Capítulo 15 La noche del 13 de mayo (1647)
El lunes 13 de mayo de 1647 no amaneció como los otros días en el reino de Chile.
Desde las primeras luces del alba, una quietud espesa, insólita y casi funeraria se aposentó sobre la cuenca del Mapocho.
No soplaba una sola ráfaga del viento cordillerano que habitualmente barría el polvo de las alamedas; el aire estaba inmóvil, cargado de una pesadez sulfurosa que dificultaba la respiración de los hombres y de las bestias.
Hacia el oriente, la mole colosal de los Andes no mostraba su blanco habitual de ventisquero: las nieves parecían teñidas de un resplandor cobrizo y cárdeno, como si un horno subterráneo estuviera calentando las raíces de granito de las montañas.
Al mediodía, las aves de corral se negaron a salir de los cobertizos, acurrucándose en los rincones con las cabezas bajo el ala.
En los potreros de la Cañada, las yeguas y los bueyes se tendieron en el suelo gimiendo con un temblor continuo en los ijares, mientras que los pájaros silvestres —tordos, queltehues y bandurrias— enmudecieron por completo en las copas de los sauces secos.
La ciudad entera parecía suspendida en una campana de cristal al vacío, esperando una sentencia que no terminaba de caer.
Para las nueve de la noche, las calles de Santiago estaban desiertas. Los vecinos se habían recogido temprano tras los cerrojos de sus portales de adobe, buscando el calor de los braseros y rezando el rosario con una inquietud sorda que nadie sabía explicar.
En la casona de la calle de las Agustinas, el silencio era absoluto.
Sobre la mesa del laboratorio, don Julián Romero ajustaba los correajes de un arnés de cuero de potro que Laura había confeccionado a medida.
En el pecho, encajadas en alvéolos forrados en fieltro para amortiguar cualquier golpe, descansaban seis de las redomas de Ignis Solaris.
El líquido áureo fosforecía en la penumbra con una luz tenue, blanca y constante, como estrellas enanas atrapadas en el cristal grueso.
A su lado, la espada ropera toledana brillaba limpia de aceites, con la hoja frotada con alcanfor y salitre.
Romero vestía su jubón negro más ceñido, calzas de paño reforzadas en las rodillas y botas flexibles de cordobán sin espuelas, diseñadas para moverse en la humedad de los subterráneos sin delatar un solo paso.
Caronte permanecía de pie junto a la puerta del laboratorio. El mastín negro no dormía: tenía las orejas erguidas con la rigidez del bronce fundido, la cola baja y el hocico pegado al suelo de baldosas, venteando las vibraciones profundas que subían desde las entrañas de la tierra.
Laura se acercó a su maestro.
A sus treinta y un años, la mujer que había comenzado como una niña muda en el lodazal de los establos mostraba una serenidad sobrehumana.
Vestía su saya de trabajo y sostenía en las manos un pequeño pliego de papel de hilo, doblado con cuidado y cerrado con una gota de cera verde virgen, sin sello alguno.
—Todo está dispuesto, don Julián —dijo ella con voz tranquila, señalando las redomas restantes que quedaban bajo la campana de cristal del athanor—. Si necesitáis una segunda descarga de fuego solar, Caronte sabrá dónde buscarla.
Romero tomó las manos de su discípula entre sus palmas enguantadas.
—Quédate en el solar, Laura. Si las bóvedas de San Agustín caen, la onda expansiva del fuego purificador llegará hasta esta calle. Asegura las trancas del patio y mantén encendido el carbón de espino. Regresaré antes de los maitines.
Laura no retiró sus manos. Clavó sus grandes ojos almendrados en los de él, sosteniendo la mirada del inmortal con una intensidad que parecía querer grabar cada rasgo de su rostro de marfil en el fondo de su memoria.
Extendió la diestra y le puso el pliego de papel sobre la palma enguantada.
—Tomad esto, señor —dijo ella en un susurro grave, cargado de una solemnidad que no admitía réplica—.
Es una carta mía. Os pido, como única merced por todos los años en que he encendido vuestros fuegos, que la leáis a solas antes de pisar el primer peldaño que desciende a las catacumbas.
Prometedme que no desenvainaréis el acero sin haber roto este lacre.
Romero sintió el peso ligero del papel entre sus dedos. Adivinó el calor de la piel de Laura en el pliego recién doblado.
—Te lo prometo, Laura.
La muchacha asintió despacio, dio un paso atrás y se inclinó en una reverencia que no era la sumisión de una sirvienta, sino el saludo solemne de una filósofa a su compañero de armas.
—Que la luz que no muere guarde vuestro brazo, don Julián.
Romero se echó la capa toledana sobre los hombros, cubriendo el brillo de las redomas solares, y abrió el postigo del laboratorio. Con un leve silbido mudo, Caronte cruzó el umbral tras él, y ambos se fundieron con la negrura caliente y polvorienta de la calle de las Agustinas.
