Capítulo 17 Cenizas bajo el polvo (1647)
En el fondo del abismo subterráneo de San Agustín, el silencio que siguió a las palabras de Julián Romero fue más denso que la propia masa de la tierra que acababa de derrumbarse.
Fray Ignacio de la Cruz yacía sobre el borde de la fisura abierta en la roca viva, con la mitad de su esqueleto expuesto y el hábito negro reducido a jirones chamuscados.
Su único ojo carmesí, inyectado en una hiel oscura, contempló la redoma de Ignis Solaris que Romero sostenía sobre su cabeza.
Por una fracción de segundo, la soberbia milenaria del parásito europeo se extinguió, sustituida por un pánico absoluto: comprendió que no iba a morir bajo el rito de un exorcismo cristiano ni por la estaca de los campesinos de Valaquia, sino disuelto por la luz mineral de la Gran Obra,
en el confín más remoto del orbe hispánico.
—Maledictus sis… —babeó la criatura, intentando arrastrar su torso calcinado hacia la hendidura para arrojarse al vacío de las fallas.
Romero no pronunció un conjuro; no invocó a los santos de Castilla ni a los ángeles de Roma.
Con un movimiento sereno y medido, el adepto invirtió la redoma de cristal de Bohemia sobre el rostro del monstruo. El licor dorado, saturado de sales solares y antimonio purificado en rocío de mayo, cayó como una lluvia densa y luminosa sobre la carne necrótica.
El estallido no produjo fuego de leña ni humo de brea.
Fue una conflagración de blancura absoluta, una llamarada de luz ultravioleta que devoró la cripta en un segundo.
Al contacto con la esencia áurea, la materia del vampiro no ardió: se sublimó.
Las arterias hinchadas de sangre corrompida chisporrotearon con un silbido de vapor hirviente; los huesos se tornaron translúcidos antes de cuartearse como escarcha al mediodía,
y el alarido final de Fray Ignacio quedó estrangulado en su garganta mientras su cuerpo entero se desintegraba en una nube de ceniza fosforescente, inodora y blanca como la sal de roca.
Cuando el resplandor se extinguió, sobre la losa quebrada no quedaba rastro de la bestia.
Solo reposaba un montículo de polvo inerte sobre el que descansaba, milagrosamente intacto, el crucifijo de plata pectoral que el prior había llevado como máscara durante cuatro décadas.
Romero recogió la joya del suelo, la frotó con el faldón de su capa y la arrojó a la sima abierta en la roca, donde se perdió en la negrura insondable de la tierra que aún murmuraba sus réplicas.
El adepto envainó su espada toledana con un chasquido limpio. Trepó por los sillares desplomados de la antigua nave central, abriéndose paso entre vigas quebradas y frontales de altar aplastados, hasta emerger por el boquete que el sismo había abierto en el muro norte del templo hacia la superficie.
Santiago era un osario a cielo abierto bajo la luna fría de la madrugada.
El polvo de cal apagada y tierra gredosa flotaba a dos varas del suelo como una niebla espectral, impregnando el aire de un hedor a tumba abierta y a humo de maderas quemadas.
A lo lejos, en la Plaza Mayor, la voz desgarrada del obispo Gaspar de Villarroel —quien, con el hábito ensangrentado y el cráneo abierto por un cascote, recorría los escombros a pie descalzo— entonaba el Miserere rodeado por centenares de sobrevivientes que se golpeaban el pecho en la oscuridad.
En la calle de las Agustinas, convertida en un desfiladero de tapias colapsadas, doña Catalina de los Ríos avanzaba como una sonámbula envenenada por la ira.
La Quintrala se había calado una mantilla hecha jirones sobre el cabello rojo, desgreñado y sucio de cascotes; en la mano diestra empuñaba una daga vizcaína de hoja triangular cuya empuñadura de plata apretaba con nudillos blancos.
Había dejado atrás a su mayordomo herido y las ruinas de su palacio; no buscaba rescatar a sus criados sepultados ni implorar la misericordia divina entre las ruinas.
Sus ojos verdes, desorbitados por una fiebre homicida, estaban clavados en el portalón derrumbado de la casona de don Julián Romero.
Allí, en medio de la calzada rota, Laura organizaba los escasos víveres y las medicinas rescatadas del laboratorio.
