Capítulo 16 El rugido subterráneo (1647) #2
Desde lo alto, el envigado mayor de la nave de San Agustín —árboles enteros de roble que sostenían la techumbre del presbiterio— cedió con un crujido de astillas gigantescas.
Una avalancha de mampostería, altares dorados y vigas cayó a plomo sobre la cripta, abriendo una brecha ciclópea en el techo subterráneo y separando a los combatientes tras una muralla impenetrable de escombros en llamas y polvo asfixiante.
En la superficie, a menos de una cuadra de distancia, el palacio señorial de doña Catalina de los Ríos y Lisperguer se deshacía como un castillo de arena seca azotado por la marea.
Catalina se hallaba en su alcoba del segundo patio, sentada en una butaca de vaqueta repujada, apurando su tercera jícara de aguardiente de Quillota con los ojos extraviados en la oscuridad del jardín muerto.
Cuando el primer golpe del sismo levantó el piso de tablas, la Quintrala fue arrojada violentamente contra la pared de adobe.
La fuerza del impacto fue tan brutal que le arrancó el aire de los pulmones; las vigas del techo comenzaron a restallar como arcabuzazos sobre su cabeza, soltando una lluvia de barro seco, cañas rotas y nidos de ratas.
—¡Señora! ¡Doña Catalina! ¡El juicio final! —aullaban las criadas indias desde el corredor, mientras los muros de tres metros de espesor se inclinaban hacia adentro como gigantes borrachos.
Catalina se puso en pie a duras penas, impulsada por un instinto animal de supervivencia que la rabia y el alcohol no habían logrado extinguir.
Sus botinas resbalaron en el suelo que se ondulaba como el lomo de una serpiente gigante; con el pelo rojo desgreñado y la saya de terciopelo desgarrada en las rodillas, se arrojó hacia el portal del patio justo cuando la techumbre entera de su recámara se venía abajo con un estrépito de tumba.
El espectáculo que encontró en el patio exterior era un cuadro del Dante.
Los corrales de las caballerizas habían colapsado sobre los caballos, cuyos relinchos de agonía se mezclaban con los gritos desgarradores de los esclavos sepultados bajo las tapias de adobe del fondo.
En el centro del patio, el brocal de piedra del pozo se había partido en dos mitades por una hendidura del suelo de la que manaba un agua negra, cenagosa y caliente como lejía de lavandería.
Juan Rodulfo, con la cabeza ensangrentada y el hombro izquierdo destrozado por una viga que le había caído encima, se arrastraba por las baldosas quebradas implorando a gritos la absolución de los santos.
—¡Cállate, perro cobarde! —rugió Catalina, tambaleándose entre las grietas, aferrándose al tronco seco de un naranjo que se sacudía con espasmos continuos—. ¡En pie! ¡Buscad a las mulas!
Pero el sayón no se movió: miraba con ojos desorbitados hacia el norte, donde la silueta colosal del convento de San Agustín acababa de desaparecer.
La torre del campanario se había partido en tres secciones, precipitándose sobre la calle de las Agustinas en una catarata de calicanto que sepultó casas enteras bajo una montaña de seis metros de cascotes.
De la iglesia mayor solo quedaba un esqueleto de muros fracturados envueltos en un humo espeso, rojizo, iluminado por los incendios que comenzaban a brotar de los braseros volcados en el interior.
Por primera vez en su vida, Catalina de los Ríos contempló la destrucción absoluta de su poder terrenal.
Sus lavaderos de oro, sus bodegas atiborradas de trigo, sus escrituras selladas por la Audiencia y las cédulas del Rey Nuestro Señor no valían un puñado de ceniza frente a la cólera de la tierra.
Su palacio era un muladar en ruinas; sus siervos yacían muertos bajo las tapias o huían despavoridos hacia la Cañada, y a lo lejos, el aullido colectivo de miles de sobrevivientes que rezaban el Acto de Contrición en medio de la niebla helada sonaba como el coro de los condenados al lago de fuego.
