Capítulo 48
El último día de Gavin Rathven en el astillero fue el viernes siete de junio.
Le pagaron la semana y los tres días que le sobraban, cobró tres libras y catorce chelines, y el encargado de la oficina le dijo que si quería volver en invierno hablara con él, que se lo guardaba.
Llevaba tres meses con los partes de material de dos gradas y en tres meses no había faltado un día ni se había equivocado en una suma, y eso en aquella oficina se sabía sin decirlo.
El sábado ocho pagó la pensión de Anderston hasta final de mes porque estaba pagada por meses y no había manera.
El domingo nueve no se puede viajar.
El lunes diez cogió el tren de las siete y veinte en Buchanan Street y llegó a Inverness a las tres de la tarde, y allí perdió el enlace por once minutos y durmió en la estación.
El martes once cogió el de las ocho y cuarto y bajó en Strome Ferry a la una menos veinte.
Le quedaban dos chelines y nueve.
No cogió el carro.
Se echó el saco al hombro y salió andando por el camino de arriba, las doce millas, porque dos chelines y nueve son dos chelines y nueve y porque llevaba desde marzo queriendo hacer ese camino a pie.
Llovía.
Llovía la de junio, que es la fina, la que no moja de golpe y te va entrando en la lana hasta que llevas encima dos kilos de más, y no paró en cinco horas.
El camino de arriba en junio va entre helecho nuevo, y a esa hora huele a helecho y a turba mojada. Gavin conocía cada vado y cada portillo de las doce millas y los fue pasando sin pensarlos, que es como se anda un camino que uno lleva dentro.
Entró en Portnabrae a las seis menos cuarto.
Y aquí pasaron cuatro cosas y no pasó ninguna otra, y Gavin las fue contando según pasaban.
En el cruce del muelle, el chico del tendero, que ya no era chico porque tenía dieciocho, estaba cargando un carro y lo vio y dijo buenas tardes señor Rathven.
En la puerta de la casa de comidas había tres hombres y uno de ellos era Angus Tulloch, el de las siete palabras de la feria de San Martín, y los tres se apartaron un paso para dejarle el escalón y ninguno dijo nada, y Tulloch se miró las botas.
En el cobertizo de las redes, Bess Munro salió a la puerta con la aguja en la mano, lo miró subir la calle y volvió a meterse sin saludar, que en Bess Munro era un saludo.
Y en la cuesta de la capilla, el reverendo Ruaridh Bain, que bajaba con el sombrero puesto y el paraguas sin abrir, se paró en medio del camino y le dio la mano, y se la tuvo cogida tres o cuatro segundos más de lo que se tiene una mano, y le dijo que había buena gente en aquella casa y que llegaba tarde.
Nadie le pidió perdón a nadie.
Un pueblo no pide perdón. Un pueblo cambia de opinión y sigue, y si uno se pone a esperar la otra cosa se hace viejo esperando.
Subió las tres millas del camino de arriba entre las siete menos veinte y las ocho menos cuarto.
Las subió despacio, porque llevaba doce millas en las piernas, y las subió mirando.
Miró el muro del cercado del este, que se veía desde el tercer recodo, novecientos metros terminados el dieciocho de diciembre y sin una piedra caída en seis meses.
Miró las cinco casas del llano, que seguían abajo y que seguían siendo de turba, y que para agosto ya no iban a estar allí.
Miró la ladera y contó las chimeneas con humo. Las contaba desde los veinticuatro años. Le salieron cuarenta y una de cuarenta y dos, y la que faltaba era la de los Macrae, que se habían ido a Manitoba en abril del noventa y cuatro y cuya casa llevaba tres años cerrada.
Y en el último recodo, antes de la verja, se paró a mirar el tejado del ala vieja.
Tenía pizarra nueva.
La luz de junio en aquella latitud a las ocho menos cuarto es todavía luz de tarde, baja y amarilla por debajo de las nubes, y la niebla de la lluvia estaba blanca sobre el verde de la ladera y subía del burn hacia los abetos.
En el recodo se paró a mirar la verja, que es lo que había hecho ocho años todos los días sin mirarla.
Los dos pilares de piedra. El de la izquierda con su bola encima. El de la derecha descabezado desde el veintiocho de septiembre, con el muñón a la vista y la piedra más clara por arriba.
Y las dos hojas de hierro forjado abiertas de par en par contra el muro, a los dos lados, con la cadena colgando del barrote de la derecha, sin candado, tocando la grava.
El hierro estaba pintado de negro por la cara de fuera y en bruto por la de dentro, porque en el noventa y uno hubo pintura para una cara y no para las dos.
Detrás, la avenida de abetos rastrillada y mojada.
Y en la avenida, a treinta pasos de la verja, de pie en medio del camino de grava, había una mujer con un vestido color crema.
Y antes de eso, cuando salió del recodo y vio por primera vez la verja de lejos, hizo lo que llevaba ocho años sin hacer, que fue pararse a contar lo que le había costado a aquella casa cada cosa que se veía desde allí.
La avenida rastrillada: dos jornales al mes.
Las ramas cortadas a la altura de un hombre: un día de tres hombres.
La pizarra nueva del ala vieja: setenta y ocho libras, presupuestadas en el noventa y dos y guardadas dobladas en cuatro en el cajón de la oficina de rentas durante tres años.
