vez aterrorizaron a la capitanía, estaban hundidos en cuencas oscuras,

surcadas por una telaraña de venillas rojas.

En la mano diestra sostenía una copa de plata con vino añejo; en la izquierda, un rosario de cuentas de nácar que desgranaba de manera maquinal, compulsiva, sin pronunciar palabra.

Al sentir las pisadas de Romero sobre las hojas secas, Catalina no alzó la fusta ni gritó pidiendo a sus sayones. Se volvió despacio, apoyando la espalda contra las piedras carcomidas del brocal.

—Sabía que vendrías, Julián —dijo. Su voz era un hilo ronco, quebrado por los accesos de tos—. El aire de esta noche huele a muerto. Huele a la misma peste que respiré cuando mi padre agonizaba en su alcoba.

Romero se detuvo a tres pasos de ella. Su porte se alzaba en la penumbra con una rectitud impecable, envuelto en su capa negra toledana.

Por primera vez en veinticinco años de hostilidades, en los ojos del adepto no había el brillo del desafío ni el desprecio del filósofo: había una lástima infinita, profunda, una pesadumbre que le oprimía el corazón como una garra de plomo.

Allí estaba la mujer que había podido ser una emperatriz en este nuevo mundo; la heredera del fuego y de la tierra reducida a un despojo tembloroso que contaba cuentas de avemarías en la oscuridad de un huerto seco.

—Estás destruida, Catalina —dijo don Julián con una suavidad dolorosa.

Catalina soltó una risa breve, hueca, que se apagó en un gemido amargo.

—El Cristo… —susurró ella, clavando sus ojos desorbitados en los de Romero—.