La heredera que no existía Capítulo 44
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Capítulo 44

¿Cuánto tarda en caerse un hombre que lleva veinte años de pie?

Tres semanas.

Las copias certificadas de los treinta y ocho recibos salieron de Inverness el seis de marzo y llegaron el nueve a dos despachos de Glasgow, uno en Bothwell Street y otro en West Nile Street.

Los dos socios de Hector Ballantyne en la sociedad de curado se llamaban Erskine y Paton, y ninguno de los dos había oído hablar en su vida de Corrieglass.

Lo que leyeron fue esto.

Que desde junio de mil ochocientos setenta y seis, y sin interrupción hasta enero de mil ochocientos noventa y cinco, su socio había venido entregando sesenta libras anuales en efectivo, por mano de tercero, a la madre del titular de una finca sobre la que la sociedad tenía constituido un préstamo hipotecario de siete mil doscientas libras.

Y que esa entrega no figuraba en ningún libro de la sociedad.

Erskine tenía sesenta y un años y llevaba treinta en el ramo.

Paton tenía cuarenta y cuatro y había puesto en la sociedad el dinero de su mujer.

Los dos entendieron lo mismo y lo entendieron el mismo día, y no era lo del matrimonio de las islas, que era un asunto viejo y de otro hombre.

Lo que entendieron fue que su socio llevaba diecinueve años pagando sesenta libras al año de un dinero que no era suyo para que una hipoteca de siete mil doscientas libras siguiera siendo suya.

Cressida lo supo el once, porque su padre no fue a cenar.

No entendía de hipotecas y entendía de su casa, y en su casa las cosas se sabían por la cena. Su padre cenaba en casa a las siete y media los días que estaba en Glasgow, y llevaba haciéndolo dieciocho años, y el once de marzo no fue, ni el doce, ni el catorce.

El quince le preguntó a su madre.

—¿Pasa algo?

—Pasa lo del periódico.

—Madre, lo del periódico es de un matrimonio de hace veinticinco años.

Euphemia Ballantyne estaba bordando y no levantó la cabeza. Llevaba cuatro días con la misma esquina, deshaciéndola y volviéndola a hacer, cosa que Cressida vio y no dijo.

—Lo del periódico de hoy no.

Le pasó el «North British Daily Mail» del quince de marzo doblado por la página cinco, y Cressida lo leyó de pie.

Aquella mañana no hablaba de ningún matrimonio. Hablaba de la sociedad de curado Ballantyne, Erskine y Paton, y decía que se había convocado junta extraordinaria de socios, y decía que en los medios del ramo se comentaba con preocupación.

Cressida dobló el periódico. Lo dobló por la mitad y después otra vez, hasta dejarlo del tamaño de una carta, que era lo que hacía con las cosas que no sabía dónde poner.

—¿Usted lo sabía?

—¿El qué.

—Lo de mil ochocientos setenta y uno.

Su madre siguió bordando tres o cuatro puntadas más, y después metió la aguja en la tela y la dejó ahí.

—Yo supe en el setenta y nueve que había habido una mujer —dijo—. Me lo dijo mi padre, que en paz descanse, y me dijo que era una cosa de juventud y que estaba resuelta. Y yo tenía a Cressida de tres años y no pregunté más.

—Madre.

—Y en veintiún años no he vuelto a preguntar.

—Pero no era una mujer. Era un matrimonio.

Euphemia Ballantyne bajó los ojos al bastidor y los dejó ahí.

—¿Y eso qué cambia?

—Cambia el suyo.

Su madre no contestó a eso.

Se levantó, dejó el bordado en la silla y salió del salón, y a partir de aquel día empezó a subir a acostarse a las nueve.

Entre el quince de marzo y el diez de abril, en aquella casa pasaron cuatro cosas.

La cocinera se despidió el veintidós y no la sustituyeron.

El veintisiete, el coche se vendió con los dos caballos, y a partir de entonces su padre iba a Bothwell Street en tranvía y bajaba dos paradas antes.

El primero de abril, la señora Wardlaw, que era la amiga de su madre desde hacía diecisiete años y con la que salía los jueves, escribió una carta muy amable diciendo que aquel mes tenía a su hermana en casa.

Y el cinco, Cressida fue a la modista de Sauchiehall Street a recoger un vestido encargado en enero y la modista le dijo, con mucho apuro y mirándose las manos, que tenía orden de no entregar nada a esa casa sin cobrar antes.

Cressida lo pagó con su dinero, que eran cuatro libras y once chelines de toda su vida.

La junta fue el miércoles diez de abril, a las once, en Bothwell Street.

Cressida fue con su padre en el coche y se quedó fuera, en la antesala. Esperaba fuera desde los catorce años, porque a su padre le gustaba que lo esperaran.

Pero aquel día la sala tenía dos puertas y la segunda estaba entornada.

Duró una hora y cuarenta minutos y Cressida lo oyó casi entero.

No hubo gritos. Fue lo que le pareció más raro.

Fueron tres hombres hablando de dinero en un tono de oficina, y el tono no cambió ni una sola vez, ni cuando el señor Paton leyó en voz alta el importe total de las entregas, que eran mil ciento cuarenta libras en diecinueve años, ni cuando el señor Erskine dijo la palabra colusión, ni cuando dijo la otra.

Lo que acordaron fue esto.

Que la sociedad retiraba su concurso al préstamo hipotecario sobre la finca de Corrieglass y que ese préstamo pasaba a ser cuenta personal del señor Ballantyne.

Que se suspendía la línea de crédito de la sociedad con el banco a nombre del señor Ballantyne, que era de cuatro mil libras.

Y que la estación de curado de Portnabrae, que estaba aportada a la sociedad y figuraba a nombre de los tres, quedaba intervenida a partir de aquel día por los dos socios restantes hasta la liquidación de cuentas.

