La heredera que no existía Capítulo 39
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Capítulo 39

¿Por qué manda un abogado de Edimburgo un telegrama a una casa particular un sábado por la mañana?

El telegrama llegó a Woodside Terrace once el sábado dos de febrero a las nueve y cuarenta.

Lo subió la doncella en la bandeja de plata pequeña, la de la correspondencia, que era lo que se hacía en aquella casa aunque lo que hubiera encima fuera un papel amarillo doblado en dos.

Lo llevó al comedor, donde estaban desayunando Cressida y su madre, porque su padre llevaba dos días en Leith y no volvía hasta el lunes.

Cressida lo abrió.

Se abren los telegramas de la casa cuando el señor no está. Eso se hace en todas las casas y no tiene nada de particular, y ella lo había hecho cuatro o cinco veces en su vida, y las cuatro o cinco veces eran cosas de la conservera.

Este tenía diecinueve palabras.

Practicada búsqueda registro Stornoway matrimonios 1871 a instancia procurador Kilgour Inverness. Extracto certificado expedido. Aviso conforme instrucciones 1876. Drysdale.

Su madre estaba untando una tostada.

—¿Qué es?

—Nada. Cosa del arenque.

Euphemia Ballantyne tenía cuarenta y cuatro años, era hija de un naviero de Greenock y llevaba veintiún años casada con Hector Ballantyne.

Era una mujer amable y sin ninguna curiosidad. Hacía falta exactamente eso.

—Ah.

Y siguió untando la tostada.

Cressida tardó cuatro días.

Lo hizo como hacía las cosas desde los once años, que era por escrito y a escondidas, porque en aquella casa una chica no preguntaba y porque su padre contestaba a las preguntas con la cifra que le convenía.

Lo primero fue el nombre.

Drysdale, con despacho en Edimburgo, Thistle Street, y en el Directorio de Abogados de Escocia del año anterior, que estaba en el estudio de su padre, aparecía con la mención de agente de negocios.

Lo segundo fue la fecha. Conforme instrucciones de mil ochocientos setenta y seis.

Cressida leyó esa palabra, instrucciones, veinte veces aquel sábado.

Instrucciones quiere decir que alguien las dio. Quiere decir que en algún momento del año setenta y seis, un hombre se sentó delante de un abogado de Edimburgo y le explicó exactamente lo que quería que vigilara y cada cuánto quería que se lo dijera, y le puso un precio.

Y quiere decir que ese hombre llevaba diecinueve años pagándolo todos los eneros sin fallar uno.

Ese fue el renglón que la tuvo despierta la noche del sábado.

Mil ochocientos setenta y seis era el año en que había nacido ella.

Lo tercero fue lo más fácil y lo hizo el lunes, porque su padre guardaba la correspondencia de los agentes en el segundo cajón y no cerraba el segundo cajón con llave, porque en aquella casa nadie abría un cajón de su padre.

Había una carpeta con el nombre de Drysdale. Diecinueve años de cartas. Casi todas eran de una línea y decían todas lo mismo: sin novedad, nada que comunicar, sin novedad, nada que comunicar.

Una al año, en enero.

Diecinueve cartas de un abogado de Edimburgo, cobradas a tres guineas anuales, diciéndole a Hector Ballantyne que nadie había ido a mirar un libro en una isla.

Todas en el mismo papel, con el mismo membrete de Thistle Street, todas dobladas en tres y guardadas en el mismo orden.

La del setenta y siete estaba escrita con una letra distinta de las demás, más antigua, y firmada Drysdale igual.

Un padre y un hijo, seguramente, cobrando lo mismo por lo mismo durante diecinueve años.

Lo cuarto lo hizo el martes por la mañana y lo hizo en la biblioteca Mitchell, adonde su madre creía que iba a su clase de dibujo.

Pidió el Directorio de Correos de las islas y buscó Stornoway, y en Stornoway buscó registrador, y apuntó el nombre y la dirección de Point Street en el reverso de un billete de tranvía.

Después pidió el índice del «Glasgow Herald» del año mil ochocientos setenta y cuatro, porque quería ver la nota de la boda de sus padres, y la encontró en el número del dieciocho de abril, seis líneas, con los dos nombres y el de la iglesia y el del padre de ella.

La leyó cuatro veces.

Era una nota de sociedad de las de entonces, muy corta y muy correcta, y no había en ella una sola palabra que no fuera cierta, y era falsa entera.

Y estaba Stornoway.

Cressida no sabía qué había en aquel libro. Sabía que había algo de mil ochocientos setenta y uno, sabía que era de matrimonios, y sabía que hacía diecinueve años su padre había pagado por enterarse si alguien lo buscaba.

Se sentó en su cuarto el martes por la noche y lo ordenó en una hoja, con fechas, como le habían enseñado a ordenar una cuenta.

Y al llegar a la tercera línea dejó el lápiz.

Su padre empezó de curador de arenque. Eso lo contaba él mismo en las cenas, con orgullo, y contaba que había empezado en el norte y que había pasado dos temporadas en las islas.

Su padre se casó con su madre en Glasgow en abril de mil ochocientos setenta y cuatro.

Si en el setenta y uno, en Stornoway, hubo un matrimonio que a él le interesa vigilar desde el setenta y seis, entonces el matrimonio de abril del setenta y cuatro no vale nada.

Y si el matrimonio de abril del setenta y cuatro no vale nada, ella no es hija legítima de nadie.

Cressida estuvo una hora sentada en el borde de la cama con la hoja en las rodillas.

Después bajó a la cocina, levantó la tapa del fogón y quemó la hoja, porque en aquella casa había aprendido qué se hace con los papeles.