Eran las diez y cuarto de la noche cuando Julián Romero alcanzó el callejón ciego que corría tras el ábside del convento de San Agustín.
La ciudad dormía bajo un sudario de plomo.
Ni un candil brillaba en los ventanucos del claustro; las monjas y los frailes parecían tragados por la misma modorra asfixiante que paralizaba a la naturaleza.
Solo el olor a incienso viejo mezclado con la humedad agria de las letrinas y ese vaho inconfundible a tumba profanada escapaba por los respiraderos del suelo.
Romero se detuvo bajo la sombra de un sauce corpulento que crecía junto a la lumbrera de hierro de las criptas.
Caronte se echó en el fango seco a sus pies, apoyando la quijada sobre las patas delanteras, clavando sus ojos de ámbar en la reja.
El mastín sabía que aquel era su puesto de vigilia: si algún esbirro de Fray Ignacio o los capataces de Catalina intentaban cerrar la retirada a su amo, el sabueso no dejaría títere con cabeza.
Don Julián se desabrochó los primeros dos corchetes de la capa. Sacó del pecho el pliego de papel doblado.
Apoyó la espalda contra el muro de calicanto del convento y rompió el lacre verde con la uña. A la luz blanca y diminuta que escapaba de una de las redomas solares de su tahalí, la caligrafía firme, inclinada y limpia de Laura se desplegó ante sus ojos:
«Don Julián, mi señor, mi maestro:
Escribo estas líneas mientras escucho vuestros pasos en la cámara contigua y el silbido del fuelle avivando el plomo.
Sé que cuando rompáis este sello estaréis ya al borde de la fosa, con el acero en la diestra y la sombra mirándoos desde el fondo de la tierra.
No temo por vos; sé que la muerte común no tiene garras para alcanzar vuestra carne.
Temo, señor, por lo que dejéis de vos mismo en esa oscuridad.
Durante veintitrés años he vivido bajo la sombra de vuestra eternidad.
Llegué a vuestros brazos siendo una niña rota, una sombra muda que solo conocía el terror del látigo y el olor de la sangre de mi padre en el suelo de un establo.
Vos me disteis mucho más que el pan y el techo que dan los caballeros piadosos: me disteis el don sagrado del entendimiento.
Me enseñasteis a leer la lengua de los sabios, pusisteis en mis manos la geometría del cielo y me hicisteis comprender que la materia no es una cárcel, sino un crisol donde el espíritu puede purificarse hasta alcanzar la luz.
Me hicisteis vuestra igual en la ciencia, Julián. Y al hacerlo, me condenasteis a la más hermosa y solitaria de las tragedias.
Os he amado. Os he amado con un fuego tan hondo, tan limpio y absoluto que ninguna mujer de este reino podría jamás concebir.
No es el deseo caníbal de Catalina de los Ríos, que solo busca devorar vuestra juventud para sostener su tiranía de barro; ni es la devoción cobarde de las beatas que se arrastran en los comulgatorios.
Os he amado como la alumna ama al maestro que le ha abierto las puertas del infinito, pero también como la mujer que ve en vos al único hombre digno de ser llamado señor.
Muchas noches, mientras vos dormíais ese letargo inmóvil de los sabios y yo vigilaba la destilación del mercurio, he contemplado vuestro rostro a la luz del candil.
He sentido la tentación desgarradora de posar mis labios en vuestra frente; he sentido el dolor punzante de saber que mis manos, que hoy manejan el compás con firmeza, terminarán marchitas y cubiertas de manchas por la vejez,
mientras vuestra piel seguirá siendo de marfil puro cuando mi nombre no sea más que una fecha en un registro parroquial.
No guardo rencor al tiempo, don Julián. Ni a vuestro silencio, ni a esa piedad amarga que siempre habéis guardado por Catalina.
Sé que vuestro corazón no está hecho de piedra, sino de una materia tan antigua que los mortales no alcanzamos a medir.
No os pido que me correspondáis; sé cuál es mi lugar en vuestra larga jornada.
Solo os pido que recordéis esto cuando estéis frente a la abominación de Fray Ignacio:
Yo soy vuestra verdadera obra en este valle.
No el oro potable, no los polvos solares que lleváis al cinto; mi alma libre, mi mente lúcida y mi voz sin cadenas son la prueba de que vuestro paso por el mundo de los hombres engendra vida y no ruina.
No sois un monstruo solitario, Julián. Habéis sido el padre, el maestro y el amor más alto que una mujer nacida en el fango pudo soñar jamás.
Id y descended a esa cloaca. Quemad a la bestia de la sotana. No lo hagáis por este reino cobarde que os teme y os calumnia; hacedlo por la inocencia que rescatasteis en mí y por la luz que prometisteis defender ante los cielos.
Si el destino dispone que la tierra se quiebre esta noche y yo deba partir antes que vos hacia el polvo común de los mortales, sabed que me iré en paz, sabiendo que mi vida entera tuvo sentido porque caminé a vuestro lado.
