La heredera que no existía Capítulo 40
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Capítulo 40

Hector Ballantyne subió a Corrieglass el jueves catorce de febrero a las once de la mañana.

No lo habían invitado. Escribió el lunes diciendo que subía el jueves y que agradecería media hora, y no preguntó si podía.

Isla contestó por escrito, de su puño, en cuatro renglones, que lo recibiría a las once en el gabinete y que estarían presentes su procurador y dos personas más de la casa.

Tardó cuarenta minutos en los cuatro renglones. No por las palabras, que las tenía, sino porque los escribió tres veces hasta que la línea le salió recta de un borde al otro sin caerse al final.

Lo de las dos personas lo puso a propósito.

A las once menos cuarto estaban los cuatro colocados.

Kilgour, que había subido el miércoles desde Inverness y había dormido en la casa, sentado a la derecha de la mesa con la cartera abierta.

Gavin de pie contra la pared de la chimenea, con las manos a la espalda.

Y Peigi Ross sentada en una silla de respaldo recto junto a la puerta, con las manos en el regazo, porque Isla le había dicho a las nueve que a las once se sentaba allí y que no se levantara aunque le mandaran traer té.

—¿Y para qué me quiere usted ahí, señora?

—Para que haya alguien en esta habitación que no cobre de nadie.

A las once menos diez, Kilgour se inclinó hacia ella por encima de la mesa.

—Señora, una cosa antes de que entre.

—Dígame.

—Ese hombre no sube aquí a ofrecer. Ese hombre sube aquí a saber.

—¿A saber qué?

—Cuánto sabe usted. —Kilgour se quitó las gafas—. Si usted tiene el asiento y nada más, él tiene todavía margen. Si usted tiene además un testigo, no lo tiene. Y no hay manera de que él sepa cuál de las dos cosas es sin preguntárselo, y no se lo puede preguntar sin descubrirse.

—Entonces lo va a preguntar de otra manera.

—Lo va a preguntar de otra manera. Y usted, señora, tenga cuidado con lo que contesta y tenga más cuidado todavía con lo que no contesta.

Ballantyne entró a las once en punto.

Traía abrigo de ciudad, guantes de cabritilla del color de la mantequilla y una carpeta de piel bajo el brazo, y saludó a los cuatro por su nombre, incluida Peigi, que fue la única a la que aquello le hizo algún efecto.

Era un hombre de cuarenta y tres años, ancho de hombros y de cuello corto, con las manos grandes y coloradas de los que han trabajado de jóvenes y llevan veinte años sin hacerlo. Se movía despacio por costumbre y no por la edad. Olía a agua de colonia buena y, por debajo, a tren.

Se sentó enfrente de Isla y no perdió un minuto.

Antes, al entrar, había mirado la habitación.

Isla lo vio hacerlo y supo exactamente lo que estaba mirando, porque llevaba diez años viendo mirar así a los compradores en un muelle: miró los montones de papeles atados con bramante en la mesa y en el suelo, y las etiquetas escritas a mano, y el armario abierto y vacío, y el libro de rentas del noventa y cinco abierto por la primera página con dos letras distintas.

Y no dijo nada, y eso también significaba algo.

—Señora Rathven, vengo a hacerle una oferta y se la voy a hacer entera antes de que nadie diga nada. Después preguntan ustedes.

—Adelante.

El gabinete estaba a la temperatura a la que estaba siempre, que era la de fuera menos dos grados, e Isla no había mandado encender. Eso también lo había decidido a las nueve de la mañana.

Puso la carpeta en la mesa y sacó tres pliegos.

—Uno. Yo cancelo el préstamo hipotecario que grava esta finca, que a día de hoy son siete mil doscientas libras de principal más los intereses corridos desde noviembre. Cancelación total. Se extingue y se cancela la inscripción.

Kilgour levantó la cabeza.

—Dos. Corrieglass queda libre de cargas y de su propiedad. La casa, las tierras, los arriendos y el coto. Sin condición, sin retracto y sin sustitución.

