Capítulo 14 El cerco de acero (1646–1647) #2
No me deja dormir, Julián. Cierro las ventanas, atranco las puertas, me emborracho con el vino de Quillota…
y sigo viendo esos ojos de vidrio mirándome desde el altar de San Agustín.
Me juzga. Todos los que he mandado al hoyo están detrás de él, señalándome con dedos podridos.
Fray Ignacio me pide más almas para protegerme, pero el fraile es un gusano…
Se alimenta de mis peones y cada día exige más.
Estoy sola, Romero. Más sola que los muertos en el camposanto de la Cañada.
Romero dio un paso hacia adelante. No hubo alarma en el cuerpo de la Quintrala; al contrario, la mujer pareció exhalar un suspiro de alivio ante la cercanía del hombre al que había intentado doblegar, seducir y destruir durante media vida.
El conde levantó su mano enguantada. Con una lentitud casi litúrgica, se despojó del guante de cuero negro y rozó con las yemas desnudas de sus dedos la mejilla ajada de Catalina.
La piel de la hacendada estaba ardiente, abrasada por la fiebre y la bilis interior. Catalina cerró los ojos ante el contacto; una lágrima gruesa, negra por los restos del hollín y el maquillaje viejo, resbaló por su pómulo marchito, humedeciendo los dedos del alquimista.
—Pudiste haber sido el sol de este reino, Catalina —murmuró Julián, mirándola con una tristeza que traspasaba los siglos—.
Tenías la fuerza del fuego primigenio, el linaje de esta tierra y una voluntad que habría doblegado cordilleras.
Pero elegiste el fango. Elegiste el látigo, la soga y la copa envenenada.
Catalina abrió los ojos despacio. Sus pupilas verdes buscaron el rostro inmaculado de Romero. En ese instante supremo, despojada de su máscara feudal, la mujer no vio a un enemigo: vio al único ser sobre la tierra que había comprendido la magnitud colosal de su orgullo y de su condena.
Con un movimiento tembloroso, alzando su metro y setenta centímetros con un último vestigio de dignidad herida, Catalina se inclinó hacia él.
No fue el asalto rapaz y salvaje de 1624 bajo los azahares en flor. No hubo dientes apretados ni hambre caníbal de someter la voluntad ajena.
Fue un beso suave, leve, casi espectral.
Los labios secos y calientes de Catalina rozaron los labios fríos y marmóreos de Julián con una lentitud preñada de ceniza y despedida.
Sabía a vino rancio, a lágrimas viejas y al polvo estéril de una vida que se consumía sin haber conocido la paz.
Por una fracción de segundo, en medio de la sequía de aquel huerto agonizante, las dos almas se rozaron en el umbral del abismo: la inmortalidad que contempla el curso de las eras y la mortalidad que se ahoga en su propia sangre.
Romero no la apartó con desprecio. Aceptó el contacto con la solemnidad con que un sacerdote recibe la confesión de un moribundo en el patíbulo.
Cuando sus labios se separaron, Julián permaneció a escasos centímetros de su rostro. Sus ojos oscuros se clavaron en las pupilas dilatadas de Catalina con la firmeza de un verdugo que lee la sentencia final.
—Detén esta locura, Catalina —le advirtió el conde, y su voz tuvo una vibración telúrica, profética, que resonó en el aire caliente de la noche—.
Rompe de inmediato tu pacto con Fray Ignacio.
Abre las cárceles de La Ligua; liberta a los peones que mantienes encadenados en los trapiches; entrega tus armas y arrepiéntete de rodillas ante esa madera que expulsaste de tu casa.
Catalina retrocedió medio paso, respirando con dificultad.
—Si no lo haces —continuó Romero, midiendo cada palabra con la fuerza de un epitafio grabado en granito—, la tierra misma se abrirá bajo tus pies.
Terminarás tus días postrada en una cama pestilente, devorada por los dolores de tus propias carnes, viuda, arruinada y repudiada por los hombres.