Vuestra discípula, vuestra sangre y vuestra sierva libre,
Laura.»
Julián Romero permaneció inmóvil.
Durante un minuto eterno, la noche colonial pareció congelarse en torno a su figura. Una sola lágrima, nacida en los estratos más recónditos de su humanidad inmortal, resbaló por su mejilla pálida, brillando como un diamante antes de caer sobre el papel de hilo.
Dobló la carta despacio, con una reverencia sagrada, y la guardó en el bolsillo interior de su jubón, justo encima de su corazón, protegida tras la doble capa de terciopelo toledano.
En el pecho del adepto ya no había sombra de vacilación, ni rastro de la compasión amarga que lo había atado al destino de Catalina. Laura acababa de entregarle la armadura definitiva: el recordatorio luminoso de por qué los hombres caminaban sobre la tierra.
Miró a Caronte.
—Quédate aquí, viejo amigo —ordenó en un susurro inaudible—. Guarda la salida. Si algo sube de esa fosa que no vista mi capa, destrózalo.
El mastín negro apoyó el hocico húmedo contra la rodilla de su amo por una fracción de segundo y asintió con un bufido sordo, apostándose entre las raíces del sauce con los ojos fijos en la reja de hierro.
Eran las diez y veinte de la noche.
Romero deslizó el cerrojo de la lumbrera con la punta de su estilete. La reja cedió sin rechinar; el adepto se deslizó por la abertura como una exhalación de humo negro, cayendo sobre la tierra apisonada de las catacumbas primitivas de San Agustín.
El aire en el subterráneo era asfixiante, pesado como plomo derretido.
La temperatura no era la frescura húmeda habitual de los osarios: las paredes de calicanto transpiraban un calor denso, casi febril, y desde el fondo de los pasillos llegaba el eco de una salmodia sacrílega, un murmullo de latines mutilados mezclados con el gorgoteo de fluidos espesos.
Romero avanzó por la galería central desenvainando la espada toledana con la mano derecha, mientras con la izquierda desprendía el tapón de plomo de la primera redoma de Ignis Solaris.
Al doblar la última arcada gótica, bajo el presbiterio mayor de la iglesia, el espectáculo se abrió ante sus ojos.
La cripta principal estaba iluminada por una docena de hachones de cera negra clavados en calaveras empotradas en los muros. En el centro, sobre la losa sepulcral de granito que servía de altar, yacían amarrados dos novicios inconscientes, con las sotanas desgarradas y las gargantas expuestas.
Fray Ignacio de la Cruz estaba allí.
El prior agustino se había despojado de la máscara clerical.
Su rostro azulado, estirado sobre unos pómulos que parecían cuchillas de hueso, no tenía ya nada de humano: sus mandíbulas se habían alargado, mostrando una hilera de colmillos afilados como agujas de coser velas; sus ojos carmesíes brillaban con una demencia sanguinaria desbordada,
y de sus comisuras caían hilos de una sangre negra y pastosa que se derramaba sobre un cáliz de oro profanado.
Al sentir los pasos de Romero, el vampiro giró la cabeza con una velocidad inhumana, dejando escapar un aullido sordo, vibrante, que hizo caer polvo de cal de las bóvedas:
—¡Has venido, gusano de luz! —rugió Fray Ignacio, y su voz resonó como el choque de dos losas funerarias—.
¡Creías que tus amigos de la Audiencia y las cartas del obispo te salvarían de mis altares!
¡Esta noche beberé el fuego de tus venas y la Quintrala me traerá a tu perra mestiza para que lave mis criptas con sus tripas!
Romero dio dos pasos al frente, alzando la espada toledana a la altura de sus ojos oscuros. Su figura de un metro y setenta y un centímetros se plantó en medio de la nave subterránea con una altivez sobrecogedora.
—Hablas demasiado para ser un cadáver que ha olvidado la luz, Fray Ignacio —dijo el conde con voz glacial—. Esta noche no habrá misas sacrílegas en este valle. He traído el sol a tu fosa.
El vampiro tensó sus garras córneas, arqueó el lomo como una fiera dispuesta a saltar y abrió las fauces para emitir su chillido paralizante.
En ese instante preciso, en lo alto del campanario del cabildo, las campanas comenzaron a dar las campanadas de las diez y media de la noche.
Una…
Dos…
Tres…
A la cuarta campanada, el tiempo se detuvo.
Un rugido colosal, ensordecedor, una detonación que no procedía del cielo sino de las entrañas más profundas de la tierra, desgarró el silencio del reino.
El suelo bajo las botas de Romero no vibró: dio un salto vertical de tres palmos hacia arriba, como si una bestia ciclópea hubiera golpeado la corteza del planeta desde el abismo.
Eran exactamente las 22:30 del 13 de mayo de 1647.
La tierra de Chile acababa de quebrarse, y el combate a muerte entre el adepto y el monstruo quedaba sepultado bajo el derrumbe del siglo.