Capítulo 46
Gavin volvió el lunes veinte de mayo, once días antes del vencimiento.
Volvió por dos días y volvió por la finca. Se lo había escrito a Kilgour el día ocho: que el treinta y uno vencía el principal y que él quería estar en la comarca la semana de antes, porque si había que desalojar a cuarenta y dos familias quería ser él el que se lo dijera y no un agente de Glasgow.
Llegó a las cuatro de la tarde y se encontró la verja abierta y la avenida rastrillada.
Eso fue lo primero que le pareció raro.
La grava de Corrieglass no se rastrillaba desde el noventa y uno, y estaba rastrillada de la verja a la casa, media milla, y a los dos lados el ramaje de los abetos estaba cortado a la altura de un hombre.
Olía a resina recién cortada. En la cuneta, cada veinte pasos, había un montón de ramas apiladas a mano y atadas para leña, y estaban atadas con el nudo de las mujeres del muelle.
Entró por el patio.
En el patio había un carro de la cal, dos hombres de la ladera y un andamio de madera contra el ala vieja. El andamio llegaba al segundo piso y estaba hecho con madera de alquiler, de la buena, no con puntales sacados de la finca. Contra la pared, en fila, había veintidós pizarras nuevas.
Isla estaba en el gabinete.
Se levantó cuando lo vio en la puerta y no fue hacia él, y él tampoco fue, y estuvieron los dos un momento a cuatro pasos sin saber ninguno por dónde se empieza.
—Has llegado.
—He llegado.
—¿Comes?
—He comido en Strome Ferry.
—¿Y el pueblo? —dijo él.
—El pueblo está.
—Isla.
—El pueblo está como estaba en marzo y en abril, que es callado. —Isla se sentó en el canto de la mesa, que era una cosa que hacía desde enero y que en aquella casa no había hecho nadie nunca—. La nota del fiscal salió el cuatro de mayo en cuatro periódicos. Aquí la leyeron el seis.
—¿Y?
—Y el siete bajé a la tienda a pagar la cuenta, como todos los martes, y el tendero me devolvió la cuenta al contado y me abrió cuenta a fin de mes. No me dijo nada. Me devolvió el papel y me sacó el libro.
—¿Y ya está?
—Ya está. Aquí es así y tú lo sabes mejor que yo.
Isla señaló la mesa con la barbilla.
En la mesa había dos cosas y estaban una al lado de la otra, colocadas.
Un sobre grande, cerrado y sin lacrar, con una palabra escrita por fuera con su letra.
Y encima de una hoja de papel doblada, sin estuche ni caja ni nada, un reloj de plata con la tapa abollada en el borde de abajo y la cadena enrollada alrededor en tres vueltas.
Gavin no se movió de la puerta.
—Siéntate —dijo ella—. Que te lo cuento por orden, que es como se cuentan las cosas.
Se lo contó en veinte minutos y lo contó como se cuenta un libro de rentas, sin adornar nada.
Fuera, en el patio, los dos hombres de la ladera estaban descargando la cal y se oían los sacos cayendo de dos en dos. Isla habló con aquel ruido de fondo y no esperó a que acabara.
Y él la escuchó como se escucha un libro de rentas, sin interrumpir, apuntando por dentro.
Eran dos personas que habían aprendido a hablarse en una oficina de rentas a las diez de la mañana durante siete semanas del invierno del noventa y cuatro, y esa era la única manera que tenían de decirse las cosas grandes, y les funcionaba.
El catorce de abril se declaró el concurso de don Hector Ballantyne en Glasgow. El síndico tomó posesión de sus bienes personales el diecisiete, y entre esos bienes estaba el préstamo hipotecario sobre Corrieglass, que desde la junta del diez ya no era de la sociedad sino de él.
Un crédito de siete mil doscientas libras garantizado sobre una finca tasada en cuatro mil ochocientas no vale siete mil doscientas.
No las vale ni de lejos. Vale lo que paguen por él, y lo que paga alguien por un papel así es lo que cree que va a poder sacar de una ejecución menos las costas y menos los años.
El síndico lo sacó a venta el veintinueve de abril, con otros catorce lotes.
—Lo compré yo el seis de mayo.
—¿Por cuánto?
—Mil ciento cincuenta.
Gavin se quedó mirándola.
—¿De dónde has sacado mil ciento cincuenta libras?
—De Manchester.
Le enseñó el contrato, que estaba en el tercer montón de la izquierda, con su etiqueta.
Arriendo del coto de Corrieglass a don Edward Hattersley, de Manchester, por veintiún años, desde el uno de agosto de mil ochocientos noventa y cinco. Doscientas libras al año, que eran veinte menos de lo que pagaba, a cambio de mil libras anticipadas a la firma.
—Bajaste la renta.
—Bajé la renta veinte libras y le di veintiún años, y él me dio mil libras en mayo. —Isla se encogió de hombros—. Ese hombre lleva siete años viniendo a cazar aquí y siete años sin saber si el año que viene esto es suyo o de otro. Le he vendido lo único que yo tenía de sobra, que es tiempo.
—Y las ciento cincuenta.
—Del cuadro de marzo.
Gavin se sentó.
—Entonces la hipoteca.
—La hipoteca la tengo yo. El seis de mayo el síndico me endosó el crédito y el ocho Kilgour inscribió la cancelación, porque acreedora y deudora era la misma persona y eso se extingue solo.
—Isla puso un dedo encima del sobre—. Corrieglass no debe nada, Gavin.
No debe un penique a nadie desde el ocho de mayo a las once de la mañana.
