La heredera que no existía Capítulo 41
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Capítulo 41

Lady Ursula Rathven mandó llamar a Isla el miércoles veinte de febrero a las cuatro de la tarde.

Fue Nan con el recado y lo dio en la puerta del gabinete, muy deprisa y sin mirar, porque llevaba desde septiembre sin llevar recados de una a otra.

El salón pequeño era la única habitación entera de aquella casa.

Tenía las cortinas sin remendar, la alfombra sin claros, doce velas en dos candelabros y la chimenea encendida desde las dos de la tarde, que era una cosa que no pasaba en ninguna otra parte de Corrieglass en veinte años.

Olía a cera de abeja y a lavanda seca. En todo el resto de la casa, en febrero, olía a humedad y a ceniza fría, y se entraba en aquel cuarto como se entra en otra casa distinta.

Isla no había entrado allí desde el veintinueve de noviembre de mil ochocientos noventa y tres.

Lady Ursula estaba sentada de espaldas a la ventana, como siempre, para que la luz le diera a la visita en la cara. Tenía el libro cerrado encima de las rodillas y la mano encima del libro.

En la mesita de al lado había una caja de costura de madera de nogal, con la tapa puesta.

—Siéntese.

Isla se sentó. La luz de la ventana le daba de lleno y notó el calor de la chimenea en la cara antes que en las manos, que era una cosa que no le pasaba en ninguna otra parte de aquella casa.

—¿Toma usted té?

—No, gracias.

—Yo tampoco. —Lady Ursula apartó el libro por primera vez en año y medio y lo dejó en la mesita, al lado de la caja—. Vamos a acabar antes.

Y empezó.

—Yo supe lo de Stornoway en marzo de mil ochocientos setenta y seis.

Isla no la interrumpió.

—Aquel año, don Hector Ballantyne quiso comprar la mitad de la estación de curado de Portnabrae.

La estación está en tierra de esta finca hasta la línea de la pleamar y necesitaba el consentimiento de mi marido para una servidumbre de paso y de varada.

Mi marido me pidió que me ocupara yo, porque él se ocupaba de los perros y de poco más.

—Y usted se ocupó.

—Yo le escribí a nuestro agente de Inverness y le pedí lo que se pide siempre, que es un informe sobre la persona con la que va uno a firmar.

—Lady Ursula tenía las dos manos en el regazo—.

En el setenta y seis ese hombre llevaba cinco años casado en Stornoway y dos años casado en Glasgow.

El rastro estaba caliente. El agente lo encontró en once días.

—¿Y qué hizo usted?

—Firmé la servidumbre.

—Le he preguntado qué hizo con lo otro.

—Lo guardé. —Lady Ursula lo dijo sin ninguna pausa—. Y en junio de aquel año le escribí a don Hector Ballantyne una carta muy correcta diciéndole que confiaba en que su amistad con esta casa se mantuviera en el futuro, y firmé, y la mandé.

—¿Y él?

—Él contestó a los nueve días diciendo que contara con ello.

—¿Por qué me lo cuenta ahora? —dijo Isla.

—Porque el jueves pasado, en esta casa, oí a ese hombre desde el pasillo pedirle a usted el nombre de un viejo de ochenta y un años.

—Lady Ursula no movió las manos del regazo—.

Yo llevo diecinueve años cobrando de un hombre que yo creía que era un tratante sin escrúpulos, que es una cosa de la que hay muchas.

El jueves pasado entendí de qué clase de hombre llevo diecinueve años cobrando.

—Eso no es un arrepentimiento.

—No lo es. Es una rectificación, que es lo que hacemos las personas de mi edad en lugar de arrepentirnos.

Isla no apartó los ojos de la caja de costura.

—¿Cuánto?

—Sesenta libras al año. En dos veces, por Pascua y por San Martín, y siempre en efectivo y siempre por mano de un tercero. —Lady Ursula levantó la tapa de la caja—. Desde junio de mil ochocientos setenta y seis hasta enero de este año. Diecinueve años.

Dentro de la caja no había costura. Ni dedal, ni hilos, ni el acerico de terciopelo que llevan todas.

Era una caja de las de verdad, de nogal, forrada de fieltro verde por dentro y con las divisiones todavía puestas, y alguien había sacado de allí lo que hubiera y lo había guardado en otro sitio hacía muchos años.

Había fajos de papeles atados con cinta de hiladillo, uno por año, con el año escrito en la cinta con tinta, puestos de pie y en orden, del setenta y seis al noventa y cinco.

—Ahí están los recibos —dijo—. Todos. Los firmé yo y los guardé yo y los ordené yo.

Isla no alargó la mano.

Se quedó mirando los diecinueve fajos puestos de pie, con el año escrito en la cinta, ordenados de izquierda a derecha como se ordena una contabilidad.

Lo que pensó no fue nada noble y lo pensó en dos segundos.

Pensó que aquella mujer, que en diecinueve años no había encargado un vestido negro de catorce chelines para la viuda de su hijo, había atado treinta y ocho recibos con cinta de hiladillo y había escrito el año en cada cinta con tinta y buena letra.

—¿Y su marido lo supo?

—Mi marido se murió en el ochenta y cinco sin saber qué papel firmaba cuando firmaba un papel.

—¿Y sus hijos?

—Alasdair lo sospechó. Lo sospechó en el noventa y tres, y no me lo preguntó, y se murió sin preguntármelo.

—Por primera vez en toda la tarde, a Lady Ursula se le movió algo en la cara y se le pasó en seguida—.

Gavin no lo sabe. Y usted no se lo va a decir usted, se lo voy a decir yo, que es distinto.

—Señora.

—Dígame.