Y peor aún, Catalina: tu nombre quedará maldito para siempre en la historia eterna de Chile.
Nadie te recordará como una gran señora ni como la dueña de estos valles; la posteridad solo pronunciará tu nombre como el mito de la bestia, la mujer sanguinaria que desangró a su propia tierra para alimentar a las sombras.
Serás el monstruo con que las madres asustarán a sus hijos durante siglos.
Catalina se quedó paralizada.
El temblor de sus manos cesó de golpe. Las palabras de Romero penetraron en su mente como una saeta de fuego, mostrándole el espejo definitivo de su posteridad. Vio los siglos por venir; vio la memoria de aquel reino naciente convirtiendo su estirpe en sinónimo de horror y podredumbre.
Durante tres latidos interminables, una fisura de terror puro amenazó con quebrar su cerviz. Pareció que iba a caer de rodillas, que iba a suplicar amparo al adepto.
Mas la sangre de los Lisperguer era una raíz envenenada que no sabía doblarse.
La soberbia ancestral, alimentada por generaciones de violencia y desprecio hacia la vida de los débiles, volvió a coagularse en sus venas con una sacudida rabiosa.
Catalina apretó los dientes hasta que las encías sangraron; sus ojos verdes se encendieron de nuevo con una chispa de odio desquiciado y salvaje.
Arrojó la copa de plata contra las piedras del pozo, haciéndola sonar con un chasquido metálico:
—¡Que me maldigan, entonces! —gritó con una voz que desgarró el silencio del huerto marchito—.
¡Que me maldigan los indios, los frailes y los escribanos de los siglos que vengan!
¡Prefiero que mi nombre sea un trueno de sangre que haga temblar este reino por la eternidad, antes que ser olvidada como una beata cobarde que muere rezando en un rincón!
¡Yo soy la Quintrala, don Julián Romero!
¡Y si este valle ha de hundirse en el infierno, yo me hundiré sobre las espaldas de todos ellos!
Dio media vuelta con un aleteo feroz de sus faldas raídas y se internó en la penumbra del palacio, cerrando el postigo de roble tras de sí con un golpe sordo que sonó como el cierre de un ataúd.
Romero permaneció solo bajo los árboles muertos.
Se limpió la comisura de los labios con el dorso de la mano desnuda, sintiendo el calor residual de aquel beso agónico desvanecerse en el aire gélido de la noche.
—Que así sea, Catalina —murmuró don Julián con una tristeza glacial—. Has firmado tu epitafio.
El conde se colocó el guante negro y regresó a su solar.
Al cruzar el zaguán, Caronte se levantó del suelo con los pelos del lomo erizados en una cresta tiesa. El mastín alzó el hocico hacia el suelo de baldosas y emitió un aullido sordo, prolongado, subterráneo: un quejido que no iba dirigido a los hombres ni a los ladrones de la calle.
Romero miró hacia sus pies.
Bajo las suelas de sus botas, una vibración casi imperceptible —una trepidación profunda, un murmullo de rocas milenarias moliéndose en las entrañas de la falla— hizo oscilar levemente la llama del candil de la entrada.
En el laboratorio, Laura aguardaba de pie junto a las doce redomas de Ignis Solaris, con la mirada fija en el mapa del reino clavado en la pared.
—El suelo está hablando, don Julián —dijo la joven con voz tranquila—. Fray Ignacio ha comenzado a reunir a sus sombras en las catacumbas de San Agustín para la medianoche de mañana.
Romero tomó su espada ropera y comprobó el mecanismo de su tahalí. Sus ojos oscuros brillaban con la determinación fría de la guerra final.
—Que se reúnan, Laura —dijo el adepto—. El acero se ha cerrado sobre el valle. Mañana descenderemos a las criptas para acabar con la peste… antes de que la tierra misma reclame su tributo de sangre y polvo.