La Quintrala Y El Adepto Capítulo 16 El rugido subterráneo (1647)
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Capítulo 16 El rugido subterráneo (1647)

A las diez y media de la noche del 13 de mayo de 1647, el lecho rocoso del valle central de Chile no tembló: reventó.

No fue la sacudida ondulante y mansa a la que los criollos estaban acostumbrados en los otoños húmedos.

Fue un golpe vertical, seco, ciclópeo, como si las placas de basalto de la cordillera hubieran sido martilladas desde el fondo de los infiernos por un puño de hierro líquido.

El suelo se combó hacia el cielo tres palmos y cayó de golpe; una fracción de segundo después, una onda de compresión monstruosa atravesó la cuenca del Mapocho, levantando las casas de adobe, los templos de calicanto y las alamedas de sauces en un oleaje de escombros y polvo sofocante.

En el mismo instante en que la cuarta campanada del cabildo quedaba decapitada en el aire, la ciudad entera se desmoronó.

Cinco mil toneladas de tejas musleras, vigas de espino centenario y muros de tapial de dos varas de espesor se vinieron abajo simultáneamente con un estruendo ensordecedor que ahogó en un solo latido el grito de cuatro mil almas.

Una nube colosal de cal viva, polvo de adobe y azufre se alzó desde el suelo como una muralla opaca que borró de golpe la luna y las estrellas, sumiendo a Santiago en una negrura absoluta, viscosa, donde no se distinguía el cielo del fango.

En las entrañas de las catacumbas de San Agustín, el cataclismo golpeó con la violencia de una mina de pólvora subterránea.

La losa sepulcral de granito donde Fray Ignacio oficiaba su misa de sangre saltó por los aires, partiéndose en tres bloques que rodaron por la nave aplastando los esqueletos de los nichos.

Las bóvedas góticas de calicanto se abrieron en grietas zigzagueantes de las que manaban cataratas de cascotes, polvo de osario y argamasa podrida.

Fray Ignacio soltó un alarido gutural, inhumano, cuando un sillar de cien arrobas se desplomó sobre el altar, destrozando la jofaina de plata y sepultando los cuerpos de los dos novicios bajo una montaña de piedras.

Mas el monstruo no buscó la salida.

La energía telúrica desatada por el sismo parecía haber enloquecido a la criatura: sus ojos carmesíes ardían con un frenesí homicida absoluto.

Reptando por los escombros con una agilidad de araña monstruosa, apoyando sus garras córneas en las piedras que caían a su alrededor, Fray Ignacio se abalanzó directamente contra Julián Romero.

—¡Nos moriremos juntos en el hoyo, gusano de luz! —rugió el vampiro, con la boca babeando hilos de hiel negra y los colmillos buscando la yugular del conde.

Romero no perdió el equilibrio. Su cuerpo de iniciado, afinado por dos siglos de templanza hermética, absorbió el movimiento del suelo flexionando las rodillas con la serenidad de un marinero sobre la cubierta de un galeón azotado por un tifón.

El prior agustino flexionó sus piernas esqueléticas y se disparó hacia adelante como una saeta de sombra.

No corrió sobre el suelo: rebotó en el muro lateral de calicanto, apoyando sus garras córneas en las piedras que se agrietaban, cayendo en picado sobre Romero con las fauces abiertas en un ángulo monstruoso.

Romero no pestañeó. Su cuerpo de iniciado reaccionó con la precisión matemática de los maestros de armas de Toledo.

Con un paso curvo de la Destreza Verdadera, el conde deslizó el pie izquierdo hacia atrás en el ángulo exacto en que el suelo comenzaba a desnivelarse, esquivando el zarpazo que buscaba arrancarle la carótida.

El aire silbó cuando las uñas negras del monstruo rozaron el lino blanco de su lechuguilla; en el mismo movimiento de rotación, la mano derecha de don Julián guio la espada ropera en una estocada de tercia directa al pecho del vampiro.

El acero toledano atravesó la casulla de brocado y la carne helada de Fray Ignacio con un chasquido sordo.

La punta de la espada salió por la espalda del monstruo, bañada en una sangre negra y viscosa como pez de calafatear.

Cualquier hombre —incluso un veterano acorazado de Flandes— habría caído fulminado al instante.

Fray Ignacio solo soltó una risotada cavernosa, líquida y pestilente.

Aferró la hoja de acero desnuda con su mano izquierda; los bordes afilados le cortaron los tendones de la palma, pero el vampiro no sentía dolor común.

Con una fuerza inhumana que amenazó con quebrar la muñeca de Romero, tiró del arma hacia adentro, ensartándose aún más para acortar la distancia, mientras con la diestra lanzaba un golpe de revés con los nudillos reforzados en hueso directo a las sienes del adepto.

Romero soltó la empuñadura de la ropera en una fracción de segundo, negándose a quedar atrapado en el cuerpo a cuerpo.

Agachó la cabeza, sintiendo el viento del zarpazo volar sobre su cabello negro, y hundió su codo izquierdo con toda la potencia de su masa muscular en la boca del estómago del vampiro.

El impacto, reforzado por la energía hermética concentrada en sus articulaciones, sonó como el golpe de un mazo sobre un tronco hueco.

Fray Ignacio trastabilló hacia atrás dos pasos, escupiendo una bocanada de coágulos podridos, con la espada de Romero todavía clavada en mitad del esternón.