Nadie dijo nada durante unos segundos.
—¿Y el treinta y uno? —dijo él.
—El treinta y uno no pasa nada. Es un jueves.
Se equivocaba. El treinta y uno de mayo de mil ochocientos noventa y cinco cayó en viernes. Fue la única cuenta que le salió mal en dos años y no se dio cuenta hasta junio.
Gavin alargó la mano y cogió el reloj.
Lo cogió con la izquierda y lo levantó de encima de la hoja de papel, y pesaba lo que pesaba, y estaba limpio, y alguien le había dado cuerda porque iba.
Iba con cuarenta minutos de retraso y llevaba diez meses parado en una caja de cartón en una estantería de Church Street, entre doscientas cajas iguales.
Tenía en la esfera una raya fina de arriba abajo que antes no estaba, de rozar con otra tapa, y el cristal estaba limpio de habérselo limpiado alguien con un trapo aquella misma semana.
Debajo del reloj, en la hoja doblada, estaba la papeleta de rescate con el sello encima y la fecha: seis de mayo de mil ochocientos noventa y cinco.
—Lo rescaté el mismo día que fui a Inverness por lo del síndico —dijo Isla—. Me quedaban siete semanas de plazo. Si lo dejo, se subasta el nueve de julio.
—¿Y Ballantyne?
—Ballantyne no tiene nada que ver con esta finca desde el seis de mayo. —Isla ordenó dos papeles que no había que ordenar—. Ni con el arenque de este muelle desde el diez de abril. Ni con la estación, que la ha intervenido el síndico y la va a vender.
—¿A quién?
—Eso lo estoy mirando.
Gavin la miró.
—¿Lo estás mirando tú?
—Lo está mirando Seonag y lo estoy mirando yo. Hay catorce mujeres en ese muelle que llevan veinte años poniendo las manos y ninguna tiene un barril a su nombre. —Isla ladeó la cabeza—. No es para este año. Es para el que viene.
Gavin no contestó.
Le dio la vuelta al reloj, abrió la tapa y miró las tres letras grabadas dentro, y la cerró.
Después se lo metió en el bolsillo del chaleco y le pasó la cadena por el ojal, con las dos manos y despacio, que era exactamente lo que había hecho en el comedor grande la noche del diecisiete de noviembre de mil ochocientos noventa y tres.
—Coge el sobre —dijo Isla.
—¿Qué hay dentro?
—Una disposición a tu nombre. La firmé el nueve de mayo delante de Kilgour y de dos testigos. Corrieglass, la casa, las tierras, los arriendos y el coto.
Gavin miró el sobre y no lo tocó.
—No.
—Gavin.
—No. —Se levantó—. He dicho que no y lo voy a decir una sola vez, así que déjame decirlo entero.
Isla se calló.
—Esta finca no la ha levantado nadie este año más que tú.
—Tenía la voz baja—. Yo he puesto piedra ocho años en una casa que era de mi hermano y me he pasado ocho años diciéndome que si hubiera sido mía habría sido otra cosa.
Y ha resultado que no. Ha resultado que lo que hacía falta no era ser el dueño.
Lo que hacía falta era leerse el libro de gastos del noventa y uno hasta el final.
—Yo no habría podido sin ti.
—Y yo no habría sabido qué hacer con ella. —Gavin señaló el sobre con la barbilla—. El reloj sí. La casa no. La casa la has levantado tú este año y eso no se regala.
Isla se quedó de pie al lado de la mesa.
—Hay otra cosa —dijo él.
—Dime.
—He cogido trabajo en Glasgow. En un astillero del Clyde, en la oficina, llevando los partes de material. Empecé el once de marzo.
—¿Cuánto?
—Ciento diez libras al año y la pensión.
—¿Y por qué?
—Porque el veinticinco de febrero cogí un tren sin nada y porque un hombre de treinta y tres años no puede estar en una casa que no es suya sin cobrar. —Se pasó la mano por el pelo—. He avisado el catorce. Tengo tres semanas de preaviso. Acabo el siete de junio.
—¿Y después?
—Después no lo sé.
Isla lo miró un momento.
Después fue hasta la puerta del gabinete y la cerró, y le dio la vuelta a la llave, que estaba puesta por dentro desde que aquella casa era una casa.
Y volvió.
Lo que pasó después lo decidió ella entero, paso por paso, y él lo supo mientras estaba pasando.
Ella le desabrochó el chaleco y él no le tocó las manos.
Ella le apartó el pelo de la frente con el dorso de la muñeca, que era el gesto de él, y se lo hizo a él, y él se quedó muy quieto.
Ella le cogió la mano derecha, que tenía las uñas rotas y una línea blanca a lo ancho del pulgar, y se la puso en la nuca, por debajo de la trenza, y la dejó ahí hasta que él la cerró.
En noviembre, en aquella casa, la escalera la había subido ella delante con una lámpara y él había ido detrás.
Esta vez no hubo escalera.
Gavin se fue el miércoles veintidós a las seis de la mañana, a pie hasta Strome Ferry, para el tren de las once y cuarto.
Isla no bajó a despedirlo, porque se lo había dicho la noche antes y porque las dos cosas que tenían que decirse ya se habían dicho.
Antes de salir, Gavin entró en el gabinete a por el mapa del cercado, que era lo único que se llevaba.
El sobre estaba encima de la mesa, donde ella lo había puesto el lunes.
Gavin lo cogió, lo sopesó un segundo, y lo volvió a dejar en el mismo sitio, con la palabra escrita hacia arriba, cerrado.