Epílogo
El primer tren entró en Kyle of Lochalsh el martes dos de noviembre de mil ochocientos noventa y siete a las once y cuarenta de la mañana.
Había en el andén unas dos mil personas, que en aquella costa es medio Wester Ross.
Habían venido de Plockton y de Balmacara andando, de Portree en el vapor de la mañana y de Stromeferry en el propio tren, y había gente subida a los vagones vacíos de la vía muerta y gente encima de los sacos de correo, y en el extremo de la marquesina había una banda de gaitas de Dingwall que llevaba tocando desde las diez y media sin parar.
Olía a carbón nuevo, a brea de traviesa y a la ropa de domingo de dos mil personas mojada por la llovizna de las nueve. Los críos se habían subido a la valla del ganado, y los bajaban, y se volvían a subir.
Isla y Gavin estaban al fondo, en el tercio del andén que no cubre el tejado, de pie entre la gente.
No estaban invitados a la tribuna. La tribuna era para el presidente del ferrocarril de las Tierras Altas, para el ingeniero de la línea, para el diputado y para tres o cuatro señores de la comarca, y a la señora de Corrieglass le habían mandado tarjeta en octubre y la había devuelto con cuatro renglones muy correctos diciendo que lo vería desde abajo.
Desde abajo se veía igual y se oía mejor.
Torcuil tenía diez años y dos meses y estaba delante de los dos, con la gorra puesta y el reloj de Gavin en la mano.
Se lo había dado Gavin a las once menos cuarto, con la tapa abierta, para que cronometrara.
El niño lo tenía cogido con las dos manos, como se coge un huevo, y llevaba cincuenta y cinco minutos sin apartar los ojos de la esfera más que para mirar la curva de la vía.
Cuando apareció el humo por detrás del promontorio, a las once y treinta y ocho, lo dijo en voz alta para los de alrededor.
—Las once y treinta y ocho.
Y dos minutos después, cuando la máquina entró en el andén con la campana dándole y las dos mil personas gritando a la vez y las gaitas encima, volvió a decirlo.
—Y cuarenta.
Lo que pasó en los dos años y medio anteriores cabe en poco.
Isla MacAulay y Gavin Rathven se casaron en la capilla de Portnabrae el sábado veintiuno de septiembre de mil ochocientos noventa y cinco, a las nueve de la mañana, con el reverendo Ruaridh Bain y seis testigos, que fueron Peigi Ross, la señora Kinnaird, Murdo, Iseag Nicolson, el señor Kilgour y Torcuil Fearn, que tenía ocho años y firmó con su nombre entero porque llevaba un mes practicándolo.
Ella firmó Isla MacAulay, y sigue firmando Isla MacAulay, y en la comarca la llaman la señora de Corrieglass, que es otra cosa y las dos son suyas.
La boda fue a las nueve de la mañana de un sábado porque a las once había que estar en el muelle, que era el primer sábado de la segunda salida y un muelle no se para por una boda.
Peigi puso mesa en la cocina para catorce a las dos de la tarde, y a las cuatro no quedaba nadie, porque a las cuatro se cargaba el vapor.
En el verano del noventa y seis se subieron al pasto alto las cinco casas del llano.
Costó cuatrocientas doce libras y costó, sobre todo, nueve meses de reuniones con los treinta arrendatarios que tenían papel del tribunal y derecho al pasto común, y las nueve reuniones las llevó Isla con el libro delante.
Son cinco casas de piedra con tejado de pizarra de segunda mano, en la ladera seca, por encima de donde llega el burn.
Tienen dos ventanas cada una y las dos a mediodía, porque eso lo pidieron las mujeres y no lo discutió nadie.
La primera que se techó fue la de los Beaton, en julio, y aquella tarde subió medio pueblo a mirarla y nadie dijo nada muy alto, porque en esta comarca las cosas buenas se miran de lado.
La estación de curado de Portnabrae la llevan las mujeres del muelle desde el noventa y seis.
La compró el síndico a los socios de Glasgow y se la vendió a una sociedad de catorce mujeres de la comarca por seiscientas ochenta libras, con Seonag al frente, avaladas por la propietaria de Corrieglass. Pagan doscientas al año y les quedan dos años.
Las cuentas las lleva Cressida hasta abril del noventa y seis, y desde abril del noventa y seis las lleva Seonag, que aprendió a llevarlas con ella en cuatro meses.
Cressida Ballantyne se fue a Ontario en la primavera del noventa y seis, a una escuela de campo, y escribe dos veces al año, por Navidad y por San Juan.
Su madre vive en Helensburgh, en una casa de alquiler, con su parte.