—Sesenta libras al año durante diecinueve años son mil ciento cuarenta libras.

—Mil ciento cuarenta.

—¿Dónde están?

Y ahí Lady Ursula Rathven se rio.

Fue una risa corta, sin ninguna gracia, de las que se le escapan a la gente que lleva mucho tiempo esperando una pregunta concreta.

—Están en el tejado del ala vieja del setenta y nueve, que costó ciento diez —dijo—.

Están en el tejado del ochenta y cuatro, que costó ciento veinte.

Están en los sueldos de la casa de los inviernos del ochenta y siete, el ochenta y ocho y el noventa y uno, que son los tres años en que no hubo para pagarlos y se pagaron.

Están en el ataúd de la mujer de Murdo, que lo pagó mi hijo y no lo pagó mi hijo.

Están en catorce chelines al trimestre de una plata alquilada durante seis años, que son diecisiete libras y doce, para que esta familia pudiera poner una mesa.

Se paró.

—Veinte años, señora. Y no me he gastado ni una libra en mí. Se la he gastado toda en el tejado.

Isla la dejó terminar.

Y mientras la dejaba terminar hizo la cuenta, porque no sabía estar en una habitación sin hacerla.

Mil ciento cuarenta libras en diecinueve años son sesenta al año, y sesenta al año es lo que cuesta el sueldo de cuatro mujeres de servicio, o el tejado de un ala cada seis años, o doce veces lo que Isla Fearn tenía en el mundo el día que se casó.

—Y en diciembre del noventa y tres le pidió usted al señor Kilgour la correspondencia de su hijo.

—Sí.

—Y encontró el sobre.

—Sí.

—Y lo abrió.

—El veintidós de diciembre por la tarde, con un cuchillo de fruta calentado en la lumbre. Lo leí dos veces. Lo volví a cerrar con lacre nuevo y mi sello y lo guardé en el cajón de abajo del escritorio, debajo de esta caja.

—¿Y cuando me detuvieron?

Lady Ursula no contestó.

—El veintitrés de abril —dijo Isla—. A las siete de la mañana. Usted no bajó al vestíbulo.

—No bajé.

—Y en mayo, y en junio, y en julio. Y los dos días del juicio, que usted no fue.

—No fui.

—Y el veinticinco de septiembre a las ocho menos tres de la tarde, cuando quince hombres dijeron no probado, usted llevaba nueve meses con ese sobre en ese cajón.

—Nueve meses y tres días.

Isla se levantó.

No levantó la voz. No se acercó. Se quedó de pie en medio de aquella habitación caliente, la única caliente de treinta y una.

—¿Por qué?

Y Lady Ursula Rathven, que llevaba cincuenta y nueve años sin dar una explicación a nadie, dio la suya, y la dio entera y en dos frases, que es lo que hace que sea insoportable.

—Porque ese sobre hunde a don Hector Ballantyne —dijo—. Y el día que ese hombre se hunde, se acaban mis sesenta libras, se vende esta finca, se acaban mis ciento veinte de viudedad, y yo tengo cincuenta y nueve años y no tengo nada más.

—Yo estuve cinco meses en una celda.

—Lo sé.

—Con el crío en la cocina.

—Lo sé.

—Y usted lo podía parar con un sobre.

—No, señora. —Lady Ursula la miró desde el sillón—. Yo lo podía parar con un sobre y con diecinueve años de recibos, y con los recibos me iba yo delante. Eso es lo que usted no ha contado.

Isla estuvo un rato sin decir nada.

Después preguntó lo último que le quedaba por preguntar.

—¿Fue usted la que le dijo lo del anillo?

—Le escribí el veintiocho de enero.

—¿Qué le puso?

—Que la viuda de mi hijo había vuelto de Lewis y que llevaba en la mano izquierda un aro de latón que antes llevaba al cuello. —Lady Ursula se alisó la falda encima de las rodillas una sola vez—. No le puse nada más. No hizo falta.

Se levantó, cogió la caja de costura y la llevó hasta la mesa que había al lado de la puerta.

La dejó allí.

—Lléveselos.

—¿Cómo dice?

—Que se los lleve usted. Todos. Están en orden y están firmados y no falta ninguno.

—Volvió al sillón y se sentó—. Haga con ellos lo que quiera, que a mí ya me da igual y lleva dándome igual desde diciembre.

Si los manda usted a Glasgow, ese hombre está acabado en tres semanas, y yo con él, y me parece bien.

—Una cosa más, señora —dijo Isla desde la puerta—. Y no se la pregunto para reprochársela, que eso ya está hecho.

—Dígala.

—En noviembre del noventa y tres, cuando su hijo se estaba muriendo, usted no encargó mi luto.

—No.

—¿Por qué?

Lady Ursula Rathven se quedó un momento con las manos en el regazo.

—Porque creí que se iría usted antes de Navidad —dijo—. Y una mujer que se va antes de Navidad no necesita un vestido negro de catorce chelines.

—¿Y en enero?

—En enero ya se lo había encargado usted sola. —Levantó la vista—. Y en enero, señora, era ya la única cosa de esta casa en la que yo había ganado algo, y no pensaba devolvérsela.

Isla cogió la caja.

Pesaba muy poco para lo que llevaba dentro.

Se la puso debajo del brazo izquierdo y ya estaba en la puerta cuando se paró, la abrió y miró los fajos de pie, de canto, del setenta y seis al noventa y cinco.

El último fajo de la derecha era más delgado que los otros, porque solo tenía un papel.

Isla lo sacó con dos dedos.

Era un recibo de treinta libras, a cuenta del semestre, firmado por Ursula Rathven.

Estaba fechado el diecisiete de enero de mil ochocientos noventa y cinco.

Hacía cinco semanas.