La heredera que no existía Capítulo 45
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Capítulo 45

¿Cuánto cuesta un cuarto en Dingwall?

Tres chelines y seis a la semana, con desayuno, en una casa de la calle de atrás de la estación, con una patrona que se llamaba señora Mackintosh y que no preguntaba nada a nadie si se le pagaba los lunes.

Cressida Ballantyne llegó el once de abril a las tres y veinte de la tarde con una maleta y cuatro libras y once chelines, que eran los mismos cuatro y once que había pagado por un vestido en Sauchiehall Street seis días antes y que su madre le había devuelto en el pasillo la noche antes de irse, sin decir una palabra, poniéndoselos en la mano.

A las tres semanas se le habían acabado.

El veintinueve de abril entró a trabajar en la pañería de Duncan Rae, en la calle Alta, a siete chelines a la semana, de nueve a siete, con hora y media al mediodía.

El señor Rae no le preguntó el apellido hasta el tercer día.

Cuando se lo dijo, el hombre estuvo un rato midiendo estameña sin decir nada.

—Su padre me compró a mí en el ochenta y ocho ciento veinte varas de lona para los barracones de curado —dijo al fin—. Y me pagó a noventa días y me las pagó.

—Ya.

—Mida usted otra vez el lote de la ventana, señorita, que le ha salido corto.

El jueves dos de mayo, Cressida pidió la mañana libre.

La oficina del procurador fiscal de Dingwall está en el mismo edificio que el juzgado, en la planta de arriba, y se sube por una escalera de piedra con el pasamanos de hierro y una ventana en el rellano.

Subió a las nueve y cuarto.

El escribiente le preguntó el nombre y a quién quería ver y por qué, y ella contestó a las tres cosas y a la tercera contestó que a declarar.

—¿Sobre qué causa, señorita?

—Sobre la causa contra Isla Rathven, de Corrieglass, del año pasado.

El hombre levantó la cabeza.

—Esa causa está terminada.

—Ya lo sé.

—Con veredicto.

—Ya lo sé. Dígaselo usted igual.

La hizo esperar cuarenta minutos en un banco del pasillo.

Enfrente del banco, en el pasillo, había una estantería de madera con cajas de cartón numeradas, de las que se guardan los efectos de las causas cerradas hasta que se devuelven o se destruyen.

Una de las cajas estaba abierta en la mesa de al lado, con una hoja de inventario encima, porque el escribiente la estaba despachando aquella mañana.

Cressida la miró desde el banco y estuvo un rato sin entender qué era lo que le llamaba la atención.

Dentro había un chal de lana gris doblado. Un monedero de tela. Un peine no, un pañuelo, una llave de hierro grande.

Y encima de todo, en diagonal, un cuchillo.

Hoja recta de siete pulgadas, afilada por un solo lado, con el mango de madera gastado por la derecha y un remache del medio que faltaba.

Cressida no había visto nunca de cerca un cuchillo de destripar arenque.

Se quedó mirándolo hasta que la llamaron.

El fiscal Sinclair la recibió de pie y la escuchó de pie los dos primeros minutos, y al tercero se sentó y le dijo que se sentara ella.

Lo primero que le preguntó Sinclair no fue nada de la causa.

—Señorita Ballantyne, ¿viene usted sola?

—Sí.

—¿Sin procurador?

—No tengo para un procurador.

—¿Y sabe usted que va a declarar contra su propio padre?

—Lo sé desde el once de abril.

El fiscal se la quedó mirando un momento.

—Tiene usted dieciocho años.

—Diecinueve en junio.

—Siéntese.

Declaró una hora y cincuenta minutos, bajo juramento, con el escribiente copiando.

Declaró tres cosas y las tres eran nuevas.

La primera fue el frasco. No lo que ya había dicho en septiembre, que constaba, sino lo que nadie le había preguntado: que la raya de lápiz del doctor estaba a un dedo del hombro del frasco y que el frasco estaba seco hasta el fondo, y que entre la raya y el fondo hay, en un frasco de boticario de dos onzas, cerca de tres cuartas partes del contenido.

La segunda fue su padre.

Repitió la pregunta que le había hecho en marzo del noventa y cuatro y repitió la respuesta, que ya constaba.

Y añadió lo que no constaba: que el quince de marzo de aquel año, en el coche, entre Corrieglass y Strome Ferry, su padre le había explicado que si la viuda resultaba condenada la finca la venderían los administradores del difunto, y que en una venta así no puja nadie contra el acreedor, y que por lo tanto él la compraría por el importe de la deuda y sin competencia.

El fiscal Sinclair la hizo repetir eso dos veces.

Y la tercera fue el asiento.

Cressida sacó del bolso una hoja doblada en dos que tenía por una cara una fecha y tres palabras escritas a pluma, y por la otra cinco renglones copiados a lápiz con mucho cuidado, letra por letra.

30 marzo. T. Fearn, Portnabrae. Por cuenta de gastos de representación en la costa. 5 libras. Entregadas por J. Mackie.

—¿De dónde ha sacado usted esto?

—Del libro diario de gastos de representación de mi padre, del año noventa y cuatro, en su estudio de Glasgow, la noche del diez de abril de este año.

—¿Lo copió usted?

—Lo copié yo.

—¿Y el libro?

—El libro estaba en el segundo cajón de su mesa el diez de abril. Dónde está ahora no lo sé, porque el catorce se declaró el concurso y se llevaron los libros.

Sinclair leyó la hoja otra vez.