De don Hector Ballantyne se sabe que vive en una casa de huéspedes de Glasgow y que en el noventa y siete todavía vivía. Nadie de esta historia lo ha vuelto a ver.
Lady Ursula Rathven tiene sesenta y un años y sigue en el salón pequeño, que sigue siendo la única habitación de la casa con la chimenea encendida de la mañana a la noche.
Ella e Isla hablan del tejado, de las rentas y del tiempo, y no hablan de nada más, y llevan así dos años y medio y van a seguir.
En el otoño del noventa y seis, sin que nadie se lo pidiera y sin avisar, empezó a darle clase de francés a Torcuil tres tardes por semana.
Lo hace mal, porque su francés es de mil ochocientos cincuenta, y nadie se lo ha dicho y nadie la ha parado.
Bella Fearn se casó en Dundee en el noventa y seis con un hombre de la hilandería y tiene un niño de un año, y a la boda fueron Isla y Torcuil en tren, dos días, y no fue nadie más de la familia porque no queda nadie más de la familia.
Tam Fearn cumplió nueve meses en Inverness por el asunto de las cinco libras y salió en agosto del noventa y cinco, y vive en Portnabrae, y no ha vuelto a subir a Corrieglass.
Dougal Tait compró su propio barco en el noventa y siete, con el dinero de tres temporadas y un préstamo, y no se ha casado. Es un quechemarín de veinticuatro pies, de segunda mano, traído de Buckie, y le puso el nombre de su hermana.
Cuando arrancó el tren de vuelta, a las doce y veinte, cantaron en el andén.
Empezó una de las de Barra, en el grupo de las mujeres del muelle que habían bajado en el vapor, y a la segunda vuelta la estaban cantando cuarenta, y a la tercera la cantaba medio andén, porque la conoce toda esta costa.
Hó rò, na h-eòin air a' mhuir.
Ho ro, los pájaros sobre el mar.
Y después lo de la muchacha que espera, y el barco que no vuelve, y en la vuelta tercera, que en Portnabrae va de una manera y en Wick va de otra, cantaron la de Wick, que es la que dice que el barco vuelve y la que no está es ella.
Isla la cantó entera.
La había cantado a los once años con un cuchillo en la mano, y a los veintidós en el patio de una cárcel, y no supo hasta enero del noventa y cinco, en una casa de turba de once casas, a nueve millas de Stornoway, que la cantaba porque la había cantado su madre en un patio de curado el verano del setenta y uno, y que en aquel patio la ponían a ella a llevar la vuelta.
Volvieron a Corrieglass de noche.
Cogieron el tren hasta Stromeferry, y el carro desde allí, y llegaron a la verja a las nueve y veinte.
Los dos pilares siguen como el veintiocho de septiembre de mil ochocientos noventa y cuatro: el de la izquierda con su bola de piedra y el de la derecha descabezado.
El cantero de Dingwall ofreció labrar la otra en el noventa y cinco por dos libras y diez, e Isla dijo que no.
Las hojas estaban abiertas, porque llevan abiertas desde mayo del noventa y cinco y no se ha vuelto a echar la cadena.
Subieron la avenida de abetos con el carro al paso, y el camino de grava crujía debajo de las ruedas, y olía a abeto mojado y a tierra, y ya se oía el burn, que en noviembre se oye desde el recodo, y en el recodo, donde la casa se ve por primera vez, Isla levantó la cabeza.
Y por primera vez en cuatro años y tres meses la vio entera.
No un ala. No un tejado con un andamio en la esquina. No una ventana encendida a la derecha.
La casa entera, de granito gris, con las dos alas, en medio de la ladera negra, con la niebla blanca subiendo del burn por detrás y con luz en once ventanas, porque Peigi Ross había mandado encender la casa a las siete y media para que la vieran subir desde el camino y no había pedido permiso a nadie.
Once ventanas encendidas, de treinta y una habitaciones.
Torcuil se puso de pie en el carro.
Había aprendido a leer a los siete años con la señora Kinnaird en la mesa de la cocina y con un libro de rentas, que era el único libro que había en aquella casa que no estuviera vendido, y leía ya mejor que su madre y mucho mejor que su padrastro.
Aquella mañana, en el andén, se había leído el cartel entero de la estación dos veces para aprendérselo, porque quería contarlo en la escuela.
Lo dijo ahora, de pie en el carro, a voz en grito, contra el viento de la avenida, para que lo oyeran los tres.
—¡KYLE OF LOCHALSH!
—¡Y debajo, en el hierro pequeño, pone Inverness!
Isla levantó la mano y le cogió del abrigo para que no se cayera.
Y dijo el número antes que él, porque los números los supo siempre.
—Ochenta y dos millas y media.
—¡Ochenta y dos millas y media! —dijo Torcuil.
Fin