Y entonces Cressida oyó a su padre pedir.

Fueron dos minutos.

Le oyó decir que llevaba veinte años poniendo el arenque en esa mesa.

Le oyó decir que el asunto de Stornoway era un error de juventud amortizado.

Le oyó decir, y esto fue lo que no se le quitó nunca, que si se le retiraba el crédito aquella misma semana quedaba a la intemperie y que tenía una hija.

Y le oyó al señor Erskine contestar que la cuestión no era el matrimonio, que la cuestión eran diecinueve años de pagos en efectivo por mano de tercero a la madre de un deudor, y que eso, en el ramo, tenía un nombre y no era error de juventud.

Y hubo una cosa más, al final, que Cressida no entendió hasta el otoño.

El señor Paton preguntó por qué.

Preguntó por qué un hombre paga sesenta libras al año durante diecinueve años a la madre de un deudor, y lo preguntó sin ninguna maldad, como se pregunta una cifra que no cuadra.

Y su padre no contestó.

Estuvo callado ocho o diez segundos, que en una sala de juntas es una eternidad, y después dijo que era un asunto personal y que no venía al caso.

Y con eso se acabó la junta, porque los dos socios se miraron.

Salieron a la una menos veinte.

Su padre se puso los guantes en la escalera y se los puso bien, dedo por dedo.

Aquella noche cenaron los tres juntos por primera vez en cinco semanas y no habló nadie.

A las diez, su padre la llamó al estudio.

Tenía delante una hoja escrita a mano y un tintero abierto.

—Siéntate.

Cressida se sentó.

—Esto se arregla de una sola manera —dijo—. Y la manera no es Glasgow, es Inverness. Si el pleito de esa mujer se cae, todo lo demás se cae con él, porque todo lo demás es una consecuencia. Erskine y Paton vuelven en tres meses. Vuelven todos.

—El pleito no se cae, padre. Hay un libro.

—El pleito lo instó una mujer a la que un jurado miró con desconfianza hace siete meses.

Cressida leyó la fecha del papel al revés, desde su lado.

—Tú declaraste en aquel juicio. —Su padre giró la hoja hacia ella—. Y declaraste que encontraste un frasco vacío en el cajón de la mesilla de un muerto. Eso consta.

—Consta.

—Lo que no consta es una cosa que a mí me dijiste tú en abril del año pasado, en esta habitación, llorando, y que no te preguntaron en septiembre porque no lo sabía nadie.

—Yo no le dije nada en abril que no esté en el acta.

—Me dijiste que aquella mujer sabía que tú habías entrado en el cuarto.

Cressida se quedó quieta.

—Eso no se lo dije.

—Firma esto y sí que me lo dijiste. —Su padre puso la pluma encima de la hoja—.

Aquí no hay nada falso, Cressida. Aquí pone que en marzo del noventa y cuatro, en el pasillo del ala oeste de aquella casa, la señora Rathven te vio salir del cuarto del difunto con el frasco en la mano y no dijo nada. Y pone que después se sonrió.

—Eso último no pasó.

—Eso último no lo puede desmentir nadie.

La chimenea del estudio estaba encendida y era la de siempre, la de carbón bueno, y Cressida se quedó mirándola.

Se acordó del pasillo.

Se acordó de la mujer con el brazado de sábanas, de los cuatro pasos, de que se apartó dos dedos para no rozarla.

Y se acordó de que no se había sonreído.

—No.

—Cressida.

—No, padre. Y no es por ella. Es porque llevo dieciocho años diciendo que sí.

—Vas a salir de esta casa sin nada —dijo su padre a su espalda.

—Sí.

—Y no sabes hacer nada.

—Sé leer un libro de cuentas. —Cressida tenía la mano en el picaporte—. Me enseñó usted.

Subió a su cuarto a las diez y veinte.

Antes de hacer la maleta se sentó en el borde de la cama diez minutos y se hizo la única pregunta que le quedaba, que era si se estaba yendo por vergüenza o por otra cosa.

Contestó que por las dos y que daba igual.

Hizo la maleta en cuarenta minutos y la hizo mal, que fue la primera cosa que hizo mal a propósito en su vida: metió tres vestidos, el abrigo de invierno, el neceser y los dos libros que eran suyos, y dejó las joyas en el cajón porque las había pagado él.

A las once y media bajó al estudio, que estaba a oscuras y vacío porque su padre se había ido a acostar, encendió una vela y abrió el segundo cajón.

Buscó el libro diario de gastos de representación del año mil ochocientos noventa y cuatro.

Lo encontró.

Buscó el mes de marzo y pasó el dedo por la columna hasta el día treinta.

30 marzo. T. Fearn, Portnabrae. Por cuenta de gastos de representación en la costa. 5 libras. Entregadas por J. Mackie.

Cressida sacó del bolsillo la hoja doblada en dos que llevaba en el cajón de su escritorio desde el seis de febrero, la que tenía una fecha y tres palabras, le dio la vuelta y copió el asiento entero con lápiz, letra por letra, incluido el nombre del que lo entregó.

Después volvió a dejar el libro donde estaba y cerró el cajón.

A las siete y diez de la mañana del jueves once de abril, Cressida Ballantyne estaba en la estación de Buchanan Street con una maleta a los pies.

En el tablero de salidas había dos trenes suyos.

El de las siete cuarenta y cinco iba a Liverpool, y en Liverpool tenía una tía de su madre, soltera, con casa, que se lo había dicho dos veces por carta y que la habría recibido aquella misma tarde sin hacer una sola pregunta.

El de las ocho y diez iba al norte.

Cressida estuvo cuatro minutos entre los dos tableros.

Después fue a la taquilla.

—Un billete a Dingwall.