En ese instante, la segunda onda del terremoto sacudió la cuenca con un látigo atroz.

Desde lo alto, un bloque de mampostería de doscientas arrobas cayó a plomo justo entre ambos combatientes, partiéndose contra el suelo y levantando una granizada de esquirlas de piedra que cortaron el terciopelo de la ropilla de Romero y abrieron un surco sangrante en su pómulo izquierdo.

A través de la polvareda, Fray Ignacio se arrancó la espada toledana del pecho con un crujido espantoso de cartílagos desgarrados.

Con un alarido de rabia ciega, arrojó el arma noble hacia la oscuridad del osario, donde la hoja se perdió bajo toneladas de escombros.

—¡Estás desarmado, sabio de papel! —aulló el monstruo, alzando las garras hacia la cúpula que crujía—.

¡Tus libros no van a parar mis colmillos!

El vampiro abrió la garganta y emitió su arma más devastadora: el chillido paralizante.

Fue una onda sónica inaudible para el oído humano común, una vibración de frecuencia demoníaca que reventó los pocos frascos de botica que quedaban en las hornacinas y congeló el pulso en las arterias de Romero.

El adepto sintió una garra invisible atenazarle el corazón; un zumbido agudo le taladró los tímpanos, y sus rodillas flaquearon bajo el peso de un dolor neurológico que amenazaba con arrojarlo en un síncope cataléptico en medio del cascajo.

Fray Ignacio se abalanzó sobre él para rematarlo.

Mas Romero era un adepto que había visto arder los hornos de Bohemia.

Mordiéndose la lengua hasta sangrar para quebrar la parálisis con el estímulo del dolor físico, Julián Romero llevó la mano diestra a su bandolera de potro.

No extrajo una redoma grande: sacó un diminuto saquillo de cuero de víbora relleno de polvo de azufre solar y limaduras de plata virgen preparado por Laura.

Cuando el rostro cadavérico de Fray Ignacio estaba a menos de una cuarta del suyo, cuando ya sentía el aliento fétido a tumba profanada y la punta de los colmillos rozando la piel de su cuello,

Romero arrojó el puñado de polvo directo a las cuencas oculares del monstruo y chasqueó los dedos de la mano izquierda, frotando dos piedras de pedernal ocultas en la palma de su guante.

La chispa prendió el reactivo. Un fogonazo blanco, deslumbrante, estalló a quemarropa en el rostro del vampiro.

Fray Ignacio soltó un alarido agónico que desgarró el aire viciado de la cripta.

La plata calcinada y el azufre penetraron en sus ojos carmesíes como agujas al rojo vivo, quemándole los nervios ópticos y disolviendo los tejidos de sus párpados en una pasta grisácea y humeante.

Ciego, enloquecido por el dolor corrosivo de las sales solares, el monstruo comenzó a lanzar zarpazos salvajes al vacío, destrozando nichos de calaveras y derribando pilastras agrietadas con una furia de fiera acorralada.

Romero no retrocedió. Desenvainó de su bota izquierda la daga vizcaína de mano izquierda, una hoja ancha de triple filo templada en aceite de ruda y mercurio sublimado.

Aun así, la criatura se negó a rendirse.

Con el brazo derecho libre, Fray Ignacio atrapó a Romero por la garganta, alzando al conde en vilo con la fuerza residual de sus siglos.

Los dedos huesudos del monstruo se clavaron como garfios en la tráquea del adepto, aplastándole el aire, mientras la boca destrozada y ciega del vampiro buscaba a tientas su rostro para desgarrarlo con los dientes.

Con un movimiento de esfuerzo de la mano izquierda, el adepto desprendió la primera redoma de Ignis Solaris de su tahalí. No esperó a descorcharla: la estrelló con toda su fuerza directamente contra el pecho del prior agustino en el momento exacto en que la bestia se arrojaba sobre él.

El cristal grueso de Bohemia estalló en mil pedazos.

El efecto del compuesto purificador fue instantáneo y atroz.

Al contacto con el aire cargado de azufre y la materia pútrida del vampiro, las sales de antimonio y el oro solar liberaron su energía en una deflagración de luz blanca, enceguecedora, que iluminó las criptas como si un relámpago hubiera quedado atrapado bajo la tierra.

Un siseo ensordecedor, como el de una plancha de hierro al rojo vivo arrojada a un barril de salmuera, llenó la bóveda.

La casulla de brocado y el hábito negro de Fray Ignacio comenzaron a disolverse en una humareda fétida de color violeta; la carne necrótica de su pecho y su cuello se cuarteó en estrías fosforescentes, quemándose desde dentro hacia afuera por un fuego que no producía brasas,

sino que calcinaba a nivel mineral los vasos sanguíneos que sostenían su inmortalidad parásita.

Fray Ignacio cayó de espaldas sobre el cascajo, aullando de un dolor que jamás había experimentado en siglos de existencia, retorciéndose mientras sus garras arañaban desesperadamente las piedras ensangrentadas.

Romero alzó la espada toledana para descargar la estocada de gracia sobre el corazón del monstruo.

Pero en ese segundo supremo, la tierra volvió a dar un bramido descomunal.

La réplica del terremoto quebró los cimientos centrales del templo superior.