—Señorita, usted sabe qué fecha es esta.

—Treinta de marzo.

—Y la denuncia anónima contra la señora Rathven entró en esta oficina el dos de abril.

—Sí.

—Tres días.

—Tres días.

El fiscal dejó la hoja en la mesa y se echó hacia atrás en la silla, y estuvo callado un rato bastante largo.

Después dijo, más para él que para ella, una cosa que Cressida entendió del todo aquella misma tarde y que no se le olvidó nunca.

—Un hombre que firma un testamento en septiembre, que deja una carta lacrada en manos de su procurador con instrucciones de entrega, que arregla lo de un reloj de su padre y que después se muere en noviembre no se está muriendo, señorita. Se está retirando.

—Señorita, ¿por qué no dijo usted esto en septiembre?

Cressida se lo había preparado en el banco del pasillo y aun así le costó.

—Porque en septiembre nadie me lo preguntó.

—Esa no es una respuesta y usted lo sabe.

—No, no lo es. —Cressida se miró los guantes, que eran los mismos de la sala del tribunal y estaban ya gastados de medir estameña—.

En septiembre yo tenía dieciocho años, una casa en Woodside Terrace, un padre y un apellido.

Hoy no tengo ninguna de las cuatro cosas.

Eso es lo que ha cambiado y no ha cambiado otra cosa, y si usted quiere ponerlo en el acta, póngalo.

Sinclair la miró un momento.

—No lo voy a poner en el acta.

—Póngalo.

—Señorita, el acta recoge hechos.

—Ese es un hecho.

El fiscal le dijo al escribiente que lo pusiera.

Sinclair se lo explicó en diez minutos, porque se lo debía.

Que a la señora Rathven no la podían volver a juzgar por aquello, ni para bien ni para mal, y que por lo tanto no había manera de que un tribunal dijera nunca que era inocente.

Que lo que sí había era una causa nueva, y que esa era otra cosa.

Que entregar cinco libras a un particular tres días antes de una denuncia anónima, por mano de un empleado, con cargo a gastos de representación, tenía un nombre en el derecho de este reino.

Y que para instruir esa causa había que tomar declaración a don Tomás Fearn, de Portnabrae, y a don J.

Mackie, de Glasgow, y que eso se hacía en público y se publicaba en público, y que era la única manera que quedaba en el mundo de que la comarca entera leyera por qué se había abierto aquella tumba en abril del año pasado.

—¿Y eso cuándo se sabe?

—Eso se sabe cuando yo mande la nota, señorita, y la nota la mando esta tarde.

Salió a la calle a las once y media.

Al pasar por el pasillo, el escribiente estaba cerrando la caja de cartón con el inventario encima.

—¿Eso se devuelve? —dijo Cressida.

—A su dueña. —El hombre ató el cordel—. Ahora que se ha movido la cosa, se devuelve todo.

Aquella misma tarde, antes de coger la pluma para la nota, Sinclair mandó a un agente a Portnabrae con una citación para don Tomás Fearn.

Tam Fearn declaró el nueve de mayo y declaró tres veces, y las tres dijo una cosa distinta, y a la tercera dijo la verdad, que era que un hombre de Glasgow que se llamaba Mackie le había dado cinco libras en la casa de comidas del muelle el treinta de marzo del año anterior y le había dicho lo que tenía que poner en una carta y adónde mandarla, y que él no sabía escribir y que se la había escrito el propio Mackie.

La nota del fiscal salió aquella tarde y estaba en cuatro periódicos el sábado cuatro de mayo.

Isla la leyó el domingo por la noche, en la mesa de la cocina, con Peigi enfrente.

No decía la palabra inocente. No la podía decir.

Decía que el procurador fiscal de Dingwall había abierto diligencias por un pago de cinco libras efectuado el treinta de marzo de mil ochocientos noventa y cuatro, tres días antes de la denuncia anónima que originó la exhumación en la causa contra la señora Rathven, de Corrieglass, y que en el curso de esas diligencias se había recibido declaración jurada de la que fue testigo de cargo en aquel juicio.

Y decía, en el último párrafo, que de dicha declaración resultaba que el difunto señor Rathven había dispuesto sus asuntos con notable previsión en los meses anteriores a su fallecimiento.

Isla lo leyó tres veces.

A la tercera lo dejó en el tablero y dejó las manos abiertas a los lados del papel.

Nueve meses en Portnabrae diciendo lo que decían. Cinco meses de celda. Dos días de banquillo sin poder abrir la boca.

Y la manera de que se supiera era esa: un párrafo en la página cuatro que dejaba escrito, sin decirlo, que el hombre se lo había hecho él.

—Me devuelven el mío y le quitan el suyo —dijo—. Él sabía que iba a ser así.

Cressida volvió a la pañería el viernes a las nueve.

El señor Rae no le dijo nada del asunto ni aquel día ni ninguno, y el lunes seis le subió el jornal de siete chelines a ocho sin explicarle por qué.

El veinte de mayo, la señora Mackintosh le dijo que el cuarto lo necesitaba para su cuñada y que lo sentía mucho.

Cressida no tenía adónde ir.

Tenía ocho chelines a la semana, una maleta, un abrigo de invierno en mayo y dos libras y tres en un monedero, y no tenía en el mundo ni una sola casa en la que pudiera llamar a una puerta.

El martes veintiuno, a las seis y media de la tarde, salió de la pañería, anduvo hasta la parada del coche de la costa y preguntó cuánto costaba.

—¿Hasta dónde?

—Hasta Portnabrae.