Aquella semana, entre el sábado y el miércoles, Cressida hizo además una cosa que no tenía nada que ver con los papeles.

Se puso a mirar a su madre.

La miró en el desayuno, la miró bordando, la miró dar las órdenes de la casa a la cocinera a las nueve y media como llevaba haciéndolo veintiún años.

Euphemia Ballantyne se levantaba a las ocho, desayunaba a las nueve, veía a la cocinera a las nueve y media, escribía cartas hasta las once, salía los jueves con la señora Wardlaw, cenaba a las siete y media y subía a las diez y media.

Era la vida de una señora casada de Woodside Terrace y no se parecía a ninguna otra cosa.

Su madre tenía una manera de coger la tetera, con la servilleta doblada bajo el asa aunque el asa no quemase, que Cressida le había visto cuatro mil veces y que aquella semana le pareció por primera vez una cosa aprendida. Alguien se la había enseñado. Había un año en que todavía no la sabía.

Y Cressida, que tenía dieciocho años y tres meses y llevaba cuatro días sin dormir bien, se pasó aquella semana mirándola desde el otro lado de la mesa y pensando una sola pregunta, que era de cuántas cosas de las que uno hace todos los días se puede uno enterar de golpe de que no eran lo que parecían.

Su padre volvió el miércoles seis por la tarde.

Cressida esperó a las nueve, cuando su madre subió, y entró en el estudio con el telegrama en la mano y lo puso en la mesa.

Hector Ballantyne lo leyó.

Lo leyó dos veces, lo dejó en la mesa, se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz, y no se le movió ni un músculo de la cara.

—¿Lo has abierto tú?

—El sábado.

—¿Se lo has enseñado a tu madre?

—No.

—Bien.

Y se quedó callado.

Cressida esperó de pie.

—Pregunta lo que has venido a preguntar —dijo él.

—¿Quién era?

—Una mujer de Lewis.

—¿Cómo se llamaba?

Su padre tardó tres segundos.

—Mór MacAulay.

Lo dijo bien. Lo dijo con el acento del sitio, poniendo el acento donde va, que es una cosa que no hace un hombre que ha oído un nombre una vez.

—¿Y os casasteis?

—Nos declaramos ante dos testigos en junio del setenta y uno y se inscribió en agosto. En Escocia eso es un matrimonio.

—¿Y madre?

—Tu madre es mi mujer desde el setenta y cuatro.

—Padre.

Hector Ballantyne se echó hacia atrás en la silla y juntó las manos sobre el tablero, y a partir de aquel momento habló como hablaba en las juntas.

—Cressida, esto es un error de juventud y es un error que se resolvió hace veinte años.

—¿Cómo se resolvió?

—Se resolvió. Aquella mujer murió en el setenta y cuatro. Yo estaba en Glasgow y me enteré tarde. No hubo hijos que reclamaran nada y no ha habido reclamación en veintitrés años.

—¿No hubo hijos?

—No ha habido reclamación en veintitrés años —repitió, que no era lo mismo y los dos lo supieron—. Es un asunto amortizado.

Cressida se quedó mirándolo.

—¿Amortizado?

—Amortizado. Hace veinte años.

—Amortizado. Padre, ha dicho usted amortizado, y está hablando de una mujer muerta.

Su padre volvió a ponerse las gafas.

—Estoy hablando de una contingencia —dijo—. Y una contingencia que lleva veinte años sin materializarse, y que cuesta tres guineas al año vigilar, es un asunto amortizado. Si quieres que use otra palabra, dime cuál y la uso, pero la cosa es la misma.

—¿Y yo qué soy?

—Tú eres mi hija.

—Le he preguntado qué soy.

—Eres mi hija y heredarás lo mío, y eso no lo cambia un libro de una isla. —Cogió la pluma—. Y ahora vete a dormir y no le digas nada a tu madre, que bastante tiene.

—Padre.

—Te he dicho que subas.

—Una cosa más.

Hector Ballantyne levantó la vista de la pluma.

—¿Tenía hijos aquella mujer?

—Ya te lo he dicho.

—Usted me ha dicho que no ha habido reclamación en veintitrés años. No me ha dicho que no tuviera hijos.

Su padre la miró tres segundos enteros, y en esos tres segundos Cressida vio una cosa que no le había visto nunca a aquel hombre en dieciocho años, que fue que estaba calculando si le mentía o no.

—No lo sé —dijo.

Y era verdad, y fue peor que si hubiera mentido.

Cressida subió.

Se sentó en el escritorio de su cuarto, que era de palisandro, con el tablero forrado de badana verde y una mancha de tinta en la esquina de la derecha de la primera semana, y se lo habían traído de Londres cuando cumplió quince años, sacó una hoja y mojó la pluma.

Escribió una fecha.

Glasgow, 6 de febrero de 1895.

Y debajo, tres palabras: Señora Rathven, Corrieglass.

Se quedó así.

Lo que tenía que escribir cabía en cuatro renglones. Que había un telegrama. Que había un abogado en Edimburgo cobrando tres guineas al año desde el setenta y seis. Que su padre había dicho el nombre de aquella mujer con el acento de Lewis puesto donde va.

Cuatro renglones y una firma.

Estuvo con la pluma encima del papel el tiempo que tarda la tinta en secarse en la plumilla, que es poco, y después el tiempo que tarda en secarse otra vez cuando se vuelve a mojar.

Al otro lado del pasillo se oyó a su madre cerrar una puerta.

Cressida dejó la pluma en el tintero.

Cogió la hoja con la fecha y las tres palabras, la dobló en dos, y la metió en el cajón de abajo del escritorio de palisandro, debajo del papel de cartas sin estrenar.

Y apagó la lámpara.