—Tres. Le entrego además dos mil libras en cheque contra el Banco Comercial, esta mañana y en esta mesa.

Nadie dijo nada.

Isla tenía las dos manos encima de la mesa. Llevaba los dos dedos del medio de la derecha envueltos en trapo limpio, porque el corte del veintiuno de diciembre, el del cuchillo de mondar, se le había cerrado mal en enero con el agua de Stornoway y había vuelto a abrirse.

No las movió.

—Siga usted.

—A cambio de tres cosas. —Ballantyne se quitó los guantes y los dejó doblados encima de la carpeta—.

La primera, que usted no inste ninguna acción, de la clase que sea, ante ningún tribunal de este reino, en relación con un asiento del registro de Stornoway del año mil ochocientos setenta y uno, ni por sí ni por medio de nadie.

—La segunda.

—Que me entregue usted los tres extractos certificados que expidió el registrador el once de enero, y el anillo.

Isla no se miró la mano.

—¿Qué anillo?

—El que lleva usted puesto desde el catorce de enero, señora, y que antes llevaba usted al cuello. —Ballantyne lo dijo sin ninguna inflexión—. Me lo ha contado la persona que me lo tenía que contar y no vamos a perder la mañana en eso.

—Siga.

—Y la tercera es un nombre.

Kilgour puso la pluma en la mesa.

—El registro de Stornoway consigna dos testigos —dijo Ballantyne—. Uno murió en el ochenta y seis. Quiero saber dónde vive el otro.

Se hizo un silencio en el gabinete de Corrieglass que duró, después lo contaron distinto todos, entre cuatro y diez segundos.

—¿Para qué? —dijo Isla.

—Para tratar con él.

—Tiene ochenta y un años.

—Razón de más para tratar con él pronto.

Y ahí Isla oyó, por detrás de ella, el ruido de la silla de Gavin separándose de la pared, y levantó la mano izquierda dos dedos por encima de la mesa, y el ruido se paró.

—Señor Ballantyne —dijo Isla—, ¿usted sabe cómo murió esa mujer?

Hector Ballantyne tenía las manos juntas encima de la carpeta y no las movió.

—Me dijeron que de fiebres.

—¿Quién se lo dijo?

—Un hombre de Wick, en el setenta y seis. Dos años después.

—¿Y dónde?

—En algún sitio de la costa.

—En Portnabrae —dijo Isla—. A tres millas de la estación de curado que compró usted a la mitad ese mismo año.

Ballantyne movió el bastón dos pulgadas sobre la alfombra y lo volvió a dejar donde estaba.

—Está enterrada en la loma, encima de la capilla, y la piedra no tiene nombre porque nadie sabía el apellido y no había quien pagara una carta a Lewis para preguntarlo.

—Isla tampoco había levantado la voz—. Usted lleva desde el ochenta y uno subiendo a esta costa cuatro veces al año en coche.

Ha pasado usted por delante de esa piedra cien veces.

—Señora Rathven, yo he venido aquí a hacer una oferta.

—Lo sé. Siga usted.

Kilgour habló entonces, porque era su oficio.

Habló veinte minutos y habló bien. Dijo que la primera condición era una renuncia de acciones y que se podía redactar.

Dijo que la segunda era materialmente imposible en cuanto a los extractos, porque los extractos se pueden volver a pedir por dos chelines y seis cualquier día de la semana, y que por tanto entregarlos era un gesto y no una garantía, y que el señor Ballantyne lo sabía perfectamente.

Y dijo que la tercera no la pensaba ni redactar.

Ballantyne lo escuchó entero con las manos juntas.

—El señor Kilgour tiene razón en todo —dijo cuando acabó—. Y por eso las cifras son las que son.

Isla se levantó y fue a la ventana.

Hizo la cuenta de pie, de espaldas, mirando el patio, y tardó menos de un minuto porque era la cuenta que llevaba haciendo desde el veintiuno de noviembre de mil ochocientos noventa y tres.

