La heredera que no existía Capítulo 43
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Capítulo 43

El lunes cuatro de marzo, Isla le dio a Kilgour tres instrucciones por escrito.

Se las dio en el gabinete, de su puño, en una hoja, numeradas.

La primera era que instara la acción.

La segunda era que remitiera copia certificada de los treinta y ocho recibos de Lady Ursula Rathven a los dos socios de don Hector Ballantyne en la sociedad de curado, con una carta de cobertura suya, sin comentarios y sin ofrecimiento de ninguna clase.

La tercera era que no le enseñara ninguna de las dos cosas a nadie de aquella casa antes de mandarlas.

Kilgour leyó la hoja dos veces.

—La segunda no hace falta para el pleito.

—Ya lo sé.

—Señora, lo que me está usted pidiendo ahí es hundirle el crédito a ese hombre por otro sitio.

—El treinta y uno de mayo ese hombre ejecuta esta finca —dijo Isla—. Faltan doce semanas. El pleito no se resuelve en doce semanas ni en doce meses. Si el treinta y uno de mayo él sigue teniendo crédito en Glasgow, aquí no hay pleito ni hay nada, porque yo estaré en Dundee.

—Es duro.

—Es aritmética.

Kilgour dobló la hoja y se la guardó.

—¿Y la tercera?

—La tercera es porque en esta casa vive la mujer que firmó esos recibos, y porque si se lo digo antes de mandarlos, se lo estaré preguntando. Y no se lo voy a preguntar.

El seis de marzo, a las diez de la mañana, Isla subió al salón pequeño y llamó a la puerta.

Estuvo dentro cuatro minutos.

Le dijo a Lady Ursula Rathven que aquella tarde salían de Inverness copias certificadas de los treinta y ocho recibos con destino a los dos socios de don Hector Ballantyne, y que se lo decía porque se lo tenía que decir y no para pedirle opinión.

Lady Ursula tardó unos segundos.

—¿Va mi nombre entero?

—Va su nombre entero y su firma treinta y ocho veces.

—Bien.

—¿Bien?

—Lo que oye usted. —Lady Ursula volvió a abrir el libro cerrado que tenía encima de las rodillas y lo volvió a cerrar—. Hágalo hoy. Si lo hace usted la semana que viene, me da tiempo a pensarlo, y yo pensando soy peor persona.

La acción se instó en Edimburgo el jueves catorce de marzo.

Kilgour había encargado el memorial a un abogado de la Casa del Parlamento que se llamaba Purves y que había llevado dos causas de estado civil en doce años, que era mucho, porque de esas hay pocas.

Lo que se pedía eran tres cosas y las tres estaban en la primera página.

Que se declarase que Hector Ballantyne y Mór MacAulay contrajeron matrimonio válido en Stornoway el catorce de junio de mil ochocientos setenta y uno.

Que se declarase que Isla, nacida en el año mil ochocientos setenta y dos, era hija legítima de ese matrimonio.

Y que se declarase, en consecuencia, la condición de dicho matrimonio como subsistente a la fecha de abril de mil ochocientos setenta y cuatro.

Isla no entendió el memorial.

Se lo mandó Kilgour el dieciséis de marzo en una copia para ella, catorce hojas escritas a máquina, y Isla se sentó en el gabinete el domingo diecisiete a las nueve de la mañana con el diccionario de la biblioteca al lado, que era de mil ochocientos sesenta y dos y tenía las tapas sueltas.

Estuvo hasta las cuatro de la tarde. Sin comer. Peigi le subió té a la una, se lo encontró frío a las tres y se lo volvió a llevar sin decir nada.

Sacó ocho palabras del diccionario, apuntó cuatro que no venían, y al acabar entendía las dos primeras hojas y las doce siguientes no.

Le escribió a Kilgour aquella misma noche una carta de once renglones pidiéndole que le mandara otra copia con las palabras difíciles explicadas al margen y con su letra, y que le cobrara el tiempo.

Kilgour contestó el veinte con las catorce hojas anotadas de su puño en los márgenes y una nota al final que decía que el tiempo no se lo cobraba, y que en treinta y dos años era la primera vez que un cliente suyo le pedía eso.

Purves le escribió a Kilgour que la primera se ganaba, que la tercera se ganaba sola si se ganaba la primera, y que la segunda era el problema, porque de la niña nacida en el setenta y dos no había asiento en ninguna parte y porque el único testigo vivo tenía ochenta y un años y no hablaba inglés.

Las costas del memorial y del primer trámite eran ciento sesenta libras.

Isla vendió el cuadro.

Era el segundo de los cuatro que quedaban en la galería, el de la mujer joven de vestido azul oscuro con la mano en el respaldo de una silla, que era Lady Ursula a los veintidós años y que lo había pagado un fabricante de lino de Dunfermline en mil ochocientos cincuenta y cinco.

Vino un tratante de Inverness el veintiuno de marzo, lo miró veinte minutos y ofreció ciento cuarenta.

Isla pidió ciento setenta y cerraron en ciento cincuenta y cinco.

Se lo llevaron el veintidós por la mañana en un carro, envuelto en una manta, y el hueco del papel de pared quedó más claro que los otros ocho porque el papel de debajo llevaba cuarenta años sin luz.

Era un rectángulo de rosas azules casi nuevas, con el borde marcado por una raya de polvo gris.

Los otros ocho cuadros seguían en su sitio, y los ocho tenían debajo su propia sombra en la pared, de manera que la galería quedó con nueve marcas y ocho cuadros.

Lady Ursula no bajó a la galería aquel día ni ninguno de los siguientes, y no dijo una palabra del asunto nunca.

