Capítulo 47
Cressida Ballantyne llegó a Corrieglass el miércoles veintidós de mayo a las ocho y veinte de la tarde.
Subió andando desde Portnabrae con la maleta, las tres millas, porque el coche de la costa la había dejado en la plaza y porque no tenía para el carro.
Llamó a la puerta grande, que fue lo único de aquella noche que hizo como la habían educado.
Abrió la señora Kinnaird, la miró, le dijo que esperara y cerró.
Isla bajó a los dos minutos.
Se quedaron las dos en el vestíbulo de baldosa blanca y negra, la una en el primer escalón y la otra en el felpudo, con la maleta en el suelo.
Era una maleta de cuero bueno, de las de cantoneras, con las iniciales en dorado medio borradas en la tapa.
En el ángulo de abajo se le había abierto la costura y asomaba el cartón.
Cressida tenía dieciocho años y once meses y llevaba cuarenta y un días trabajando de nueve a siete en una pañería.
—No tengo adónde ir —dijo.
—Ya lo sé.
—Lo sabe.
—Lo sé desde el sábado. —Isla bajó el escalón—. Me lo escribió el señor Rae, que me vende la estameña desde el noventa y cuatro y que sabe sumar dos y dos. Me puso que le había entrado una muchacha de Glasgow a siete chelines y que el apellido le sonaba.
—Yo declaré contra usted.
—Usted declaró la verdad contra mí, que es peor y es otra cosa.
Cressida bajó la vista al suelo.
—No he venido a pedir.
—Ha venido usted a pedir, y ha hecho bien, y yo en su lugar habría tardado la mitad.
—Isla cogió la maleta ella misma—. Va a dormir en el ala oeste, en el cuarto pequeño, que es donde dormí yo.
La cocina es de Peigi y en esta casa se cena a las siete en la cocina.
Y hay una cosa que le voy a decir esta noche y no se la voy a repetir.
—Dígala.
—Yo no soy su hermana.
Cressida levantó la cabeza.
—Yo soy la hija de una mujer que se murió en un barracón —dijo Isla—. Usted es la hija de una señora de Woodside Terrace. Un papel de un tribunal de Edimburgo no cambia eso ni hacia un lado ni hacia el otro, y si usted ha venido a esta casa a buscar una hermana, se va a llevar un disgusto.
—¿Y entonces a qué me deja usted quedarme?
—Porque tiene usted dieciocho años, no tiene casa y sabe leer un libro de cuentas.
—Isla empezó a subir la escalera con la maleta—.
Y porque la que cerró la puerta de esta casa a una mujer que llegó de noche con una maleta de cuerda fue la señora que vive en el primer piso, y yo no voy a ser esa señora. Suba.
Cressida bajó a la cocina a las siete y cuarto de la mañana siguiente, sin que nadie la llamara, con el pelo recogido de cualquier manera y un delantal de la despensa que le venía grande.
Peigi Ross la miró de arriba abajo y le puso delante un cesto de nabos.
No se dijeron nada en dos horas.
A las nueve y media, Peigi le quitó el cuchillo de la mano, se lo puso al revés y se lo volvió a dar, y eso fue todo lo que hablaron aquel día.
A la semana, Cressida llevaba las cuentas de la casa.
A las tres semanas llevaba también el libro de la estación de curado, que Seonag le subía los viernes en un cesto, porque catorce mujeres de un muelle habían empezado a hacer números en enero y ninguna de las catorce sabía hacer una columna de gastos.
El decreto del tribunal llegó a Corrieglass el miércoles veintinueve de mayo por la tarde, en un sobre de Edimburgo.
Iba dirigido a Kilgour y Kilgour lo mandó con un mozo aquel mismo día, con una nota suya de tres renglones diciendo que se había dictado en rebeldía porque el demandado estaba en concurso y no había comparecido, y que en derecho eso valía exactamente lo mismo.
Se declaraba que Hector Ballantyne y Mór MacAulay contrajeron matrimonio válido en Stornoway el catorce de junio de mil ochocientos setenta y uno.
Se declaraba que Isla, nacida en el año mil ochocientos setenta y dos, era hija legítima de aquel matrimonio.
Y se declaraba, en consecuencia, que el matrimonio subsistía en abril de mil ochocientos setenta y cuatro.
Isla lo leyó en el gabinete y no se lo enseñó a nadie hasta la cena.
En la cena lo puso en la mesa de la cocina, delante de Peigi, de Gavin no porque estaba en Glasgow, de Torcuil que tenía siete años y ocho meses, y de Cressida Ballantyne.
Cressida lo leyó entero de pie.
Cuando acabó lo dejó en la mesa, dijo buenas noches y subió, y no bajó a desayunar, y al día siguiente estaba a las siete en la cocina pelando con Peigi y no se habló de aquello nunca más en aquella casa.
Isla tuvo el papel cuatro días.
El jueves lo llevó encima en el bolsillo del delantal todo el día, y a media tarde se dio cuenta de que se lo estaba llevando como se lleva una llave, tocándolo cada poco para comprobar que seguía ahí.
El viernes lo dejó en el gabinete y no subió al gabinete en toda la mañana.
El sábado se lo enseñó a Gavin por carta, que fueron once renglones a Glasgow y le costaron una hora.
El jueves treinta bajó al cementerio de Portnabrae.
El cantero de Dingwall había subido el lunes veintisiete y había trabajado dos días sobre la piedra que llevaba veintiún años sin nada, y el jueves por la mañana la letra ya estaba cortada y solo faltaba limpiarla.