La joven mestiza vestía su saya oscura manchada de yeso, pero se movía con una serenidad asombrosa: limpiaba las heridas de una anciana india que había escapado de un derrumbe vecino y preparaba lienzos con ungüento de árnica para los heridos que comenzaban a salir de los escombros.
A su lado, Caronte permanecía echado sobre un montón de adobes caídos. Al sentir las pisadas de Catalina sobre las tejas rotas, el mastín se incorporó despacio; el pelo de su lomo se alzó en una línea rígida y sus ojos de ámbar encendido se fijaron en la figura desquiciada de la hacendada.
Laura posó una mano firme sobre la cabeza del perro.
—Quieto, Caronte —ordenó en voz baja—. Esta cuenta no se salda con tus colmillos.
Catalina se detuvo a cinco pasos de ellas.
El polvo flotaba entre ambas como un sudario.
La Quintrala respiraba con jadeos roncos, con el pecho hinchado y la saya manchada de hollín, midiendo con la mirada el porte erguido y limpio de la muchacha que veintitrés años atrás había sido una piltrafa en sus corrales.
—Mírate, perra mestiza… —siseó Catalina, y su voz era el estertor de un animal acorralado—.
Mírate ahí, erguida como una dama castellana mientras mi casa se hunde en el barro.
¿Crees que este temblor te hace igual a mí?
¿Crees que porque sabes cuatro palabras en latín has dejado de ser la cría del gañán traidor que mandé degollar en las caballerizas?
Laura no dio un solo paso atrás. Levantó la vista con una lentitud que contenía el peso de una sentencia judicial:
—No soy igual a vos, doña Catalina —respondió Laura con una voz clara, glacial, que resonó en el silencio de la calle rota—.
Y nunca lo he sido. Vos necesitasteis el látigo de vuestros capataces, el oro de vuestro padre y las sotanas del Santo Oficio para obligar a los hombres a no escupiros a la cara.
Yo solo he necesitado el entendimiento y mis manos para sobrevivir a vuestra podredumbre.
Catalina dio un paso adelante, alzando la daga vizcaína. El acero brilló bajo la luz pálida de la luna con un destello siniestro:
—¡Te debí arrojar al pozo de cal cuando tenías ocho años!
—aulló la mujer, con el rostro deformado por las venas hinchadas de las sienes y la saliva salpicándole la barbilla—.
¡Te debí quebrar el pescuezo con mis propias manos antes de que ese filósofo extranjero te recogiera para burlarse de mi sangre!
¡Todo lo que tengo roto esta noche me lo habéis quitado vosotros!
Laura ni siquiera parpadeó ante la hoja de acero. De su faltriquera de cuero extrajo una pequeña redoma de cristal que sostuvo entre el índice y el pulgar, directamente frente al rostro de la hacendada:
—Dad un paso más, señora, y este ácido de vitriolo os quemará los ojos antes de que vuestro brazo caiga —dijo la joven con una calma que heló la rabia de Catalina—.
Pero no gastéis vuestra última pólvora en mí.
Vuestro problema no es la hija del gañán.
Vuestro problema es que vuestro reino de papel se ha terminado esta noche.
Catalina se detuvo en seco, con la daga suspendida a la altura del hombro, mirando con desconfianza el líquido ámbar que brillaba en la mano de la muchacha.
—¿De qué hablas, bastarda?
—Hablo de que vuestro palacio es un montón de adobes molidos —continuó Laura, dando un paso firme hacia adelante, invadiendo el terreno de la Quintrala con una autoridad moral aplastante—.
Vuestros esclavos han huido hacia la sierra aprovechando la oscuridad del terremoto; vuestros capataces están gimiendo en el estiércol pidiendo confesión; y el monstruo que os protegía en las sombras…
vuestro padre comisario de San Agustín… ha dejado de existir hace diez minutos en las catacumbas.
Catalina palideció bajo la costra de polvo y ceniza que cubría su rostro. La mano que sostenía el puñal tembló visiblemente:
—¿Fray Ignacio…? Mientes. ¡Es inmortal! ¡Tiene la sangre de los altares!
—Era un cadáver que chupaba la vida ajena porque no tenía luz propia —dijo Laura con desprecio soberano—.