La prensa lo cogió el veintisiete.

Y la cogió porque alguien se la dio. Eso lo dijo Kilgour por carta el treinta, y lo dijo sin poder probarlo: que una demanda de estado civil interpuesta en Edimburgo no sale sola en un periódico de Glasgow a los trece días, y que a él, en treinta y dos años, le habían salido tres causas en la prensa y las tres se las había dado alguien.

Lo cogió primero el «Inverness Courier», que puso doce líneas en la página tres, sin nombres, con mucho cuidado y dos veces la palabra presuntamente.

Y después lo cogió Glasgow.

El «North British Daily Mail» del veintinueve de marzo lo puso en la página cinco con dos columnas y un titular a una línea:

UN MATRIMONIO EN LAS ISLAS. Extraña demanda contra un conocido industrial del ramo del arenque.

Aquello duró seis días y lo cogieron cuatro periódicos, y a partir del tercer día se puso el nombre de él.

Y a partir del cuarto día empezó lo otro.

Lo otro empezó el martes dos de abril en un vespertino de Glasgow que se llamaba «The Evening Citizen», con un suelto de veintidós líneas que no acusaba a nadie de nada y que recordaba, con toda corrección, que la demandante en aquel pleito era la misma señora Rathven que en septiembre del año anterior había comparecido ante el Alto Tribunal de Justiciaría en Inverness acusada de la muerte de su esposo, y que el jurado había dictado un veredicto de no probado.

Al día siguiente estaba en otros dos.

Y el jueves cuatro, en el «Evening Citizen» otra vez, a cuatro columnas:

LA VIUDA DE CORRIEGLASS PIDE UN NOMbrE QUE UN TRIBUNAL YA MIRÓ CON DESCONFIANZA.

Los seis días de marzo fueron malos y los cuatro de abril fueron peores, y a Corrieglass llegaron de cuatro maneras.

Llegaron por el tendero, que a partir del treinta de marzo dejó de mandar el pedido con el chico y empezó a mandarlo con un carretero de fuera.

Llegaron por la escuela, donde el maestro tuvo que hablar el dos de abril con dos padres.

Llegaron por el reverendo Bain, que el domingo treinta y uno no dijo una palabra del asunto desde el púlpito y a la salida se quedó en el pórtico dando la mano a todo el mundo durante cuarenta minutos, que fue su manera de decirlo.

Y llegaron por correo. Cuatro cartas anónimas en nueve días, tres de ellas de la comarca y una de Glasgow, y Isla las leyó las cuatro enteras y las quemó las cuatro en el fogón de la cocina sin enseñárselas a nadie.

Dos iban a máquina y dos a mano. La de Glasgow traía franqueo de sobra, pagado por el que la mandaba, y eso fue lo que a Isla le pareció más raro de las cuatro.

Alguien había hecho cola en una estafeta para aquello.

Isla los leyó todos.

Los pedía en la tienda de Portnabrae, que se los guardaba el tendero con el pedido de la casa, y los leía por la noche en la mesa de la cocina, con la lámpara baja, con Peigi enfrente pelando lo que hubiera que pelar.

La cocina a esa hora estaba caliente y olía a turba y a nabo.

El reloj de pared iba cuatro minutos adelantado desde hacía nueve años y no lo había tocado nadie.

Isla leía con el dedo debajo del renglón, como le habían enseñado, y sin mover los labios, que eso lo había dejado en diciembre.

Los leía enteros. No se saltaba nada.

—Señora, no los lea usted.

—Hay que leerlos.

—No hay que leer nada.

—Sí. —Isla pasó la hoja—. Si voy a un tribunal de Edimburgo en junio, esto es lo que van a haber leído los que estén en esa sala. Y yo quiero saber exactamente lo que han leído.

La noche del cuatro de abril se atascó en una palabra.

Estaba en el tercer párrafo y era larga y no la había visto nunca escrita.

—Pei... pe... pecuniario.

—Espere. —Peigi dejó el cuchillo y se acercó a mirarla, porque Peigi leía peor que ella desde hacía un año pero conocía palabras que Isla no había oído—. Pecuniario. De dinero.

—¿De dinero?

—De dinero. Cuando quieren decir dinero y no quieren decirlo.

Isla volvió al renglón y lo leyó entero.

Decía que no correspondía a un periódico juzgar los móviles pecuniarios de nadie, y a continuación los juzgaba durante nueve líneas.

Lo leyó hasta el final. Y el siguiente. Y los cuatro periódicos.

Cuando acabó el último eran las doce y veinte, y le quedaba la contraportada, que era donde estaban los anuncios y donde no había nada que leer.

La leyó igual, porque desde enero del año anterior leía las páginas enteras por costumbre, como se cuenta un cajón hasta el final aunque ya se sepa el número.

En la segunda columna, entre un anuncio de un vapor a Belfast y otro de una casa de comidas, había seis líneas en cuerpo pequeño.

Era un aviso de subasta pública de prendas no rescatadas, con relación de lotes, para el sábado veintisiete de abril, a las diez de la mañana, en el establecimiento de Church Street, Inverness.

Isla lo leyó dos veces.

Decía que entraban en la subasta las prendas empeñadas a seis meses antes del uno de octubre del año anterior, y las de plazo mayor cuyo término hubiera vencido.

Se quedó mirando aquellas seis líneas con la lámpara baja y con Peigi ya recogiendo el cesto.

Nueve de julio del noventa y cuatro.

A un año.

Nueve de julio del noventa y cinco, que eran tres meses y cinco días.