Las cinco casas de piedra del pasto alto, que todavía no existían y que ya estaban en el libro del noventa y cinco en la columna de la izquierda: cuatrocientas doce.
Y todo eso lo había firmado, de su puño y en un libro que él conocía renglón por renglón, una mujer que el doce de agosto de mil ochocientos noventa y tres no sabía leer la palabra Macrae.
Gavin dejó el saco en el suelo.
Se le veía desde lejos porque era lo único claro que había en toda aquella ladera.
Se lo había hecho arreglar: de hombros, que le venía ancho desde agosto del noventa y tres, y de manga, que le venía corto, y el borde de la falda lo habían vuelto porque tenía el cerco del barro de la avenida y no se quitaba.
Llevaba la trenza recogida y estaba empapada, y llevaba en la mano derecha un sobre grande.
No echó a correr y él tampoco.
En dos años, aquellos dos no habían corrido el uno hacia el otro ni una sola vez, y no iban a empezar en junio, con lluvia, delante de una verja.
Anduvo los treinta pasos hasta él, al paso corto de andar mucho, con la falda cogida con la mano izquierda para no arrastrarla por la grava mojada, y llegó y se paró a un paso.
Gavin le vio de cerca lo que no se le veía desde treinta pasos.
Que estaba más delgada. Que tenía una raya nueva entre las cejas, de dos años de leer con luz mala.
Que tenía las pestañas pegadas de agua y una gota parada en el filo de la mandíbula que no se limpió.
Y que el vestido, arreglado de hombros y de manga por la modista de Portnabrae, le sentaba por primera vez como si se lo hubieran hecho a ella.
—Has tardado.
—He perdido el enlace en Inverness.
—Eso lo sé. Te esperaba ayer.
—¿Llevas aquí desde ayer?
—Llevo aquí desde las cinco.
Gavin se quedó mirándola.
—Está lloviendo.
—Sí.
—Llevas un vestido claro.
—Ya se secará.
Y entonces Gavin Rathven, que no había dicho una palabra amable en toda su vida, dijo la suya.
La dijo de pie en la grava, con la lluvia encima y el saco en el suelo, sin acercarse ni un paso más, porque se le había ocurrido a las tres de la mañana en una pensión de Anderston hacía dos meses y no la había cambiado desde entonces.
—Te quiero, y llevo desde el barro de la ladera sabiéndolo.
Isla no contestó lo mismo.
Alargó la mano izquierda, le cogió la derecha y se la volvió con la palma hacia arriba, que era lo que él le había hecho a ella en un establo el veintinueve de marzo del año anterior.
Después le puso las suyas encima.
Las dos, boca arriba, con los dedos abiertos.
No llevaban nada.
Ni un trapo, ni una tira, ni un nudo. Los nudillos todavía grandes y los dorsos todavía marcados y las dos cicatrices blancas del pulgar izquierdo, que esas no se iban a ir nunca. Pero los cortes cerrados, los diez dedos enteros, la piel entera.
Era la primera vez desde el doce de agosto de mil ochocientos noventa y tres.
Gavin les pasó el pulgar por dentro, de la muñeca a la base de los dedos, despacio, comprobándolo como se comprueba un muro terminado.
—Ya lo sé —dijo—. Abre el sobre.
Lo abrieron los dos.
Lo abrieron de pie, en medio del camino de grava, con la lluvia cayendo, y lo abrieron mal, porque él tiró de un lado y ella del otro y el papel de dentro salió medio rasgado por arriba.
Eran tres hojas.
La primera era la disposición, con el sello de Kilgour y las dos firmas de los testigos, y en el encabezamiento, donde va el nombre, ponía Gavin Rathven, de Corrieglass.
La segunda era la escritura de cancelación de la hipoteca, inscrita el ocho de mayo.
Y la tercera no tenía sello.
Era media cuartilla, escrita de su puño, con nueve renglones, fechada el nueve de mayo, y en el noveno renglón había una sola línea que decía lo que aquella mujer no había dicho en voz alta en dos años y que llevaba treinta y tres días esperando dentro de un sobre encima de una mesa.
Gavin no llegó a leerla.
La lluvia le entró al papel por el rasgón de arriba en cuatro segundos y la tinta se corrió de los bordes hacia dentro, renglón por renglón, de abajo arriba, y el noveno fue el primero en irse.
A los diez segundos era una mancha azul.
Ninguno de los dos hizo nada por taparlo.
Se quedaron los dos de pie en la avenida con las tres hojas mojándose entre las cuatro manos, viendo cómo se borraba, y Gavin se echó a reír, y era la primera vez que lo hacía en dos años delante de alguien.
—¿Qué ponía?
—Ya no lo sabes.
—Isla.
—Ya no lo sabes y no te lo voy a decir hoy. —Isla dobló las tres hojas mojadas y se las metió por dentro del chal—. Entra en casa, que llevas cinco horas andando.
Cogió el saco del suelo ella misma, con las dos manos, como había cogido una maleta de cuerda en un vestíbulo y una caja de costura en un salón pequeño.
Y echó a andar por la avenida.
Gavin la siguió, y pasaron los dos entre los dos pilares al revés, de fuera adentro, con la cadena colgando y tocando la grava.