Capítulo 42
La caja de costura estuvo dos días encima de la mesa del gabinete.
Isla no había decidido nada todavía. Había sacado los diecinueve fajos, los había puesto en fila, había contado los recibos uno por uno y le habían salido treinta y ocho, dos por año, y los había vuelto a atar.
Y encima de la caja, dobladas en tres, estaban las cuatro hojas de la carta de Alasdair Rathven.
El sábado veintitrés de febrero, a las diez y media de la mañana, Gavin entró en el gabinete a buscar el expediente del coto, porque Selby había escrito por lo del arriendo del noventa y cinco y había que contestarle.
Isla estaba en Portnabrae con el maestro.
Gavin encontró el expediente del coto en el segundo montón de la izquierda, donde ella lo había puesto en noviembre y donde estaba todo lo que estaba desde noviembre.
Y al cogerlo vio la caja abierta.
Y al lado de la caja, las cuatro hojas.
Después contó que las leyó de pie y que no se sentó en ningún momento, y era verdad.
Leyó primero los recibos, porque estaban arriba y porque en un recibo se tarda cuatro segundos, y a los dos minutos sabía que su madre llevaba diecinueve años cobrando de Hector Ballantyne sesenta libras al año.
Después leyó la carta.
La leyó entera, las cuatro hojas, incluida la postdata.
Cuando acabó estuvo un rato de pie en medio del gabinete con las cuatro hojas en la mano izquierda y el expediente del coto en la derecha, y empezó a hacer la cuenta, y la cuenta le salió mal por el orden en que la hizo.
La empezó por el final, que es por donde no hay que empezarla nunca.
Lo primero que vio fue la fecha del sobre, que él conocía porque el veintiuno de diciembre estaba en el patio cuando subió el coche de Kilgour, y porque aquella noche le había preguntado a ella qué quería el procurador y ella le había contestado que papeles del vencimiento.
Veintiuno de diciembre.
Nueve semanas.
Nueve semanas con aquello en una mesa, en una casa de treinta y una habitaciones donde él dormía a veinte pasos de ella desde el siete de noviembre.
Lo segundo fue lo de Lewis. El siete de enero la había llevado él mismo a Ullapool, once horas de carro, y el catorce había salido a las cuatro de la madrugada a recogerla, y en el camino de vuelta ella le había dicho que había sido un viaje de familia y que ya le contaría.
Lo tercero fue la frase de su hermano: sé dónde está y no te lo voy a decir.
Agosto de mil ochocientos noventa y tres.
Y ahí la cuenta se le torció del todo, porque de una frase que dice que un hombre sabía una cosa en agosto a creer que se la dijo a alguien en agosto hay un paso muy corto cuando uno lleva año y medio queriendo que le salgan las cuentas de una manera.
Estuvo dos horas en el gabinete con aquellas cuatro hojas.
El fuego de aquel cuarto llevaba apagado desde noviembre y allí dentro se veía el aliento. No lo encendió. Se puso al lado de la ventana, que era donde había luz, y leyó de pie contra el alféizar.
Las leyó tres veces y la tercera fue buscando una frase que no estaba. Buscaba, sin habérselo dicho a sí mismo, que en alguna parte de aquellas cuatro hojas su hermano dijera que no le había contado nada a nadie.
No lo decía.
Alasdair Rathven había escrito cuatro hojas explicándose ante una mujer y no se le había ocurrido, ni una sola vez en cuatro hojas, que otra persona pudiera leerlas.
Esa era toda la razón por la que a Gavin le salió la cuenta al revés, y la entendió dos meses más tarde, en una pensión de Glasgow, a las tres de la mañana.
Le esperó en el patio.
Isla subió del pueblo a las doce y veinte.
Había nevado el jueves y el viernes había deshelado, y el patio de Corrieglass estaba como está un patio de adoquines en febrero después de un deshielo: con dos dedos de agua sucia encima de la piedra y montones de nieve negra pegados a las paredes.
El agua llevaba dentro paja, ceniza del fogón y el verde podrido de las hojas del otoño, y en los charcos se veía el cielo partido en pedazos cada vez que entraba una ráfaga por el arco.
Caía aguanieve.
Gavin estaba en medio, sin chaqueta, con las cuatro hojas en la mano.
Isla las vio desde el arco y supo lo que eran antes de verle la cara.
Se las conocía. Las había tenido tres días en las manos en diciembre, con un corte en el pulgar, y había apuntado el orden de las hojas por si se le caían.
—¿Cuándo pensabas decírmelo?
—Déjame entrar y hablamos dentro.
—Aquí.
Isla se paró a cinco pasos.
—Te lo voy a contar entero y te lo voy a contar por orden —dijo—. El veintiuno de diciembre subió Kilgour y me...
—El veintiuno de diciembre te pregunté a qué había venido.
—Sí.
—Y me dijiste que a papeles del vencimiento.
—Sí.
—Y el siete de enero te llevé yo a Ullapool. Once horas. Y a la vuelta te pregunté cómo había ido y me dijiste que era cosa de familia.
—Sí.
—Nueve semanas, Isla.
—Déjame acabar.
—Y él lo sabía en agosto. —Gavin levantó las hojas—. Aquí lo pone. Sé dónde está. Eso está escrito el veintitrés de agosto del noventa y tres, dos días después de la boda.
—Eso es lo que estoy intentando explicarte.
—Y el diecisiete de agosto bajó al muelle.
