Escocia, agosto de 1893. Isla Fearn tiene veintiún años, nueve libras de deuda en el libro de un conservero y las manos abiertas de diez temporadas destripando arenque en el muelle de Portnabrae.

No sabe leer. Lo único suyo en el mundo es un aro de latón que lleva colgado del cuello desde los catorce y del que no sabe nada.

Alasdair Rathven, señor de Corrieglass, se está muriendo.

Le quedan tres meses y una finca hipotecada hasta el tejado que, si muere soltero, va a parar a los parientes que llevan veinte años esperando.

Así que baja al muelle, se para delante de la mujer que acaba de cantarle las cuentas a un capataz delante de sesenta personas y le propone un trato. Mi apellido a cambio de tu firma.

Isla acepta con tres condiciones.

Y entra por la puerta de servicio en una casa de treinta y una habitaciones donde la suegra no le dirige la palabra, la servidumbre no la mira a la cara y hay un cuñado que la desprecia desde el primer minuto por lo que cree que es.

Lo que ninguno de los dos sabe es que en una oficina de Stornoway, en un tomo de mil ochocientos setenta y uno, hay un asiento de matrimonio firmado por una mujer con una cruz, porque no sabía escribir su nombre.

Y que ese nombre lo cambia todo.

Porque la heredera legítima del hombre que tiene hipotecada media comarca lleva media vida abriendo su pescado por cuatro peniques el barril.

Un melodrama de las Tierras Altas sobre la dignidad, la deuda y el amor que tarda dos años en decirse.

Con un juicio en el Alto Tribunal de Inverness, un veredicto que no absuelve a nadie y una mujer que aprende a leer a la una de la mañana, en la mesa de una cocina, para que no le vuelvan a explicar un papel.

Romance histórico victoriano. Novela autoconclusiva.

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