Siete mil doscientas libras de deuda, canceladas. El vencimiento del treinta y uno de mayo, desaparecido. La finca libre por primera vez desde el ochenta y siete. Dos mil libras en efectivo, que eran seis años de renta neta.

Y con dos mil libras se arregla el tejado del ala vieja, se suben las cinco casas del llano al pasto alto con casa nueva de piedra, se cancela el adelanto del coto, se rebaja la renta de los doce que llevan siete años sin poder, y sobran ochocientas.

Todo lo que había querido desde el primer día se lo estaban poniendo encima de aquella mesa a las once y veinte de la mañana.

Isla se volvió.

—Acepto.

Kilgour se quedó con la boca a medio abrir.

—Señora.

—He dicho que acepto. —Isla volvió a la mesa y se sentó—. Señor Ballantyne, ¿trae usted el cheque?

—Lo traigo.

—Póngalo encima de la mesa.

Ballantyne sacó el cheque de la carpeta y lo puso, y lo puso con cuidado, girado hacia ella.

Era un cheque cruzado del Banco Comercial de Escocia, sucursal de Glasgow, extendido a nombre de Isla Rathven, de Corrieglass, por dos mil libras esterlinas, con fecha de aquel mismo día.

En la casa de Tam Fearn no había entrado nunca de golpe una cantidad de más de tres libras.

Kilgour se inclinó.

—Señora, hoy no se firma nada. La escritura de cancelación y la renuncia de acciones hay que redactarlas y hay que leerlas, y eso son tres semanas.

—Nadie va a firmar nada hoy —dijo Isla—. Yo firmo un recibo del cheque y nada más. ¿Le parece bien a usted, señor Ballantyne?

—Me parece bien.

Kilgour extendió el recibo, lo leyó en voz alta entero, y Isla lo firmó delante de los cuatro.

Hector Ballantyne se puso los guantes.

—Ha sido usted razonable, señora.

—Sí.

—No todo el mundo lo es.

—No.

Se despidió de los cuatro por su nombre otra vez y bajó a su coche, y a las once y cincuenta estaba en el camino de abajo.

Cuando se apagó el ruido de las ruedas en la grava, Kilgour se volvió hacia ella.

—Señora, yo tengo que decirle que...

—Ahora no, señor Kilgour. Mañana.

El viernes quince, a las siete y media de la mañana, Isla bajó a la cocina con el cheque en la mano.

Le dio la vuelta, lo puso en la mesa de pino fregada, cogió el lápiz de carpintero de la repisa, que llevaba allí desde el nueve de enero del año anterior, y escribió una sola línea en el dorso.

La escribió despacio y le salió pequeña y derecha.

Mi madre no estaba en venta. Yo tampoco.

Lo dobló, lo metió en un sobre y escribió la dirección de la fonda de Portnabrae, donde Ballantyne dormía cuando subía a la costa y donde estaría hasta el mediodía.

—Peigi.

—Dígame.

—Baje usted esto y démelo en la mano. En la mano, no en el mostrador.

Peigi cogió el sobre, se lo miró por los dos lados y se puso el chal.

—¿Y si me pregunta algo?

—No le va a preguntar nada.

Gavin estaba en el arco de la escalera de servicio y llevaba allí desde que ella bajó.

Esperó a que Peigi saliera al patio.

—Isla.

—Dime.

—Ayer aceptaste delante de cuatro personas.

—Sí.

—Y hoy se lo devuelves.

—Sí.

—¿Por qué aceptaste?

Isla puso la tapa al tintero, que no había usado, y lo dejó en su sitio en la repisa.

—Porque un hombre así no hace esa oferta dos veces —dijo—.

Y yo quería que hubiera cuatro personas en esa habitación cuando la hiciera.

Ahora hay un procurador, una cocinera y tú que habéis oído a Hector Ballantyne ofrecer nueve mil doscientas libras por un asiento de registro, un anillo y las señas de un viejo de ochenta y un años.