—Gavin.
—Y el dieciséis se bajó de un coche en el camino de Strome Ferry para preguntarte por tu madre. —Estaba hablando más bajo cada vez—. Eso me lo contaste tú en el establo. Eso me lo contaste tú.
—Yo no sabía nada.
—Un hombre no le pregunta a una mujer por su madre en un camino y después se casa con ella y después escribe cuatro hojas y no le dice nada en tres meses de casa.
—Pues eso es exactamente lo que hizo.
—¿Y tú te lo crees?
—Yo lo sé.
Y ahí Isla se acercó dos pasos, que fue el error.
Se acercó porque en el muelle, cuando dos están discutiendo y una tiene razón, se acerca. Y llevaba el pelo mojado de la aguanieve y la trenza medio deshecha de las tres millas de subida, y Gavin la tuvo a un paso y medio.
Y lo que le llegó fue lana mojada y jabón de la cocina.
Nada más.
Aquella mujer había olido a salmuera todos los días desde que él la conoció. Le olía la trenza en agosto y le olía en el vestíbulo el día que llegó empapada, y le había olido en la cocina en enero del año anterior y en el barro del llano en marzo.
Y ya no.
Gavin no supo por qué aquello le pareció, en aquel patio y en aquel minuto, la peor cosa de la mañana.
—Yo no sabía nada —repitió Isla—. Y tú no me has preguntado ni una vez, ni hoy ni en el juicio.
—¿En el juicio?
—En diez meses. —Ella levantó la voz por primera vez—. Diez meses, Gavin. La primera vez que me has preguntado tú algo a mí fue en noviembre, en la cuesta, y te lo contesté entero y te lo contesté andando. Y lo de hoy no me lo estás preguntando. Lo de hoy me lo estás diciendo.
—Nueve semanas.
—Nueve semanas porque no lo entendía. Porque estuve tres días leyendo cuatro hojas con un corte en la mano y no entendía la mitad, y porque yo aprendí a los doce años, en una oficina de esa estación de curado, que el papel que no entiendes no se lo enseñas a nadie hasta que lo entiendes, porque el que te lo explica se queda con él.
—Yo no soy nadie.
—Tú eras el hermano del que la escribió.
Gavin se quedó un segundo sin contestar.
Y después dijo lo peor que sabía decir, que es lo que se dice cuando uno se ha quedado sin lo otro.
—Yo empeñé el reloj de mi padre por ti.
Isla no se movió.
—Y vendí el caballo, y le pedí cuarenta libras a un inglés delante de él, y bajé la cabeza en una feria mientras se reían, y cogí un pañuelo con once libras de gente que no tiene nada. —Le temblaba la mano de las hojas—. Ochenta y cuatro libras y catorce chelines. Y no te lo he dicho nunca.
—Lo sé desde julio.
Y esa fue la frase que acabó con todo.
—¿Cómo?
—Lo sé desde julio del año pasado —dijo Isla—.
Desde el doce de julio, cuando subiste al locutorio con las manos vacías y con la cadena del chaleco colgando.
Se lo pregunté a la vigilanta esa misma tarde y me dijo lo que costaba un abogado del circuito.
Y no te he dicho nada en siete meses, Gavin, esperando a que me lo contaras tú.
Gavin bajó la mano.
Y en el patio de Corrieglass, con la aguanieve, se quedaron los dos parados con lo que acababan de decirse encima.
Porque los dos tenían razón y los dos lo sabían, y eso es lo único que no se arregla hablando.
—Entonces estamos iguales.
—No. No estamos iguales. Yo te he esperado siete meses y tú me has esperado nueve semanas.
Nadie dijo nada durante un rato largo, con la aguanieve cayendo encima de los dos.
Después Gavin dobló las cuatro hojas y se las tendió.
Isla no las cogió, así que las dejó encima del brocal del pozo, y el papel empezó a mojarse por abajo en seguida.
Se dio la vuelta y cruzó el patio hasta el arco.
Y en el arco se paró.
Se paró dos segundos, con la mano en la piedra, de espaldas.
Isla contó.
Contó hasta diez, como contaba siempre, y en el nueve pensó que se iba a volver y en el diez pensó lo mismo, y siguió contando hasta veinte por si acaso.
Gavin cruzó el arco y siguió andando.
El domingo veinticuatro no bajó a desayunar y no fue al culto.
Estuvo todo el día en el cercado del este, solo, con el temporal de aguanieve, levantando el trozo de muro que se había venido abajo en enero entre la roca partida y el portillo, que eran nueve metros.
Le llevó once horas y lo hizo entero él y lo hizo bien.
Bajó a la roca partida a buscar la piedra buena y subió cada pieza a mano.
Asentó las dos hiladas de abajo con lascas de pizarra clavadas de canto, que es el trabajo lento y el que no se ve desde el camino.
A media tarde se le abrió el guante de cuero de la derecha por la costura y siguió con el guante abierto.
Peigi le subió pan y té a las cuatro de la tarde y se lo dejó encima de una piedra y se volvió sin decirle nada, y a las seis, cuando se fue haciendo de noche, el pan seguía allí.
El lunes veinticinco cogió el tren de Glasgow en Strome Ferry.
Se fue andando a la estación a las cinco de la mañana, con un saco y sin avisar a nadie más que a Murdo, y a Murdo le dejó dicho lo del cercado y lo de la cal y nada más.