Isla se quedó delante un rato largo.
Desde la loma se veía el muelle y se veían los tejados de Portnabrae, y se veía al fondo, a la izquierda, el tejado largo y bajo de la estación de curado. Tres millas de camino, y desde allí arriba parecía que se llegaba andando en diez minutos.
Había pensado cuatro maneras de ponerlo y había tachado tres.
La primera decía esposa de. La segunda decía madre de. La tercera decía las dos cosas y la fecha del matrimonio, que era la que le había aconsejado Kilgour porque era la que dejaba constancia.
Lo que estaba cortado en la piedra eran tres líneas y no decía nada de eso.
MÓR MACAULAY
DE LOCHS, EN LEWIS
1850 a 1874
Nada más.
La letra era romana y estaba cortada honda, de las que aguantan cien años, y el cantero había dejado dentro de los surcos el polvo blanco de la piedra, que es lo que se limpia al final y lo que hace que una lápida se lea desde el camino.
Ni de quién fue mujer, ni de quién fue madre, ni de qué murió. El nombre entero de una mujer, el sitio del que era y los años que estuvo.
El viernes treinta y uno vencía el principal de siete mil doscientas libras y no pasó nada, porque era un jueves cuando Isla lo dijo en mayo y le había salido mal la cuenta del día de la semana, que fue la única que le salió mal en dos años.
Era viernes y no pasó nada igual.
El lunes tres de junio, a las once de la mañana, Isla entró en el despacho de Kilgour en Inverness.
Kilgour tenía la mesa preparada.
—Señora, le voy a explicar lo que tiene usted y después le voy a poner delante un papel.
—Explique.
—Lo que tiene usted es esto. Es usted hija legítima y primogénita de don Hector Ballantyne, declarado en concurso el catorce de abril.
—Ese hombre no tiene nada.
—Ese hombre tiene menos de lo que debía y más de lo que se dice. —Kilgour abrió una hoja—. El síndico ha liquidado la estación de curado de Portnabrae, dos almacenes en Greenock y la casa de Woodside Terrace. Pagados los socios, pagados los bancos y pagadas las costas, va a quedar remanente.
—¿Cuánto?
—Entre tres mil y cuatro mil libras. Y ese remanente, por el decreto de la semana pasada, va entero a la hija legítima, porque la de mil ochocientos setenta y seis no lo es y la señora de Glasgow no es viuda de nadie.
Isla se quedó mirando la hoja.
—¿Y si yo no lo quiero?
—Si usted no lo quiere y no hace nada, se lo lleva la Corona, que se lleva siempre lo que nadie reclama. —Kilgour se quitó las gafas—. Si usted no lo quiere y hace algo, puede cederlo. Y la cesión hay que hacerla a alguien con nombre y apellido y hay que hacerla por escrito.
—Póngalo a nombre de Euphemia Rintoul y de su hija.
Kilgour dejó pasar unos segundos.
—Señora, eso son tres mil libras.
—Ya lo sé.
—Y esa señora declaró que no sabía nada, pero vivió veintiún años de ese dinero.
—Esa señora tiene cuarenta y cuatro años, no está casada desde el martes pasado por sentencia de un tribunal, y no puede heredar de un hombre con el que ha dormido veintiún años.
—Isla puso las dos manos en la mesa—. Y la chica lleva desde abril midiendo estameña a ocho chelines.
Póngalo a nombre de las dos, por mitades, y póngalo de manera que ella no lo pueda tocar hasta los veintiuno.
—¿Y usted con qué se queda?
—Con lo que tenía el martes pasado. —Isla se recolocó el chal—. Una finca que compré con un pleito y con el coto de un inglés, cuarenta y dos arrendatarios, doce familias que hay que subir al pasto alto antes del invierno y un tejado a medio poner.
—Eso es menos que tres mil libras.
—Eso es mío.
Kilgour escribió cuatro renglones y no discutió más.
Después dio la vuelta a la última hoja.
—Y esto es lo otro.
Era medio pliego con tres renglones impresos y un hueco en blanco en el medio, de los de rellenar.
—A partir del decreto, señora, usted puede usar el apellido de su padre. Puede firmar Isla Ballantyne y nadie en este reino se lo puede discutir, y le digo más: le conviene. Es un apellido conocido en el ramo y en los bancos, y a usted le quedan cuarenta años de tratar con bancos.
—Es un apellido que está en concurso.
—Los apellidos salen del concurso. Las personas no siempre.
Isla cogió la pluma.
Se quedó con ella en la mano un momento, mirando el hueco en blanco.
En la mano izquierda llevaba dos anillos.
El de oro fino de la capilla de Portnabrae, que le venía justo, y encima el otro, el aro de latón con la muesca, que le venía grande y que un platero de Church Street le había estrechado el seis de mayo por un chelín, mientras esperaba a que abrieran la oficina del síndico.
Ahora le venía justo también.
—Póngame el de mi madre —dijo—. El otro señor tuvo veintitrés años para dármelo.
Y escribió, en el hueco, con la letra pequeña y derecha que había aprendido en una mesa de cocina a la una de la mañana:
Isla MacAulay.
Kilgour secó con el papel, guardó el pliego en la cartera y la acompañó hasta la puerta.
En el rellano de la escalera, con el sombrero ya en la mano, se paró.
—Una cosa, señora. De aquí en adelante, en los papeles de esta casa y en los míos, ¿cómo la llamo a usted?
Isla se lo deletreó.
—Eme, a, ce, mayúscula la a de la mitad. Ce, a, u, ele, e, i griega.