Y entonces, a través de la polvareda que cubría la calle en ruinas, Catalina miró hacia la casona de don Julián Romero.
El solar del adepto no había escapado al cataclismo: los muros exteriores de la tapia medianera se habían desmoronado sobre la calzada, y la techumbre del ala delantera colgaba partida en dos sobre el zaguán.
Sin embargo, en medio de aquel infierno de polvo y lamentos, una figura permanecía en pie en la esquina de la calle rota.
Era Caronte.
El mastín negro se alzaba sobre un montículo de escombros de adobe, recortándose contra el resplandor de los incendios como una bestia forjada en hierro meteórico.
A pesar de los temblores continuos que sacudían el suelo cada tres minutos, el perro no retrocedía ni un palmo: tenía las patas delanteras firmemente asentadas sobre los cascotes, los ojos de ámbar fijos en la brecha humeante de las criptas de San Agustín y los colmillos al aire en un gruñido sordo,
soplándole a la noche su desafío inmortal.
A unos metros tras él, emergiendo ilesa de la ruina parcial del laboratorio, Laura sostenía una linterna de latón y una caja de cuero con las redomas solares intactas.
La muchacha no lloraba; tenía el rostro tiznado de ceniza, pero sus ojos oscuros brillaban con una determinación fría mientras examinaba la calle deshecha, buscando el rastro de su maestro.
Catalina sintió que el odio le quemaba las entrañas más que el propio terremoto.
—¡Están vivos! —siseó la Quintrala, aferrándose al naranjo con las uñas ensangrentadas—. ¡Malditos sean sus huesos! ¡Esa perra mestiza sigue en pie y mi casa está en el barro!
Una réplica violenta sacudió de nuevo el suelo, haciendo caer los últimos restos de la cornisa de su palacio a escasos centímetros de sus pies.
Catalina cayó de rodillas sobre el estiércol y los cascotes, tragando el polvo amargo de la cal, mientras comprendía con pavor que bajo las ruinas humeantes de San Agustín,
su protector vampiro y el adepto que despreció sus caricias estaban librando el último acto de una guerra que ella ya no podía controlar.
En el fondo del abismo subterráneo, Julián Romero apartó una viga calcinada con la hoja de su espada toledana.
El aire en la cripta abierta era una mezcla de polvo fino, cal viva y el humo corrosivo del Ignis Solaris.
A través de la colosal abertura que el derrumbe de la iglesia mayor había dejado en la bóveda, entraba un chorro de aire frío de la noche y el rumor distante de los alaridos de Santiago destruido.
A diez varas de él, entre los restos partidos de la losa de granito, una sombra se arrastraba penosamente.
Fray Ignacio no era más que un despojo monstruoso.
La deflagración solar le había arrancado la mitad de la carne del rostro, dejando al descubierto los huesos carbonizados de la mandíbula y una cuenca ocular vacía de la que manaba una brea negra y espesa.
Sus ropajes litúrgicos se habían consumido por completo; sus brazos estaban quemados hasta el tendón por las sales de antimonio, y el vampiro se arrastraba sobre los codos hacia una fisura profunda que el terremoto había abierto en la roca madre del fondo del osario,
buscando la negrura de las entrañas de la tierra para regenerar su materia maldita.
Romero avanzó con paso firme sobre los cadáveres aplastados de los nichos.
La espada toledana descansaba en su diestra; en la izquierda, el adepto sostenía la segunda redoma de fuego solar descorchada, cuyo resplandor blanco iluminaba las calaveras que alfombraban el suelo roto.
—Tu noche se ha terminado, Fray Ignacio —dijo Romero con una voz que sonó más limpia y contundente que el crujido de los adobes—. La tierra ha hablado. Y no te dejará escapar a su abismo.
El monstruo se detuvo en el borde de la fisura. Giró su único ojo carmesí hacia el conde con una mirada cargada de un odio milenario, impotente y rabioso, mientras sus dientes quebrados chasqueaban en un último intento de morder el aire helado de la noche.
El duelo final bajo el polvo de 1647 había llegado a su desenlace.