Exactamente igual que vos, doña Catalina.
La única diferencia es que a él lo ha consumido el fuego solar, y a vos os tocará el castigo más largo: ver cómo este reino os despoja lentamente de vuestras haciendas, ver cómo vuestro cuerpo se hincha de hidropesía y amargura,
y morir sola en una cama hedionda sin que nadie derrame una lágrima sobre vuestro ataúd.
—¡Cállate! —gritó Catalina, con la voz quebrada por un espasmo de histeria pura—. ¡Cállate o te arranco la lengua!
La Quintrala tensó el brazo para lanzar una puñalada ciega al cuello de Laura.
Mas antes de que la hoja de la daga pudiera avanzar una pulgada, una sombra larga y rápida cruzó sobre los escombros de la calzada.
Una mano pálida, delgada y fría como el granito de la cordillera atrapó la muñeca de Catalina con una fuerza inflexible.
La Quintrala soltó un grito de dolor. Los dedos se le abrieron involuntariamente y la daga vizcaína cayó al suelo, clavándose en el barro reseco entre las tejas rotas.
Catalina levantó la vista, desorbitada.
Allí estaba don Julián Romero.
El conde se erguía en medio del polvo con su metro y setenta y un centímetros de estatura, cubierto por una capa de ceniza blanca que le daba la apariencia de una estatua griega rescatada de un templo en ruinas.
Llevaba la espada envainada al cinto, la ropilla negra intacta y en sus ojos oscuros ardía una frialdad tan absoluta que parecía la encarnación misma del juicio final sobre la tierra destruida.
—Vuelve a tu madriguera, Catalina —dijo Romero. Su voz no era un trueno; era un susurro denso, pausado, que cayó sobre la mujer con el peso de una bóveda de iglesia.
Catalina lo miró con la boca abierta, incapaz de articular palabra. Vio que el adepto no tenía una sola herida; vio en su semblante la certeza inapelable de que Fray Ignacio había sido borrado de la faz de la tierra.
—Tú… —balbuceó ella, retrocediendo dos pasos mientras se sujetaba la muñeca amoratada—. Tú lo has matado…
—La tierra lo ha juzgado, Catalina —respondió el adepto, colocándose al lado de Laura y posando una mano protectora sobre el hombro de su discípula—.
Y tú deberías dar gracias a Dios de seguir respirando este aire envenenado.
No vuelvas a cruzar este umbral. No vuelvas a tocar a esta mujer.
La próxima vez que tu sombra caiga sobre mi puerta, no habrá palabras ni advertencias; seré yo quien vaya a buscarte a tus aposentos.
Catalina miró al alquimista, luego a la joven mestiza que la contemplaba con desapasionada lástima, y finalmente al mastín negro que la vigilaba con los colmillos al aire.
Comprendió que había perdido.
Estaba desarmada, su palacio estaba en el suelo, su protector eclesiástico era ceniza en una sima subterránea y los dos seres a los que más había odiado permanecían en pie, unidos por una fuerza que su mente podrida de encomendera feudal jamás alcanzaría a comprender.
Soltando un sollozo rabioso, salvaje y estrangulado, Catalina de los Ríos se cubrió la cabeza con la mantilla desgarrada, dio media vuelta y huyó tropezando entre los escombros de la calle de las Agustinas, tragada por la niebla de cal y el lamento lejano de los sobrevivientes.
Laura dejó escapar un suspiro largo, guardando la redoma de vitriolo en su faltriquera. Miró a Romero a los ojos:
—Ha terminado la noche, señor.
Julián Romero contempló las ruinas humeantes de la ciudad a la luz lívida del amanecer que comenzaba a despuntar sobre las cumbres rotas de la cordillera.
—Ha terminado la peste subterránea, Laura —dijo el conde con voz suave, estrechando los dedos de su alumna entre sus palmas enguantadas—.
Pero la tierra aún guarda secretos entre sus escombros.
Ven. Las campanas de San Agustín han enmudecido, mas algo milagroso ha quedado en pie en el templo derrumbado. Caronte ya lo está oliendo.
El mastín negro alzó el hocico al viento matinal y trotó hacia la nave colapsada de la iglesia agustina, guiando a su amo hacia el misterio que cambiaría para siempre la memoria espiritual de aquel reino.